Las relaciones matrimoniales eran entendidas en el mundo clásico como un contrato por intereses familiares y como mecanismo para engendrar hijos legítimos que heredasen la propiedad y la situación de sus padres. El placer sexual se buscaba en lugares fuera del hogar donde muchas de las prácticas que se realizaban eran consideradas impúdicas para una matrona romana.

El Derecho romano definía a las meretrices como “personas que abiertamente obtienen dinero con su cuerpo” pues la prostitución era considerara un bien social y necesario. Gracias a esto sabemos mucho sobre los tipos de prostitutas, sus actividades e incluso los precios de prostitutas y prostitutos, ya que también existía la prostitución de hombres jóvenes dedicados a un público femenino y homosexual.

Viñeta del cómic Las Águilas de Roma.

Sabemos pues que esta práctica se ejercía con normalidad en calles concretas, baños públicos o en diversas tabernae[1]. No obstante, en el siguiente artículo pretendo centrar la atención en los edificios dedicados al placer, los lupanares, para saber cómo se organizaban, cuál era el ambiente que se respiraba y cómo encajaban en el pensamiento romano de la época.

En el siglo IV d.C en la ciudad de Roma estaban registrados oficialmente más de 50 locales de prostitución. En barrios como Subura o el Trastevere existían los locales más sórdidos mientras el Aventino acogía locales con un nivel económico más elevado.

Estos locales eran fácilmente identificables, primero porque existían señales que indicaban la dirección hacia el prostíbulo más cercano, ya sean falos grabados en el pavimento del suelo o señales verticales. Además, estos locales tenían un enorme falo pintado de rojo bermellón, que servía de aldaba de la puerta. También por la noche, los establecimientos estarían iluminados por faroles de aceite con formas fálicas.

Existían muchos tipos de prostíbulos en el mundo romano de modo que resulta muy difícil establecer una regla arquitectónica general para este edificio. La excelente conservación de la ciudad de Pompeya ha aportado datos al respecto, con unos 30 edificios relacionados con la prostitución. Entre ellos, el Lupanare es el burdel más conocido y mejor estudiado, del que podemos conocer un ejemplo de cómo era la estructura de estos locales.

El Lupanare contaba con dos plantas, una a nivel del suelo y un primer piso.
La planta baja estaba destinada al acceso de esclavos o de las clases más pobres, mientras que la superior estaba dedicada a una clientela de mayor poder adquisitivo. En esta planta se disponía también de un buen balcón desde el cual las prostitutas seducían a los peatones con sus propuestas y movimientos sensuales.

Invocación de Príapo. Grabado del siglo XIX de un supuesto bajorrelieve de Pompeya.

En el vestíbulo de estos locales se situaba un Príapo[2] erecto de grandes proporciones que daba la bienvenida al visitante como símbolo de poder sexual masculino. En su interior tenía un corredor y habitaciones con cama. Se conoce que en la planta baja había normalmente un máximo de cinco habitaciones con una prostituta para cada una. Estos cubículos se denominaban “fornices”, nombre del que nace nuestro verbo fornicar.

Al piso superior se accedía por una entrada independiente que daba a una escalera y después al balcón. A este balcón daban las diferentes habitaciones, más grandes y decoradas que las de la planta baja. Este piso superior era reservado a una clientela más acomodada.

Más adelante, en la entrada de cada uno de los fornices, había pinturas mostrando las especialidades sexuales de sus prostitutas y una pizarra con su nombre y sus tarifas, así el cliente sabía muy bien qué compraba. No era lo mismo una cuadrantaria (denominada así para cobrar un cuadrante por sus servicios, una miseria), que una felatriz, especialista en la felación y sexo oral, una práctica que ninguna mujer u hombre digno realizaría en situación normal.

También había en las entradas de los fornices carteles con la palabra occupata, para colgarlo en la puerta cuando la meretriz estaba con un cliente. Muchas de las paredes estaban cubiertas de pinturas que expresaban diferentes posiciones eróticas como decoración.

Finalmente, las camas de los fornices eran de mortero. Encima se colocaba un colchón de paja o plumón para que el acto sexual fuera más cómodo. El único mobiliario que contenían era una lámpara de aceite y una palangana para limpiarse.

Así pues, los lupanares romanos eran edificios dedicados al placer sexual normalmente masculino. Su perfil arquitectónico es el resultado de la estructura ideológica de la sociedad romana y de la actividad que en él se realizaba.

Detalle de un fresco de Pompeya que muestra una escena sexual.

