Muchos de nosotros tenemos mascotas en la actualidad, pero la relación entre humanos y animales es casi tan antigua como los orígenes de la humanidad. Así pues, también los romanos se beneficiaron de la colaboración con distintos animales, y al igual que nosotros, el perro fue su mascota estrella.

A finales de la República romana (durante el siglo I a.C) se puso de moda entre las clases acomodadas la tenencia de un perro que sirviera como guardián del hogar. Encontramos en algunas domi (casas) romanas, mosaicos de perros con la inscripción CAVE CANEM (cuidado con el perro) para advertir a los intrusos. Por ejemplo, el mosaico en la puerta de entrada a la casa llamada “del poeta trágico” o el mosaico del vestíbulo de la casa de Próculo, ambos en Pompeya. Junto a estos mosaicos era común encontrar un Molossus[1], un cánido de fuerte complexión dotado de desgarradores colmillos, orejas cortas y erguidas y piernas de características felinas.
Según el escritor romano Virgilio:

“Nunca, con ellos en guardia necesita temer por sus puestos de un ladrón de medianoche, o ataque de lobos, o bandidos ibéricos en la espalda.”

Por su parte, Marco Terencio Varrón describía las cualidades idóneas para este can:

“Debe tener una cabeza grande, orejas caídas, los hombros y el cuello gruesos, patas anchas, un ladrido profundo, y ser de color blanco con el fin de ser más fácil de reconocer en la oscuridad. […] Debe llevar un collar de cuero tachonado de clavos para proteger el cuello. Un lobo, una vez herido, será menos probable que ataque a otro perro, incluso a uno que no lleve un collar.”

Mosaico en la “casa del poeta trágico”

La plebe, generalmente con escasos recursos económicos, no se podía permitir este tipo de animales guardianes, así que en su lugar tenían gansos (ocas). Su carácter territorial junto a su fuerte graznido hacían de él un excelente y económico guardián, además de proporcionar huevos para sus dueños.

Por extraño que nos pueda parecer, fueron unos gansos los protagonistas de un heroico acto de defensa en Roma. Según la leyenda, los graznidos que emitieron estos animales cuando la ciudad fue atacada de noche por los galos en el siglo IV a.C, alertó a los soldados romanos, evitando que ésta cayera en manos del enemigo.

Los perros domésticos no siempre fueron molossus guardianes, también existieron pequeños perros que simplemente sirvieron como mascotas entre las clases acomodadas de Roma, los canis catelli. Para este menester era suficiente con ser dóciles y fieles, y los más populares fueron los canis melitae[2], un pequeño perro faldero de pelo blanco y largo, similar al Maltés, aunque de mayor tamaño. Los canis catelli tenían el único cometido de ser animales de compañía siendo un entretenimiento para los niños, una calefacción para las frías noches, un antipulgas y antimoscas para sus propietarios y un símbolo de estatus social. Esta clase de perro llegó a ser una compañía muy querida. La descripción que el poeta romano Marco Valerio Marcial hace de la perra de su amigo Publio, Issa, lo refleja con claridad. Dice Marcial:

“Issa es más pura que un beso de paloma, más cariñosa que todas las muchachas, más preciosa que las perlas de la India… Para que su última hora no se la llevara del todo, Publio reprodujo su imagen en un cuadro en el que verás una Issa tan parecida que ni siquiera la misma Issa se parecía tanto a sí misma”.

Mosaico de la “casa de Próculo”

Respecto a los nombres de los perros, Plinio recomienda nombres cortos y el gaditano Columela en su obra De re rustica que tengan dos sílabas, así como nombres referentes a sus características: Asbolo (hollín), Tigris (tigre), Ferox (feroz), Lupa (loba), Leuco (blanco), Pirra (pelirroja), Cerva (cierva), Celer (rápido), Lakon (espartano)…

Estos perros mascota no fueron comunes entre la plebe, pues no se entendía tener un perro que no trabajase, ya fuera de guardián, pastor o cazador.

