La Medusa era una criatura mitológica de la Antigua Grecia con la cabeza cubierta de serpientes venenosas, que convertía en piedra a todo aquel que se atrevía a mirarla directamente a los ojos. Pero con lo que no contaba este horrendo ser, era con la puesta en escena del valiente Perseo.

La cabeza de Medusa, por Caravaggio (1597)

La historia de Dánae y Perseo

En la Argólide existía un reino sobre las costas de Grecia al este de la Arcadia donde gobernaba el rey Acrisio. Las ciudades de Tirinto y Micenas estaban en sus confines y el mar de Egina bañaba sus costas noroccidentales. Acrisio estaba lleno de dicha cuando su esposa Eurídice dio a luz una hermosa niña de nombre Dánae. Fue entonces cuando el rey griego decidió acudir a un oráculo para saber que misterios le depararía el futuro. Pero cual fue su sorpresa cuando el oráculo le predijo que un día, todavía por llegar, fallecería a manos del hijo de su hija, es decir de su nieto. Como es fácil de suponer, Acrisio hizo todo lo posible para evitar que esto sucediese. Más le valía, en caso de que quisiese salir airoso de la situación por muy lejana en el tiempo que esta fuese. Aunque ello acarrease un grave infortunio para la joven e inocente Dánae, quien no tenía la culpa de nada. El rey encerró a su hija en una torre de bronce sin tener ningún contacto y vigilada estrechamente por unos guardias para evitar que se cumpliese la profecía.

Todas las precauciones parecían pocas para el atribulado Acrisio. Aunque por lo visto, todas estas acciones no fueron del agrado de los dioses. Seducido por la belleza de Dánae y dispuesto a darle una buena lección a Acrisio, Zeus cayó sobre Dánae en forma de lluvia de oro. Los despistados guardias no pudieron hacer nada frente al poder de los dioses, pues tan solo notaron un insólito rayo de luna sobre la torre y un fuerte viento. Así fue como gracias al plan de Zeus, Dánae concibió a un niño llamado Perseo, mitad dios mitad hombre. Acrisio no pudo creérselo cuando se enteró de la situación. El furioso rey determinó solucionar el enredo por las bravas, ya que aquel niño sería el responsable de su muerte según dictaba la profecía. Dánae y Perseo fueron encerrados en un arca de madera que se dejó en el mar a la deriva. Desde luego, Acrisio no destacaba por ser un padre y abuelo bondadoso. Pero de nuevo, los planes del rey no salieron como él esperaba. Las olas transportaron el arca a la isla de Serifos, donde madre e hijo fueron acogidos por Dictis, hermano del rey Polidectes.

Dánae recibiendo la lluvia de oro, por Tiziano (1560-1565)

Perseo y Medusa

Como ya hemos visto, Perseo era hijo de Zeus y de la princesa Dánae, por lo tanto un semidiós. El joven Perseo fue adoptado por Polidectes y creció muy apegado a su madre. Pero no todo iba a ser un camino de rosas para nuestro héroe precisamente. Polidectes estaba enamorado de Dánae y deseaba casarse con ella, aunque Perseo mantenía otro punto de vista. Por esta razón, el astuto rey decidió urdir una estratagema para deshacerse de este molesto obstáculo. Un buen día, Polidectes le informó a su hijo adoptivo que, para demostrar su virilidad pues pasaba demasiado tiempo con su madre, debía traerle la cabeza de la Medusa. Con este gesto, ya nadie dudaría de su valentía. ¿Pero que tenía de especial ese extraño ser cuyo nombre todos temían? La Medusa era la más espantosa de las Górgonas, unos monstruos que habitaban en los límites septentrionales del reino, dotada con colmillos y garras afiladas además de una cabeza repleta de serpientes venenosas. Desde luego, poseía un aspecto de lo más desalentador. Por si esto fuera poco, además quien osara mirarla al rostro, quedaba petrificado en el instante. Pero a pesar de estas dificultades, Perseo estaba decidido a llevar a cabo su misión.

Además, el héroe griego no estaba solo, sino que contó con la inestimable ayuda de los dioses. Hades le otorgó un yelmo que lo hacía invisible, Hermes unas sandalias aladas y Atenea le regaló un escudo tan bruñido que simulaba la superficie de un espejo. Este último obsequio servía para ver a la Medusa a través de su imagen reflejada y no directamente, por lo que fue de gran utilidad a la hora de enfrentarse al terrorífico monstruo. La morada de la Medusa se encontraba muy lejos, por lo que Perseo hubo de recorrer kilómetros y kilómetros provisto con las sandalias de Hermes hasta llegar a su destino. A medida que avanzaba, se iba encontrado a ambos lados del camino con una imagen desoladora: estatuas de hombres petrificados que anteriormente habían osado enfrentarse a la Medusa con resultado estrepitoso. Los lugareños indicaron a Perseo el lugar donde vivía la criatura, una cuenca rodeada de otras tristes figuras de piedra. Nadie de aquellos desdichados había conseguido regresar con vida. Convencido de sí mismo, Perseo se armó con una hoz afilada y emprendió el breve camino que le quedaba para llegar a la Medusa.

