Las doctrinas de Platón sobre el saber son un hito de la humanidad. Se trata de consideraciones cuya influencia ha recorrido toda la historia intelectual e incide en el centro mismo de la llamada cultura “occidental”. Su importancia es tal que no es posible ignorarlas, ya sea para suscribirlas o para discutirlas y rechazarlas.

En el presente texto nos centramos en la filosofía de Platón, pero no abordamos de forma exhaustiva la totalidad de sus doctrinas. Antes bien, el objetivo radica en ofrecer un esquema general que sintetice las líneas más importantes y los núcleos temáticos más representativos de los aspectos teóricos relativos a la cuestión del conocimiento dentro del pensamiento de Platón. Es imposible acotar la totalidad de la filosofía del genial filósofo, tanto por su extensión y variedad temática como por la evolución de su propio pensamiento. Por este motivo, nos limitamos a destacar algunos rasgos fundamentales referentes al saber[1].

Plato. Ilustración de Roger Payne.

El primer punto que destacamos es la teoría platónica del saber en relación a la distinción entre doxa y episteme. Hay que indicar que se ha usado la palabra “saber” para traducir el término griego epistḗmē, el cual también quiere decir “ciencia”. La episteme no consiste en un conocimiento general de cualquier tipo, sino en un conocimiento de carácter cierto y libre de error. El rasgo fundamental es la fuerza veritativa del verbo epístasthai. Dicho rasgo no lo posee el verbo doxázein, que se traduce por opinar. De este modo, lo opuesto de la episteme es la doxa.

Aclaradas las cuestiones etimológicas, lo que se establece con esta distinción es que la aseveración “sé que p” implica que “p es verdadero”. Por el contrario, la verdad de p no está implicada en la expresión “opino que p”, sino que es acomodable tanto a su verdad como a su falsedad. Por consiguiente, no es posible un “saber falso”, mientras que sí es idiomáticamente válido referirse a una “opinión falsa”. La simpleza y aparente trivialidad de estas consideraciones pueden conceptualizarse con un mayor grado de rigor formal y emplearse en distintos campos. Jaakko Hintikka fundó la lógica epistémica en su libro Knowledge and Belief haciendo uso de la lógica modal para expresar la semántica del conocimiento.

Ciñéndonos a Platón, el objetivo de tal cavilación estriba en responder a las cuestiones ¿qué es saber? y ¿cuál es el objeto del saber? Este es el marco intelectual en el que Platón desarrolló la distinción entre doxa y episteme. No fue una cuestión arbitraria y aislada como a veces se la suele presentar. La teoría de la episteme está presente en toda su filosofía, incluso en contextos políticos y morales.

En su diálogo Teeteto aborda explícita y sistemáticamente la pregunta sobre el saber. La conclusión a este respecto es la caracterización del saber en relación a tres condiciones: (i) el saber es una opinión o creencia, (ii) es una creencia verdadera y (iii) está fundamentada en razones. Al principio del diálogo, Sócrates sitúa el saber en el terreno de la creencia o juicio, pero conforme el diálogo se desarrolla se le añade el rasgo de ser verdadera (puesto que una opinión también puede ser falsa) y el de que la veracidad debe estar garantizada por razones, debe existir una justificación. Así pues, la definición clásica del saber es la siguiente: creencia verdadera justificada.

Busto de Platón

La oposición no se da en realidad entre el saber y la creencia, sino entre el saber y la mera creencia. Atendiendo a esta definición, la distinción no reside en el objeto del conocimiento, sino en la forma de la creencia. Sin embargo, se trata de una cuestión discutida, puesto que diálogos como Teeteto o Menón no se rechaza de forma expresa la posibilidad de que sobre un mismo objeto sea pertinente tanto el saber en sentido estricto como la mera opinión, pero en otros diálogos relevantes como República y Timeo sí se excluye esta consideración.

En la República Platón expresa que la doxa y la episteme tienen objetos distintos en tanto que son formas diferentes de conocimiento. No sólo son diferentes, sino contrarios: por un lado, la doxa es mutable y falible, y por otro lado, el saber estricto es permanente. Este punto del desarrollo es especialmente importante en tanto que conecta con la celebérrima teoría de la Ideas. El saber en sentido estricto, al ser inmutable y siempre libre de error, concierne al Ser, es decir, a la realidad inmutable de las Ideas o Formas. La doxa, en cambio, se refiere al devenir, al engañoso e inestable mundo sensible. La estabilidad, la fundamentación racional y la infalibilidad son las notas que caracterizan el saber en sentido estricto y, por tanto, su objeto correspondiente son las Ideas, que mantiene con las cosas sensibles una relación de participación.

Más adelante en la misma República, Platón distingue los métodos del conocimiento racional, de los que el más relevante es la dialektike, propio del proceder filosófico. La dialéctica platónica no se limita a proceder deductivamente a partir de principios hipotéticos (“descendiendo”), como hace el pensamiento discursivo (diánoia). Antes bien, la dialéctica parte de las hipótesis y asciende a los principios que las justifican hasta llegar al fundamento último. El principio último es la Idea suprema de Bien. Y es esta circunstancia en la que se podrá descender deductivamente a conclusiones infalibles a partir de Ideas. Es imprescindible mencionar que no es posible determinar con exactitud este método de la dialéctica y, más aún, en sus diálogos no realiza dicho proyecto de alcanzar los principios ideales.

La episteme correspondería entonces al saber dialéctico, pues es el único conocimiento justificado en sus fundamentos últimos. El profesor Tomás Calvo (2000) explica que “es razonable suponer que esta concepción platónica de la dialéctica compota la propuesta de un saber absoluto y total que englobaría y fundamentaría a las ciencias particulares y que, como tal, sería el saber o epistḗmē por antonomasia (…). Se trata, sin duda, de aquel tipo de saber a cuya realización aspirarán siempre los filósofos racionalistas, trátese de Platón, de Leibniz o de Hegel”.

Portrait – Plato – Idea. Ilustración de Piotr Tarnman.

La relación del saber con los seres humanos se define en la teoría de la anámnesis o reminiscencia. Para comprender esta doctrina es preciso tener en cuenta el dualismo metafísico propio de las expresiones más representativas de la filosofía de Platón. En esta línea, la realidad se caracteriza por un cisma radical que separa el mundo inteligible de las Ideas del mundo sensible del devenir. Esto repercute en el plano cognoscitivo con la distinción entre razón y sentidos, y en el plano antropológico con la distinción entre alma y cuerpo. La facción racional del alma pertenece al mundo de las Ideas. Esta tesis sería el fundamento de la noción de anámnesis.

El término anámnesis alude al acto de recordar algo a partir de otra cosa asociada a ella. La propuesta de Platón es que aprender consiste en recordar, puesto que el alma ya ha tenido conocimiento de las ideas y lo habría olvidado. Es importante remarcar que no se trata de una mera ocurrencia de un pensador de la Antigüedad, sino que permite explicar el fenómeno del aprendizaje de una forma plausible y coherente con la central teoría de las Ideas (recordemos que aún no existe la neurociencia ni la psicología cognitiva). Este planteamiento indica el tránsito de lo sensible a las Formas inteligibles. La cuestión de la reminiscencia es tratada en diálogos como Menón, Fedón y Fedro.

La doctrina platónica del saber tiene su repercusión en sus consideraciones políticas. A este respecto nos limitamos a mencionar la característica tesis en virtud de la cual el sabio es el único realmente capacitado para gobernar. El gobernante debe ser un rey filósofo. El interés de esta propuesta se encuentra en que se basa en la unidad inseparable entre el saber teórico y el saber práctico. Recordemos que la dialéctica como saber supremo tiene su cumbre en la Idea de Bien. Para Platón, esta Idea es el fundamento tanto del orden de la realidad como de las reglas del orden político.

Finalmente, es menester distinguir el platonismo del neoplatonismo. Hay que aclarar que el término “neoplatonismo” se suele emplear para designar la restitución y renovación de la filosofía de platónica que se empezó a fraguar en el helenismo y que entronca con el llamado “platonismo medio”. El desarrollo del neoplatonismo lo convierte en una corriente compleja constituida en sucesivas etapas historiográficamente diferenciadas y se caracteriza por un pronunciado sincretismo doctrinal. Así pues, esta corriente es a la vez una reposición de la filosofía de Platón y una integración de elementos estoicos, aristotélicos, pitagóricos y gnósticos, principalmente.

Recorte de Exercise your Humanity (a school project to design a voting poster). Ilustración de Mikel Eatough.

Dicha reposición que el neoplatonismo realiza consiste en el saber y el conocimiento de “los principios”. Esto quiere decir que la continuidad con Platón consiste en llevar a su cumplimiento el proyecto dialéctico tendente a un saber absoluto. Como se ha mencionado, Platón no culminó tal empresa, al menos en sus diálogos. El proyecto de la dialéctica requiere una “teoría de los principios” a partir de los cuales se deriva la realidad (Calvo 2000).

El mayor exponente del neoplatonismo fue Plotino, y Amonio Saccas es considerado su fundador. Los implicados en esta corriente trabajaron en la confección de una doctrina coherente sobre los principios y los procesos de derivación emanatista de la realidad a partir de ellos. En este sistema existe una jerarquía cuya cúspide es el Principio Supremo, el cual es lo Uno (identificado con le Bien platónico). El conjunto de lo real procedería (próodos) de lo Uno y retornaría (epistrophé) a él. Esta sería la motivación platónica del neoplatonismo. Ella no agota el conjunto de sus desarrollos, pero es el aspecto pertinente respecto al tema aquí tratado. El conocimiento humano está relacionado con el “repliegue del alma sobre sí misma” para realizar un proceso de ascenso a lo Uno. Como no es de extrañar, a la experiencia de unión con lo Uno se le ha dado connotaciones místicas, tan presentes en muchos autores neoplatónicos.

En conclusión, no podemos más que poner en valor las doctrinas platónicas sobre el saber, como un paso decisivo en la historia del pensamiento y en las formas en las que el ser humano ha comprendido la realidad y su propia condición. No obstante, hay que ubicarlas en su contexto, teniendo en cuenta la distancia histórica que nos separa de sus formulaciones y el desarrollo posterior de formas distintas de pensamiento.

Bibliografía

Calvo Martínez, T. (1995). De los sofistas a Platón: política y pensamiento. Madrid: Ediciones pedagógicas.

Calvo Martínez, T. (2000). Platonismo/neoplatonismo. En Muñoz, J. y Velarde, J. Compendio de epistemología (pp. 450-454). Madrid: Trotta.

Cornford, F. M. (1991). La teoría platónica del conocimiento. Barcelona: Paidós.

Platón. Diálogos. 9 volúmenes. Madrid: Gredos.

Ross, W. D. (1997). Teoría de las ideas de Platón. Madrid: Cátedra.

 

 

[1] Seguimos principalmente el planteamiento ofrecido por el profesor Tomás Calvo (2000).