Se conoce como decadentismo a un movimiento cultural, particularmente literario, de origen francés cuya influencia se prolongó durante las últimas dos décadas del siglo XIX. Esta corriente artística se extendió principalmente por Europa e influyó en algunos autores latinoamericanos. La denominación fue adoptada por esta corriente a partir del uso peyorativo con el que la crítica en un principio lo empleó.

Este movimiento se encuentra relacionado con la poesía de Baudelaire y el simbolismo literario, siendo Paul Verlaine uno de los precursores más claros del decadentismo. El esteticismo y la oposición a los valores culturales burgueses fueron rasgos definitorios importantes. Una de las obras más conocidas que se encuentran esta línea es El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde. No obstante, la novela À rebours de Joris-Karl Huysmans se erige como el máximo exponente del movimiento del decadentismo y en su lectura encontramos las líneas que definen al movimiento. El propio protagonista de la novela detalla las consideraciones estéticas precisas para comprender el decadentismo. Este libro es la “Biblia” del decadentismo.

Joris-Karl Huysmans

Á Rebours o A contrapelo es una novela enfocada completamente en el protagonista, el duque Jean Floressas Des Esseintes, y sus afinidades estéticas, artísticas, filosóficas, existenciales, literarias y morales, las cuales se encuentran entrelazadas en el mismo personaje. La novela trata de un joven aristócrata de espíritu refinado que escapa de la vulgaridad propia de la ciudad burguesa en la que se encuentra inmerso. Des Esseintes huye del hastío que le producen las relaciones sociales basadas en un pensamiento y moral para él mediocres, o en la mera persecución de los placeres sensibles más bajos. El personaje, tras acercarse a diversos ambientes —de aristócratas, de jóvenes, de hombres de letras y burdeles—, constata su desprecio por estos seres vacíos que no sacian su voluntad, sino que la perpetúan en una cadena de metas triviales y vulgares. A su vez, desdeña la falsedad del positivismo racionalista y del utilitarismo ramplón que rigen sus relaciones sociales contemporáneas. Desprecia a la humanidad y desprecia este entorno, por lo cual decide comprar una casa en Fontenay para refugiarse en una “quietud definitiva”, alejándose de la ciudad. De este modo, Des Esseintes crea, en su enfrentamiento con los valores culturales imperantes, una existencia labrada en una experiencia estética refinada. Construye un mundo propio para sobreponerse al hastío de la existencia frívola ligada al tedio de las demandas volitivas interminables. Esta búsqueda del ideal es frustrada, pues finalmente, por orden médica, se ve forzado a volver a la vida en la ciudad.

El texto mantiene una tensión entre dos niveles narrativos ligados a la temporalidad. En primer lugar, hay un plano lineal en el que se desarrollan sus elaborados ejercicios estéticos y sus reflexiones intelectuales. Por otro lado, los recuerdos, las evocaciones de un erotismo y un dandismo vital, y la perversidad moral se conjugan en un plano retrospectivo que se objetivan en su existencia actual. Son la estética de las sensaciones y la labor reflexivo-contemplativa, las que marcan el ritmo del texto. Se trata de una urdimbre compleja que carece de acción casi por completo.

Esta obra comporta una ruptura del naturalismo literario, creando así nuevas posibilidades narrativas. La narrativa del decadentismo trastoca los valores y objetivos artísticos y morales tradicionales. La intención de Huysmans es la de rebasar los límites del canon naturalista (movimiento que imperaba en su momento y en el que el propio Huysmans se encontraba). Zola, el mayor representante del naturalismo y amigo de Huysmans, comprendió con indignación esta transgresión que, aun manteniendo algunos aspectos estilísticos, se aleja de la representación diáfana de la realidad social, para sumergirse en la potencia evocadora y liberadora de una interioridad construida artísticamente. Se trata de destacar lo artificial, lo sugestivo y lo radicalmente distinto de un personaje muy particular, en contraposición al positivismo materialista del naturalismo.

