Las vastas aguas del mar esconden en sus profundidades innumerables tesoros. No sólo las maravillas naturales pueblan el insondable lecho marino. Mucho de lo que allí se halla es obra del ser humano, objetos que se ha perdido o abandonado. Entre los desperdicios también se encuentran resto de incalculable valor material, cultural e histórico.

Pecio es el término que se emplea para designar a las naves que han naufragado o fragmentos de las mismas. Se trata de restos hundidos en el agua. Estos restos hundidos también pueden ser otros tipos de construcciones humanas, objetos abandonados y vehículos como carros de combate o aviones.
El vocablo pecio en ocasiones se usaba para hacer referencia a los derechos que la persona u organismo que gobierna el puerto de mar cercano reclama sobre las naves naufragadas en sus costas. Esto último es una cuestión importante que ha provocado grandes controversias. Como veremos, muchos pecios contienen suculentos tesoros monetarios o de patrimonio cultural al que ninguna de las partes involucradas está dispuesta a rechazar.

Uno de los casos recientes más importantes es el hallazgo del pecio del galeón San José. El Instituto Colombiano de Antropología e Historia (con la colaboración de la Armada Nacional de Colombia y de Dirección General Maritíma) encontró el 27 de noviembre de 2015 en una ubicación relativamente cercana a Cartagena de Indias los restos hundidos de este galeón español. El descubrimiento fue tan relevante que el entonces presidente colombiano Juan Manuel Santos fue el encargado e anunciarlo.

Cañones del San José.

Los galeones eran grandes barcos de vela que en el siglo XVI se convirtieron en las principales embarcaciones utilizadas por los europeos para el comercio. Se trataba de naves lentas pero potentes militarmente. Eran navíos de destrucción empleados para los conflictos bélicos y para comerciar.

En concreto, el galeón San José pertenecía a la Real Armada Española, fue construido en el municipio Usurbil de Guipúzcoa y botado en el año 1698. Tenía dos cubiertas y estaba bien equipado armamentísticamente. Contaba con 26 cañones de 18 libras en la batería baja, otros 26 de 10 libras en la batería alta y en los castillos de proa y popa entre 8 y 10 cañones de 6 libras. No tuvo una vida muy larga, pues en el año 1708 fue hundido junto con todo lo que transportaba. Ese fatídico año zarpó cargado con todo tipo de mercancías y lingotes y monedas de oro y plata, pero nunca llegó a su destino…

Pero ¿cómo ocurrió este desastre? No nos apresuremos. Debemos remontarnos, al menos, al mes de marzo de 1706. Fue entonces cuando el San José zarpó de Cádiz fijando su rumbo en Cartagena de Indias. Esta es la época de la piratería y los corsarios, y los ingleses estaban causando auténticos estragos. Además, España se encontraba en plena guerra de sucesión (tras la cual, la Casa de Borbón se hizo con el trono español frente al bando austracista) y, como es normal debido a los intereses, el conflicto alcanzó dimensiones internacionales. Por estos motivos Felipe V, el primer rey Borbón, envió nada menos que 26 naves para proteger al San José, que viajaba junto con el San Joaquín.

Explosión del galeón San José. Pintura de Samuel Scott.

Los galeones llegaron seguros a su destino. Su misión no era otra más que cargar mercancías valiosas, oro y plata del Virreinato del Perú en el puerto natural panameño de Portobelo. Tardó dos años en zarpar desde que llegó a América, lo cual hizo en febrero de 1708 con la flota de protección, por supuesto. Los ingleses no podían renunciar a tan sustancioso botín, así que desplegaron doce barcos en puntos estratégicos para interceptar la carga española. Las noticias llegaron a Portobelo. Los españoles conocían el riesgo, pero aun así zarparon de vuelta a Cartagena de Indias. Estando ya muy cerca del puerto de Cartagena de Indias, los barcos españoles fueron interceptados cuando, en la noche del 7 de junio, anclaron cerca de las Islas Corales del Rosario.

La flota española estaba comandada por José Fernández de Santillán, conde de Casa Alegre. Los buques más potentes de la escuadra y los que más carga llevaban eran los galeones San José y San Joaquín, siendo el primero el principal. En esta flota española también se encontraban el navío mercante Santa Cruz, la urca Nuestra Señora de la Concepción, el patache Nuestra Señora del Carmen y dos fragatas francesas: Le Mieta y Saint Esprit. Por su parte, la flota inglesa estaba comandada por el comodoro Charles Wager y estaba compuesta por el HMS Expedition (la nave capitana), el HMS Kingston, el HMS Portland y el brulote Vulture.

El comodoro inglés dio la orden de ataque. Así fue como el 8 de junio dio comienzo la llamada batalla de Barú. El Kingston disparó sin cuartel al San Joaquín y le dañó el palo mayor, pero la Concepción y la Saint Esprit lo defendieron y le permitieron escabullirse. El Expedition se acercó al San José abriéndose camino con sus potentes cañones. El Expedition era un navío de línea de 74 cañones, el más poderoso de la contienda. El San José intentó escapar a la vez que respondía con los cañones de estribor, pero el Expedition avanzaba con más contundencia y con proyectiles más certeros. El barco inglés se acercó a sesenta metros. El abordaje estaba próximo. Sin embargo, los cañonazos enemigos hicieron estallar al galeón español. La explosión fue tan grande que el Expedition sufrió daños.

Sinking boat. Ilustración de Alice Girard-Ségaud.

Los ingleses no pudieron hacerse con el anhelado botín. Lo único que pudieron hacer fue observar cómo se hundía en el fondo del agua. Sólo 11 de los casi 600 tripulantes del San José conservaron su vida y fueron recogidos por los ingleses. Ante la pérdida del San José los ingleses abordaron el Santa Cruz y pusieron la vista sobre el San Joaquín. El Expedition estaba dañado, así que la persecución la protagonizaron el Kingston y el Portland. No obstante, el San Joaquín, herido, consiguió llegar a las zonas protegidas por el fuerte de Bocachica (el Castillo de San Luis de Bocachica), logrando su salvación.

Esta trepidante pero trágica batalla para los españoles mostró la obsolescencia de los galeones y la efectividad de los navíos de línea. En cuanto al San José, los años pasaron y el tesoro español quedó hundido para siempre… o eso se creía. No ha sido hasta nuestros días que el pecio del San José ha sido encontrado.

Desde el momento del hallazgo se desató una lucha por los derechos sobre los restos hundidos del galeón San José. El Estado colombiano lo reclama como suyo, mientras que el Estado español alude a una inmunidad soberana del navío al tratarse de un “barco de Estado” y no de un particular. Además, la Unesco considera el patrimonio subacuático como bienes de interés general. Tanto el rescate como el conflicto legal es un proceso todavía en curso.