El 12 de junio del año 1898, en las proximidades de la población de Cavite, se declaraba la independencia de las islas Filipinas en el contexto de la guerra hispano-estadounidense. Después de más de trescientos años de gobierno español, las islas Filipinas decidían, de la mano del líder revolucionario Emilio Aguinaldo, tomar un camino propio, separado de la madre patria. 

Pintura que representa a los últimos soldados españoles de Filipinas. Fuente: elindependiente.com

A pesar de las buenas intenciones que caracterizaban el sueño de total autodeterminación e independencia de Aguinaldo (quien incluso reconocería que la campaña independentista había constituido un craso error), solo podemos decir que la independencia filipina marcó el inicio de uno de los periodos más terribles que esas islas y su gente han tenido que soportar. Entre la gran variedad de consecuencias derivadas de la rebelión, debemos resaltar dos de las más notables (y lamentables). La primera, la matanza indiscriminada que, luego de invalidada la independencia filipina mediante el tratado de Paris de 1898, los Estados Unidos cometieron contra el pueblo filipino.

Ciertamente las cifras varían, pero lo que es innegable es que, por ejemplo, solo en la provincia Filipina de Batangas, los estadounidenses tomaron la vida de 100,000 personas en una región en la que no había más de 300,000 (Zinn, 1981), mientras que en la isla de Luzón –una de las principales del estado insular en cuestión— habían muerto, para 1902, más de 600,000 filipinos (Pomeroy, 1970). En total, se estima que, durante la dominación colonial estadounidense, iniciada de iure mediante la firma del ya mencionado tratado de Paris de 1898, murieron unos 1,4 millones de filipinos (San Juan, 2016). Este dato, aunque deprimente, no debería sorprendernos. Después de todo, y como exhibe el testimonio del mayor Littletown Waller, cuando los soldados estadounidenses preguntaron cuál sería el límite de edad para matar, la respuesta recibida fue “todo aquel que sea mayor de 10 años” (Pomeroy, p.95, 1970).

En segundo lugar, es preciso hacer hincapié en el profundo desprecio que muchos estadounidenses (incluidos muchos encargados tomar decisiones a escala gubernamental) mostraban por el pueblo filipino. En efecto, a pesar del relativo buen vivir y del bienestar económico que gozaron las islas durante el periodo hispánico, el imperio del norte percibía a la sociedad filipina (que se había desarrollado de manera notable de la mano de la corona española) como una en la que “las masas son ignorantes y los pocos capaces [de gobernar] no tienen ninguna experiencia” (Brands, p.68, 1992). El desprecio por las comunidades filipinas denotaba el carácter racista y etnocentrista que importaría el gobierno estadounidense a las islas. En ese respecto, Brands (1992) afirma: “El racismo compuso el subtexto continuo en casi todas las fases de la vida de los expatriados” (p.94). Estas actitudes crearon una relación dicotómica entre civilizados y barbaros, entre aquellos que pueden gobernar y aquellos que son “totalmente incapaces de ejercer inteligentemente el control político” (Brands, p.68, 1992).

Caricatura del Tío Sam. “Y, después de todo, las Islas Filipinas son sólo el trampolín para China”.

Son precisamente estas diferenciaciones raciales el objeto de estudio de este texto. Sin embargo, no sería tan novedoso ahondar en las dinámicas raciales que presentaban las Filipinas conquistadas por los Estados Unidos. Es por esto que, a lo largo del presente artículo, el lector encontrará una breve revisión de las condiciones de movilidad social e interacción racial en las Filipinas españolas. Con esto en cuenta, vale la pena preguntarse: ¿estaban las concepciones racistas y etnocéntricas estadounidenses afincadas ya desde la época de gobierno español de las Filipinas? ¿Fue el gobierno español en las Filipinas una fuente de discriminación y diferenciación racial entre españoles y no españoles?

