Os propongo un juego literario. Tenéis que haceros una pregunta. Esta es la siguiente: ¿Cuáles son vuestros tres primeros libros ideales escritos en español, los tres más señeros de toda la historia de las letras hispanas?

Permitidme que elija uno de cariz filosófico. El más grande y auténtico en español. Este no es otro que El Criticón del pensador aragonés Baltasar Gracián.

Pocos libros pueden entusiasmar tan vivamente como El CriticónSu lectura, a buen seguro, será un feliz descubrimiento y recorrer sus páginas una deleitosa y provechosa actividad. No deja de ser sorprendente, es realmente insólito, a qué lugar tan relegado de la fama universal ha sido condenado este autor tan sobresaliente en España: el donaire de su arte, la donosura de sus chanzas, la prodigalidad de su verbo, la facundia extraordinaria de sus parlamentos, la riqueza expresiva de su léxico, la originalidad temática y conceptual, la profundidad abisal de sus reflexiones, el dilatado ingenio de sus metáforas… cada cosa de suyo y todo tomado en conjunto, hacen de esta novela un singularísimo ejemplo de obra de arte sublime, algo incomparable en su globalidad.

En el arte de la pintura y de la escultura no hay regla más importante que la de proporcionar y dotar de equilibrio a las figuras, y colocarlas con la mayor precisión en el centro de gravedad adecuado. Porque lo contrario es feo a la vista, y porque la desproporción rompe con la armonía del conjunto, estas reglas son imprescindibles para que las obras sean estéticamente hermosas y exhalen belleza por sus poros.

El poeta Baltasar Gracián

Pues bien, de nuestro autor se puede decir que dota a sus figuras literarias de una proporción, de una mesura cabal y de una armonía; que el contexto en el que están insertos y la historia por la que discurren los actores principales está tan bien traída… que la totalidad resultante no solo es atractiva a la vista, bella a los sentidos, sino que por su densidad, profundidad y estilismo, la novela resulta una obra maestra, una extraordinaria exposición de la más acabada perfección humana.

Los personajes principales, Critilo y Andrenio, propagan imágenes enjundiosas, promueven fructíferas reflexiones, regulan su proceder por la virtud y su conducta, irreprochable, va ganando enteros conforme nos adentramos en el decurso de la trama… las formas están medidas, no hay lugar para la casualidad, ingeniosos en extremo, elocuentes y raciocinantes, meritorios y excelentes… tanto Critilo como Andrenio, pasarán un sinfín de avatares, adversidades y experiencias que le llevarán, en una búsqueda incansable, detrás de Felisinda (alegoría de la Felicidad).

Nuestra historia principia en una isla lejana y solitaria. Multitud de peligros acecharán a nuestros dos amigos en su viaje por la vida del mundo. Tropelías sin final tendrán que sortear para salir airosos de cuantas emboscadas y celadas se encuentren en su camino.

Con la llegada de los hombres y su retorno al mundo social todo mutará en engaño y picardía, en un mundo de hipocresía y enemistad. Multiplicar la cautela ante el hombre: ese es el consejo que Critilo le da a Andrenio. El hombre adultera las cosas con saña infinita, y lo que parece bueno es su contrario. La sociedad de los hombres es el mundo al revés. Los esclavos de sus pasiones son adorados por el vulgo, mientras los libres que se guían por la razón son humillados por los demás. Los malos vuelan, los buenos se arrastran.

A medida que acrece la edad amengua el ánimo; mientras más acopio de experiencias, un mayor desengaño de la vida. Se intensifica y enriquece el bagaje interior con los juicios emitidos después de observar, analizar y ponderar al humano con la sonda del raciocinio; después de auscultar sus inmensidades con la introspección racional.

El hombre no nace, se hace. Pero el vicio está tan extendido y arraigado entre la raza humana que imposibilita las acciones heroicas y dignas de feliz recordación. El hombre blasona su fantasía de vacuos contenidos que acaba idolatrando como si fueran dioses, y termina siendo frágil y débil como la estatua de los pies de barro.

Portada de la primera edición de El Criticón.

Cada edad tiene sus leyes; cada tiempo sus premisas y presupuestos. El paso de la mocedad a la madurez supone un aumento en el grado de mesura, serenidad, temperancia y racionalidad… empero, la mentira inficiona el ámbito humano con irremediables vicios. Se establece una dualidad irresoluble en el mundo, un binomio contradictorio, que debe ser resuelto por el sabio de manera peculiar: no creerse lo que los sentidos perciben y emitir el juicio contrario a lo que algo parece que es.

En todo este panorama, un poco gris, Gracián deja un hueco para la amistad: el amigo es otro yo, un auténtico tesoro de valía incalculable. Además de la utilidad y ventaja social que reporta tener amigos, la amistad es algo placentero y deleitoso. Todo lo pondera la amistad en sus justos términos y, así, es el baluarte y el escudo contra la adversidad en la vida, también de ser principio de felicidad pues incrementa la seguridad y acrecienta la excelencia de las personas.

¿Quién no quedaría completamente asombrado ante una obra de tales características, adornada de tantas virtudes, excelente de principio a fin, noble, elevada y ejemplar en todas sus páginas?

Su lectura anticipa brillantes y famosas reflexiones posteriores en otros filósofos más celebrados en sus patrias y por la crítica de todos los tiempos. Rescatarlo del olvido es tarea de todos, que sus enseñanzas no caigan en el saco roto de la desidia por parte de todo aquel que se considere amante de la lectura excelsa es labor que hay que desarrollar para poner a este autor en el lugar que se merece: entre los más preclaros e insignes filósofos y literatos universales de todos los tiempos.

¡Leamos a Baltasar Gracián! ¡Leamos El Criticón!

 

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