Posiblemente todos hayamos oído hablar de Hércules o Heracles para los griegos, el héroe y semidiós más famoso de la mitología griega quien llevó a cabo los llamados doce trabajos para purgar sus anteriores acciones fruto de la locura. En este artículo te contamos su fascinante historia.

Estatua de Hércules o Heracles. Fuente: Historiados

Inicios

Hércules o Heracles fue fruto de la relación entre el dios Zeus y la humana Alcmena, esposa de Anfitrión e hija de Electrión, rey de Micenas. Profundamente atraído por la belleza de Alcmena y aprovechando la ausencia de su marido, Zeus tomó astutamente la forma de Anfitrión para yacer con ella. A su vuelta, Anfitrión descubrió el engaño y concibió otro hijo con Alcmena llamado Ificles. Zeus pretendía engendrar un gran héroe que beneficiase a la raza humana y a los dioses. Además proclamó que Ilitía, la diosa del parto, ayudaría a traer a la vida a ese niño tan esperado. Sin embargo, la diosa Hera (esposa de Zeus) recelosa de todos los hijos ilegítimos de su marido hizo retrasar el alumbramiento de Heracles para que Euristeo (hijo de Esténelo, rey de Micenas) ocupara el trono en su lugar. Cuando Heracles tenía ocho o diez meses de edad, Hera decidió enviar a dos serpientes para atacarlo a él y a su hermanastro, pero el niño consiguió asfixiarlas gracias a su fuerza extraordinaria.

Otro relato narra como Hera fue engañada para amamantar a Heracles mientras dormía a través de Hermes. Cuando Hera descubrió la estratagema, apartó a Heracles bruscamente derramando un poco de leche que daría lugar a la Vía Láctea. Años después, Heracles aprendió el uso del arco por medio de Éurito de Ecalia, nieto de Apolo y el arte de la lucha gracias a Autólico. A la edad de 18 años, Heracles se enfrentó al león del Citerón, una bestia feroz que merodeaba por las montañas de su mismo nombre. Este león atacaba tanto al ganado de Anfitrión como al de Tespio (regente epónimo de Tespias, en el suroeste de Beocia). Durante su estancia en la corte del rey, Heracles concibió gran multitud de vástagos (llamados Tepiadas) con las cincuenta hijas de Tespio. Dejando de lado estos escarceos amorosos, Heracles finalmente acabó con el molesto león.

El héroe griego vivió durante un tiempo en paz y armonía con su esposa Mégara (hija de Creonte, rey de Tebas, el cual se la había entregado tras acabar con un tributo del rey Orcómeo) e hijos hasta que un día la diosa Hera volvió a ejercer sus malas artes para infundir un ataque de locura homicida a Heracles, quien asesinó a todos sus hijos y a dos de Ificles de forma inconsciente. Las circunstancias de estos hechos tan dramáticos difieren según las diferentes versiones. Cuando el desafortunado Heracles fue consciente de lo que había hecho, decidió exiliarse voluntariamente, primero visitando a su antiguo anfitrión Tespio con el fin de purificarle y después al oráculo de Delfos para saber cuál debía ser su próximo destino. La Pitia (suma sacerdotisa) le indicó que se dirigiera Tirinto, en la Argólide, donde debía permanecer durante diez años mientras llevaba a cabo una serie de trabajos para Euristeo, rey de Micenas.

Los 12 trabajos de Heracles

Los trabajos llevados a cabo por Heracles eran conocidos en el mundo griego como athloi, traducido al latín como ‘labores’, de ahí vino la expresión de ‘trabajos’, si bien el término athloi hacía más referencia a una competición que implicaba grandes esfuerzos o sacrificios para conseguir un premio.

Primer trabajo: el león de Nemea

La primera tarea de Heracles fue matar al terrible león de Nemea, ubicado en algún rincón al noroeste de la Argólide. Se trataba de una criatura extraordinaria pues se suponía que era invulnerable. Al darse cuenta de que ni su espada ni sus flechas podían atravesar la piel del animal, Heracles decidió utilizar su garrote y sus propias manos desnudas de forma mucho más ventajosa. Tras dar muerte a la legendaria bestia, el héroe griego utilizó la propia piel del león como vestimenta para que le transmitiese sus excepcionales cualidades.

