Dice la filósofa española Celia Amorós que una buena parte de los teóricos ilustrados trampearon la universalidad de sus propios postulados para excluir de la igualdad a la mitad de la humanidad. Quizás Mary Wollstonecraft (1759-1797) hubiese estado de acuerdo, pues la ‘trampa’ de los ilustrados del siglo XVIII fue intentar transformar la política y la sociedad de su tiempo a través de la razón, pero una razón de parte. Algunos de ellos, con los que Mary Wollstonecraft compartió ideas en los salones de su época, justificaban que solo a los varones la biología les había dotado para ello. A la mujer le corresponde el hogar por naturaleza, diría Rousseau.

Mary Wollstonecraft

El siglo de las luces

En la Europa del XVIII donde Mary Wollstonecraft vio la ‘luz’, los valores y normas de la religión cristiana marcaban la forma de vida, las costumbres y la manera de pensar. Tanto el anglicanismo en su Londres natal, como la Iglesia católica fuera de las fronteras inglesas, seguían siendo referentes de conducta para la sociedad del dieciocho, un siglo donde el papel de la mujer continuó relegado a un papel secundario: esposa y madre bajo el paraguas protector de los varones. Una sociedad patriarcal donde las mujeres carecían de acceso a la educación superior, a los cargos públicos y donde trabajar y ganarse la vida era una “anormalidad de la naturaleza (…) poco femenino” (C. Saénz Berceo). No había aún nacido Mary Wollstonecraft cuando el ilustrado Diderot, en la voz ‘ciudadano’ de la Enciclopedia francesa (1751) afirmaba que la mujer no tenía propiamente derechos de un ciudadano. Y con todo, habían pasado setenta años desde la Declaración de Derechos (Bill of Rights. 1689) que garantizaba en Inglaterra la libertad… pero no la igualdad efectiva de oportunidades.

Lectura de la tragedia “El huérfano de la China” de Voltaire en el salón de madame Geoffrin, de Charles Gabriel Lemonnier

El camino del cambio

En Vindicación de los derechos de la mujer (1792), Mary Wollstonecraft trató de despertar conciencias, ‘desempolvar’ el espíritu crítico de las mujeres ante su condición de desigualdad frente a los hombres. Unas mujeres que, como va desgranando la autora en su obra, eran dependientes, sometidas sin razón, sufrían de opresión tiránica, llevaban un pesado yugo, comparable a la esclavitud y vivían confinadas en jaulas. Como apunta la profesora Saénz Berceo, su leitmotiv fue que la mujer consiguiera independencia económica, pues solo así podría tener autonomía y ser respetada por la sociedad. Para ello era necesario que pudieran optar a tener una educación superior al igual que los varones, más allá de nociones básicas sobre educación doméstica, saber leer y escribir (a mediados del siglo XVIII en Londres la alfabetización alcanzaba al 70% de la población femenina). De no ser así, como apunta M. Wollstonecraft, la mujer no sería libre: “es cierto que se le proporciona (a las mujeres casadas) alimento y ropa sin que se esfuercen (…) pero a cambio entregan salud, libertad y virtud”. Y se hace una pregunta: ¿Por qué no descubren que las tratan como reinas sólo para engañarlas con un falso respeto hasta que renuncien o no asuman sus prerrogativas naturales? Mary Wollstonecraft critica que el poder de la mujer de su tiempo esté en la belleza y en la seducción, y le parece inadmisible que sus coetáneas “para mantener su poder (soberanía de la belleza) tienen que renunciar a los derechos naturales (como la libertad o la propiedad) que el ejercicio de la razón les habría procurado, y elegir ser reinas efímeras, en lugar de trabajar para obtener (…) igualdad”.

Vindicación de los derechos de la mujer (1792)

La biología al servicio de la desigualdad

Mary Wollstonecraft, como decía Kant, ansiaba que las mujeres tuvieran valor para servirse de su propia mente y así cambiar el mundo que las rodeaba. “Fortalezcamos la mente femenina ampliándola y concluirá la obediencia ciega”. Como mujer ilustrada, intentó a través de su obra, abrir esa mente crítica que toda mujer posee, pues solo con el uso de la razón se podría combatir las desigualdades que padecían. Desigualdades heredadas de unas tradiciones y conocimientos admitidos como ‘naturales’ por la sociedad de su época en general y por los ilustrados en particular. “Si tanto el hombre como la mujer comparten la misma capacidad racional que deriva de Dios, … todas las distinciones entre los sexos son resultado de convenciones sociales y diferencias en la educación de las mujeres” diría. La biología no justificaba, por tanto, la desigualdad entre sexos. Apunta C. Saénz Berceo que Mary Wollstonecraft comprendió que las mujeres no nacieron libres ni encontrarían libertad dado que el argumento biológico seguía escribiendo su destino. De ahí que la autora inglesa criticara a lo largo de su obra a Rousseau quien defendía que las diferencias naturales y las responsabilidades entre ambos sexos, justificaban la superioridad de los hombres sobre las mujeres.