Ya en el siglo I d.C comenzaría a conocerse el gato doméstico, y los pájaros eran muy habituales en los hogares romanos. Así, además de las palomas y los pajaritos que son familiares entre nosotros, se habla de patos, cuervos y codornices como mascotas de los niños romanos. También se conocían los monos, pero no podían haber sido frecuentes.

Mosaico romano

Pero el hogar no fue el único lugar de trabajo para las mascotas romanas. La gran condición física de los molossus fue utilizada también en los espectáculos y la guerra, siendo fieles compañeros de gladiadores y legionarios.

En los mortales espectáculos de los anfiteatros, los canes se enfrentaban entre sí o con otras especies animales, como por ejemplo osos y leones. El público disfrutaba viendo los exóticos combates y la sangría que se generaba.

Viendo el potencial del molossus en los anfiteatros, se lo introdujo al uso bélico. Eran “perros soldados” como los llama Polieno, los denominados canes pugnaces. Los soldados romanos quedaron sorprendidos por estos perros, dotados de una impresionante musculatura y una férrea mandíbula que una vez cerrada no desprendía la presa. Por este motivo denominaron a este perro con el nombre de “Canes pugnances” (perros luchadores).

Se les procuraba un entrenamiento de soldados y se les utilizaba en funciones de defensa, ataque y enlace. En el caso de que el animal adoptara el rol de enlace, al can se le avecinaba un destino final trágico, ya que se le hacía ingerir un tubo de cobre que en su interior contenía un mensaje. Cuando el perro llegaba a su destino se le destripaba para recuperar la información.

A pesar de esto, el molossus era apreciado por su extrema fiereza y causaba terror en las descuidadas tropas de infantería, siendo llevado al campo de batalla en jaurías de varias decenas por unidades especiales de la legión romana. Podía llegar a pesar entre 60 y 80 kg y saltar para desgarrar y destrozar el cuello del enemigo.

Se les cubría con una protección de placas de cuero para protegerlos de las flechas y casquetes; se les adosaban recipientes con fuego y los enviaban a entremezclarse con la multitud creando incendios. También se les colocaba un tipo de coraza que llevaba cuchillas que producían heridas cortantes en los enemigos y en sus caballos y portaban collares de cuero con púas metálicas de aspecto cónico.

En la conquista de las Galias por Julio César (siglo I a.C.), sus legiones fueron acompañadas por estos molossus convertidos en canes pugnaces.

En la actualidad, se conocen el dogo napolitano, el cane corso y el mastín tibetano como las razas que descienden directamente del molossus romano.

Reproducción de un mosaico romano a la venta en The Ancient Home

Los ejércitos romanos también llevaban gatos entre sus filas. El objetivo principal de los felinos era comerse los muchos ratones que habitaban en los campamentos y cuarteles de invierno, aparte de ser una compañía y distracción para los soldados. Además, con la conquista de Egipto, se introdujo en el Imperio romano el culto a la diosa Bastet identificada más tarde con la diosa Isis. El gato se convirtió entonces en un animal que simbolizaba la victoria.

Finalmente, el medio rural fue otro lugar donde destacaron los animales, sobre todo el perro, utilizado para la caza, el pastoreo o la guarda de las villas.

Los romanos denominaban a los perros de caza canes venatici y los dividían según la clase de cacería para la que estaban predestinados: los sagaces eran los que se usaban para seguir los rastros de las presas (sabuesos); los celeres eran los perros veloces usados para la persecución de las presas, teniendo una preferencia especial por el lebrel (canes vertragus); y los pugnaces,  entre los que destacaban los famosos molossus, usados para atacar a las desdichadas presas, sobre todo jabalíes y fieras salvajes.

Marcial escribía sobre los canes vertragus:

“No caza para sí, sino para su amo, el bravo lebrero, que te llevará entre sus dientes la liebre sin dañarla.”

