A lo largo de la Historia, y durante milenios, la menopausia era el final de la valía de una mujer. Si no podía engendrar, ya no servía a la sociedad.

“Sara dejó de tener lo propio de las mujeres”, nos dice Abraham en la Biblia. Los papiros egipcios nos hablan de mujeres blancas en contraste con las rojas que eran las que menstruaban. Grecia y Roma relacionaron la menopausia con la espiritualidad, mientras que en el medievo una mujer menopáusica era un ser marchito y a veces malévolo, una bruja. No, la menopausia no ha tenido buena prensa a lo largo de la Historia. Definida por Gregorio Marañón como una edad crítica, la menopausia supuso la muerte social para las mujeres. Fueras reina, noble o campesina, dejar de tener la regla suponía un problema más allá del fisiológico o psicológico. ¿Hemos cambiado?

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la menopausia como la cesación permanente de la menstruación a consecuencia de la pérdida de la actividad ovárica. En la Edad Antigua la menstruación cesaba en torno a los cuarenta años, aunque podía alargarse a los cincuenta. Sin embargo, debido a la alta mortandad durante el parto, eran muy pocas las mujeres que cumplían una edad avanzada (en la Antigua Roma la esperanza de vida femenina no superaba los 35 años) y por lo tanto, llegar a la menopausia era un logro vital. Ese logro se consiguió a partir del siglo XVII donde el 28 por ciento vivía lo suficiente para llegar al cese de la menstruación.

Parir y sobrevivir

La inmensa mayoría de parturientas se apeaban de la vida al dar a luz a sus vástagos. La ciencia tardó años en mejorar las condiciones de los alumbramientos. Y mientras tanto, entre ellas se apañaban. Porque parir a lo largo de la Historia ha sido cosa de mujeres. Sí, claro, lo sé. Los hombres no pueden. Pero me refiero a que durante muchas centurias la mujer siempre ha sido ayudada por mujeres a la hora de tan complicado trance vital. Las matronas o comadronas asistían a las egipcias a parir de rodillas, a las griegas sentadas en un taburete y reclinadas sobre una tercera mujer, al igual que las romanas, que lo hacían sentadas en los muslos de otra. Llegó la Edad Media y con ella las sillas especiales para el parto, aquellas que tenían un asiento hueco. En la Edad Moderna, las matronas eran vigiladas por los médicos, que aparecen en escena, sobre todo si esa escena tenía lugar en las alcobas reales, que era donde nacían los hijos de las reinas. Fuera de palacio, las matronas seguían a lo suyo, fiándose más de su experiencia que de los libros.

Menopausia
Escena de parto medieval. Las mujeres administran cilantro a la parturienta para acelerar el proceso. Herbario de la primera mitad del siglo XIII, Cod. Vind, 98. Fol. 102R, Biblioteca Nacional de Austria.

Todas aquellas mujeres se aferraban al quehacer de otras mujeres que asistían todos los partos de la aldea o villa donde residían. Y así parían, sobrevivían y… no pocas morían agarradas a reliquias y amuletos. La menopausia era inalcanzable para buena parte de ellas.

Mujeres de edad avanzada para su época

Las que lograron sobrevivir a la retirada de la regla, tuvieron que soportar no solo los síntomas de la menopausia, sino también los sofocos que les debía provocar la ignorancia de su sociedad, que no sabía tratarlas ni entenderlas. Las mujeres menopáusicas a lo largo de la Historia se han parecido “a una reina destronada, a una diosa cuyos adoradores ya no frecuentaban el templo, solo podían atraerlos por la gracia de su ingenio y la fuerza de su talento” (Colombat de L’lsere, médico francés del siglo XIX)

Ingenio y talento tuvieron Nerfertiti, la esposa del faraón Akhenatón que vivió hasta los cuarenta años; Hypatia, considerada una de las primeras mujeres científicas de la Historia, que murió aproximadamente a los cuarenta y cinco; la reina de Francia e Inglaterra y madre de tres reyes, Leonor de Aquitania, una de las mujeres más controvertidas de la Edad Media, que vivió hasta los ochenta y dos años. Isabel la Católica superó los cincuenta y su hija, Catalina de Aragón, siguió sus mismos pasos. Santa Teresa de Jesús falleció con sesenta y siete años; setenta tenía Isabel I de Inglaterra cuando se fue de este mundo en 1603; y ochenta y dos años, la reina Victoria en 1901. Con noventa y cuatro años fallecía la emperatriz y esposa de Napoleón III, Eugenia de Montijo

Todas ellas, ejemplos de mujeres longevas para su época. Todas sin excepción, vivieron una historia… sofocante.

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