Raza: una palabra, muchos significados

Antes de ahondar en el análisis que nos apremia, es necesario resaltar que usar la noción de “raza”, con su significado actual, podría constituir un anacronismo si nos referimos a épocas anteriores al siglo XVIII (Shipman, 1995), y por tanto, tratar de utilizar la noción de “raza” en su sentido contemporáneo para tratar de revisar las interacciones étnicas en las Filipinas españolas no sería muy prudente.

Ahora, es cierto que hay quienes afirman que, en el caso de España, construcciones como el régimen de pureza de sangre establecido a principios del siglo XVI exhibe la existencia de un sistema de segregación racial. Torres (2007) afirma: “a través de un discurso teológico también se pudo fabricar un determinismo biológico en detrimento de personas que se calificaban como “impuras” y, en consecuencia, como “inferiores” por tener antepasados judíos o musulmanes” (p.18). Sin embargo, hay quienes disienten de tal visión, ya que, como bien ilustran casos como el de Diego de Torres en el nuevo reino de Granada, la noción de pureza de sangre “es genealógica sin ser genética” (Rappaport, p.38, 2014), y, por ende, no puede ser tomada como un ejemplo de segregación racial en el sentido moderno de tal concepción.

Limpieza de sangre de Antonio Martínez Matera y Barrantes, 1722, España. Fuente: apami.home.blog

En efecto, los atributos hereditarios que lo hacían a uno un individuo de sangre pura no pueden ser considerados como distinciones biológico-raciales. Estos atributos podían ser, por ejemplo, las relaciones del individuo con la nobleza y la obediencia que la familia de la persona en cuestión mostraba hacia los valores cristianos (Rappaport, 2014).  Así, es clave que el lector comprenda que “la raza”, como era entendida en el siglo XVI, no era lo que entendemos hoy. Además, muchas de las fronteras sociales que tacharíamos de “raciales” estaban fundadas sobre otras distinciones en el periodo colonial” (Rappaport, pp.29-30, 2014). Es por esto que a, lo largo de este texto, utilizaremos el concepto de raza teniendo en mente las particularidades premodernas que menciona Rappaport. Si no lo hiciéramos, podríamos terminar “clasificando como “raza” [en el sentido moderno de la palabra] algo que era mucho más multifacético” (Rappaport, p. 209, 2014).

Las razas ante la ley española

Ya teniendo en cuenta las particularidades mencionadas anteriormente, hay que explicar de manera clara la importancia que tenía el ordenamiento jurídico en el Imperio español. Si bien las leyes promulgadas por la corona de Castilla para regular la vida en los nuevos territorios españoles permeaban una gran variedad de áreas, podríamos decir que la corona de Castilla (a la cual fueron anexados todos los territorios americanos y asiáticos conquistados) se esforzó en regular con lujo de detalles la coexistencia entre los distintos grupos étnicos del imperio. En ese contexto, podemos notar que, con la promulgación de las leyes de Indias (y las subsiguientes evoluciones de estas, es decir, las leyes de Burgos de 1512 y las leyes nuevas de Carlos I), la Monarquía Hispánica reconoció a los nativos de los territorios recién anexados como vasallos libres de la corona, iguales a los españoles, que no podían ser esclavizados.

No obstante, que los indígenas (de las Filipinas, en este caso) fueran libres e iguales a los españoles no significa que las autoridades imperiales tuvieran en mente establecer de inmediato una sociedad en la que la armoniosa interacción étnica fuera la norma y no la excepción. En efecto, la corona dividió la sociedad en dos repúblicas: una de “indios” y una de “españoles” (Elizalde, 2019). Esta división no estaba basada sobre prejuicios racistas, ya que “una vez fundada la monarquía indiana, las repúblicas de naturales pasaron a compartir con los españoles la misma república mayor, con una constitución y unas autoridades superiores comunes.” (Levaggi, párr.32, 2001). Lejos de ser una imposición tiránica del régimen colonial español, esta organización fue reconocida libremente por aquellos que quedarían sujetos a ella. En el caso de los indígenas, Levaggi (2001) explica: “la unión de los naturales con el monarca se quiso hacer derivar del libre acatamiento y elección, lo que, de por sí, llevó también cierta impronta de pactismo” (párr. 30).