El carácter contraventor de la novela, aparece en el mismo título: Á Rebours, a contrapelo, a contracorriente, al revés, en sentido contrario, etc. Lo que queda claro en esta metáfora espacial es la evocación de cierta tensión en un dinamismo de movimientos opuestos. No se trata de presentar a un personaje o a un relato, sino que expresa el sentido y trayectoria invertida. Esta imagen manifiesta la postura vital del protagonista que, a su vez es el la del autor. Queda disuelta la barrera entre personaje y escritor, ahora enlazados por la construcción estética de su existencia que se opone a los valores (del arte, de la moral, de la racionalidad y de todo tipo) imperantes. Este espíritu de contrariedad se nota en aspectos como la búsqueda de la autenticidad trascendiendo las falsas apariencias del mundo, la apología de lo artificial como construcción frente a lo natural, el pesimismo metafísico o el rechazo del utilitarismo para valorar las producciones humanas, antes bien, aprecia el valor interno de las obras.

El elefante sagrado, Gustave Moreau.

Una referencia indiscutible en Á Rebours es la literatura y la crítica de arte de Baudelaire. Se encuentran temas como el Spleen, la muerte, la conciencia del mal, la vida moderna, lo artificial, la búsqueda de la autenticidad, lo Ideal, la decadencia o encontrar lo eterno en la transitoriedad de lo mundano de la experiencia moderna. Ahora bien, lo más destacable es la puesta en práctica de la teoría de las correspondencias propuesta por el poeta, cuyo carácter sinestésico transgrede los límites de los sentidos en una experiencia estética que trasciende lo natural y se dirige a lo ideal: “Como prolongados ecos que de lejos se confunden / en una tenebrosa y profunda unidad, / vasta como la noche y como la claridad, / los perfumes, los colores y los sonidos se responden.” (fragmento del poema Correspondencias).

Des Esseintes, en sus ejercicios estéticos capta las correspondencias entre el mundo fenoménico de la sensibilidad y el mundo ideal, trascendiendo el tedio de la vida vacía para entroncar con cierta unidad eterna a través de la potencia sinestésica del dinamismo vital construido artísticamente. Es la misma unidad arquetípica que Schopenhauer buscaba para aquietar la voluntad, y que el mecanismo baudelaireiano de las correspondencias le permite. Los símbolos adquieren una importancia crucial en este tipo de prácticas: flores, piedras, licores, lenguaje literario, pinturas; todo se entrecruza.

La mezcla de las sensaciones trastorna el orden objetivo de la naturaleza de modo que se accede a un plano diferente. Un ejemplo claro de esto es el celebérrimo pasaje (capítulo IV, p. 170) del órgano de boca: Des Esseintes organiza un artefacto, que es una colección de barriles de licores de distinto tipo equipados con grifos, los cuales estructura en una disposición tal que le es posible combinar (a la manera de un órgano) y entonar armonías de sabores. Cada licor se corresponde con un instrumento, realizando así, música de licores y relaciones de tonalidad, en las que se escucha el sabor de la música.

Todo esto rompe con el descriptivismo propio del naturalismo. Su estética literaria huye del arte como reflejo de la objetividad, y se detiene en la evocación y el poder sugestivo propio del lenguaje artístico simbolista. La novela se desenvuelve entre ejercicios estéticos de fantasía y sensibilidad, el refinamiento artístico y literario, el erotismo, el pesimismo metafísico, el cinismo moral y la angustia de la vida moderna.

Lo que encontramos es una construcción de la propia vida a través de prácticas narrativas y estéticas. Esta construcción de artificialidad no es arbitraria, pues de lo contrario, lo que queda es el hastío de una vida sofocada por el vacío. La escritura excede sus propios límites para incidir en la conformación de la existencia personal misma. Recordemos que es la lectura de un texto lo que transforma la existencia, en todos sus aspectos, de Dorian Gray (aunque no se especifica y se diferencia en algunos detalles, pero se entiende que es Á Rebours).

