El 13 de septiembre de 1598 el rey Felipe II moría en San Lorenzo de El Escorial con 71 años de intensa vida, legando a su heredero un imperio en su máximo apogeo en el que no se ponía el sol. El 26 de septiembre se dictaron cédulas reales notificando su fallecimiento a todos los virreyes, gobernadores y órdenes religiosas de las Indias para que se organizaran las exequias y honras fúnebres y se levantaran pendones por el rey Felipe III.

A la ciudad de México, capital del virreinato de la Nueva España, la noticia llegó de manera oficial el 10 de febrero de 1599, cinco meses después del óbito del monarca. Así consta en las actas del cabildo novohispano, poniéndose en marcha a partir de entonces toda la maquinaria protocolaria y ceremoniosa.

Los alcaldes ordinarios de la ciudad de México eran entonces Lucas de Lara y Hernando de Salazar, quienes habían sido nombrados el 1 de enero de 1599 al haber obtenido más votos entre los “dieciséis caballeros principales” que se habían estimado para ocupar dichos cargos. Su mandato era anual y fueron elegidos en voto secreto por los regidores del cabildo.

El virrey de la Nueva España era desde 1595 Gaspar de Zúñiga Acevedo y Velasco, V conde de Monterrey, a quien fueron a ver con celeridad dos miembros del cabildo para recibir instrucciones y a quienes éste entregó una carta de Felipe III dirigida a la ciudad. En ella, el nuevo monarca lamentaba la muerte de su amadísimo padre, comunicaba oficialmente su sucesión en el trono y apelaba a su fidelidad y apoyo, mandándoles que “… en ejecución de esto alcéis pendón y hagáis las otras solemnidades y demostraciones que se requieren y acostumbran en semejantes casos…”

Nada más leerse la carta, un momento de enorme solemnidad y simbolismo aconteció en aquellas casas del cabildo de la ciudad de México

“… la tomó en sus manos (la carta) el señor doctor Monforte, corregidor de México, y juntamente cada uno de todos los caballeros regidores que están en este ayuntamiento –se citan sus nombres- y todos y cada uno de por sí, hincadas las rodillas, la besaron y pusieron sobre sus cabezas y obedecieron con la reverencia y acatamiento debido y con reconocimiento de leales y obedientes vasallos a su rey y señor natural, cuya larga vida y bienaventurados años felicite Dios con aumento de mayores reinos y monarquía, como la iglesia católica y religión cristiana amparo y defensa de ella a menester y dijeron por esta ciudad cabeza de este reino y en nombre de él que harán y cumplirán lo que su majestad les mande…”

A continuación, el cabildo comenzó a deliberar y debatir. El luto era obligado pero otra cuestión era quienes debían llevarlo, las calidades y tejidos de las telas de los ropajes y capirotes, la cantidad monetaria asignada para su confección,… asuntos que se trataron en aquella sesión y que, tras dar todos su opinión, consultaron al virrey para que diera su parecer, mandando éste que los vestidos se hicieran con “balletas de Castilla y de esta tierra”.

A partir del 17 de febrero comenzaron a deliberar sobre el ceremonial para alzar el pendón por el nuevo monarca Felipe III, tal y como procedía y era mandado hacer. Se tomó como referencia lo realizado cuarenta años antes con motivo de la jura de Felipe II como rey, aunque también se consultó al virrey para que nuevamente dictara lo que estimara oportuno.

Obra: “Últimos momentos de Felipe II” y en él Felipe II bendice a su hijo y sucesor, el futuro Felipe III. Año 1864. Autor Francisco Jover y Cassanova. Museo del Prado.

El conde de Monterey notificó el día 19 de febrero su parecer al respecto. ¿Qué sugería u ordenaba? Básicamente, algunos aspectos fundamentales: fijó el día concreto para tan importante acto -“segundo domingo de Cuaresma”-; todos debían ir entonces ya sin luto y el alférez real vestido de vivos colores; la construcción de un tablado en la plaza mayor con sillas para las autoridades; que no era necesario el juramento del rey al haber éste ya jurado ante las cortes generales; y, que se dotaran de “veintiún indios carpinteros y cincuenta indios peones para hacer el tablado”.

Recibidas estas instrucciones, un mes entero transcurrió hasta que finalmente el viernes 19 de marzo, día de San José, se realizó el solemne acto en la ciudad de México. En este periodo se trabajó en firme para que ningún detalle faltara en dicha ceremonia, sucediéndose los debates y preparativos en el cabildo para que todo estuviera dispuesto en tiempo y forma. Las dificultades económicas por el costo del tablado, adornos y ropajes estuvieron presentes en las reuniones, así como la confección del nuevo pendón que debía realizarse por hallarse deteriorado el que se tenía, la vestimenta y presencia de los maceros, de los reyes de armas, las salvas de artillería, las colgaduras, doseles y limpieza de la ciudad, lugares que debían ocupar cada uno, pólvora necesaria para las salvas de artillería y fuegos, etc.