Representación de Perseo enfrentándose a la Medusa. Fuente: peakpx.com

Se abrió entonces un espacio ante el héroe, donde contó unas veinte figuras más, el monstruo debía de andar muy cerca. Perseo tomó el escudo de Atenea y empezó a andar hacia atrás fijándose muy bien en cada una de las imágenes reflejadas. Sin darse cuenta, tropezó con una pequeña piedra que fue rodando hasta chocar contra una roca. Fue entonces cuando nuestro héroe escuchó un rugido infernal que llenó el ambiente. Había llegado el momento. Perseo vio en la superficie del escudo a la Medusa en todo su esplendor: la boca abierta de par en par, los ojos llameantes de furia. El monstruo parecía no dar crédito a lo que estaba ocurriendo, pues el héroe todavía no se había convertido en piedra. Los silbidos de las serpientes procedentes de su cabeza eran espeluznantes, capaces de helar la sangre a cualquier mortal. Perseo esperó pacientemente con el corazón en un puño, en una posición encorvada y con la hoz preparada para asestar el golpe definitivo. Hasta podía notar el calor de la respiración del monstruo en su hombro. Sin pensárselo dos veces, siempre con la mirada puesta en el escudo, el héroe dio un tajo certero con todas sus fuerzas. Un aullido sobrehumano hizo temblar la tierra y después todo quedó en silencio. ¡La Medusa había sido abatida! Pero no debiéramos darlo todo por conseguido, pues la criatura todavía conservaba su poder incluso después de muerta. Perseo metió la cabeza dentro de una alforja como prueba de su hazaña. Ya nadie podría reprocharle su supuesta falta de virilidad.

El cumplimiento de la profecía

Tras dar muerte a la terrible Medusa, Perseo emprendió el camino de regreso utilizando las sandalias de Hermes. Pero antes de llegar a casa, nuestro héroe rescató a una bella doncella de nombre Andrómeda que iba a ser sacrificada a un monstruo marino para aplacar la ira de los dioses. Más tarde se convertiría en su esposa no sin pasar grandes dificultades, pues tuvo que enfrentarse a otros pretendientes. Mientras tanto, en ausencia de Perseo, el astuto Polidectes había planificado su boda con Dánae. Lo que no se esperaba este rey es que Perseo y Andrómeda se presentaran el mismo día en que se iba a celebrar el prometedor enlace matrimonial. Desde luego, se podría decir que habían llegado en el momento y lugar oportunos. Enfurecido por los planes de Polidectes de casarse con su madre, el héroe se encaminó hacia el palacio real. En presencia del rey sacó de su alforja la cabeza de la Medusa justo cuando Polidectes echaba mano de su espada. El efecto fue instantáneo: nuestro antagonista pasó a engrosar la larga lista de damnificados por el monstruo.

Desaparecido Polidectes de la ecuación, Perseo confió el trono a su hermano Dictis y la isla se convirtió en un lugar tranquilo y feliz. Pero todavía quedaban cabos sueltos por atar, concretamente la profecía de Acrisio que narrábamos al principio del relato. El cumplimiento de los designios divinos llegó de la forma más inesperada. En Argos se iban a celebrar unos magníficos juegos en los que decidió participar Perseo debido a su gran afición al deporte. Junto a él, otros atletas procedentes de todos los rincones de Grecia acudieron a la cita deportiva. El ya anciano Acrisio, en calidad de rey, ocupaba el lugar de honor en la gradería, sin llegar a sospechar que su propio nieto se encontraba entre los participantes. Tras algunas demostraciones de distintos equipos, le tocó el turno a Perseo, quien se encargó del lanzamiento de disco. ¡Zas! El héroe tuvo tan mala suerte que el artilugio se clavó accidentalmente en el pecho de Acrisio. A pesar de todas las idas y venidas, sacrificios y aventuras, finalmente la profecía se había cumplido para desgracia del rey.

Reflexión del mito

Una simple mirada puede transmitirnos múltiples sentimientos, desde el amor más profundo hasta el terror más absoluto. Como ya hemos visto, en el caso de la Medusa se trataba más bien de la segunda opción. El valiente Perseo bien sabía de los peligros a los que se enfrentaba. Si a nuestro héroe se le hubiera ocurrido observar, aunque solo hubiera sido por un instante la mirada de la Medusa, entonces se habría quedado convertido en una estatua de piedra al igual que muchos desdichados. Un destino poco apetecible, hay que decir. Por ello, decidió emplear todos los medios a su alcance para dar muerte al espantoso monstruo. A Perseo se le considera un héroe, no por su fuerza, sino por su astucia e inteligencia. Pero como ocurre en otros episodios igualmente heroicos, Perseo también necesitó de la ayuda de los dioses, concretamente el escudo de Atenea fue crucial para decantar el resultado final. La Medusa acabó perdiendo su cabeza a manos de Perseo al no surtir efecto sus poderes malignos.

Perseo con la cabeza de Medusa, por Benvenuto Cellini (1545-1554)

A su vez, el abuelo de Perseo, Acrisio, no pudo eludir su Destino por muy empeñado que estuviese. A pesar de sus numerosas acciones para evitar el cumplimiento de la profecía, al final es Zeus el que pone remedio al asunto mediante su intervención directa. En el mundo griego, nada ni nadie podía interponerse por encima de los designios del Hado, ni tan siquiera los dioses. Para este caso en concreto, la actuación divina no se debe a los caprichos del propio Zeus, sino a la necesidad de intervención en la vida de los mortales para que finalmente se cumpla el Destino, aunque este contenga trágicas consecuencias. En la actualidad, no creemos en el Destino, sino en la libertad y autonomía que posee cada persona para decidir su propio futuro. No obstante, por muchas seguridades de las creamos disponer en nuestra vida en los tiempos actuales, siempre podrá quedar algún fleco suelto que puede precipitarnos hacia la tragedia, como le acabó ocurriendo al desafortunado Acrisio, con disco incluido.

Bibliografía:

Commelin, P. (2017). Mitología griega y romana. La Esfera de los Libros, S.L.

Goñi, C. (2017). Cuéntame un mito. Editorial Ariel.

Hard, R. (2004). El gran libro de la mitología griega. La Esfera de los Libros, S.L.

Schwab, G. Leyendas griegas. Editorial Taschen