El león de Nemea
Segundo trabajo: la hidra de Lerna

El siguiente objetivo a batir era una enorme serpiente policéfala que habitaba en los pantanos de Lerna, al sur de Argos. El número total de cabezas no está del todo claro, pues varía desde unas pocas hasta cien. Se decía que cuando se le cortaba una cabeza, se le regeneraba una nueva o incluso dos más. Además este temible monstruo contaba con la ayuda de un cangrejo gigante en su lucha contra Heracles. Tras aplastar al molesto cangrejo, Heracles recurrió a Yolao (hijo mayor de Ificles, superviviente de la anterior matanza) para eliminar a esta serpiente. Mientras que Heracles iba cortando las cabezas, Yolao cauterizaba los tocones para evitar que volvieran a crecer. Después de cumplir con su cometido, el héroe griego sumergió sus flechas en la sangre venenosa de la hidra, haciéndolas letales al menor roce.

La hidra de Lerna
Tercer trabajo: el jabalí de Erimanto

Este sea posiblemente el trabajo menos interesante de Heracles, pues el jabalí de Erimanto no tenía un origen divino ni poseía ningún poder especial. Este animal vivía en el monte Erimanto, en el noroeste de Arcadia y acostumbrara a devastar las tierras de alrededor. Heracles logró cazarlo vivo haciéndolo salir de su escondrijo y acorralándolo para después atraparlo con una red. Posteriormente, lo llevó en hombros hasta Micenas, lo cual ya constituía en sí una auténtica hazaña.

El jabalí de Erimanto
Cuarto trabajo: la cierva de Cerinia

El cuarto trabajo de Heracles consistía en capturar viva a la cierva de los cuernos de oro de Cerintia, consagrada de Ártemis (diosa de la caza). Esta cierva se hallaba junto al río Cerinites (o el monte Cerinia), en el nordeste de Arcadia. Heracles la persiguió durante un año entero hasta que la derribó de un diestro flechazo sin herirla, pues era considerada un animal sagrado. Existen otras versiones donde Heracles utilizó una red para atraparla o donde la persiguió hasta caer exhausta. Mientras la cargaba sobre sus hombros, se cruzó con Ártemis y Apolo. La diosa de la caza le exigió devolvérsela, pero tras las oportunas explicaciones dadas por Heracles, ambos dioses le dejaron marchar. Tras mostrarle la cierva a Euristeo, esta fue liberada sana y salva.

La cierva de Cerintia
Quinto trabajo: las aves de Estínfalo

Las boscosas orillas del lago Estínfalo (nordeste de Arcadia) constituían un ecosistema perfecto para las bandadas de aves. A Heracles se le encargó la tarea de espantarlas a todas. En la historia original, las aves no eran peligrosas aunque su gran número constituía todo un desafío. En versiones más tardías, las aves eran descritas como devoradoras de hombres. Primero Heracles las ahuyentó utilizando una matraca o castañuelas de bronce para después abatirlas con sus flechas cuando estas alzaron el vuelo. No se sabe con seguridad si Heracles fabricó el mismo el artilugio para espantar a las aves o si este fue un regalo hecho por Atenea (diosa de la sabiduría), quien a su vez lo había conseguido de Hefesto (dios de la forja).

Las aves del lago Estínfalo
Sexto trabajo: los establos de Augías

Augías, hijo de Helios (el Sol), reinante en la Élide, poseía unos vastos rebaños de ganado. Sus establos se habían dejado sin limpiar, originándose la acumulación de una gran cantidad de estiércol. A Heracles se le encomendó la difícil tarea de limpiarlos en un sólo día. Pero gracias a su ingenio, consiguió desviar el cauce de uno o varios ríos (se piensa que pudo haber sido el Peneo y el Alfeo o bien el Alfeo y su afluente el Menio) para que el agua fluyese por los rediles, en vez de llevar a cabo la tarea a mano, lo que hubiese sido por otro lado bastante humillante y poco práctico.