Para empezar, el edificio se situaba normalmente en un cruce de calles. Este era un punto de continua afluencia de peatones y donde eran visibles las meretrices que se paseaban por los alrededores desde cualquier calle que lo atraviesa. Este debía ser un factor principal para atraer clientes.

La exhibición de la oferta del local continuaba en el balcón. El hecho de situar las prostitutas a bailar y llamar halagos a los peatones desde un balcón, es decir, desde un escenario elevado, implicaba una mayor visualidad de las chicas. Estas eran visibles más fácilmente por los presuntos clientes, y a su vez, ellas podían controlar mejor lo que pasaba en las calles circundantes.

Tanta publicidad contrasta el punto de privacidad que busca el cliente para el acto sexual con la división del espacio en pequeñas habitaciones. Es cierto que cada cubículo podía estar dedicado a una práctica sexual diferente, pero el espacio reducido y la posibilidad de tener una puerta o tela para tapar la entrada denotan esta voluntad. Además, el hecho de que el espacio fuera reducido y el mobiliario escaso implicaba también una precaución frente las posibles agresiones a prostitutas. Reduciendo el espacio y los objetos que podrían utilizarse como arma se evitarían agresiones y la fuga del posible agresor.

Se diferencian también dos niveles, la planta baja para los pobres y el primer piso para los ricos. El acceso en estos espacios era independiente, de forma que los dos tipos de clientes no coincidían.

Además, cada una de las habitaciones del primer piso daba directamente al balcón. ¿Por qué tener esta comunicación entre balcón y habitación? En mi opinión esto se debería a la posibilidad de los clientes ricos de elegir prostituta. Los peatones adinerados, a los cuales atraían las diferentes meretrices, podrían elegir a “la que más les gustaba”, a modo de escaparate. Si cliente y prostituta acordaban un acto sexual, esta necesitaría un acceso directo a su habitación para encontrarse con él.

Finalmente, hay que hablar de la decoración. Junto con el Príapo, las pinturas murales de las paredes también tendrían una función muy clara: excitar al visitante. Las escenas sexuales, por una parte, mostraban lo que se podría practicar en aquel lupanar, y por la otra excitaba e incitaba a los visitantes a realizar y descubrir nuevas posturas y prácticas sexuales.

Fresco de Príapo en la casa de los Vettii, Pompeya. Príapo está pesando su miembro en una balanza contra la ganancia obtenida de los campos.

Así pues, los burdeles de Roma se han descrito como lugares sucios, de escasa ventilación, llenos de malos olores y caracterizados por la falta de higiene y la acumulación de hollín y gases de las numerosas lámparas. Aunque también, estaban los locales más lujosos, perfectamente preparados y con todo lujo de detalles.

Según el tipo de barrio donde te adentrases podías correr peligro, por lo que los personajes más ricos, irían acompañados de su propia escolta de esclavos armados con faroles y palos. Como bien nos dice Plauto “Aquí tenemos todas las categorías de hombres: caballeros, de a pie, emancipado, ladrón, esclavo fugado, presidario huido, y esclavos por deudas. Las suripantas reciben a cualquiera con tal de que tenga dinero“.

Por su parte, las prostitutas o lupae[3] se exhibirían en la calle, paseando por la acera captando clientes, solas, en pareja o formando corrillos. También las habría que te reclamaban desde los balcones del lupanar o desde su misma puerta, tal y como hemos visto.

La zona de recepción, mejor o peor preparada según el nivel del prostíbulo, podía incluir servicios de comida y bebida, tal y como nos lo describe Plauto “lleno de rincones oscuros y cuartuchos. Se bebe y se come como en las tabernas. Alineados en anaqueles a lo largo de las paredes hay cántaros sellados con pez, de largas etiquetas, indicio de que es lugar frecuentado por buenos bebedores”.

En esta zona las prostitutas se mostraban a los clientes vestidas con gasas o desnudas, anunciándose según su especialidad, la mayoría con nombres exóticos y seguramente mintiendo sobre su lugar de procedencia, atribuyéndose un origen en algún punto exótico y lejano del Imperio Romano.

