Precursor de las primeras tácticas del combate aéreo, Oswald Boelcke solía volar a gran altura y se lanzaba hacia el enemigo a gran velocidad, siempre por detrás, potenciando el uso de sus ametralladoras frontales. Además, utilizaba el resplandor del sol para ocultarse. Dotado de una soberbia capacidad de liderazgo, influenció a toda una generación de jóvenes pilotos, que más tarde se convertirían en auténticos ases, algunos llegando a superarle, como fue el caso de Manfred von Richthofen, que se haría conocido en todo el frente occidental como el temible Barón Rojo.

En esta postal, Oswald Boelcke luce la Pour le Mérite, la máxima condecoración militar concedida por el imperio alemán. Hasta el fin de la guerra, tan solo 59 pilotos alemanes tendrían el honor de recibir dicho reconocimiento. (Archivo del Autor).

Manfred von Richthofen cuenta en sus memorias el día en que se encontraba en un tren con destino a Francia cuando, en un momento dado, decidió caminar por los vagones para estirar las piernas. Al llegar a la cabina comedor, se encontró con un grupo de oficiales charlando animadamente mientras cenaban. Entre ellos, había un hombre cuyas hazañas aparecían diariamente en los titulares de los periódicos alemanes. Se trataba nada menos que de Oswald Boelcke, que ya gozaba de un extraordinario prestigio entre los pilotos novatos. Richthofen se detuvo para observar la mesa de Boelcke mientras decidía qué hacer, puesto que estaba tentado de acercarse y presentarse al grupo. No podría creer que estuviera tan cerca de un célebre personaje como Boelcke, así que no se lo pensó dos veces; se acercó e inició una conversación:

En el coche comedor, en la mesa junto a la mía, estaba sentado un joven y aparentemente insignificante teniente. No había ninguna razón para tomar nota de su presencia, excepto por el hecho de que se trataba del único hombre que había logrado derribar un avión enemigo no una vez, sino en cuatro ocasiones. Me hubiera gustado mucho saber cómo el teniente Boelcke administraba su negocio, entonces le pregunté: «¿Honestamente, dígame cómo lo hace?». Boelcke me miró riéndose y me contestó: «Es muy simple: Vuelo tan cerca cómo puedo, apunto con detenimiento, le disparo y entonces mi oponente se desploma».

Aquella respuesta le dejó muy desconcertado. Su forma de combate no era muy distinta a la de Boelcke, sin embargo, sus resultados eran nulos. No satisfecho con el argumento dado por Boelcke, Richthofen fue más allá:

«Mi teniente, yo hago exactamente lo mismo, pero mis oponentes no caen», le respondió Richthofen. Boelcke asintió con la cabeza, con una sonrisa irónica y le desveló la clave de su éxito: «La respuesta, es lógica: ustedes vuelan de forma errática e improvisada. Yo, por otro lado, calculo cada movimiento y siempre me anticipo al enemigo».

Boelcke tenía razón. En los primeros meses de la Primera Guerra Mundial, los pilotos inventaban sus propias tácticas, improvisando y probando maniobras, unas más arriesgadas que otras. Nunca en la historia se había utilizado el avión como arma de guerra y nadie tenía idea de cómo las batallas podrían llegar a desarrollarse. No había manuales, parámetros o referencias. Por consiguiente, tampoco había instructores de combate aéreo, que pudiesen entrenar a los más jóvenes. Muchos pilotos morían en sus primeras misiones, a raíz de simples equivocaciones, como por ejemplo encontrarse mal posicionados, perseguir a su enemigo más allá de la prudencia o simplemente no saber qué hacer ante una determinada situación. Se hacía obligatorio establecer una metodología de combate que permitiera obtener alguna ventaja sobre el enemigo, minimizando el riesgo de ser abatido. En 1916, Boelcke decidió pasar al papel sus conocimientos para que los pilotos pudiesen aumentar considerablemente sus posibilidades de victoria y de regreso a su base con el mínimo daño posible. Organizada en ocho apartados, estas reglas se convirtieron en el primer manual de táctica aérea, haciéndose conocido como Dicta Boelcke.

1. Trate de obtener una posición ventajosa antes de atacar. Intente ponerse entre el sol y el enemigo.

2. No interrumpa un ataque cuando lo haya empezado.

3. No dispare hasta que el oponente esté cerca y enfilado.

4. Mantenga siempre los ojos en su oponente y no se deje engañar por sus artimañas.

5. En cualquier tipo de ataque, es esencial asaltar a su enemigo desde detrás.

6. Si su oponente le ataca en picado, no intente evadir su ataque, vuele a su encuentro.

7. Cuando esté sobre las líneas enemigas, no olvide su ruta de retirada.

8. Al principio es mejor atacar en grupos de cuatro o seis aviones. Si la lucha se dispersa en duelos individuales, dos aviones jamás deberán emprender un ataque hacia el mismo oponente.

