Serie: Érase una vez España

Capítulo 03: nuestra primera globalización

Por voluntad de los dioses, una tempestad arrastró una nave de Samos que se dirigía a Egipto y la llevó a Tartessos, más allá de las columnas de Hércules. Como aquel mercado estaba todavía intacto, los de la nave obtuvieron fabulosas ganancias” cuenta Heródoto del descubrimiento de Tartessos por los griegos, su Dorado particular, la famosa tierra de Jauja.

Bronce Carriazo, Obra artística de la civilización Tartésica.

Pero mucho antes la legendaria Tartessos, que se extendía por el sur de la actual España, se había convertido ya en el mayor suministrador de materias primas de los mercaderes fenicios. Allí había de todo en abundancia: plata, cobre, estaño, pieles, esparto, esclavos y, con el tiempo, mercenarios. Los fenicios, buscando aprovecharse de tan apetitoso premio, entre el año 1.000 y el 600 a.C. fundaron numerosas colonias y centros fronterizos por toda la costa: Gades (Cádiz), Malaka (Málaga)… pequeños poblados que servían de enlace entre los fenicios y los indígenas, quienes les proporcionaban los abundantes y fastuosos metales a cambio de tecnología y diversos pagos.

A pesar de todo, nadie sabe con seguridad qué era Tartessos. Algún tipo de reino descendiente de antiguas culturas megalíticas o agrarias. Su rey más famoso, Argantonio, es mencionado por los griegos como prototipo de gobernante rico, justo, pacífico y longevo. Todo un verdadero Salomón. Sin embargo, tras siglos siendo la joya de la corona, la estrella de Tartessos desapareció con un brutal estallido. ¿Qué pudo pasar?

Aproximación de la extensión e influencia de la civilización de Tartessos.

La explicación más aceptada a día de hoy es bastante simple y prueba que eso de la globalización es algo más que un invento actual. Tartessos desapareció porque se quedó sin clientes. Tras la conquista de Tiro por las tropas asirias en el 573 a.C., la ciudad fenicia de la que dependía en exclusiva el reino, provocó el desmembramiento de éste. Ese reino, sin embargo, tal vez nunca pasó de ser algún tipo de confederación tribal en torno a una dinastía representante de la colectividad frente los fenicios. Cuando se acabó el negocio, cada accionista tiró por su lado del camino y acabaron conformando la Turdetania, más rica, prospera y culta que sus vecinas. Porque quien tuvo, retuvo.

El hueco dejado sería rápidamente abarrotado. Los griegos, que llevaban siglos intentando arrebatar a los fenicios el monopolio del comercio, se lanzaron a la carga, aunque se encontraron con una inesperada resistencia. Cartago, la sucursal africana de Tiro, sin dejarse amedrentar y sin perder tiempo en lloros o autocompasión, se dispuso a tomar el relevo de sus padres fenicios. El conflicto entre cartagineses y griegos alcanzó su zenit en la batalla naval de Alalia en el 535 a.C. tras la cual establecieron sus respectivas zonas de influencia. Los primeros se quedaban con el levante y el sur mientras que los segundos se apoderaban de todo el norte peninsular. Y todo esto sin consultar de ninguna manera a los aborígenes indígenas hispanos quienes, al igual que miles de años más tarde con el Tratado de Tordesillas, nunca pudieron mandar a sus propios representantes para que explicaran sus propios sentimientos ante estas injustas medidas imperialistas.

Representación de la batalla de Alalia.

Pero bueno, sólo puede hablarse de la historia de una nación cuando los diversos pueblos que la forman comienzan a ser percibidos desde el exterior como un ente unido, lo que ocurrió, por cierto, mucho tiempo antes de que tal concepto llegara a la asunción de las propias belicosas tribus hispanas. Iberia llamaron los griegos a estas tierras, nombre de nuestra península, pero los fenicios la nombraron con otros nombres cuya denominación resuenan en nuestros días aunque algunos pretendan acallarlos. I-span-ya, “la tierra de los metales”, o, la teoría más extendida, i-shepham-im, es decir: “el país de los conejos”. Y es que, mucho tiempo antes que el león o el toro, y por supuesto que el águila, nuestro tótem particular fue ese pequeño e inquieto roedor que se acuñaba incluso en monedas.

Así que este era el panorama que ofrecía Hispania en el siglo III a.C. cuando la rivalidad entre Roma y Cartago nos introdujo directamente en el ámbito de la historia universal.