No querría cerrar este apartado sin mencionar una fuente de información primordial para conocer de primera mano el pensamiento de aquellas gentes: los grafitis que clientes y prostitutas dejaron en las paredes de estas casas. En Pompeya se han documentado más de 120 inscripciones, las cuales recuerdan mucho a las que se dejan hoy en día a cualquier baño público:

“Así que llegué aquí, follé y regresé a casa” (CIL, IV, 2346)

“Festo jodió aquí con sus camaradas” (CIL, IV, 3935)

“Haspocras folló aquí muy a gusto con Drauca por un denario” (CIL, IV, 2193)

“Quien esto escribe está enamorado; quien lo lee, toma por el culo; el que escucha, se pone caliente; quien pasa de largo, es un maricón; que los osos se me zampen a mí, y yo, que lo leo, un cipote” (CIL, IV, 2360)

“Cayo Valerio Venusto, soldado de la primera cohorte pretoriana, follador máximo” (CIL, IV, 2145)

“Crisero y Suceso jodimos aquí tres veces cada uno” (CIL, 4816)

Detalle de un fresco de Pompeya que muestra una escena sexual.

En resumen, vemos cómo los lupanares eran lugares de referencia para el placer, normalmente masculino. La política romana entendió la necesidad social de la existencia de este oficio por lo que legislaba y regulaba todos los locales y trabajadores relacionados con la prostitución. Tal y como escribió el historiador romano Tácito, las mujeres que querían ejercer la prostitución tenían que registrarse en la oficina del edil para disponer de la licentia stupri y así prostituirse legalmente.

De este modo la civilización romana entendía la prostitución como algo normal y cotidiano. El sexo por placer, el sexo social, estaba reglado y permitido, incluso difundido y aceptado como una necesidad en el seno de la comunidad. La sociedad romana toleraba unas conductas y éticas bastante promiscuas y liberales, donde las relaciones extramatrimoniales eran totalmente normales. La única exigencia era mantenerse dentro de los límites de la normativa legal y social.

Hay que entender que las relaciones maritales, amorosas y sexuales en la antigüedad clásica tenían un sentido muy diferente al que entendemos hoy día. Las bodas representaban contratos entre familias y un sistema por el que engendrar hijos que siguieran el linaje. La diversión y el placer se buscaban en lugares especializados restando la casa para los quehaceres y los negocios.

Cabe observar también cómo la prostitución era accesible a todas las capas sociales. Existían diferencias de lujos, precios y prostitutas según el nivel adquisitivo de los clientes, es decir, encontramos una estratificación del placer sexual donde el negocio amplía su público, pero jerarquiza los servicios prestados.

Finalmente, apuntar a la influencia griega de la búsqueda primordial del placer, aunque seguramente por herencia del hedonismo racional de Epicuro, los romanos también entendían que todo tiene su justa medida, incluso para las visitas a prostitutas. Un claro ejemplo de esta moralidad la encontramos en una anécdota de Catón el Viejo que vio salir al hijo de un amigo suyo de un prostíbulo, éste avergonzado retiró la mirada, aunque Catón le dijo “lo que haces está bien, así cuando el deseo te hinche las venas no abusarás de las mujeres decentes”. Pero al día siguiente volvió a cruzarse con el joven que salía otra vez del prostíbulo y esta vez le recriminó diciéndole “Muchacho, te dije que estaba bien que visitaras ese lugar, no que vivieras en él”.

Bibliografía y Webgrafía

“Alkmst” (2014). La prostitución en la cultura romana. [online] Historsex.blogspot.com [Consultado el 2 Sep. 2018].

Doménech, Asunción (2012) – La Aventura de la Historia – 164 – Roma, el negocio de la prostitución. Editorial: Unidad Editorial Sociedad de Revistas S. L. U.

Lübbes, F. (1979). Archäelogisches Führer Pompeji. p.302.

McClure, L. (2002). Sexuality and gender in the classical world. Oxford, UK: Blackwell Publishers.

McGinn, T. (2007). Prostitution, sexuality, and the law in ancient Rome. Oxford: Oxford Univ. Press.

Sanz, J. (2011). Clases de putas en la antigua Roma. [online] Historias de la Historia [Consultado el 1 Sep. 2018].

Sanz, J. and Priego, J. (2016). PROSTITUCIÓN, FEMENINA Y MASCULINA, EN LA ANTIGUA ROMA | Historias de la Historia. [online] YouTube [Consultado el 2 Sep. 2018].

Vanoyeke, V. (1990). La Prostitution en Grèce et à Rome. Paris: Les Belles Lettres.

Williams, C. (2010). Roman homosexuality. New York: Oxford University Press.

 

 

[1] Las tabernae eran tiendas situadas en los bajos de los edificios o las domi (casas). También se conocía como tabernas a las posadas situadas en las principales calzadas.

[2] En la mitología griega, Príapo es un dios menor rústico de la fertilidad, tanto de la vegetación como de todos los animales relacionados con la vida agrícola, y un personaje puramente fálico.

[3] La lupa o en plural lupae era la denominación que recibían las prostitutas que ejercían única y exclusivamente en los lupanares.