Sólo quien ha sido soldado puede entender la situación de los hombres que se encontraban en la colina de Empel, en la actual Holanda, aquella fría semana de diciembre del año 1585. Pero no cualquier tipo de soldado, sino el soldado de infantería ligera.

Soldado Tercios
Pintura de un soldado de los Tercios portando la bandera. Por Ferrer Dalmau.

Dedicado a mis compañeros de armas:

«Hacía frío aquella noche, pero no un frío cualquiera, sino un frío húmedo que calaba hasta la médula. Guillermo Ramiro intentaba calentarse con la manta que traía consigo durante toda aquella endemoniada guerra, pero estaba húmeda y congelada por el exterior. No recordaba la última vez que estuvo completamente seco. Tampoco recordar las áridas tierras de su Pinto natal servía de mucho.

Llevaban luchando varios días en aquella isla, la de Bommel, rodeados de herejes por todos lados. No era el frío el único pesar del que se lamentaba Ramiro, esa misma mañana había perdido a su compañero, un disparo holandés le alcanzó en la cabeza. Por lo menos murió sin sufrir mucho, no como los que quedaban vivos… pensaba mientras se comía el mendrugo de pan, más duro que una piedra, que le habían dado como única comida del día, pues los víveres escaseaban…. No podía ser peor aquella situación, había tenido suerte el compañero.

El hideperro del capitán holandés, aprovechándose de la desgracia del enemigo, había solicitado parlamento esa misma mañana, ofreciendo al Maestre Bobadilla la oportunidad de rendirse. No hubo que parlamentar mucho más, el Maestre los mandó a la mierda muy educadamente:

 “Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos”

A muchos compañeros no les hizo gracia la resolución, pero a Ramiro no le pareció mal. Un año en ese infierno húmedo y frío, combatiendo día sí día también, habiendo perdido a muchos paisanos en las batallas… “¿A cuenta de qué rendirse a estas alturas? No había lugar, ¡voto a Cristo!”

Estaba Ramiro pensando en estas cosas cuando llegó el alférez.

— Ramiro, cójase a dos hombres más y vayan a la zona Oeste a facer una trinchera, que esos putos herejes atacarán mañana temprano.

— A la orden — respondió él.

“Ni tal mal”, pensaba el soldado, con el frío que hacía aquello ayudaría a entrar en calor. Aunque no sabía donde carajo iban a cavar el agujero, pues apenas había espacio. El capitán holandés, ante la negativa del Maestre, había abierto los diques para inundar la zona, por lo que el Tercio tuvo que subir al pequeño monte de Empel para huir del agua. Cuatro mil almas en aquel monte de mierda, como comprenderán mucho espacio no había.

Ramiro cogió al soldado Bello, un compañero gallego que había llegado pocas semanas antes al Tercio, a un inglés al que llamaban Guido (Fawkes de apellido) y a un holandés que hacía tiempo que se había unido a la causa. Combatiendo junto a los españoles había muchos católicos de otras naciones que se alistaron para luchar contra la herejía. Tantos eran que casi debería decirse al revés, que eran los españoles quienes luchaban junto a ellos.

Aquella tierra era manejable, húmeda como estaba no resultaba difícil cavar. Ya llevaban un buen rato trabajando cuando, en una de las paladas, Ramiro topó con algo duro. No sonaba a piedra, sino más bien a madera. Llamó a Bello para que le ayudara con aquello. “Pardiez que no fuera oro!”, pensó Ramiro, pues de poco serviría sabiendo que la muerte estaba cerca.

Una simple tabla de madera. Iba a desecharla cuando advirtió algo dibujado en ella y limpiándola con la mano enguantada descubrió la imagen de Nuestra Señora. Era una pintura sencilla, pero hermosa. A Ramiro le vinieron a la mente las palabras que Pater les dirigió el día anterior, mientras oficiaba la celebración por los caídos ese día. Habló de la Virgen, de cómo socorre a quienes se acogen a ella.

Pintura de Ferrer Dalmau sobre el hallazgo de la tabla flamenca con la imagen de la Virgen en Empel.

— Bello, ven conmigo, vamos a ver al Pater, puede que le interese esta tabla — dijo Ramiro, y dirigiéndose a los dos extranjeros les pidió se quedasen allí continuando los trabajos.

Sorprendióse el Pater del hallazgo y sugirió que alguna señal debía ser, que Dios acompañaba nuestra causa. Avisando al Maestre Bobadilla éste lo vio claro y mandó que se preparase un altar animando a los soldados a encomendarse a Nuestra Señora, quien se decía que nació sin mancha de pecado.

Ramiro hizo una oración como bien pudo, pidiendo a la Inmaculada que les ayudara a salir de aquella, pues bien necesitaban la ayuda de Dios en tales circunstancias.

Acabaron como pudieron la trinchera, aunque poco más se podría hacer si atacaban los herejes. Arrimándose unos a otros, durmieron unas horas, más mal que bien, pues un aire gélido comenzó a soplar y el frío se sentía hasta los huesos.

Ya comenzaban a despuntar las primeras luces de la aurora cuando alguien le tocó en hombro, Ramiro se giró y reconoció al soldado Vilchez, buen soldado y mejor compañero, de la compañía de Juan del Águila.

— Arriba compañeros — dijo — levántense sin hacer ruido y prepárense para el combate.—

Recogieron aprisa y marcharon con su compañía. Al parecer el río se había congelado y se podía caminar sobre él. Se prepararon para la marcha, en orden de combate. Los barcos enemigos estaban atrapados por el hielo. Todo ocurrió muy rápido  — ¡Al ataque! — ordenó el capitán. Ramiro se persignó encomendándose a Nuestra Señora y sacando su espada corrió hacia el enemigo — ¡Santiago y cierra España! ¡Por el rey! —

Aquel día fue glorioso, casi 200 barcos fueron capturados y quemados. Hubo una misa solemne en acción de gracias por la victoria. Junto al altar colocaron la tabla de Nuestra Señora, quien había conseguido la victoria a las tropas católicas. El Maestre Bobadilla proclamó como patrona de los Tercios a la Inmaculada.

Dicen que el el almirante hereje, Hohenlohe-Neuenstein, al ser capturado espetó en su lengua “Tal parece que Dios es español al obrar tan grande milagro”. Y realmente así fue, un gran milagro, pues ya se daban por muertos los pobres soldados, pero aquel no era el día. Ramiro pensó que tan gran obra sería difícil de olvidar y seguro que cientos de años después seguirían los infantes de los Tercios celebrando a su Patrona.»

Empel
El milagro de Empel por Ferrer Dalmau

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