Que conocemos gracias a los conceptos y a sus definiciones queda claro por lo que sigue.

En el ámbito laboral, hay una gran mayoría de personas que funde en uno al sujeto desempleado con un ser inactivo, confundiendo, incluso, a los parados con vagos. Nada más lejos de la realidad en un gran porcentaje de casos.

Hay una diferencia sustantiva y nuclear entre “trabajo” y “empleo remunerado”. ¿Son semejantes o, por el contrario, presentan rasgos identitarios exclusivos y excluyentes? ¿En qué consisten sus diferencias específicas y sus rasgos definitorios esenciales? ¿Qué campo semántico es el que le corresponde a uno y a otro?

Veámoslo desde un punto de vista no dogmático y sí dialéctico y polémico. (El dogmático es un ideócrata, esto es, un ferviente creyente de sus ideas, a las que adora y en las que cree a pies juntillas. El juicio crítico, en cambio, es un juicio ideoclasta: destruye aquellas ideas que poseen fisuras, contradicciones significados deficientes, obsoletos y desfasados. Ambos son la cara y la cruz de un modo de cosmovisionar la realidad. Ambas posiciones están en situaciones radicalmente antagónicas y contrapuestas).

El empleo remunerado es aquella actividad laboral profesional, que desempeña un operario, por la cual recibe un salario —generalmente escaso— con el cual sobrevive. Ahora bien, la idea de “trabajo” es mucho más amplia y su radio de acción abarca un perímetro significativo mucho más extenso: el trabajo es aquella actividad humana que no está o no tiene necesariamente que estar remunerada con dinero (aplíquese esto a las mujeres amas de casa, verbigracia), por la cual y en virtud de su excelencia las personas realizan diversas actividades —sean estas más o menos lúdicas, superfluas o necesarias— y se realizan como personas, en muchos casos.

La política actual supone la fragmentación de la cosmovisión total e integral de la persona en conceptos sectoriales y dogmáticos, parciales y partidistas, paupérrimos y degradados. Es la tiranía de la parte que pretende erigirse en totalidad: una parte dogmática, inconsciente, cortoplacista y amoral (es la división política de la sociedad, lo que supone la fragmentación de la persona).

Analicemos, pues, esta situación de enajenación y alienación individual de la persona.

La realización individual supone e implica cierta plenitud, cierto estado de pletórica satisfacción y la culminación efectiva de una serie de aspiraciones y metas que se ven logradas de manera real. La alienación, por el contrario, supone e implica privación, extrañamiento, cierto estado carencial y deficitario, que se hace preciso paliar de modo más o menos inmediato.

Puesto que somos seres finitos que estamos sumidos en la corriente temporal, y, por ello, en el cambio y la mutación constante, la relación dialéctica “realización personal-alienación” constituirá una de las relaciones conceptuales constitutivas de la persona.

La realización personal se da y existe cuando hay un equilibrio dinámico estable entre ideas y creencias individuales, de un lado, y circunstancias vitales, del otro. Cuando, por contra, hay un desfase arrítmico entre ideas y creencias personales y el entorno deviene adverso, contrariante u hostil, entonces se produce la alienación.

Hay que decir que ni la realización personal, tomada de un modo absoluto, es buena per se, ni la alienación ha de ser mala en sí misma. ¿Cómo es esto posible? Cuando la realización personal está en manos de otro/s individuo/s, ajena por completo a la posiblidad de ser cumplida y satisfecha desde uno mismo, la alienación deviene indigencia y deshumanización. Vivir permanentemente en la alienación produce indigencia; en cambio, vivir prolongadamente en la realización personal produce envanecimiento, vanagloria y, con el tiempo, depreciación de la felicidad y del bienestar material y espiritual; la satisfacción prolongada deviene absolutismo, dogma y carencia de crítica efectiva.

Emanciparse consciente y voluntariamente del estado de realización personal prolongado o laboral proactivamente para salir del estado de alienación muestra la capacidad personal para dotarse de una mayor y creciente felicidad y bienestar, y elimina la necesidad parcial de las carencias vitales. Pero, ¿cómo se consigue tal logro? ¿Qué hay que estar dispuesto a hacer para eludir tales lacras vitales?

Realizarse personalmente supone expropiar la alienación ínsita en nosotros y en las circunstancias y apropiarnos de las condiciones reales de posibilidad para dotarnos de una situación de bienestar auténtico. A nivel individual e intelectivo expropiar la alienación en nosotros y en el medio supone eliminar la ignorancia inconsciente. A nivel material suprimir las condiciones de hecho y de derecho de opresión y apropiarse de civismo, respeto, tolerancia… pero también de empleo, vivienda, etc.

