Los antiguos egipcios parecían estar perdidamente enamorados de la muerte.

Conservar el cuerpo una vez difunto era la máxima aspiración que un cadáver podía alcanzar en aquella sociedad.

De hecho, la mejor demostración de este dato es que era muy habitual que los condenados a muerte por los peores delitos sufrieran ejecuciones que implicaban la desaparición o completa destrucción de sus cuerpos físicos: ser arrojados al río Nilo para que fueran devorados por los cocodrilos era la pena más común que recibían asesinos, violadores o ladrones.

Pero la mayor honra que una persona egipcia podía disfrutar se producía, irónicamente, después de dar por terminada su vida como simple mortal.

La civilización egipcia surgió al agruparse los asentamientos situados en las riberas del cauce medio y bajo del río Nilo. Su cronología se divide en tres diferentes épocas de esplendor (Reino Antiguo, Reino Medio y Reino Nuevo), y se extiende desde la Prehistoria hasta la conquista romana de Egipto en el año 27 a.C. Se sucedieron 33 dinastías reales a lo largo de su Historia.

El culto a la muerte estaba muy generalizado en el Antiguo Egipto. La casta sacerdotal rendía pleitesía a Anubis, dios egipcio de la muerte, y redactaban cientos de textos litúrgicos con el objetivo de ayudar a los difuntos a alcanzar el Más Allá después de sus fallecimientos.

El más famoso de todos ellos es, tal vez, El Libro de los Muertos, que ofrece consejos y una guía completa de instrucciones a seguir cuando uno alcanzaba la otra vida después de morir, repleta de fórmulas, poemas y cantos sagrados que se debían recitar a los guardianes divinos del camino, para obtener su ayuda a la hora de superar las distintas pruebas que obstaculizaban el paso al paraíso.

Estos recitales religiosos se escribían librospapiros o paredes, como es en el caso de los textos de las pirámides, redactados en lengua jeroglífica.

Textos litúrgicos de las pirámides grabados en la pared oriental interior de la antecámara de la pirámide del rey Unis.

Estas instrucciones explicaban también cómo momificar los cuerpos.

Era un proceso caro y complejo, por lo que únicamente estaba reservado para las clases sociales más altas: reyes (faraones), familiares y miembros de su camarilla (nobleza, amistades o empresarios relacionados).

La momificación era considerada un regalo del faraón. Las tiras de lino que se utilizaban para vendar los cadáveres, o los perfumes que se empleaban para embalsamarlos, eran tan costosos como difíciles de conseguir en Egipto, por lo que era lógico que su uso quedara relegado a los personajes económicamente mejor posicionados de la sociedad.

Interior de la KV62, una tumba real egipcia descubierta en el año 1922 por Howard Carter en el Valle de los Reyes. Contenía la momia del rey Tutankamón, junto a todo su ajuar funerario al completo. Se trata de uno de los muy pocos enterramientos que han sido descubiertos intactos, libres de cualquier tipo de saqueo o profanación ilegal previos a su hallazgo académico.

El proceso para momificar un cuerpo era largo y complicado, al mismo tiempo que la ciencia, tecnología y teología del embalsamamiento fueron evolucionando a lo largo del tiempo.

Pero sin ningún género de dudas, las momias mejor conservadas son las pertenecientes a las veinte dinastías del Reino Nuevo (segundo milenio a.C).

A la hora de empezar a momificar un cuerpo, era habitual que se trasladara hacia la Tierra Roja, un desierto alejado del limo fértil de las zonas densamente pobladas y con fácil acceso al río Nilo. Se trabajaba al aire libre o en tiendas de campaña abiertas, con el objetivo de lograr la ventilación adecuada.

Una vez limpio exteriormente, se colocaba al difunto en una mesa horizontal y se le extraía el cerebro mediante la simultánea utilización de un gancho metálico, un cincel y una cuchara de madera.

Cuando ya habían desechado todas las partes blandas de la cabeza, era normal que continuaran lavando el interior del cráneo mediante un agujero que conseguían realizar practicando una incisión con un cuchillo en la base de la nuca.

Luego se hacía un preciso corte quirúrgico en el lado izquierdo del cuerpo con una cuchilla de obsidiana y se eliminaban todos los órganos y vísceras, excepto el corazón, considerado por los antiguos egipcios como el centro de la mente y el origen de las emociones.

Estos órganos, a diferencia del cerebro, no se desperdiciaban: se lavaban, se cubrían con resina, se envolvían en lino y se guardaban en jarrones de cerámica decorativa: los vasos canopos.