Con el tiempo, la propagación del mestizaje da lugar al desarrollo no solo de las comunidades peninsulares y criollas, sino también de la identidad mestiza. En el caso de las Filipinas, el establecimiento de poblaciones mestizas hizo posible (como pasó también en gran parte del imperio) la conformación de nuevos grupos socio-raciales específicos para esa zona del imperio. Entre estos encontramos a los españoles (cuyo grupo incluía a peninsulares, criollos y mestizos de español), los indios, los mestizos chinos y los chinos (Elizalde, 2019). Cada uno de estos grupos tenía, al menos en teoría, una posición definida en la sociedad por su herencia racial.

Desde las instituciones españolas, se promovió y favoreció el mestizaje en todos los territorios del imperio. Fuente: elmundo

Más allá del papel: las interacciones raciales en la vida diaria

A pesar de que, en un principio, la legislación española buscó regular la vida en las Filipinas con base en la identidad racial de los individuos (entendiendo raza en su sentido premoderno, como ya se explicó anteriormente), la aplicación de la legislación fue poco estricta. En efecto, y como afirma Elizalde (2019): “aunque la división en el archipiélago filipino nunca llegó a negarse, se volvió más difusa con el tiempo, a medida que surgían nuevos canales de reconfiguración social” (p.347).

Estas condiciones de movilidad social no aparecieron por la gracia de Dios. En efecto, la ley española, ya fuera por su permisibilidad o por el deliberado apoyo de algunas prácticas, fue determinante para construir una sociedad fluida y armoniosa en cuanto a interacción racial se refiere. Por ejemplo, el gobierno de las islas (ostentado, en un principio, por peninsulares y criollos) se esforzó en darle a los individuos de todos los grupos étnicos, la oportunidad de obtener una formación académica de calidad. En ese respecto, Elizalde (2014) afirma: un factor que contribuyó al encuentro entre distintos grupos poblacionales fue la posibilidad de adquirir educación primaria, secundaria y universitaria en las Filipinas españolas” (p.358). Este apoyo a la educación pública y de calidad para todos hizo posible la introducción de los diversos grupos poblacionales en actividades tan diversas como la medicina y los medios de comunicación, campos en los que los diferentes grupos sociales trabajaban juntos independientemente de su consideración racial oficial (Elizalde, 2019).

Estas condiciones de fluidez y mezcla socio-racial en las actividades diarias hicieron que, más allá del área netamente laboral, la sociedad filipina fuera bastante inclusiva “en otros espacios de sociabilidad, tales como ceremonias oficiales, rituales religiosos, comités, reuniones de negocios, paseos nocturnos, reuniones sociales domésticas, celebraciones públicas y eventos recreacionales” (Elizalde, pp.359-360, 2019). Esta inclusión y armonía fue percibida por varios ilustres extranjeros que, luego de su paso por Filipinas, dieron fe de la poca importancia de la raza en la vida de los habitantes del archipiélago. Uno de los extranjeros en dejar por escrito su testimonio fue nada más y nada menos que John Bowring, gobernador general del Hong Kong británico, quien afirmaba que “las líneas separando clases y razas enteras, me parecían menos marcadas que en las colonias orientales. He visto a españoles, mestizos, indios, sacerdotes y militares sentarse en la misma mesa.” (Hunt, p.118, 1954). A las memorias de Bowring se les suman también las del ingeniero británico Frederic H. Sawyer, quien afirmaba que “los españoles y los nativos vivían en gran armonía, y no sé dónde podría encontrar una colonia en la que los europeos se mezclen tanto con los nativos” (Sawyer, p.125, 1900).