Por su parte, Arriano aconseja cómo comportarse con los perros una vez terminada la actividad cinegética para recompensaroes por el trabajo bien hecho:

“Cuando el  galgo ha atrapado la liebre, o ha vencido en la carrera, deberías desmontar de tu caballo, y acariciar a tu perro y felicitarlo, besando su cabeza y rascando sus orejas, y llamándolo por su nombre: “Bien hecho, Cirras”, “Bien hecho, Bonnas”, “Bravo, mi Horme”, citando cada perro por su nombre, porque al igual que a los hombres de espíritu generoso, les gusta ser alabados, y si el perro no está demasiado cansado, vendrá alegremente a agasajarte.”

Los perros pastores, canes pastorales, se destinaban al cuidado y transporte de los ganados. Defendían el ganado de los depredadores que acechaban por los caminos, campos y bosques.

El escritor romano, Varrón (116-27 a.d.C). menciona en su obra didáctica varios consejos a la hora de adquirir perros para ser utilizados en labores de pastoreo:

“…no educarlos con cazadores, sino con un pastor porque podían atacar al ganado y los entrenados por los cazadores, al ver una liebre o un zorro los relacionaban con la caza y abandonaban a los animales en persecución de sus presas”.

Los canes villatici eran los perros destinados a la custodia de casas, villas o talleres avisando si aparecían extraños.

En conclusión, los animales fueron a su vez queridos y utilizados en la Antigua Roma. Acompañaron a los romanos en la mayoría de sus quehaceres diarios, y tal y como hemos visto, algunas veces en contra de su voluntad.

Es importante distanciarnos de nuestra visión actual cuando hablamos de un tema tan próximo como el de nuestras mascotas. Entre la gran parte del pueblo romano e incluso en muchos medios rurales de la actualidad se entendía a los animales como compañeros de trabajo que cumplían unas funciones determinadas. De esta manera, los animales mascota tal y como hoy los conocemos, es decir, su tenencia por el simple hecho de su compañía o exotismo, se reservaba para las clases acomodadas de la sociedad. A pesar de esto, es obvio que la sensibilidad con los animales era mucho menor que la actual.

Esto no deja de lado que los romanos quisieran a sus mascotas, tal y como demuestra la aparición de lápidas de perros junto a sus difuntos dueños, o bien a algunos se les dedica su propia estela fúnebre, como demostración del cariño que les tenían sus amos.

“A Helena, hija adoptiva, alma incomparable y digna”. Lápida de la perrita Helena, Museo Getty.

 

 

Bibliografía:

Alberola, E. (2018). Animales de compañía en Egipto y la Antigua Roma!. [online] “UNA DE ROMANOS”… historias que hacen Historia!!!

Gerzovich Lis, C. (1998). Nuestro perro. Buenos Aires: Planeta.

Columela, L. (1988). Los trabajos del campo. Madrid: Siglo XXI.

Gómez, V. (2018). El Origen del Perro. [online] Perros.com

Guía Blog Italia. (2018). Historia del gato en Roma – Guía Blog Italia. [online]

Historias de la Historia (2018). Razas de PERROS en la ANTIGUA ROMA.

Ramos, J. (2018). Perros y mascotas en la Roma antigua | ArqueHistoria. [online]

Sanz, J. (2018). Razas de perros más comunes en la Antigua Roma. [online] Historias de la Historia.

Varrón, Marco Terencio (1992). De las cosas del campo (De re rustica). ed. de Domingo Tirado Benedí (2ª edición). México, D. F.: Universidad Nacional Autónoma de México.

Villadematernoencarranque.blogspot.com.es. (2018). Canes villatici, perros guardianes y de caza en la villa romana. [online]

 

 

[1] Su nombre procede de Molosia, en la antigua región de Epiro (Grecia), donde los grandes perros eran conocidos por cuidar las ovejas y combatir en las guerras.

[2] Su nombre proviene de la palabra semítica “malat” que significa puerto, ya que era donde habitualmente cazaban roedores.

1 COMENTARIO