Los periódicos describían los combates aéreos librados por el Barón Rojo como una lucha épica, donde los pilotos se enfrentaban con un rival superior, que a pesar de estar armado hasta los dientes y blindado por una formación poderosa de cazas, no era capaz de derrotar al espíritu guerrero de los pilotos germánicos. En esta ilustración, podemos ver al famoso triplano rojo de von Richthofen persiguiendo implacablemente a un avión británico. (Archivo de Autor)

En agosto de 1916, un Real Decreto formalizó la creación de los primeros escuadrones especializados en misiones de combate y soporte táctico a los ejércitos de tierra, de forma coordinada. Estos escuadrones llevarían el nombre de Jagdstaffeln, y deberían ser formados por un número restringido de pilotos altamente capacitados y bajo el mando de un único líder. Boelcke recibió instrucciones del alto mando para poner en marcha el proceso de selección de pilotos para su escuadrón. Para ello, salió en búsqueda de pilotos que respondieran a un perfil predeterminado: deberían ser extremadamente disciplinados, dotados de una singular agresividad en combate y con una sangre fría que les permitiera actuar en un combate sin perder los nervios. Decidió hacer una visita al aeródromo de Kovel y entrevistar a unos cuantos pilotos, que ya conocían de antemano el propósito de su visita. Uno de los entrevistados fue von Richthofen.

«Escuché un golpe en mi puerta a las primeras horas de la mañana, y allí estaba él, un hombre grande con una Pour le Mérite anudada en su cuello. No sabía qué decir. No me atreví a pensar que él me había elegido para ser uno de sus protegidos. No obstante, casi le abracé cuando me preguntó si me gustaría incorporarme a su escuadrón. Tres días más tarde, me encontraba en un tren, rumbo al oeste de Alemania, a mi nueva unidad. Mis deseos más íntimos se habían cumplido y estaba a punto de empezar la etapa más maravillosa de mi vida».

Muchos historiadores coinciden que Oswald Boelcke fue una pieza fundamental para pavimentar la exitosa carrera de von Richthofen como piloto de combate. Las batallas aéreas eran extremadamente peligrosas y arriesgadas y, por ello, una abrumadora cantidad de pilotos no pudo conseguir ni siquiera un único triunfo antes de que hubiese sido derribado mortalmente por el enemigo. Con 80 victorias oficialmente acreditadas durante los 20 meses en los que luchó en el frente occidental, Manfred von Richthofen (ahora convertido en el Barón Rojo), se atrevió a desafiar todos los pronósticos de aquella brutal época y se convirtió a los 25 años de edad en una leyenda.

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Quiso la ironía del destino que Boelcke cayera muerto por incumplir una de sus propias directrices, la octava de su Dicta: «Si la lucha se dispersa en combates individuales, dos aviones jamás deberán emprender un ataque hacia el mismo oponente». Durante un combate emprendido en la mañana del 39 de octubre de 1916, Boelcke intentaba escapar del fuego enemigo cuando hizo una maniobra brusca que le hizo chocar contra el avión de uno de sus compañeros. Ambos aparatos perdieron la estabilidad y empezaron una caída en picado de forma descontrolada hacia tierra. Boelcke intentó fríamente planear su Albatros para dar inicio a un aterrizaje de emergencia, pero las turbulencias provocadas por el viento y las nubes bajas anularon cualquier intento de controlar su avión, que acabó impactando violentamente contra el suelo, matándole al instante.

En 1917, el mando alemán concedió a Richthofen (en el centro de la foto) el mando de un escuadron, la Jasta 11. Su liderazgo, sumado a la fuerza de voluntad de sus pilotos y a un avión de excelente prestaciones, convertiría su escuadrón en un referente para las generaciones venideras (Archivo del autor).

A comienzos de 1918, von Richthofen (ya convertido en el piloto más famoso de la guerra) redactó una especie de “versión 2.0” de la Dicta Boelcke, a la que llamó Reglement für Kampfflieger (Reglamento para pilotos de combate) que describe desde aspectos más básicos, como la organización de una formación ofensiva, hasta explicar en profundidad las tácticas de combate más avanzadas. Al igual, que Boelcke, Richthofen lo organizó en ocho diferentes apartados: (1) Vuelos en formación; (2) El líder; (3) El ataque; (4) Cómo formar a un novato; (5) La dogfight; (6) Directrices comunes; (7) La patrulla; y (8) La evolución de los combates y la guerra de movimientos. El manual iba dirigido tanto a pilotos como a líderes y comandantes de ala y fue ampliamente aplicado por todos los escuadrones alemanes.

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

CAAMAÑO, Eduardo. El Barón Rojo. Almuzara, 2014.

LEWIS, Cecil. Sagittarius Rising. Frontline Books, 2009.

MACKENSEY, Ian. No Empty Chairs. Weidenfeld & Nicolson, 2012.

RICKENBACKER, Eddie. Fighting the Flying Circus. Bibliographical Center for Research, 2009.