En la mitología griega, Orfeo fue uno de los pocos afortunados en poder descender al inframundo para rescatar de la muerte a su amada Eurídice. Sin embargo, un último acto de imprudencia le ocasionó la mayor de las desdichas.

Orfeo seguido por Eurídice, por Jean-Baptiste-Camille Corot

Orfeo y Eurídice

Orfeo era hijo de Eagro y de la musa Calíope. Su madre se había encargado de enseñarle el arte de la música, la cual logró dominar a la perfección. Orfeo alcanzó tal maestría interpretando su melodía que a su paso, los árboles se enmudecían, las fieras se amansaban y hasta los ríos detenían su curso para escucharle. Si Apolo era el músico más virtuoso de entre los dioses, se podría decir que Orfeo era el mejor de su categoría de todos los mortales. Para mejorar su técnica y en honor a las nueve musas, aumentó las cuerdas de su lira de siete a nueve. Ahora su música se tornó más suave y melodiosa. Pero esta no era la única faceta de Orfeo, pues también se hizo un excelente poeta y cantor.

Las virtudes de nuestro protagonista eran muy valoradas en la corte de Tracia, donde reinaba el padre de Orfeo. Todos lo escuchaban fascinados cuando narraba las grandes sagas y epopeyas de su país acompañado de su inmejorable instrumento. Además, él mismo llegaría a protagonizar heroicas gestas. En una de sus aventuras, el joven Orfeo formó parte de la expedición de los Argonautas que partió en busca del Vellocino de oro. Parecía que su música no conocía obstáculos. Entre otros actos, adormeció al dragón que custodiaba el Vellocino y salvó a sus compañeros de perecer a manos de las Sirenas al no sucumbir a sus seductores encantos. Y todo gracias a su inigualable talento musical.

Pero todavía le quedaban muchos episodios por vivir al apuesto Orfeo. Un buen día cuando paseaba por el bosque, se encontró con la dríade Eurídice, una ninfa de los bosques, y quedó tan prendado de su belleza, que se la llevó a palacio y se casó con ella. Orfeo y Eurídice vivieron felices y enamorados el uno del otro. El amor que sentía Orfeo por su amada le inspiraba hermosísimas melodías. De vez en cuando, Eurídice salía al bosque a visitar a sus antiguas amigas para hacerles partícipes de su nueva vida. Todo parecía marchar bien hasta que, en una de sus salidas, Eurídice tuvo la mala suerte de cruzarse en el camino de Aristeo, el dios de los cazadores, quien iba en busca de un cervatillo.

Orfeo y Eurídice, por Rubens

Este personaje no tenía muy buenas intenciones, pues al ser consciente del encanto de Eurídice, quiso yacer con ella a pesar de las reiteradas negativas de la ninfa. Ante la dramática  situación en la que se encontraba, Eurídice empezó a correr desesperadamente entre los árboles con la esperanza de dar esquinazo al molesto dios. Dispuesto a satisfacer sus deseos a toda costa, Aristeo la persiguió sin tregua. La ninfa atravesó claros y arroyos de agua hasta llegar a una pendiente por la que trepó. Le daba la sensación de que los pasos de Aristeo se iban alejando, aunque no estaba del todo segura. Por esta razón, decidió continuar hasta alcanzar la cumbre donde cayó exhausta en una roca.

Una vez fuera de peligro, Eurídice se durmió al sol. A pesar de haber recobrado la tranquilidad, una serpiente reptaba lentamente en dirección a la ninfa que se encontraba atrapada en sus sueños. El reptil se enroscó sobre sí mismo y sus dientes se clavaron en la piel de Eurídice, inyectando el letal veneno. El destino le había jugado una mala pasada. Mientras tanto, Orfeo estaba preocupado pues había caído la noche y Eurídice todavía no había regresado a casa. A medianoche, envió a sus guardias para ir en su busca. Con las primeras luces del alba, encontraron su cuerpo. Al conocer la trágica noticia, Orfeo se sumió en una inmensa tristeza de la que nadie pudo consolarle. Incluso su música ya no era la misma.

Orfeo en el inframundo

Tal era la pena que acongojaba a Orfeo por la pérdida de su esposa que estimó oportuno descender a los infiernos para traerla de vuelta. No hubo pocos que le advirtieron de que nadie podía cambiar la voluntad de los dioses. Además aquellos que osaban adentrarse en el más allá, no regresaban jamás. Sin embargo, el amor de Orfeo era más fuerte que su miedo, por lo que una vez llegado a la Estige (la frontera entre el mundo de los vivos y de los muertos), fue al encuentro de Caronte, quien esperaba a los siguientes fallecidos. Orfeo bien sabía que no iba a resultar nada sencillo convencer al barquero de que lo llevase al inframundo, pero entonces sacó su lira y empezó a tocar. Caronte quedó impresionado por su talento y aceptó transportarlo pese a las consecuencias.