Retrato fotográfico de Arthur Schopenhauer, Johann Schäfer.

Las coordenadas textuales que ofrece el pensamiento de Schopenhauer nos permiten realizar una lectura sugerente sobre la obra Á Rebours de Huysmans, y poner de manifiesto una dimensión filosófica del decadentismo. Hay que decir que no se trata de una lectura arriesgada —lo cual no quiere decir infecunda— puesto que es una conexión más bien aceptada, e incluso declarada por el propio Huysmans. En el prólogo de 1903 a esta novela, el autor considera retrospectivamente que se sentía muy próximo a las “ideas sobre el horror de la vida, sobre la estupidez del mundo, sobre la crueldad del destino” expuestas por Schopenhauer y encarnadas por el protagonista de su novela.

Se trata de una lectura particular (no de un estudio exhaustivo, conclusivo y excluyente) de Schopenhauer y Huysmans: la visión de Schajowicz sobre Schopenhauer como sofista que subvierte la tradición cultural nos sirve como horizonte de lectura del esteticismo de la decadencia de Des Esseintes.

Lo primero que hay que destacar es que los textos de Schopenhauer son un claro ejemplo del cuestionamiento de los límites de los géneros. Han posibilitado, de hecho, gran cantidad de prácticas de lectura y, por tanto, de generación de sentido en diversos ámbitos: filosofía, arte, literatura (la lista de autores a los que ha influido en la producción de sus respectivas obras es interminable). Asimismo, la escritura del propio Schopenhauer comporta cierta ruptura de la mecánica conceptual de linealidad demostrativa hasta fundamentos apodícticos y de la primacía de la neutralidad del intelecto sobre la voluntad. Schopenhauer es heredero de esta tradición, la cual conoce y maneja a la perfección, y es dentro de ella donde su escritura subvierte los límites para abrir paso a producciones de sentido que atañen a ámbitos ahora enlazados como por ejemplo la escritura, la experiencia estética y la creación del sentido existencial, como prácticas relacionadas.

La metafísica de Schopenhauer comporta la funesta constatación del gobierno absoluto de una Voluntad cuyo único objetivo es ella misma. Se trata de un dinamismo ciego e irracional y sin propósito más allá de sí, el cual rige todo en la medida en que se vale del mundo fenoménico e incluso del intelecto para satisfacer las tendencias cuya única meta es su misma repetición (lo cual nos puede recordar al absurdo de Sísifo del que hablaba Camus). La satisfacción de la Voluntad nunca llega a término puesto que los fenómenos y las voliciones particulares no son más que representaciones de la Voluntad y su finalidad no es otra que ella misma. Esto implica que los deseos y objetivos humanos no sólo son imposibles de satisfacer, sino que, además, no tienen ningún propósito, ningún sentido realizable: se trata de falsas apariencias dirigidas por el absurdo de la Voluntad.

La conciencia de este vacío y absurdo es lo que constituye la existencia misma de los seres humanos. De este modo, nos topamos primero con el dolor de la espera en la consecución de un objetivo particular, para luego enfrentarnos con el hastío que supone una existencia cuyas finalidades no son más que la reproducción incesante de ellas mismas, las cuales son representaciones del núcleo real de la Voluntad. Se trata de una cadena de tendencias hacia metas que, una vez conseguido el objeto deseado, se dirigen hacia otro objeto, revelando así su vacuidad. Dicha insaciabilidad significa que el verdadero objetivo es la Voluntad misma, es su autoreproducción infinita. El verdadero objeto del deseo es el propio deseo.