Posteriormente, se desinfectaban la cavidades corporales con vino de palma, y para prevenir deformaciones, se rellenaban con arena, incienso y otros materiales.

Representación artística de una momificación. Era habitual que un sacerdote vistiera la máscara funeraria del dios Anubis mientras duraba el proceso.

Una vez hecho todo esto, se trasladaba el cuerpo a otra tabla más inclinada y se cubría la piel con polvo de natrón.

Tras dejarlo en salmuera y cubrirlo con esta tierra, se esperaba durante casi cuarenta días y luego se llevaba a la Casa de Purificación, donde lo limpiaban, cosían las incisiones y bañaban la piel con resina.

Después de esto, el cuerpo ya estaba preparado para el vendaje.

El vendaje entre tiras de lino era lo que terminaba de transformar el cadáver en una momia. Para realizar este proceso, se necesitaban casi 400 metros cuadrados de tela y se tardaba alrededor de dos semanas en completarlo.

Los embalsamadores solían comenzar vendando el cuerpo por sus extremidades: manos y pies. Luego, procedían con la cabeza, los brazos, las piernas, y, finalmente, el torso.

Una vez que todo el cuerpo estaba completamente vendado, se envolvía con una primera capa general, y entre cada capa y la siguiente era habitual que se colocara resina caliente para pegar bien la tela.

Durante el ritual se pronunciaban poemas, cánticos y conjuros de todo tipo, y se colocaban amuletos de protección por todo el cuerpo: monedas, ajuares funerarios, huesos o estatuillas votivas era lo que más frecuentemente se utilizaba.

Una vez vendada por completo, a la momia se le colocaba una máscara funeraria, que bien podía ser una representación de la cara del difunto o de un dios egipcio, rematada con una larga barba, fuera una mujer o un hombre (ya que la barba poseía un significado divino en Egipto).

En el caso de la máscara funeraria de Tutankamón, conservada en el Museo Arqueológico Británico de Londres, se ha descubierto que estaba compuesta por casi once kilogramos de oro puro, lo que la convierte en un objeto con un enorme valor económico, al margen de su también incalculable valor histórico.

Finalmente, se colocaba el cuerpo en un sarcófago, profusamente decorado y construido con forma humana. Una vez ya ubicado en la tumba, se procedía a la realización del “ritual de la boca“, en el que se creía conceder el poder de los cinco sentidos al difunto. Para terminar, se cerraba la tapa del ataúd y se depositaba en la cámara funeraria correspondiente.

Aunque no eran algo exclusivo de Egipto históricamente hablando, las momias han pasado a tener un enorme peso en nuestra cultura e imaginario popular, sobre todo después de la película estadounidense de terror de 1932, protagonizada por Boris Karloff, una década después del hallazgo de la tumba intacta de Tutankamón, cuya máscara funeraria se observa en esta fotografía.

Pero, ¿era la momificación un proceso exclusivo de los seres humanos? La respuesta es no. Algunos animales también eran honrados con la concesión de este don después de morir.

Existían diversos tipos de momificación animal, dependiendo sobre todo del objetivo para el que se realizaba dicha operación.

Podíamos encontrar, por ejemplo, momificaciones de las mascotas más queridas por sus dueños, que hacían enterrar junto a ellos en pequeñas cajas o sarcófagos especiales, pero no era muy habitual que esto sucediera (por lo caro del proceso).

Lo más frecuente eran las momificaciones de los animales considerados sagrados que vivían en los templos religiosos, a modo de ofrenda reconocimiento litúrgico después de morir.

Pero también era bastante habitual encontrar momias de animales o trozos de ellos que se empleaban como ofrendas de comida para el resto de los muertos, y que se colocaban en los sarcófagos como parte del ajuar funerario del cadáver humano. Salazones, carnes desecadas, huevos o pescados eran los tipos de alimentos más comunes que se dejaban en los ataúdes para que la momia pudiera comer en el Más Allá.

Momia de gacela conservada en una caja de madera, del siglo noveno a.C, que formaba parte del ajuar funerario de la que había sido su dueña en vida.

Simplemente echando un rápido vistazo a las pinturas de algunas tumbas, podemos deducir que los antiguos egipcios practicaban la caza, y acostumbraban a tener animales de compañía en sus casas: gatos, perros, pájaros o monos eran los más frecuentes.

Cuando estos fallecían, eran enterrados en las mismas tumbas de sus dueños humanos, envueltos en tiras de lino y guardados dentro de sus propios sarcófagos, adecuados a su forma y tamaño, e incluso era habitual que se representaran en las paredes de las cámaras corriendo junto a sus dueños, comiendo o jugando con otros animales.