Expropiar la alienación y apropiarse de las condiciones óptimas para la realización personal es tarea del conocimiento, por un lado, y de la praxis vital, por el otro.

Fotograma de Tiempos modernos.

Volvamos, ahora, a la distinción realizada al comienzo entre “empleo remunerado” y “trabajo”. Hemos dicho que el subconjunto “empleo remunerado” está subordinado y dentro del conjunto “trabajo”. Podemos diferenciar dos momentos en tal dialéctica: la reducción ideológica de la idea “trabajo” al concepto “empleo remunerado”, que implica la identificación capciosa y degradante de “persona” a la de “mano de obra”. Hay una degradación ontológica por la situación nefasta de las condiciones laborales en virtud de la cual el sujeto empleado laboralmente es explotado y alienado, entre otros motivos por la poca retribución pecuniaria que obtiene; porque la cantidad de mano de obra deprecia y devalúa el trato humano, y porque se hace de un medio para la obtención de la subsistencia necesaria para la vida del dinero, ese dios profano que todo lo mancha con su influjo y promesa de poder y felicidad.

El empleo remunerado es posible concebirlo desde, al menos, dos perspectivas antagónicas y contrapuestas: una, primera, positiva, en la cual el sujeto laboral desarrolla sus capacidades y potencialidades; ahonda en la profesionalización de una actividad determinada y se gana el sustento vital para llevar una existencia más o menos digna. Pero esto tiene su envés, negativo, a saber: el individuo profesional únicamente es especialista en una pequeña parcela de la realidad quedando “desconectado” del resto del mundo.

La remuneración es, a todas luces, escasa e insuficiente,  deficitaria y la mano de obra es tratada, si hay una demanda grande de ella —como suele ocurrir generalmente—, como cuasiesclava, en condicones deplorables e inhumanas, degradantes y totalmente injustas, pues la dialéctica “amo-esclavo” está a la base de la relación laboral profesional cuando la oferta es escasa y la demanda de mano de obra es nutrida. El sujeto laboral es dependiente, está escindido y alienado, y es heterónomo… instrumento y juguete de las corporaciones e intereses privados que dominan el planeta.

Pues bien, como una lupa que amplificara el contenido deseado, la crítica magnifica las inconsistencias, los errores y los elementos defectuosos, perfectibles y obsoletos… y logra, mediante una visión más certera y cabal, corregir los desequilibrios y excesos de la ignorancia.

Cuando las condiciones laborales-profesionales suceden como se ha dicho se da en el individuo un repliegue introspectivo hacia sí mismo, un repliegue hacia la fortaleza interior. El ensimismamiento reflexivo-alienante del individuo que vira hacia sí y vive en sí, el intus-legere, el leer el interior, la realidad interna de la persona es y se hace de manera alienante.

Recordemos el par “realización personal-alienación” ¿Cómo salir de esta dialéctica feroz y extenuante?

Podemos esbozar, muy sucintamente, una solución al dilema. ¿Cuál? El entusiasmo. En efecto, la intensidad del entusiasmo embriaga los instantes de la vida con una magia inefable que transforma los momentos en irrepetibles, únicos, ineludibles. La intensidad del entusiasmo arranca acentos y énfasis inauditos a la vida y dibuja relieves de un fulgor insuperable, de una centelleante luminosidad… pero no solo: el entusiasmo, como pathos essendi de la vida, además de envolver de una emoción insuperada las sensaciones personales y lograr una intensidad en las emociones experimentadas insólita, haciendo de la existencia un lugar novedoso, con lugares, situaciones y contenidos por descubrir… logra la ruptura de la dialéctica “realización personal–alienación”, por cuanto supera el estadio dicotómico al predisponer a la persona con un “equipamiento” sentimental positivo y gratificante, gozoso, pero virando hacia los contenidos exteriores del sujeto, al mundo de la vida, para extraer todo su zumo a la existencia y todos los secretos que, invisibles por evidentes, se hayan en ella. No es el entusiasmo un mero quedarse en sí mismo, ni un vivir alienado en el mundo: supone un estadio superior, más alto y elevado, de mayor consistencia y profundidad, que permite conjugar las dos dimensiones ya no polémicamente sino de modo armónico.

El entusiasmo deviene, entonces, pathos essendi primordial de la vida; se convierte en emoción superlativa y honda, poseedora de un no sé qué que hace de la existencia algo indescriptible e inenarrable, y que transforma los instantes y contenidos en imagen de la felicidad. Por tanto, es el entusiasmo una predisposición positiva e ilusionante, que surge en nuestro interior sentimental y se vuelca, de modo aperturista, hacia el horizonte de la vida, conjugando y superando, a la par, la realidad dialéctica primordial en la vida de todo ser humano.