Hay que señalar que Schopenhauer, teniendo como referencias los textos de Kant y de Platón, la lectura que practica sobre ellos se olvida del rigorismo moral de primero, abriendo paso a la compasión, y del optimismo pedagógico de la política autoritaria del segundo. Ahora bien, preserva la dualidad kantiana de cosa en sí y apariencia, reformulada en las nociones de el mundo como voluntad y como representación. No obstante, lo que en Kant se constituye como dos regímenes de sentido irreductibles entre fenómeno y noúmeno, Schopenhauer mantiene que la existencia verdadera sólo le corresponde a la Voluntad. El filosofema presente en los mitos de la caverna y del velo de Maya adquieren un tratamiento filosófico en la filosofía trascendental que Schopenhauer recupera. Nuestro autor realiza una nueva lectura, con un nuevo sentido, al identificar la idea platónica y la cosa en sí kantiana con la Voluntad. Esto es, la Voluntad no se encuentra regida por los límites propios del mundo fenoménico del tiempo y del espacio.  Esta lectura desborda el ceñido corsé de los tecnicismos del idealismo trascendental y de las sutiles distinciones entre unos sistemas y otros, para ponernos frente al sentido de lo que en Kant permanecía como incognoscible: la cosa en sí.

Esa cosa en sí, para Schopenhauer, es lo más familiar, tanto, que se trata de algo de conocimiento inmediato por todos: la Voluntad. Constituye el sustrato de las representaciones, es el trasfondo del mundo fenoménico. A la naturaleza de la Voluntad no se llega mediante una metodología de carácter silogístico, sino que, siendo la realidad última del mundo, la hallamos de manera inmediata en nosotros mismos, es el primer dato de nuestra consciencia.

El caballero, la muerte y el diablo. Grabado de Alberto Durero.

No hay que confundir la voluntad humana con la Voluntad como pulsión volitiva de todos los fenómenos, de la cual la primera sería una representación. Sin embargo, es esta analogía la que nos confiere tal conocimiento privilegiado y directo de dicho sustrato del mundo como representación. De este modo, por las voliciones humanas entendemos desde el interior este querer irracional cuya tendencia se dirige hacia el querer mismo y constituye la esencia de la naturaleza toda.

El fundamento metafísico de la existencia de los humanos radica en la Voluntad, la cual dispone del hombre. No es el hombre el que posee la voluntad, sino que los individuos y el intelecto son una representación particular más de las que se vale la Voluntad para su auto-perpetuación. Las pretensiones de la autonomía racional se tornan una quimera, siendo así que el intelecto es una apariencia cuyo fondo real no es otro más que la Voluntad. Para los hombres, la existencia es sustancialmente sufrir, puesto que lo que nos constituye es un impulso de insaciabilidad perpetua. El hastío de esta rueda de cadenas de deseos surge al advertir la falta de propósito de la Voluntad en su ceguera. Hastío y sufrimiento, siendo el primero peor que el segundo, es lo que define la vida humana en su impulso volitivo irracional. Así pues, Schopenhauer declara que este mundo es el peor de los posibles pues no sólo es absurdo y sinsentido, sino que también es constitutivamente doloroso.

El hastío y el sufrimiento de la existencia sólo pueden ser neutralizados por medio de la anulación de la Voluntad. Este será, pues, el objetivo práctico de las reflexiones de Schopenhauer. No se trata de una postura hedonista por la cual economizar placeres y dolores, sino de obliterar en lo posible la Voluntad. El placer no es más que un paréntesis momentáneo del dolor, no tiene un carácter positivo. Peor aún, la consecución de un placer es una parte consustancial del dinamismo de la Voluntad. No hay placeres en sí mismos (con consistencia positiva), sólo hay dolor y la insoportable verdad del hastío. La dicha a la que se aspira es a la de no ser.

Ante el panorama de una existencia de sufrimiento y absurdo, lo que inmediatamente sobreviene es la idea del suicidio como solución más plausible en la elusión del dolor inevitable y consustancial a la vida. Sin embargo, Schopenhauer rechaza esta posibilidad, puesto que la acción del suicidio mantiene intacto el predominio de la Voluntad.

