Como una caja mágica, el tutilimundi que Goya varias veces retrató se abría paso ante los ojos del pueblo en sus calles y plazas, y allí se mostraban los secretos del mundo. 

Al titirimundi ansiosos
Corren al ver un portento
Porque los lentes de aumento
Les parecen milagrosos
Escenas Matritenses, Ramón de Mesonero Romanos.

Provenía posiblemente de Italia, como tantos otros personajes de la tradición teatral italiana que se establecen en Europa, tales como el bufón, el payaso, el saltimbanqui o el arlequín, y su nombre, por tanto, era una derivación de tutti li mondo, o sea, “todos los mundos”. También se le llamaba “mundonuevo”, “mundinovi” o “mundinuevo”, términos que proceden del italiano mondo nuovo; o “titirimundi”, mezcla de tutti li mundi y títere.

Tutilimundi Goya
Tutilimundi. Francisco de Goya, ca.1820. La característica comicidad de pintor nos muestra a un hombre mirando a través de las lentes del tutilimundi mientras la mujer de su lado aprovecha para mirar otra cosa.

Estos curiosos aparatos eran, en definitiva, teatros mecánicos u ópticos. Estaban compuestos por una caja portátil con un sistema de iluminación y una serie de lentes ópticas. Mostraba títeres, autómatas, grabados o panorámicas, entre otras cosas, creando una ilusión de movimiento. Así, esta caja especial se concibe, junto a otros inventos similares tales como la linterna mágica, como un precedente del cinematógrafo.

Así lo definía el Diccionario de Autoridades (1726- 39):

“Cierta arca en forma de escaparate que trahen a cuestas los Saboyardos, la qual se abre en tres partes, y dentro se ven varias figurillas de madera movibles, y metiendo por detrás una llave en un agujero, prende en un hierro que, dándole vueltas con ella, hace que las figurillas anden alrededor, mientras él canta una cancioncilla. Otros hai que se ven por un vidro graduado que aumenta los objetos, y van passando varias perspectivas de Palacios, jardines y otras cosas”.

En definitiva, en el tutilimundi se mostraban imágenes de todo tipo, agrandadas a través de una lente de aumento, y los más complejos, incluso, contaban con palancas para mover ciertas figuras, convirtiéndose así en un teatrillo mecánico.

En el siglo XVI y XVII evolucionan en gran medida la Óptica y la Mecánica. Proliferan así los autómatas y todo tipo de ingenios que buscaban reflejar el movimiento. Aunque los autómatas ya existían en su forma más primitiva desde la Antigüedad (se dice, por ejemplo, que la estatua de Osiris desprendía fuego por los ojos, o que uno de los colosos del templo mortuorio del faraón Amenhotep III en Luxor, al salir el sol el agua que tenía en su interior se evaporaba y salía por unas fisuras estratégicamente colocadas para generar un sonido parecido al habla y así infundir temor y respeto a quien lo contemplara). Poco a poco esta idea de dar vida a objetos inertes va mejorando y los mecanismos se hacen más refinados. Leonardo da Vinci, por ejemplo, diseñó al menos dos autómatas. Uno de ellos con forma humana y otro que era un león mecánico construido para el rey de Francia, Francisco I, con el que pretendía facilitar las conversaciones de paz entre este rey y el papa León X. René Descartes, por su parte, es el protagonista de uno de los casos más famosos de la creación autómata. Cuentan que, tras la muerte de su hija Francine con tan solo 5 años, construyó una muñeca autómata lo más parecida a ella posible y creó con ella un intenso vínculo. 

Leonardo da Vinci automata
Reproducción del caballero medieval autómata de Leonardo da Vinci.

No hay duda de que este tipo de artilugios llamaban la atención de una sociedad cada vez más sedienta de novedades y para la que el entretenimiento suponía una valoración de la individualidad y el disfrute más allá de los deberes ciudadanos.  

Con la llegada del Enciclopedismo de Diderot y d’Alembert y el surgimiento, por tanto, de las enciclopedias, los cosmoramas o panoramas, ofrecidos como una fuente de conocimiento y testimonio de otros lugares, junto con los relatos o libros de viajeros del Grand Tour del XVIII y XIX, se hacen populares. Así, el tutilimundi se presenta como un cosmorama que ofrecía una visión del mundo determinada, en la que predominaba el gusto por el exotismo en consonancia con las costumbres coleccionistas de estas épocas. Como ya contábamos en el artículo dedicado a las cámaras de las maravillas, al ampliar los horizontes geográficos se abría una puerta al infinito; a aquello exótico y desconocido, considerado a veces como esotérico, que producía un gran interés en la sociedad.

