Imaginad este símil: cada persona aislada es como una letra del alfabeto. Así, suelta e inconexa de otras letras no puede formar más que sonidos incomprensibles y deficientes, sin sentido. Mas en relación con las demás letras (=personas), consigue realizar aforismos que pueden ser geniales, interrogaciones que socavarían estructuras determinadas, exclamaciones y sorpresas inauditas, negaciones rotundas…

Si esto lo hacen un grupo determinado de personas, en su relación y comercio determinado, ¿qué no hará una sociedad entera? Será—la relación global de las personas—, como esa obra magna que puede ser excelsa si se combinan sus oraciones de modo adecuado; serán apropiadas sus metáforas, imágenes, símiles y paisajes, en función de sus integrantes constituyentes.

No hay ninguna oración ni ningún libro escrito de antemano. Es verdad que heredamos configuraciones determinadas, pero el capítulo de nuestras vidas está por escribirse. De nosotros depende cómo realizamos esa escritura.

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  1. El concepto de “persona” viene de la voz griega “prosopón”, que significa “máscara”, y era lo que utilizaban los actores dramáticos clásicos en su puesta en escena. Pues bien, una persona, siguiendo con el símil arriba establecido, podrá devenir una u otra letra determinada en función de la imaginación que posea. La imaginación convierte a una determinada letra (=persona) en otra y esto puede hacer combinar de manera perfecta a las letras (=personas) en contextos determinados y en oraciones concretas para dotar de sentido y significado pleno la construcción lingüística. Decía Einstein, que en tiempos de crisis es más importante la imaginación que el conocimiento. Así pues, imaginar para inventar y reinventarnos; imaginar para hacer posible simpatías antes imposibles; imaginar para conseguir concordia, bienestar y felicidad.