No cabe ninguna duda de que los antiguos egipcios adoraban a sus animales, y mantenían una estrecha relación personal con ellos, hasta el punto de que no soportaban verse separados de ellos ni siquiera después de morir ambos.

Los animales sagrados eran, como se ha dicho anteriormente, los que vivían dentro de los templos actuando como representantes vivos del dios titular del edificio.

Por lo general, ese animal era elegido de entre todos los de su especie por presentar determinadas características físicas especiales, como por ejemplo cicatrices o marcas de nacimiento que lo hicieran único y distinguible del resto.

Mientras estuvieran vivos, era habitual que disfrutaran de una mejor vida que la mayoría de la población humana egipcia. Los sacerdotes de los templos se encargaban de su cuidado y alimentación, tareas que realizaban con celo y mucho cuidado.

A su muerte, eran embalsamados con todos los honores y enterrados en forma de momia, y eran inmediatamente sustituidos por otro animal que ocupaba su lugar al frente del templo.

Los animales que podían llegar a convertirse en seres vivos sagrados eran muchos y muy variados: por ejemplo, en los templos en los que se adoraba a la diosa femenina Bastet se precisaba del cuidado y rendición de culto a gatos (porque Bastet era una diosa con forma de gato); en los que se rezaba a Horus, un halcón; en los de Hathor, una vaca; en los de Apis, un toro; en los de Sobek, un cocodrilo; en los de Apofis, una serpiente; y en los templos funerarios de Anubis, un chacal, lobo o cualquier tipo de perro, ya fuera doméstico o proveniente del desierto.

Piezas de carne momificadas actualmente exhibidas en vitrinas del Museo Arqueológico Nacional de El Cairo, en Egipto. Sesos de vaca, patos, piernas de buey, costillas, solomillos y hasta un rabo de toro fueron desecados en natrón, vendados con lino y guardados en una cesta para ser enterrados en la tumba de una reina, con el objetivo de que le sirvieran como banquete real en el Más Allá.

Las más recientes investigaciones apuntan a que existían lugares donde se fabricaban momias de animales en gran número para ser vendidas a los peregrinos, que luego las ofrecían a los dioses en los templos, y eran enterradas posteriormente en catacumbas colectivas.

Algunos de esos cementerios de momias eran realmente impresionantes (por la cantidad de animales desenterrados en ellos), como el de Bubastis, dedicado a la diosa Bastet, donde se estima que había unas casi 400.000 momias de gatos, la mayoría de las cuales fueron vendidas en Europa como abono para hacer estiércol.

En la gran necrópolis de Saqqara, por ejemplo, se encontraron alrededor de un millón de momias de pájaros ibis y babuinos, dedicadas al dios Thot, ya que eran sus animales representativos.

Este negocio de compraventa de momias votivas también daba lugar a continuos engaños y estafas económicas, como puede ser el caso en esta imagen. A simple vista puede tratarse de un pequeño cocodrilo momificado, pero si se observa con atención, se aprecia que su interior está vacío.

En realidad, se momificaron casi todo tipo de animales, sin ningún tipo de distinción entre ellos.

Aparte de los más comunes (gatos, perros, simios, pájaros) y de los ya mencionados (cocodrilos, reptiles o gacelas), también podían encontrarse peces, murciélagos, escorpiones, o ratones.

Actualmente nadie sabe exactamente qué función religiosa o de otro tipo cumplían algunos de estos animales, pero el hecho es que también eran momificados.

Durante el año 2001, una expedición francesa encontró la primera momia de león en una tumba egipcia situada al sur de la ciudad de El Cairo, concretamente en la tumba de la madre nodriza de Tutankamón.

Aunque el león era considerado un animal sagrado en la cultura egipcia al igual que, por ejemplo, el elefante (muchos reyes eran representados con estas formas), relacionados ambos con el poder del faraón, nunca antes se había conseguido encontrar uno que estuviera momificado.

Y a juzgar por las pruebas y análisis académicos a los que luego fue sometido en el laboratorio, y gracias a que su hallazgo se produjo en extraordinarias condiciones de conservación, pudo deducirse que murió a consecuencia de su avanzada edad y que fue criado en cautividad.

Perro de caza cuyos vendajes fueron desprendidos revelando su cuerpo. Fue hallado junto a su dueño, sepultados ambos en el Valle del Reyes.

Con todo esto, parece que los seres humanos no eran los únicos a quienes se les concedía la gracia de la vida eterna en Egipto, a pesar de lo caras y costosas que eran las momificaciones.

Curioso, ¿verdad?

 

 

Fuente de imágenes

Momias de animales del antiguo EgiptoNational Geographic.

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