A pesar de tratarse de un dispositivo de seguridad fundamental, el paracaídas fue rechazado por los mandos militares e incluso por muchos pilotos durante la Primera Guerra Mundial.

El primer boceto que se tiene noticia de un artefacto capaz de frenar la caída libre de una persona apareció en un manuscrito italiano de 1470 cuya autoría es desconocida. En esta obra, el autor presenta un dibujo que ilustra a un hombre agarrado a un cuadro circular de barras transversales conectado a una campana de forma cónica, y toda esta estructura estaba atada con cuerdas a su cuerpo, desempeñando la función de los arneses de hoy en día. Y pese a que este trabajo tiene más medio milenio de antigüedad, su concepto básico es muy similar al de los paracaídas modernos.

Primer registro gráfico de un paracaídas – Italia, circa 1470. (Wikimedia Commons)

Los primeros paracaídas modernos (diseñados a finales del siglo XIX), no tenían ninguna relación con el mundo militar, y eran básicamente utilizados por artistas circenses que arriesgaban sus vidas saltando desde grandes alturas en espectáculos para impresionar su audiencia. En 1914 estalló la Primera Guerra Mundial y una de las primeras medidas llevadas a cabo por los mandos de ambos bandos fue la distribución de globos por todo el frente con el objetivo de observar el movimiento de las tropas enemigas y sus posiciones de artillería. Como representaban una importante amenaza, luego se convirtieron en un blanco prioritario para el enemigo, que enviaban a diario un escuadrón de aviones especializados en derribarlos, los conocidos “revienta globos”. Cuando eran alcanzados por un proyectil, el globo se desinflaba rápidamente, muchas veces engullido por las llamas, lo que obligaba al observador a realizar un arriesgado salto al vacío, que en muchas ocasiones culminaba con su muerte. A fin de preservar la vida de los observadores, el mando militar empezó a suministrarles un paracaídas, que en poco tiempo se convirtió en un fiable dispositivo de seguridad.

Soldados alemanes intentando estabilizar un globo en el frente francés minutos antes soltar los enganches que lo atan al suelo. (Archivo del autor)

A pesar de sus indudables prestaciones y de su importancia vital en el conflicto, los paracaídas no fueron utilizados por los pilotos de combate hasta el último año de la guerra, básicamente porque no era un “accesorio” muy extendido entre los pilotos y casi todos ignoraban su existencia. El primer registro del uso de un paracaídas en un combate aéreo hace referencia a un combate aéreo que tuvo lugar en el frente francés el 27 junio de 1918, cuando un escuadrón alemán emprendió una lucha contra una formación británica al noroeste de Amiens. Durante el combate, el  pilotado por el leutnant Helmut Steinbrecher fue alcanzado por los disparos del capitán Edward Drake, acribillando su depósito de combustible cuando éste se encontraba a una altitud de 4500 metros y a tan solo dos kilómetros detrás de las líneas enemigas. Steinbrecher logró evadirse de más disparos lanzando su avión deliberadamente en picado, pero nada más estabilizar su aparato, se dio cuenta de que las llamas ya envolvían todo el fuselaje y empezaban a quemar su carlinga. El piloto alemán enderezó su Albatros hacia sus líneas, desató el cinturón de seguridad y saltó desde una altitud de 2500 metros, accionando su paracaídas pocos segundos después. Tomo tierra sin sufrir ninguna lesión y acabó convirtiéndose en el primer piloto de la guerra en hacer uso efectivo de este dispositivo de seguridad.

Ernst Udet, uno de los mayores ases de la guerra y el segundo piloto alemán en número de derribos, escapó de una muerte inminente dos días después del salto de su compañero Steinbrecher de forma dramática. El 29 de junio de 1918, Udet volvía a su aeródromo cuando fue alcanzado por los disparos de un aeroplano francés, dañando de forma irreversible su avión, que inició una abrupta caída en picado. Cuando estaba a punto de alcanzar los 400 metros de altitud, el as alemán decidió accionar su paracaídas y saltar al vacío, pero uno de los arneses quedó atrapado en la punta del timón de dirección. Tras mucho esfuerzo, Udet logró romper el timón a golpazos y abrió su paracaídas a tan solo 80 metros del suelo, chocando violentamente contra el suelo. Milagrosamente escapó con vida, lesionándose solamente el tobillo izquierdo.