Así, con solo asomarse a través del vidrio óptico, podían visualizarse figuras, paisajes, monumentos, edificios o escenas de la naturaleza. Como decía Goya, a través del tutilimundi uno era capaz de “mirar lo que no ve”.  

Tutilimundi Goya
“Miran lo que no ven”. Francisco de Goya, ca. 1825. Hermitage

En sus inicios en España, al tutilimundi y al teatro de marionetas se les denominaba retablos, aludiendo al retablo de la Iglesia Cristiana y por ello, en un principio representaban por medio de autómatas o títeres escenas religiosas. Sin embargo, su popularización hizo que la propuesta a ofrecer se secularizara e hiciera más exótico. En definitiva, la escena habitual en la que se encontraba el tutilimundi inmerso era la del truhan o saboyano que lleva una caja a cuestas por las plazas y ferias y, mientras toca canciones populares, se acerca la gente a mirar el interior de la caja. Y al hablar de saboyanos y truhanes necesariamente ligamos el instrumento al ambiente festivo y transeúnte; de aquel que se gana la vida como nómada en una sociedad sedentaria que buscaba con sus ofrecimientos el entretenimiento, pues existían redes de buhoneros, es decir, vendedores ambulantes, que recorrían Europa llevando objetos exóticos o de contrabando, y en la península sus mayores propagadores fueron los saboyardosY para transportarlo de una ciudad a otra, el caballo o el burro (más económico el segundo que el primero) parecían ser los más habituales. Así lo retrataba Pío Baroja ( “Desde la última vuelta del camino. Memorias. Reportajes. Primera parte. Lo que desaparece en España”. Obras completas VII): “Este cajón solía ir tirado por un caballo o un burro.”  

En su evolución, el mundonuevo se comenzará a emplear como un recurso escénico del teatro breve. Se asociaba a una figura de valor estructural en las obras, que era la del extranjero que portaba un arca que contenía en su interior las maravillas del Nuevo Mundo y de la que salían figuras, a veces de carne y hueso, disfrazadas de gigantes, indios americanos, negros, moros o matachines. 

Tutilimundi Lizcano
Tutilimundi en el arco mayor de la Puerta de Toledo de Madrid, cerca del Campillo del Mundo Nuevo. Ángel Lizcano, amigo y colaborador de Galdós, en la ilustración de sus Episodios Nacionales.

Desde escenas religiosas a paisajes, animales, personas, en diferentes planos y en un ambiente de recreación festiva, el tutilimundi crea el movimiento.

¡Famosas aquellas ferias de Santos y Difuntos! La Plaza de Armas, Monotombo, Arquillo de Madres, eran zoco de boliches y pulperías, ruletas y naipes. Corre la chusma a los anuncios de toro candil en los portalitos de Penitentes: corren las rondas de burlones apagando las luminarias, al procuro de hacer más vistoso el candil del bulto toreado. Quiebra el oscuro en el vasto cielo, la luna chocarrera y cacareante: Ahuman las candilejas de petroleo por las embocaduras de tutilimundis, tinglados y barracas: los ciegos de guitarrón cantan en los corros de pelados. El criollaje ranchero -poncho, facón, jarano- se estaciona al ruedo de las mesas con tableros de azares y suertes fulleras.
La recámara verde, Tirano Banderas. Valle-Inclán.

Y así nos lo muestra José Luis Garcí en su película “Sangre de Mayo”, cuando, retratando el Madrid de finales del siglo XVIII y principios del XIX, muestra a los madrileños “fisgonear en el tutilimundi, donde descubren maravillas distintas a la del globo aerostático de Lunardi, aquel que voló entre la muchedumbre desde el parque del Retiro hasta Daganzo”.

 

Referencias:

  • Los títeres y otras diversiones populares de Madrid, 1758-1840estudio y documentos. J. E. Varey, Tamesis Books, 1972.
  • Los espectáculos ópticos de la cultura popular salvadoreña: el tutilimundi en el artícuLo
    costumbrista
    El panorama, de Arturo Ambrogi. Dorde Cuvardic García,  Revista Artes y Letras, Univ. Costa Rica XXXVI, 2012.
  • El arca del nuevo mundo: Un artificio escénico del teatro breve barroco. Catalina Buezo
  • Ciencia, arte e ilusión en la España ilustrada. Jesusa Vega, Editorial CSIC – CSIC Press, 2010.
  • La televisión del siglo XVIII. Retablos de maravillas y linternas mágicas en un pronóstico de Torres Villarroel y un dibujo de Goya. Germán Labrador Méndez, Universidad de Salamanca, 2007-2008.
  • www.titirimundi.es/a-babor/
  • www.fundacionramonmenendezpidal.org/wp-content/uploads/2018/05/Italianismos-XVIII-SEPARATA.pdf
  • www.historiautomatas.blogspot.com/2010/06/antiguo-egipto.html