Una obra referente del feminismo

Mary Wollstonecraft con su obra estaba a punto, como le escribiría a su hermana, de convertirse en una nueva especie. Vindicación de los derechos de la mujer se ha convertido en la obra referente del feminismo, movimiento que surgiría con posterioridad a su muerte, y que hunde sus raíces en el último siglo de la Edad Moderna. Un siglo que culmina con la Revolución francesa (1789) donde las ideas ilustradas de razón, progreso, civilización, tolerancia, libertad e igualdad iluminaron el camino del cambio. Mary Wollstonecraft consiguió que las mujeres de su tiempo comenzaran a abrir su mente. También abrió de par en par las contradicciones en las que cayó la razón ilustrada tal y como argumenta la catedrática de Historia Moderna Pilar Pérez Cantó, pues justificaba la sumisión de las mujeres recurriendo a la naturaleza en nombre de la cual afirmaba su desigualdad y excluía a las mujeres de la ciudadanía: “Admitiré que la fortaleza corporal parece conceder al hombre una superioridad natural sobre la mujer (…) no obstante, no solo la virtud, sino el conocimiento debería ser de igual naturaleza en los dos sexos, y que las mujeres consideradas no sólo criaturas morales, sino también racionales, deben intentar adquirir las virtudes humanas por los mismos medios que los hombres, en lugar de ser educadas como una imaginaria especie de medio ser, una de las descabelladas quimeras de Rousseau”.

El feminismo, hijo no querido de la Ilustración

Y a pesar de que sus ideas fueron ridiculizadas y tachadas de escandalosas al admitir que ambos sexos tenían las mismas capacidades, que los sentimientos y la razón son cualidades compartidas y que la pasión no es solo femenina, se atrevió a enfrentarse a “todos los escritores que han abordado el tema de la educación y la conducta femenina” pues todos ellos “han contribuido a hacer de las mujeres los caracteres más débiles y artificiales que existen, y como consecuencia, los miembros más inútiles de la sociedad”. Mary Wollstonecraft bien podría haber añadido esta frase de la filósofa española Amelia Valcárcel: “El feminismo es un hijo no querido de la Ilustración”.

Una tormenta imparable

La historiografía encuadra a principios del siglo XIX el inicio del feminismo como movimiento colectivo, pero su ‘primera ola’ arranca en el último tercio del siglo XVIII, donde las ideas ilustradas propiciaron un gran salto en las reivindicaciones femeninas de igualdad. Junto a Mary Wollstonecraft, otras mujeres coetáneas suyas, como la francesa Olympia de Gouges, dieron alas al debate del concepto de ciudadanía en plena Revolución francesa (Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana. 1791), donde la Ilustración, de nuevo, caía en contradicción “al pregonar a los cuatro vientos la igualdad universal y dejar sin derechos civiles y políticos a todas las mujeres” (Ana de Miguel).

“No se nace mujer, se llega a serlo” diría Simone de Beauvoir, para quien ser mujer no era algo biológico, sino social y cultural. Su obra El segundo sexo fue escrita en 1949, siglo y medio después de Vindicación de los derechos de la mujer. Mary Wollstonecraft consiguió despertar y remover conciencias. Ese primer feminismo ilustrado que, entre otras, ella abanderó, dio lugar a la primera tormenta del feminismo. La obra de Beauvoir, que bebía de las ideas de su predecesora, fue un huracán.

Simone de Beauvoir

Bibliografía:

Fernández, Bebi. Vindicación de los derechos de la mujer. Mary Wollstonecraft. Grupo editorial Penguin Ramdom House, Barcelona, 2019.

Valcárcel, Amelia. La memoria colectiva y los retos del feminismo. Mujeresenred.net

Sáenz Berceo, Mª Carmen. Mary Wollstonecraft: referente feminista.  Dialnet.unirioja.es

Calderón Quindós, Fernando. La mujer en la obra de Jean Jacques Rousseau. Revistas.ucm.es. Vol.30. Núm1 (2005): 165-177

De Miguel, Ana. Los feminismos a través de la historia. Feminismo moderno. Mujeresenred.net

Pérez Cantó, Pilar. Las mujeres en los espacios ilustrados. Mujeresenred.net

Floreistán, Alfredo. Manual de Historia Moderna.