Fueron muchas las razones por la cuales el mando no proveía sus aviones con paracaídas: primeramente, había una creencia general de que los pilotos no se esforzarían por intentar salvar su avión, saltando ante la mínima señal de peligro. Pero había además algunos escollos técnicos, que los hacían incompatibles con aquellos frágiles y apretados aviones. Los paracaídas ocupaban mucho espacio en la carlinga y su peso impedía que la tripulación pudiera llevar bombas o incluso el depósito de combustible lleno. Es cierto que los aviones de 1915 no estaban preparados para acomodar un paracaídas sin que se produjera un severo comprometimiento en su desempeño; no obstante, la nueva generación de aviones, sobre todo los fabricados a partir de mediados de 1917, eran dotados de potentes motores y fuselajes bastante más robustos y, por ello, cumplían con todos los requisitos necesarios para la instalación de dicho dispositivo.

Las posibilidades de salir ileso en combate aéreo de la Primera Guerra Mundial eran escasas. Eran pocos los pilotos lograban regresar con vida a sus aeródromos

Al no disponer de un elemento de seguridad tan esencial como un paracaídas, muchos pilotos tuvieron que pasar por la terrible experiencia de verse atrapados en un avión en llamas, no pudiendo hacer más que esperar desesperadamente el trágico momento de estrellarse contra el suelo, sin la mínima esperanza de sobrevivir al suceso. El material utilizado en el revestimiento de los aviones, que eran básicamente de madera y tela, unido a la pintura y el depósito de combustible, lo convertían en una “caja” altamente inflamable, que se incendiaba fácilmente y se quemaba en muy pocos segundos: el avión se convertía en una mortal bola de fuego. Son muchos los relatos que afirman que los pilotos subían a los aviones acompañados de su pistola personal con el único fin de pegarse un tiro en la sien y así anticipar su inminente muerte, evitando sufrir envuelto en llamas, mientras su avión caía en picado. Otros, preferían saltar del avión para ir al encuentro de una muerte rápida e indolora. “Yo elegiría quedarme en el avión. Si saltas no tendrás ninguna oportunidad. —dijo cierta vez el mayor francés Raoul Lufbery, piloto de escuadrilla Lafayette— Hay que tener en cuenta que todavía se puede intentar extinguir el fuego por medio de un gran resbale del ala, sacando el fuego del avión antes de llegar al suelo”. Por ironías del destino, Lufbery recibió una bala trazadora en el depósito de combustible de su Nieuport 28 durante un combate contra un Rumpler alemán. Al instante, su avión empezó a arder, obligándole a saltar hacia una muerte segura.

Quizá todas estas situaciones nos parecen absurdas, pero si hacemos una rápida reflexión, el cinturón de seguridad del coche fue inventado hace casi 100 años y todavía los agentes de tráfico multan a muchos conductores que no lo utilizan, algunos incluso llegan a desactivar la alarma que indica que el cinturón no está puesto. Fue necesario que la legislación española empezara a poner duras sanciones para cambiar este panorama. Este simple dispositivo, si hubiera sido debidamente utilizado por los conductores y pasajeros, hubiera salvado millones de vidas en todo el mundo. El paracaídas no llegaría a ser utilizado como dispositivo de seguridad de uso obligatorio hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

Pilotos alemanes preparándose para despegar el 21 de abril de 1918. Tras producirse decenas de muertes que podrían haber sido evitadas mediante el uso de paracaídas, los mandos de ambos bandos decidieron extender su uso a partir de 1918. En esta foto se puede comprobar que algunos pilotos llevan puestos los arneses de sus paracaídas.

 

Referencias:

  • CAAMAÑO, Eduardo. El Barón Rojo. Almuzara, 2014.
  • LEE, Arthur Gould. No Parachute: A Classic Account of War in the Air in WWII. Grub Street Publishing, 2013.
  • LEE, Arthur Gould. Open Cockpit. Grub Street Publishing, 2012.
  • MCKEE, Alexander. The Friendless Sky: The Great Saga of War in the Air 1914-1918. Endeavour Media, 2016.