El barquero Caronte en el inframundo

El poder de Orfeo también consiguió aplacar al Cerbero, el perro guardián dotado de varias cabezas. Finalmente, nuestro protagonista fue recibido por el mismo Hades. Al dios del inframundo no parecía haberle gustado demasiado esta repentina visita: “¿Qué haces aquí si nadie te ha llamado?” Orfeo trató de explicarle que iba en busca de Eurídice, quién en su opinión, había sido traída allí injustamente. Hades no compartía este punto de vista y le ordenó que diese media vuelta antes de que se quedase atrapado en el mundo de los muertos para siempre. Orfeo no desistió en su empeño, por lo que el enfado del dios empezó a ir en aumento. Así pues, dadas las circunstancias Orfeo sacó su lira y comenzó a tocar. El efecto de la música fue inmediato.

Al escuchar la bella melodía del mortal, Hades cambió radicalmente el tono y le propuso un trato. “Podrás llevarte a tu amada Eurídice con la condición de que no la mires hasta haber alcanzado la luz del día. Pero si lo haces, ella permanecerá aquí para siempre, como el resto de los habitantes del inframundo”. Orfeo y Eurídice se abrazaron felices y emprendieron su travesía al mundo de los vivos. Los dos protagonistas de nuestra historia ascendieron por la escalinata que los conducía a la superficie de la tierra. Orfeo no se volvió ni un solo momento mientras que Eurídice le seguía en silencio. Sin embargo, a medida que avanzaban, su alma deseaba comprobar cada vez con más intensidad que era su esposa la que le acompañaba y que no se trataba de un mero engaño de Hades. 

Orfeo y Eurídice en el inframundo

Cuando apenas quedaban unos pasos más, Orfeo cometió la mayor de las imprudencias: se giró para mirar a Eurídice, quien de repente se desvaneció entre las sombras tras proferir un grito espantoso. El desesperado Orfeo trató de volver hacia atrás para rescatarla, pero ya era demasiado tarde. El barquero Caronte se mantuvo inflexible y le prohibió el paso. Esta vez sí que había perdido a Eurídice para siempre. A partir de entonces, Orfeo solo entonaba cánticos melancólicos que hablaban del más allá y de la forma de evadir el infierno. Tras su muerte, su lira de nueve cuerdas fue transportada al cielo donde quedó convertida en una constelación. Finalmente, su alma pasó a los Campos Elíseos y ahora sí que pudo reencontrarse con su añorada Eurídice en el otro mundo sin miedo a perderla.

Reflexión del mito

El amor que sentía Orfeo por Eurídice le había llevado incluso a adentrarse en lo más profundo del inframundo, aunque ello le conllevara innumerables peligros. Sin escuchar a aquellos que le desaconsejaban realizar tal acción, Orfeo quería demostrar a todos que el amor era capaz de vencer a la mismísima muerte, aunque finalmente no pudo lograrlo. Tras girar la vista en el último momento de forma imprudente, solo consiguió que Eurídice regresara al averno. Sin lugar a dudas, un triste final para este mito. No obstante, a pesar de esta irremediable pérdida, Orfeo pudo tratar con Hades e intentar convencerle de que dejara marchar a su amada, algo que solo estaba al alcance de los héroes más legendarios de la Antigua Grecia.

En este mito, Orfeo nos enseñó hasta donde puede llegar la fuerza de la música. Es gracias a ella cómo nuestro protagonista logró superar todos sus desafíos y entrar en el inframundo. Consiguió convencer al barquero Caronte, amansar a las fieras y hasta enternecer el corazón de los dioses más estrictos. Aunque no hubiese podido llevar a cabo exitosamente su última misión de recuperar a Eurídice, nos mostró los misterios del más allá. Es bien sabido que el amor ha sido uno de los temas de inspiración más importantes para la literatura. Para muchos románticos, este sentimiento es capaz de vencer a la muerte aunque esto quizá suene demasiado poético. Sin embargo, tal y como le acabó sucediendo a Orfeo, si no tenemos cuidado, un solo instante puede arrancarnos a nuestro deseo más añorado.

Orfeo, intentando rescatar a Eurídice de que caiga al inframundo

Bibliografía

Commelin, P. (2017). Mitología griega y romana. La Esfera de los Libros, S.L.

Goñi, C. (2017). Cuéntame un mito. Editorial Ariel.

Hard, R. (2004). El gran libro de la mitología griega. La Esfera de los Libros, S.L.

Schwab, G. Leyendas griegas. Editorial Taschen

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