Los establos del rey Augías
Séptimo trabajo: el toro de Creta

De acuerdo a la tradición, el toro de Creta había sido enviado por el dios Poseidón (dios de los mares) en respuesta a las plegarias del rey Minos. Sin embargo, cuando Minos decidió no sacrificarlo en honor al dios, este lo convirtió en salvaje resultando un trabajo muy complicado darle caza. Heracles fue el encargado de traerlo de vuelta vivo. Para esta tarea, forzó al toro hincarse de rodillas y después le trabó las patas. Se dice que se lo mostró a Euristeo y posteriormente vagó durante algún tiempo hasta establecerse en Maratón, en el norte de África, donde fue abatido por Teseo, otro famoso héroe griego.

El toro de Creta
Octavo trabajo: los caballos de Diomedes

Heracles fue enviado al norte para cumplir con su siguiente misión: capturar los caballos salvajes de Diomedes, rey de Tracia e hijo de Ares. Dichos caballos constituían el tiro del carro de Diomedes y eran alimentados con carne humana. En su versión más antigua, parecer ser que el héroe griego arrojó a algún desafortunado a los caballos mientras este les ponía los arreos. Diomedes murió en su intento de oponerse a Heracles. Posteriormente, los caballos consiguieron ser domados por Heracles siendo llevados de vuelta a Micenas por medio de un carro tirado por ellos. Otras versiones cuentan que Heracles utilizó a su propio dueño para alimentar a los caballos y así conseguir domarlos.

Las yeguas de Diomedes
Noveno trabajo: el cinturón de Hipólita

En su siguiente cometido, Heracles fue enviado al país de las Amazonas para encontrar el cinturón de su reina Hipólita. Este enigmático reino estaba localizado a orillas del mar Negro, en el extremo noroccidental de Asia Menor. De acuerdo al relato más sencillo, Heracles consiguió el ansiado cinturón sin derramamiento de sangre mediante la captura de Melanipe, la hermana de Hipólita. Sin embargo, la versión más comúnmente aceptada es aquella que narra cómo Heracles junto a un cuerpo de aliados entabló una batalla contra las Amazonas, en la que o bien se hizo con el cinturón o bien exigió su pago como rescate de la comandante Melanipe, a quien había capturado. En algunas ocasiones se mencionó que Teseo había acompañado a Heracles en esta peliaguda misión.

El cinturón de Hipólita
Décimo trabajo: el ganado de Gerión

El monstruo Gerión era en realidad tres hombres unido en uno solo. El décimo trabajo para Heracles consistía en ir a buscar su ganado a la isla de Eritía, en el Océano exterior. En su periplo hacia el oeste, el héroe griego fue sintiéndose cada vez más acalorado. Por esta razón apuntó con su arco el rey-sol Helios, el cual impresionado por su atrevimiento, le regaló su copa de oro para cruzar el océano hasta Eritía. Cuando Heracles recibió este obsequio pudo alcanzar esta isla con mayor facilidad. Se dice que al alcanzar el extremo occidental del mundo conocido, alzó las Columnas de Heracles (el peñón de Gibraltar y el monte Abyla). A su llegada, el héroe griego esperó su oportunidad para robar el ganado en poder del boyero Euritión y el perro Orto que poseía varias cabezas. Heracles mató al can a mazazos así como a Euritión. A causa del alboroto causado, Gerión salió al encuentro de Heracles, protagonizando una encarnizada lucha donde el monstruo murió de un flechazo. Finalmente, Heracles condujo el ganado hasta la península ibérica y después por el sur de Europa en un viaje lleno de aventuras.

Los bueyes de Gerión
Undécimo trabajo: la captura de Cerbero

Este fue sin duda alguna el trabajo más dificultoso para Heracles, quien tuvo que descender a los Infiernos a través de la cueva sin fondo del cabo Ténaro (sur del Peloponeso) para traer al perro de caza de Hades (dios del inframundo), Cerbero. Se cuenta que en esta prueba recibió la ayuda de Atenea y de Hermes. Cerbero era una bestia corpulenta dotada de tres horribles cabezas además de una serpiente en su cola. Existen diferentes versiones en torno a su captura. En una de ellas, Hades le retó a dominar a la criatura sin utilizar ningún arma metálica, lo que Heracles logró con éxito gracias a su piel de león. Cuando el dios del inframundo trató de cerrarle el paso, el héroe le amenazó con su arco. En otra versión, Perséfone (esposa de Hades) le entregó a Cerbero encadenado. Después de amansarlo, Cerbero fue llevado al mundo terrenal para ser mostrado a Euristerio y posteriormente fue devuelto al inframundo.