Mural en el que se representa a los conquistadores españoles a la derecha, obra del filipino Carlos Modesto “Botong” Villaluz Francisco (1912-1969). Fuente: BBC

Por otro lado, y gracias a los fundamentos educativos que el grueso de la población podía recibir, surgieron grupos muy influyentes y educados pertenecientes a todas las etnias locales. Esta influencia contribuiría a la caída de las barreras raciales que mermaban la capacidad de algunos individuos para llegar a puestos de gobierno. Así, ya en el siglo XIX (en el que, curiosamente, la idea moderna de raza ya estaba bien establecida), el gobierno del archipiélago “dejó de ser una “caja cerrada” para los españoles” (Elizalde, p.362, 2019). Por ejemplo, a finales del siglo XIX, en el consejo de la ciudad de Cebú había siete consejeros mestizos de los diez pertenecientes a dicho organismo de gobierno (Elizalde, 2019), mientras que en el consejo de la ciudad de Manila, criollos y peninsulares estaban representados de manera bastante equitativa. Elizalde (2019) afirma: “En 1893, de los ochenta y nueve individuos nominados por el ayuntamiento de Manila para la posición de corregidor, cuarenta eran peninsulares, cuarenta y ocho eran españoles filipinos o criollos, y uno era español cubano” (p.362).

Conclusión

En conclusión, y respondiendo a las preguntas formuladas en la introducción, podemos afirmar que las dinámicas etnocéntricas y racistas importadas por el gobierno estadounidense después de 1898 son, en efecto, concepciones importadas que no tenían comparación en el archipiélago. Es cierto, sin embargo, que encontramos cierta contradicción en el actuar de las autoridades imperiales cuando nos damos cuenta de que, a pesar de promover una división racial (entendiendo raza en su sentido premoderno) en las Filipinas que surge desde los primeros resultados de mestizaje, los mismos organismos gubernamentales terminarían promoviendo, mediante políticas públicas de todo tipo, la inclusión, mezcla e interacción de los diversos grupos que habitaban el archipiélago. En definitiva, “la sociedad colonial filipina no puede ser vista en términos de blanco y negro, como una constante lucha entre colonizados y colonizadores. Hubo un rango infinitamente amplio de grises en donde la interacción y entendimiento eran posibles entre los diferentes grupos poblacionales” (Elizalde, p.365, 2019).

Iglesia barroca en Filipinas, como parte del legado español en el archipiélago. Fuente: viajar.elperiodico.com

Bibliografía:

  • Brands, H. W. (1992). Bound to empire: The United States and the Philippines. Oxford Univ. Press. 
  • Chester L. Hunt (1954) Sociology in the Philippine setting: A modular approach, p. 118, Phoenix Pub. House.
  • Elizalde, M. D. (2014). Beyond racial divisions: Bridges and intersections in the Spanish Colonial Philippines. Philippine Studies: Historical and Ethnographic Viewpoints.
  • Frederic H. Sawyer (1900) The inhabitants of the Philippines, p. 125, New York.
  • Levaggi, Abelardo. (2001). REPÚBLICA DE INDIOS Y REPÚBLICA DE ESPAÑOLES EN LOS REINOS DE INDIAS. Revista de estudios histórico-jurídicos, (23), 419-428. 
  • Max S. Hering Torres, «“Raza”: variables históricas», Revista de Estudios Sociales [En línea], 26 | Abril 2007, Publicado el 01 abril 2007, consultado el 07 mayo 2022. URL: http://journals.openedition.org/revestudsoc/20427
  • Pomeroy, W. J. (1985). American neo-colonialism: Its emergence in the Philippines and Asia. Cacho Hermanos. 
  • Rappaport, J. (2014). The disappearing mestizo: Configuring difference in the colonial New Kingdom of Granada. Duke University Press. 
  • San Juan, E. (2016, June 16). U.S. genocide in the Philippines and the continuing struggle for National-Democratic Liberation.
  • Shipman, P. (1995). Die Evolution des Rassismus. Gebrauch und Mißbrauch von Wissenschaft. Frankfurt/M: S. Fischer.
  • Zinn, H. (1981). People’s history of the United States. Harper & Row.