Entre 1665 y principios de 1666, la ciudad de Londres se enfrentó a la peor epidemia de peste bubónica de su historia. La capital de Inglaterra quedaría profundamente marcada por la tragedia. Se calcula que alrededor de una cuarta parte de sus habitantes perdió la vida, unas 100.000 personas.

peste negra

Antecedentes

En verano de 1348, llegó a las costas de Inglaterra el temido brote de peste negra procedente de Asia central que había asolado a Europa, Asia y el norte de África. Se calcula que pereció entre el 30 y el 60% de la población europea siendo hasta la fecha la pandemia más devastadora de la Historia. Inglaterra no se salvó de sufrir sus consecuencias, a pesar de su condición de isla.

En el siglo XVII, la peste bubónica era todavía endémica en Europa. Esta enfermedad era causada por la bacteria Yersinia Pestis, trasmitida a través de la picadura de la pulga procedente de ratas infectadas. La peste era muy temida entre la población pero en aquella época se desconocía su origen, atribuyéndoselo erróneamente a emanaciones pestilentes, cambios climáticos o enfermedades del ganado.

Situación de Londres en 1665

En la década de 1660, Londres constituía la ciudad más grande y poblada de Gran Bretaña, cuya población se calculaba en torno al medio millón de habitantes. La ciudad poseía una extensión de aproximadamente 448 acres, rodeada por la antigua muralla romana. Además existían otros barrios periféricos que habían ido creciendo fuera del recinto amurallado. Hacia el sur de la capital se extendía el río Támesis.

En los barrios más pobres donde la población vivía completamente hacinada, las condiciones higiénicas eran deplorables. El sistema de saneamiento no existía como tal, produciéndose la acumulación de desperdicios en las calles y ocasionando un hedor insoportable, especialmente en verano.

La City de Londres constituía el barrio comercial de la ciudad y la parte más céntrica. Su administración estaba en manos del alcalde, ediles y concejales comunes. Sin embargo, existían partes dentro de la propia City y fuera de sus límites llamadas ‘liberties’ con derechos de autogobierno, como el caso de la Torre de Londres.

A finales de 1664, un extraño cometa apareció en el cielo. La temerosa población londinense lo atribuyó a un mal presagio que se avecinaba sobre la capital.

Londres hacia 1665

Propagación de la epidemia

No se sabe a ciencia cierta el lugar dónde se originó el brote aunque se sospecha que podría tratarse de los Países Bajos. El contagio podría haberse producido a través de barcos mercantes procedentes de la ciudad de Ámsterdam, ciudad golpeada por la peste en torno a 1663-1664. Durante el comienzo de la segunda guerra angloneerlandesa en marzo de 1665, se había impuesto un mayor control en los puertos y en las cuarentenas marítimas. A pesar de ello, la temida peste pronto hizo su aparición al otro lado del Canal de la Mancha.

Se cree que las primeras zonas de Londres en ser atacadas por la peste fueron la dársena localizada a las afueras de la ciudad y la parroquia de St Giles. En St Giles hubo dos muertes sospechosas en 1664, otra en febrero de 1665 y una más en el mes de abril. Sin embargo, estas muertes no fueron registradas como casos de peste hasta la primera semana de mayo. En los primeros meses de 1665, ya se estaba registrando un inusual número de fallecimientos en Londres, aunque no se tomaron medidas hasta mucho más tarde.

Brote de 1665

En el mes de abril de 1665, se registraron tres casos oficiales de peste. El consejo privado de la ciudad decidió decretar la cuarentena doméstica. A su vez, se construyeron las ‘casas de peste’, una suerte de hospitales de aislamiento para atender a los enfermos sin tener contacto con la población hasta que se recuperasen o se muriesen. Dichos hospitales se financiaban a través de un impuesto parroquial. Su funcionamiento y rutina no estaban exentos de polémica entre las clases más humildes. En mayo de 1666, las autoridades decidieron rebajar al máximo el impuesto de las casas de peste a familias desfavorecidas.

Con la llegada del calor, la enfermedad empezó a mostrar su lado más mortífero. Para el mes de julio, la peste ya estaba ocasionando graves estragos entre la población londinense. El funcionario Samuel Pepys narró con sumo detalle como el pánico se iba apoderando de los habitantes de la capital. En las casas afectadas por la peste aparecían frases pintadas como: ‘God preserve us all!’ (¡Dios nos proteja!). Algunos clérigos clamaban desde sus púlpitos que la peste había sido enviada por Dios como un castigo divino en respuesta a sus pecados.

El rey Carlos II (1660-1685) y su corte escaparon a la ciudad de Salisbury y de allí a Oxford en el mes de septiembre. Por el contrario, el alcalde de Londres John Lawrence junto con sus ayudantes, decidieron quedarse en la ciudad para garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Muchos negocios cerraron ante el éxodo de comerciantes y artesanos. Los clases más opulentas trataron de marcharse hacia sus residencias en el campo.

Los pobres de la ciudad también trataron de escapar de la peste, aunque disponían de menos medios para empezar una nueva vida. Para salir de Londres se hizo necesario un certificado médico de buena salud firmado por el alcalde mayor. Ante la avalancha de peticiones, cada vez se hizo más difícil conseguir alguno de aquellos certificados. Según iban llegando más y más refugiados a las aldeas circundantes de Londres, sus alarmados habitantes optaron por prohibirles la entrada aun estando sanos. Otras ciudades cercanas a Londres optaron por la misma actitud por miedo al contagio, dejando abandonados a su suerte a muchos de los refugiados que huían desesperadamente.