El perro Cerbero
Duodécimo trabajo: las manzanas de las Hespérides

En su último cometido (en otras versiones es el penúltimo) Heracles fue ordenado a recoger algunas manzanas de oro del jardín de las Hespérides, un grupo de bellas ninfas encargadas de custodiar el frondoso árbol de dónde crecían. La ubicación de este jardín no está del todo clara, tal vez en algún lugar del lejano occidente en la cordillera del Atlas. Durante su viaje Heracles derrotó al gigante Anteo (quién se decía que era invencible en contacto con la tierra), alzándolo y estrujándolo. Posteriormente, en Egipto se enfrentó al faraón Busiris, el cual pretendía sacrificarlo. Finalmente y alentado por Prometeo, Heracles convenció a Atlas (condenado a sostener el firmamento) para recoger las manzanas en su lugar. Cuando Atlas no quiso regresar a su tarea, fue de nuevo engañado por Heracles pidiéndole que sujetase el firmamento por un momento mientras le preparaba una almohadilla. Una vez llevadas las manzanas a Euristeo, este se las devolvió a Heracles, quién se las entregó a Atenea para ser devueltas a su jardín.

Las manzanas de las Hespérides

Vida posterior

Una vez terminados los 12 trabajos, Heracles se vio liberado de su servidumbre. Por esta razón, quiso buscar una nueva esposa, eligiendo a Yole, hija de Éurito, rey de Ecalia. Sin embargo, Éurito no cumplió con su promesa de entregar a su hija después de haber sido derrotado por Heracles. Todavía tendrían lugar muchas aventuras para el héroe, embarcándose en una guerra contra Laomedonte, el rey de Troya y posteriormente contra los reyes Augías, Neleo e Hipoconte en el Peloponeso. Después de estos conflictos, Heracles abandonó el Peloponeso para establecerse en Calidón y después en Traquis con su nueva esposa, la princesa etolia Deyanira.

Durante su viaje hacia Traquis, Heracles y Deyanira tuvieron un encuentro desagradable con el centauro Neso. Tras una violenta disputa, Heracles abatió a Neso con una flecha envenenada. Pero antes de morir, Neso convenció a Deyanira para fabricar una supuesta pócima de amor con su sangre. Pero esta acción resultó ser un terrible error. Esta poción fue aplicada a unas túnicas con un desenlace fatal. En un momento dado, Heracles quiso zanjar sus cuentas pendientes con Éurito por no haberle concedido anteriormente a su hija Yole. Después de tomar como prisionera a Yole, Heracles se dispuso a realizar un sacrificio a su padre Zeus. Temerosa de que su marido pudiese abandonarla, Deyanira le entregó las ropas empapadas con la pócima venenosa a su heraldo Licas para que este se las diese a Heracles.

Justo cuando el héroe encendió las llamas, el veneno comenzó a hacer efecto sobre su piel, abrasándolo. El pobre Licas fue arrojado por un barranco por Heracles y quedó convertido en piedra. Aunque trató de arrancarse las túnicas, la pócima le había devorado hasta los huesos. Heracles fue llevado de vuelta a Traquis. Al contemplar lo que le había ocurrido a su marido, Deyanira decidió ahorcarse. Fue entonces cuando Heracles viajó hasta el monte Eta donde construyó una pira para ser incinerado. Finalmente Heracles fue admitido entre los dioses del Olimpo y se reconcilió con Hera, quien incluso le permitió casarse con su hija Hebe, diosa de la juventud, una unión que simbolizaba su victoria sobre la edad y la muerte. Heracles ya se había convertido en un mito para toda la eternidad.

La Muerte de Hércules. Óleo de Francisco de Zurbarán, 1634

Bibliografía:

Commelin, P. (2017). Mitología griega y romana. La Esfera de los Libros, S.L.

Goñi, C. (2017). Cuéntame un mito. Editorial Ariel.

Hard, R. (2004). El gran libro de la mitología griega. La Esfera de los Libros, S.L.

Schwab, G. Leyendas griegas. Editorial Taschen