“Madres, yo al oro me humillo,

Él es mi amante y mi amado,

Pues de puro enamorado

Anda continuo amarillo.

Que pues doblón sencillo

Hace todo cuanto quiero

Poderoso caballero

Es Don Dinero”.

Francisco de Quevedo.

Denarios, dinares, dracmas, maravedíes, sestercios, doblones, florines, ducados, talentos, escudos, rupias, rublos… a lo largo del tiempo las potencias han usado su economía como una herramienta más a la hora de alcanzar la supremacía en el siempre cambiante tablero del juego del poder. Algunas veces destinadas a sufragar sus inmensos ejércitos, otras dedicadas a sobornos y compra de voluntades y, muchas, a imponer un nuevo escenario favorable al gobierno de la nación, las monedas, desde su invención, han sido pieza fundamental de nuestra sociedad y objeto ferviente de deseo. España no podía quedarse atrás, y entró por la puerta grande.

Y es que el real de a ocho, acuñado por el imperio español a partir de 1497, fue la primera moneda común de referencia en el comercio mundial, posición semejante a la que a día de hoy ostenta el dólar estadounidense o, en menor medida, el euro. El real de a ocho servía de referencia para la acuñación de monedas en otros países, de eje comercial para la mayor parte del mundo descubierto y de indiscutible divisa a la hora de financiar la expansión mundial del occidente europeo. Tal fue su importancia que algunas monedas actuales, como el dólar, canadiense y estadounidense, o el yuan chino, así como la mayor parte de las monedas de Hispanoamérica y Filipinas están basadas en él.

Aunque en un principio las cecas imperiales monopolizaron su elaboración, tanto en la península como en América, pronto sucesivas artimañas hicieron posible que nuevas plantas de producción la acuñaran en lugares tan remotos como China, Sudán, Ceilán o Zanzíbar, convirtiéndola en la moneda de curso legal más importante y permitiendo que nuestra cara y nuestra cruz, nuestras columnas de Hércules y nuestros reyes, se extendieran por todo el globo.

Columnario de plata, el real de a ocho más conocido y en cuyas columnas se inspira el símbolo del dólar americano. Moneda de Carlos III acuñada en 1768, en la Ceca de Potosí.

El real era una moneda de plata, la base argenta de nuestro sistema monetario. La plata fue fundamental para el Imperio español y la Corona le debe más a hombres desconocidos como Bartolomé de Medina, que dilucidó una manera de extraer la plata de forma mucho más sencilla y efectiva, que a miles de ejércitos y grandes generales. De todas formas, el real primigenio aparece ya con Pedro I el cruel y todos sus sucesores, hasta la unificación del reino con los reyes católicos, emplearon la misma ley de plata (proporción). Esta fue una de las razones de su estabilidad y fuerza, pues la sociedad mercantilista del momento valoraba el dinero por la pureza y cantidad del elemento en que se basara. Y la pureza y abundancia de plata en el real de a ocho (hasta un 93%) era inigualable para cualquier otro reino de la época.

La otra razón era la abundancia de monedas en todo el mundo. Ingleses y holandeses, con su pillaje y contrabando, ayudaron a los españoles a la hora de permitir que las monedas circulasen por todos los lugares donde ponían pie y su creación era extraordinaria, pues, por ejemplo, las cecas de México producían un mayor número de monedas en un mes que Europa en todo un año. Esto provocó que EEUU, tras independizarse, utilizase el real como su primera moneda de curso legal.

Dibujo de Emilio Ribas, que explica gráficamente el desarrollo del símbolo del dólar americano.

La moneda era conocida como el Spanish Dollar y circuló en los EEUU hasta 1857 porque hasta esa época el país no poseyó la suficiente moneda propia como para retirar el dinero español de la circulación. Con mucho esfuerzo, pues la población tenía más seguridad en el viejo real que en el nuevo dólar, se fue acabando con el real de a ocho, aunque en zonas rurales persistiría hasta 1870. De hecho, se dice que el famoso símbolo del dólar americano proviene de la S de spanish (español) y las dos barras de las columnas de Hércules. Una buena forma de ganar legitimidad. Y es que en la Bolsa de Nueva York las acciones se valoraban en octavos de dólar hasta 1997.

En España el real certificó su defunción en 1868 con la aprobación de una nueva moneda, de denominación de origen catalán, que daría mucho que hablar: la peseta. Atrás quedaban los recuerdos de los tiempos en que España, además de controlar un inmenso imperio, dictaba las normas del comercio y las finanzas y mercados internacionales.