Serie: Érase una vez España

Capítulo 19: El látigo y la zanahoria

Volviendo la mirada a Córdoba, Hisham I, tras un próspero reinado, dejó el trono a su hijo al-Hakam I en un movimiento no exento de polémica que levantó enfrentamientos por todo el territorio andalusí. El joven al-Hakam, que tenía las ideas bastante claras, no dudó a la hora de parar la sublevación de sus tíos paternos contra su persona, matando a uno y avasallando cruelmente al otro. Una vez resuelto el pequeño incidente familiar, al-Hakam se entretuvo sofocando los sucesivos levantamientos protagonizados por mozárabes, muladíes o bereberes. Al emir no le tembló el pulso.

La sublevación y posterior represión de la ciudad de Toledo es conocida popularmente como “La triste jornada del foso” (797). Sabedor el emir de que todo buen nativo de nuestra tierra jamás rechazaría una comida de gorra, invitó a las más distinguidas autoridades de la ciudad a un banquete para solventar cualquier diferencia que pudiera existir entre ellos. Los confiados nobles acudieron a la cita mientras se arrepentían de las pasadas afrentas y los comentarios poco generosos que habían dedicado al nuevo monarca. ¡Tal vez el nuevo emir fuera magnánimo y recto!

Por desgracia para ellos, el emir tenía otros planes. Conforme iban llegando al sitio convenido iban introduciéndose en la tienda del banquete donde los esperaban los verdugos encargados de degollarlos y echar sus restos a un foso cercano. De esta forma tan cruenta, pero efectiva, al-Hakam consiguió limpiar de enemigos Toledo y rellenar los fosos de la ciudad. Resulta imposible saber cuántas cabezas acabaron buscando nuevo dueño, pero vive Dios que no fueron pocas.

Las nuevas, como siempre ocurren cuando son malas, recorrieron a la velocidad del viento todo el al-Ándalus y el nombre de al-Hakam comenzó a ser pronunciado con miedo por toda la península. Aunque Toledo ya había sido pacificada, en Zaragoza y Mérida, las otras dos marcas militares, sus dirigentes, como buenos políticos nacionales, se entregaban a constantes prácticas sediciosas aprovechando su alejamiento geográfico de la capital en beneficio de sus propios intereses locales. Al-Hakam, habiéndole cogido el gusto a eso del derramamiento de sangre, optó por la vía militar para solucionar las disidencias internas, no dudando en aplacar por la fuerza cualquier atisbo de levantamiento.

Estatua de Abderramán II en Murcia

Al-Hakam I pasará a la historia, en definitiva, como uno de los gobernantes más sanguinarios con su pueblo. Y no precisamente por chuparle la sangre a impuestos. Sin embargo, cuando fallece en el 822, deja a su hijo y heredero, Abderrahman II, un estado completamente sometido y pacificado, sin nadie capaz de osar levantar la voz contra la familia real. Esto permitió que el joven emir pudiera dedicarse a la tolerancia y la cultura.

Bajo el gobierno de Abderrahman II, Córdoba se convirtió en una joya resplandeciente en toda la Europa medieval. Y es que el nombre que portaba el nuevo emir siempre había sido sinónimo de prosperidad en  al-Ándalus. La capital andalusí alcanzó tal belleza y grandeza durante su reinado como una ciudad europea no lo había conseguido desde la caída de Roma. Bajo el mecenazgo de Abderrahman II, cientos de intelectuales, filósofos, poetas, arquitectos y científicos fueron atraídos y embellecieron con su saber las sinuosas calles cordobesas.

Distanciándose del legado de su padre, el emir estableció nuevas normas que aseguraran la convivencia pacífica entre las diferentes religiones y etnias del emirato. Se reorganizó la burocracia hasta perfeccionarla, se reguló la acuñación de moneda, se impulsó el comercio y aumentó el intercambio cultural entre los diferentes territorios peninsulares a pesar de los ya cronificados conflictos bélicos.

Pero no todo podía ser alegría en un territorio tan acostumbrado a las refriegas internas. La religión, en su vertiente más ortodoxa, avanzaba dispuesta a trastocar toda la sociedad andalusí. El islam más tolerante y primitivo de los primeros años comenzaba a transformarse merced a las distintas interpretaciones que los nuevos teólogos hacían del Corán. En la península había cobrado especial relevancia la escuela malikí, llamada así por su fundador y discípulo directo de Mahoma, Malik Ibn Anas. La escuela propugnaba un seguimiento literal y mayor exigencia de acatamiento de las sunnas coránicas. Esta visión del islam acabaría ocasionando diversos enfrentamientos con la población mozárabe.

Pero a pesar de la paz y la tolerancia a nivel interno, aquellos tiempos no eran como los de ahora, por lo que un dirigente nunca podía olvidar la espada cuando salía de casa. No olvidemos que los cañones siempre han sido “El último argumento de los reyes”. Y de hecho, Abderrahman fue un buen guerrero. Luchó bien contra los francos en la Marca Hispánica y venció a un reino astur-leonés cada vez más poderoso. Pero sin duda, su mayor reto vendría de mucho más al norte. Es ya el año 844 después del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo… ¡Y vienen los vikingos!