Schopenhauer atisba tres vías de anulación de la Voluntad: en primer lugar, la compasión, la cual comporta una salida del propio yo en la identificación con el dolor ajeno, de modo tal que nos sustraemos de la individualidad regida por la Voluntad. En segundo lugar, el arte del genio, ya que aquieta al impulso vital, y la renuncia ascética a los bienes del mundo del santo oriental.

La vía del genio del artista se encuentra en consonancia con el decadentismo. La contemplación estética es capaz de liberar al intelecto de la Voluntad, posibilita una sustracción que se mantiene, momentáneamente, como algo autónomo y desinteresado. El genio proyecta cierta mirada pura, en tanto que desinteresada, que va más allá de la multiplicidad aparente del mundo como representación para incidir en las formas o arquetipos no sometidos a corrupción que sólo el genio puede proyectar.

La obra del artista no es entendida como una apoteosis de los sentidos, sino como una contemplación intelectual que permite separarse de los objetos particulares como expresiones de la voluntad. Se neutralizan, así, el interés y las inclinaciones de los deseos aquietando, así, el dolor y el hastío propios de la vida fundamentada en la volición. Esto manifiesta el tradicional anhelo del triunfo del intelecto sobre la voluntad.

Hay que destacar que, en este aspecto, Schopenhauer no transgrede la tradición del pensamiento moderno ni la moral cristiana. Y es precisamente este aspecto lo que Nietzsche no puede tolerar, pues para él no hay más que apariencia, juegos de fuerzas y apología de la vida que Schopenhauer pretende suprimir o, cuanto menos, aquietar. Para Nietzsche, la voluntad no sólo no es negativa, sino que ni siquiera existe un fundamento-verdad que rija el mundo en una dualidad cuya pretensión es anular la vida.

Muse on Pegasus, Odilon Redon.

Cabe mencionar que veinte años después, Huysmans hace una lectura de su propia novela desde una situación radicalmente distinta a aquella en la cual la escribió, pues se convirtió a la fe cristiana. Es el propio autor el que extrae nuevos sentidos posibles de su texto, en este caso dirigidas a una búsqueda desesperada de la redención, aun asumiendo los ejes centrales pesimistas del sentido original que transitaba por el camino trazado por Schopenhauer. De hecho, Huysmans, en el prólogo que hace a Á Rebours veinte años después —ya convertido al catolicismo—, destaca que de Schopenhauer al Eclesiastés y el Libro de Job sólo hay un paso. Huysmans apunta a que en la idea de la crueldad de la existencia se encuentra la posibilidad de la redención por el alejamiento de la vida volitiva.

Como conclusión, hay que señalar que no se trata de un análisis minucioso de Schopenhauer ni de una evaluación de la validez de sus consideraciones metafísica. Simplemente nos sirve de referencia para extraer sentidos y seguir disfrutando de la obra de Huysmans y del movimiento cultural decadentista. Asumimos la posibilidad de emplear discursos sin legitimidad racional en tanto que teorías que pretenden dar cuenta de la realidad (como el caso del pensamiento schopenhaueriano, pues no aceptamos la validez analítica de su metafísica) como expresiones artísticas literarias estéticamente sugerentes.

 

 

Bibliografía

Baudelaire, C. (2006). Las Flores del Mal. Madrid: Cátedra.

Calinescu, M. (2003). “La Idea de Decadencia”, en Cinco Caras de la Modernidad. Madrid: Tecnos.

Huysmans, J-K (2010). A Contrapelo. Madrid: Cátedra.

Schajowicz, L. (1979). Los Nuevos Sofista. La Subversión Cultural de Nietzsche a Beckett. Puerto Rico: Editorial universitaria.

Schopenhauer, A. (2010). El Mundo como Voluntad y Representación. Madrid: Alianza.

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