Los visigodos eran un pueblo guerrero acostumbrado a la lucha y la muerte. Solo hay que echar un vistazo a las biografías de sus regentes para darse cuenta. De los 35 reyes godos que reinaron primero en Tolosa y luego en Toledo muchos de ellos acabaron siendo asesinados (morbo gótico). Para contar todas las sangrientas luchas de poder y líos de faldas que se sucedieron en cuatro siglos habríamos necesitado el Shakespeare o el George R. R. Martin que nunca tuvimos. Esas historias sí que darían para hacer temporadas de Juego de Tronos.

Los elegidos, por si algún curioso quiere darle un vistazo a la vieja lista de los reyes godos, y porque el saber no ocupa lugar, fueron: Ataúlfo, Sigerico, Walia, Teodorico I, Turismundo, Teodorico II, Eurico, Alarico II, Gesaleico, Teodorico III, Amalarico, Teudis, Teudiselo, Ágila, Atanagildo, Liuva I, Leovigildo, Recaredo I, Liuva II, Witerico, Gundemaro, Sisebuto, Recaredo II, Suintila, Sisenando, Khintila, Tulga, Chindasvinto, Recesvinto, Wamba, Ervigio, Égica, Witiza, Ágila II y Rodrigo.

El rey Don Rodrigo arengando a sus tropas en la batalla de Guadalete. Pintado por Bernardo Blanco.

El nebuloso origen de los visigodos nos lleva hasta la fría Escandinavia, en un viaje de siglos. De allí, durante siglos también, fueron dando tumbos por Europa, hasta adentrarse peligrosamente en los limes del Imperio Romano. Lograron lo que parecía imposible: saquear la Ciudad Eterna. Romanos a su manera se asentaron en la península ibérica, donde fundaron el reino más poderoso de su momento en el occidente cristiano, el reino visigodo de Toledo, con Roma en el recuerdo y la intención. Hasta que les sobrevino la ruina en 711, en buena parte debida a su esa desmesurada afición por los juegos de tronos de la que hemos hablado. Aunque hay otras razones. Pero no todo fue pérdida y disensiones, también hubo continuidad y recuperación. La unidad política y religiosa con Leovigildo y Recaredo, la unidad territorial peninsular con Suintila, la igualdad jurídica con Recesvinto, personajes fascinantes como San Isidoro de Sevilla… El esplendor cultural forjado por ellos durante tres siglos serían núcleo de resistencia, semilla de nuevos reinos e impulso restaurador. Son los visigodos, los grandes protagonistas del tránsito de la Antigüedad a la Edad Media. La suya fue, de principio a fin, una aventura contra todo pronóstico. Sin ellos, la historia de Europa y, sobre todo, la de España sería bien distinta.

“Aquella Spania, la del obispo hispanorromano Isidoro de Sevilla y la del godo rey Suintila, fue la primera España, la première en Europe y la España primigenia y común de la que surgirían las Españas musulmana y cristiana con sus múltiples ramas que, a la postre, volverían a sumarse en el siglo XVI”

José Soto Chica

Que la monarquía visigoda fuera electiva no ayudaba mucho a la paz. El rey tenía que ser de estirpe goda pero como eran los ricos, los nobles y los obispos los que elegían al sucesor ya se cuidaban ellos mismos de que el siguiente estuviera bastante emparentado en sangre. Aunque los reyes muchas veces conseguían dejar en el trono a sus descendientes a base de comprar o hacer desaparecer nobles, otras tantas las guerras civiles y la lucha fratricida estaban servidas.

Sería una  de esas guerras regicidas la que provocaría que los visigodos perdieran todas sus prebendas, tierras y privilegios. En el 710, cuando murió Witiza, el penúltimo rey godo, a muy temprana edad, sus familiares y amigos, que no tenían muchas ganas de dejar el poder, intentaron perpetuarse haciendo recaer la corona en un hijo de Witiza, un niño llamado Ágila. En el otro bando, otros nobles que estaban hartos de no poder untar ellos mismos en todas las salsas, impusieron a su propio candidato, el duque Rodrigo.

El rey Don Rodrigo espiando desde los arbustos a Florinda la Cava bañándose. Pintado por Franz Xaver Winterhalter.

El partido agilano, herido en su orgullo, dirigió la vista hacia oriente en busca de aliados, hacia un oriente donde otros bárbaros habían empezado a unirse y conquistar a sangre y fuego, primero en vida de su profeta y más tarde con sus sucesores, todas las tribus de Arabia y el norte de África, empezando ya a tocarle las castañas al Imperio Bizantino. Lo cierto es que, los agilanos, deseosos de volver a conseguir sus viejos sillones, enviaron mensajeros al otro lado del Estrecho de Gibraltar. En el 711, tras la Batalla de Guadalete (o de los Montes Transductinos) cayó el reino visigodo de Toledo. El Islam entraría en la Península Ibérica para dejar su impronta a lo largo de casi ocho siglos.

Bibliografía recomendada: