Estudiar la historia de este país milenario siempre ha resultado difícil para los historiadores. Esto se debe en buena medida a que la mayor parte de su historia se sustenta sobre hechos mitológicos que hacen difícil la tarea de diferenciar entre la realidad y la ficción. Pero si a este hecho le añadimos que el primer emperador decidió que la historia debía comenzar con él y proclamó que todos los manuscritos de la floreciente época de Confucio y Lao Tse debían ser quemados, aún se complica más. Este emperador se llamó Qin Shi Huang Di, nacido en el 260 a. C. y primero de la dinastía Quin, quien aún famoso por este aberrante acto, fue y es muy querido en China.

Ante esto te preguntarás, ¿cómo pudo este hombre ganarse el perdón de su pueblo, aun cuando si no hubiese sido por las gentes que osaron esconder muchos de los manuscritos antiguos habría podido destruir buena parte de la base de su cultura? La respuesta es sencilla: gracias a él, China es hoy un territorio unificado.

En aquel tiempo, la zona estaba constituida por siete estados independientes y combate constante, pero Ying Zheng, como se llamaba antes de ser emperador, consiguió, con su acción militante y su agresivo carácter, hacerse con el dominio de todo el territorio en el 221 a. C., pasando a llamarse Quin (el nombre de su dinastía) Shi (primer) Huang Di (emperador). Fue entonces cuando Quin, o Chin, en una muestra más de su poderoso carácter, llamó al territorio China, todo un elogio a sí mismo.

Tirano por naturaleza, el hecho de que fuese el encargado de unificar, no sólo el territorio de China, sino también la escritura, la cultura y la moneda del país, le sirvió para convertirse en una de las figuras más magníficas de la historia de Oriente. Sólo temía a la muerte, el único contrincante al que nadie puede vencer, y la destrucción de su imperio, lo que le hizo desconfiado y supersticioso; y fue esto precisamente lo que le condujo a la creación de algunas de las obras más impresionantes de la cultura asiática, como son la Gran Muralla china y su Mausoleo de soldados de terracota. Así, llevando a la muerte a miles de esclavos, reos y trabajadores para su construcción, creó dos de las obras más aclamadas de la historia y consiguió convertirse en un símbolo de China y una persona imborrable en el recuerdo cultural.

Muerto de enfermedad en el 210 a. C., pasó toda su vida tratando de crear un país superior a cualquier otro, y si bien su dinastía fue breve, sucedida por los Han, este feroz gobernante marcaría un antes y un después en la China que hoy conocemos.

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