Gracias a Martín Alonso de Flandes, escribano mayor de la ciudad de México, conocemos todos los pormenores de cómo se celebró finalmente aquella ocasión tan señalada.

¿Cómo era y se dispuso el tablado? Lean, no tiene desperdicio…

“Hicimos un tablado en la plaza mayor de esta ciudad de veintidós varas de ancho y cuatro varas de alto y por cielo una grande vela de brin para sombra del mismo tamaño asida a trece morillos altos en cuyas puntas se colgaron trece gallardetes de tafetanes de diferentes colores; todo el dicho tablado está cubierto el suelo de alfombras grandes moriscas y por toda la caída del tablero al suelo colgados doseles de terciopelo y damasco carmesí de Castilla, y la subida y gradas todo cubierto de alfombras, y enfrente de esta subida el dicho tablado levantado cuatro gradas para el asiento del visorrey y audiencia, y en él puestas sillas de terciopelo para la audiencia y una de tela de oro para el visorrey, y a la espaldas de este asiento estaba todo colgado de doseles de damasco y terciopelo carmesí de Castilla y en medio un dosel de tela de oro con su cielo…

En las semanas previas se había pregonado convenientemente este acto para informar y convocar a la población, conminándola a que adornara de la mejor manera posible sus casas y balcones, sobre todo las más céntricas y cercanas al lugar de la solemne celebración… Parece que se consiguió…

“… todas las ventanas y paredes de los vecinos de la plaza y calle de san Agustín y calle de san Francisco y plazuela de las casas del Marqués, hasta donde podía alcanzar la vista desde la plaza y tablado, estaban colgadas de alfombras y doseles de diferentes sedas y adornadas de retratos y pinturas…”

Todo ya dispuesto y con una gran expectación por parte de aquella diversa sociedad novohispana –española, criolla, india y mestiza- los miembros del cabildo se dirigieron a la casa del alférez real para recogerle y acompañarle a las casas del cabildo donde se encontraba el pendón…

“A las dos de la tarde, estando la plaza mayor de esta ciudad llena de innumerable gente, así españoles como indios, y lo mismo las ventanas y azoteas de la dicha plaza y contorno… el cabildo, bien aderezados de ricos vestidos de gala y los más de ellos con cadenas de oro y espadas doradas y broches en gorros y capas y con caballos ricamente enjaezados a la gineta y brida… fueron a las casas del tesorero Juan Luis de Ribera, alférez que sacó el pendón, acompañado de muchos caballeros y vecinos de esta ciudad muy bien aderezados de gala…”

A continuación, el alférez quedó en las casas del cabildo junto al pendón mientras los alcaldes y regidores fueron a caballo hasta el palacio del virrey, donde se encontraron con él y con los oidores de la Audiencia. De allí salieron todos juntos hacia el tablado, donde quedaron virrey y oidores mientras los miembros del cabildo, tras obtener el oportuno permiso del virrey, volvieron para recoger el pendón y, con el alférez real, reyes de armas ricamente vestidos además de otros acompañantes, regresaron al tablado para el acto solemne.

Perfectamente ubicados en el tablado de la plaza mayor de México, llegó el momento cumbre del acto cuando el alférez real entregó y pidió al virrey que alzara el pendón por el rey Felipe III…

“… el señor visorrey alzando un poco el pendón dijo <Castilla, Nueva España, Castilla, Nueva España, Castilla Nueva España, por el rey don Felipe nuestro señor>…”.

A continuación el alférez repitió las mismas frases “… y se disparó gran suma de artillería, cámaras y arcabuces y se echaron muchos cohetes y bombas de fuego en las casas del cabildo y plaza y respondió lo mismo las casas reales y hubo gran repique de campanas en las iglesias…”

El acto acabó con el alférez llevando el pendón a las casas del cabildo, donde quedó expuesto desde una ventana y hubo nuevas salvas de artillería y fuegos de artificio. Finalmente, alcaldes y regidores volvieron a buscar al virrey y oidores de la Audiencia, yendo todos a pie hasta la catedral para orar por el nuevo monarca.

Así fue como la ciudad de México recibió al nuevo monarca Felipe III. En cuanto a las honras fúnebres por Felipe II, tuvieron lugar pocos días después, el domingo 28 de marzo… Otro día se las cuento.