Los visigodos eran un pueblo guerrero acostumbrado a la lucha y la muerte. Solo hay que echar un vistazo a las biografías de sus regentes para darse cuenta. De los 35 reyes godos que rigieron las tierras españolas la mitad acabó “cayéndose sobre una espada”. La otra mitad consiguió que dicha enfermedad acaeciese a sus detractores, contendientes, familiares y amigos. Para contar todas las sangrientas luchas de poder y líos de faldas que se sucedieron en cuatro siglos habríamos necesitado al George R. R. Martin que nunca tuvimos. Esas historias sí que darían para hacer temporadas de Juego de Tronos.

Los elegidos, por si algún curioso quiere darle un vistazo a la vieja lista de los reyes godos, y porque el saber no ocupa lugar, fueron: Ataúlfo, Sigerico, Walia, Teodorico I, Turismundo, Teodorico II, Eurico, Alarico II, Gesaleico, Teodorico III, Amalarico, Teudis, Teudiselo, Ágila, Atanagildo, Liuva I, Leovigildo, Recaredo, Liuva II, Witerico, Gundermaro, Sisebuto, Recaredo II, Suintila, Sisenando, Khintila, Tulga, Chindasvinto, Recesvinto, Wamba, Ervigio, Égica, Witiza, Ágila II y Rodrigo.

Esta lista de reyes la tuvieron que memorizar en su tiempo algunas generaciones de estudiantes en España durante el franquismo. Probablemente se hiciera en algunos centros, pero el mito fraguó cuando algunos pedagogos progresistas utilizaron este ejemplo como una crítica a la pedagogía tradicional que reducía los contenidos de la asignatura de Historia a la enumeración de nombres, datos y fechas, es decir, a un mero ejercicio memorístico y todo ello sin razonar. Porque se puso de moda eso de que las cosas no había que memorizarlas, sino razonarlas. Y algo de razón tenían, pero no toda.

El rey Don Rodrigo arengando a sus tropas en la batalla de Guadalete. Pintado por Bernardo Blanco.

Que la monarquía visigoda fuera electiva no ayudaba mucho a la paz. El rey tenía que ser de estirpe goda pero como eran los ricos, los nobles y los obispos los que elegían al sucesor ya se cuidaban ellos mismos de que el siguiente estuviera bastante emparentado en sangre. Aunque los reyes muchas veces conseguían dejar en el trono a sus descendientes a base de comprar o hacer desaparecer nobles, otras tantas las guerras civiles y la lucha fratricida estaban servidas.

Sería una de esas guerras fratricidas la que provocaría que los visigodos perdieran todas sus prebendas, tierras y privilegios. En el 710, había muerto el rey Witiza, el penúltimo rey godo, a una edad temprana y de manera violenta. Sus familiares y amigos, que no tenían muchas ganas de dejar el poder, intentaron perpetuarse haciendo recaer la corona en un familiar del monarca, en un joven llamado Agila. No lo consiguieron. En el otro bando, otros nobles que estaban hartos de no poder medrar, impusieron a su propio rey, el noble Don Rodrigo. El nuevo monarca no fue aceptado por todos. Los descendientes de Witiza, el antiguo soberano del reino, deseaban heredar la corona. Además habían sido desterrados al norte de África por el rey tras el asesinato de su padre. Querían venganza y trataron de buscar aliados. En África habían oído historias de un gran poder bárbaro emergente que conquistaba a sangre y fuego, primero en vida de su líder y más tarde con sus sucesores, que eran una piña. Habían conseguido unir a todas las tribus de Arabia y del norte de África, y ya empezaban a amenazar
al Imperio Bizantino. Lo cierto es que, los agilanos, deseosos de volver
a disfrutar de sus viejos sillones, trabaron una alianza en las costas del
Rif, al otro lado del Estrecho. Un grito iba a cambiar para siempre nuestra
historia: “No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta”. Sería el fin
de la Hispania visigoda.

El rey Don Rodrigo espiando desde los arbustos a Florinda la Cava bañándose. Pintado por Franz Xaver Winterhalter.