A medida que avanzaba el verano, tan sólo un reducido número de clérigos, médicos y boticarios se mantuvieron en Londres para plantar cara a la epidemia. Los llamados ‘médicos de la peste’ no disponían de medios ni de conocimientos suficientes para hacer frente a la infección. Sus peculiares máscaras con lentes de vidrio y pico de pájaro no les sirvieron de gran cosa para minimizar el contagio. Los cementerios de la ciudad empezaron a llenarse y se hubo de improvisar numerosas fosas comunes para poder dar sepultura a los fallecidos.

Medidas contra la epidemia y fin del brote

Ante la escalada de casos, se formó un comité del consejo privado para estudiar las mejores medidas para atajar la epidemia. Algunas de estas medidas fueron el cierre de las tabernas en las áreas más afectadas y la obligación para los ciudadanos de la limpieza de las calles aledañas a sus viviendas. También se intentó decretar la cuarentena en el barrio de St. Giles, foco de la epidemia. Se impusieron severos castigos a aquellos ciudadanos que osaran saltarse la normativa.

Una de las medidas más peculiares fue la de encender hogueras gigantescas por toda la ciudad, ya que se pensaba que así se limpiaría el aire viciado (supuesto causante de la peste). Al no tener conocimiento del origen de la enfermedad, las autoridades decretaron una matanza indiscriminada de perros y gatos. Estos animales se consideraron erróneamente como los responsables del contagio entre la población. Esta drástica medida acabaría conllevando irremediablemente a una mayor propagación de las ratas y por tanto de la peste. En septiembre la epidemia llegó a su momento álgido, cobrándose unas 7.000 vidas por semana.

Afortunadamente para alivio de la población, a finales de otoño de 1665 el número de muertes empezó a remitir. Carlos II y su corte regresaron a Londres en febrero de 1666 cuando se consideró que el peligro había desaparecido. El Parlamento, que había sido clausurado en abril de 1665, retomó su actividad en septiembre de 1666. Se reabrió el comercio y se abrieron nuevos negocios y talleres. Tras el fin de la epidemia, Londres se convirtió de nuevo en una ciudad bulliciosa. Sin embargo, una nueva amenaza se cernió sobre Londres en septiembre de 1666, esta vez bajo la forma de un dramático incendio.

Consecuencias de la epidemia

La gran plaga de 1665-1666 fue el último gran brote de peste bubónica de Gran Bretaña. La última muerte registrada por la peste data de 1679. Es muy difícil cuantificar la cantidad de muertes totales debidas a la epidemia, ya que muchos de los registros fueron destruidos durante el gran incendio de 1666. Se calcula que sólo en la ciudad de Londres murieron alrededor de unas 100.000 personas. A pesar de estas dramáticas cifras, la ciudad nunca se mantuvo desabastecida de alimentos durante la epidemia gracias a su eficiente red de suministros. Esto evitó que Londres se convirtiera en un auténtico infierno, según las palabras de los cronistas.

Aunque la epidemia se concentró en la capital inglesa, otras zonas del país quedaron afectadas como Norwich, Ipswich, Colchester, Southampton y Winchester. Un caso llamativo fue el pueblo de Eyam, localizado en Derbyshire a 250 km al norte de Londres, donde todos sus habitantes decidieron guardar la cuarentena y así evitar contagios a las zonas adyacentes. Esto salvaría a muchas ciudades del norte de Inglaterra de sufrir la epidemia. Sin embargo, dicha actitud ocasionó una gran mortalidad entre los pobladores de Eyam al acabar completamente aislados del exterior. Debido a este heroico comportamiento, Eyam es conocido actualmente como ‘el pueblo de la peste’. En términos demográficos, la población de Inglaterra pasó de 5’25 millones de habitantes en 1650 a 4’9 millones en 1680.

La peste afectó de manera mucho más dramática a las clases más humildes, pues los ricos pudieron escapar de Londres más fácilmente huyendo hacia sus fincas u otras residencias. Las mujeres, relegadas tradicionalmente de los círculos profesionales de la ciudad, jugaron un papel primordial durante el brote cuidando de los enfermos y de los colectivos más vulnerables.

Del 2 al 5 de septiembre de 1666, la ciudad de Londres se hubo de enfrentar a otro evento devastador, en este caso un gran incendio que destruyó dos terceras partes de la ciudad. El barrio comercial localizado en la City de Londres (el cual apenas había sido afectado por la peste) fue completamente arrasado, incluyendo la emblemática catedral de San Pablo. Robert Hooke se encargó de inspeccionar la reconstrucción de la ciudad, junto a su amigo el renombrado arquitecto Christopher Wren.

Después de estos dos trágicos eventos, Londres renacería como la opulenta capital del poderoso imperio que se estaba forjando. El monarca Carlos II dedicó grandes esfuerzos en reconstruir la ciudad. A su vez, se convirtió en un gran mecenas de las artes y las ciencias fundando el Real Observatorio de Greenwich y dando su apoyo a la Real Sociedad de Londres. Esta sociedad albergaría entre sus primeros miembros destacados científicos de la talla de Robert Hooke, Isaac Newton, John Graunt y Robert Boyle.

Bibliografía

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