Desde la prehistoria, el ser humano ha tenido afán por coleccionar objetos. Algunos investigadores sitúan el primer indicio de colección junto a los restos de un neandertal encontrados en una cueva de Montpellier, al lado del cual se encontraron una serie de minerales. Tras él, pocos han sido los hombres que no se han maravillado por las singularidades de la naturaleza.

Mecenas y reyes se han asombrado durante años por el exotismo de los animales, las plantas y las piedras que representaban, para ellos, la riqueza del mundo y eran un símbolo de poder. Ejemplo de ello es el rinoceronte que le regalaron al rey D. Manuel I (que acabó siendo pintado por Durero), o el elefante de Luis XIV. Asimismo, Ptolomeo I, general al servicio de Alejandro Magno, fundó en Alejandría el Museion, que se convirtió en cuna cultural:

Se trataba de un lugar privilegiado, en el que se reunía todo lo concerniente al saber y la investigación, pero donde había al tiempo un parque zoológico, salas de disección, múltiples jardines, pórticos, exedras, estatuas…es decir, todo lo que se necesitaba para el estudio o discusión en un ambiente selecto y agradable…
Calvo Serraller (1996)

Rinoceronte Durero
Rinoceronte de Durero, 1515. Museo Británico de Londres. El 20 de mayo de 1515 desembarcó en Lisboa el primer rinoceronte que se veía en Europa desde la época de los romanos. Era un regalo que le había hecho el sultán de Gujarat a Alfonso de Albuquerque, el cual no estaba dispuesto a quedarse con el animal y se lo regaló al rey Manuel I de Portugal. El rinoceronte causó sensación en Europa, pues mucha gente creía que era un ser legendario, como las sirenas o los unicornios.

El origen del concepto de colección puede relacionarse con la idea de sacrificio: la renuncia al valor útil de las cosas y de los seres, que se presentaban como un ofrecimiento al más allá. Los tributos entraban en una esfera de lo trascendente, que se presentaba en un contexto ritual a la vista del pueblo.

Así, en el medievo surgen los denominados tesoros medievales, protomuseos que se formaban de bienes, reliquias o trofeos; objetos que se consideraban singulares, que se habían acumulado a lo largo del tiempo y que se presentaban como inaccesibles. No respondían a una intención clasificadora, ni tampoco a un principio estético, sino que se almacenaban por su significado espiritual, simbólico y mágico, amén de servir como depósitos de riqueza y poder. Una trascendencia elevada les vinculaba al poder creador divino; eran, según María Bolaños, la “compensación metafísica de las inseguridades de la vida material”.

Y en los tesoros ya se coleccionaban los exotica y los naturalia; objetos “exóticos” procedentes de la naturaleza a los que se les daba, en ocasiones, un origen fantástico, como las mandrágoras, los olifantes, los cuernos de unicornio, las lenguas de culebra, los huevos de avestruz e incluso restos de gigantes. No menos interesante es, a este respecto, el atractivo que en esta época existía por “lo monstruoso”: objetos paganos vinculados a la imaginería de Oriente que se integraban en el lenguaje cristiano. Así, lo grotesco se integra en la cultura eclesiástica y caballeresca. A este respecto, las famosas Etimologías de Isidoro de Sevilla inspirarán, junto a fuentes como el anónimo Physiologus, los bestiarios, y consagran al monstruo como prodigio cristiano y como interpretación alegórica del mundo.

Physiologus
Bern Physiologus. Copia iluminada del siglo IX de la traducción al latín del Physiologus. Una de las más antiguas. Detalle de la página en la que se describe a la pantera (Burgerbibliothek, Codex Bongarsianus 318).

La colección humanística del Renacimiento

El humanismo renacentista cambia la significación del coleccionismo. Una nueva concepción del yo, acompañada de una naciente necesidad de privacidad emerge en estas épocas. La estancia en el calor del hogar se concibe ahora como la representación de la individualidad y ésta promueve el goce estético, el gusto. Además, la aparición de la imprenta permite la lectura en silencio, gracias a la cual el hombre interior se cultiva.

En consecuencia, la idea de tesoro se transforma por la de colección. La acumulación indiscriminada de riquezas y bienes se torna ahora en un deseo por la apreciación estética, intelectual, hedonista y no trascendente. Se sustituye la posesión por la contemplación, en aras de responder a una nueva necesidad de intimidad personal.

Y es también en el siglo XVI cuando, gracias a los primeros viajes de exploración, nuevos objetos aparecieron en las colecciones europeas, tales como plumas de aves exóticas, adornos indígenas, semillas, frutos, plantas, orfebrerías, tejidos, animales, tapices, piedras, conchas, pieles, perfumes, mandíbulas de serpiente, cocos, ídolos, máscaras… Los viajes a nuevos mundos abrieron a los ojos renacentistas la puerta a un mundo infinito que ensanchaba los límites de la imaginación y el conocimiento.

Studioli: privacidad y refugio intelectual

En la Italia del Renacimiento los palacios de la alta alcurnia incluían, a veces, una pequeña habitación que albergaba una colección y se concebía como el refugio intelectual de su dueño. Estaba ligado a la vita contemplativa y era un lugar de privilegiada privacidad; una cámara de retiro destinada a la actividad intelectual, a la reflexión. Su origen se sitúa en los estudios de la Antigüedad y en el oratorio del santo o clérigo en sus celdas y, como explica María Bolaños, solían estar decorados y amueblados con emblemas, blasones, iniciales, escribanías, nichos, pupitres, cofres… En ellos, el lugar destinado al príncipe representaba su dominio sobre el universo. Mauriès, por su parte, explicaba que el studiolo buscaba la armonía universal sobre una serie de relaciones entre Dios, el hombre y la naturaleza.

Studiolo
San Jerónimo en su estudio Antonello da Messina. Ca. 1475. National Gallery de Londres.

En España, las colecciones de Carlos V se podían inscribir en el concepto del Studiolo. Poseía un sinfín de objetos en varios lugares. Gustaba de cultivar la rareza y los exotismos americanos (como el tesoro de Moctezuma que le regaló Hernán Cortés en 1519). Cuando abdica y se retira al monasterio de Yuste, se lleva consigo sus bienes más preciados y le da a su colección una dimensión apartada y reflexiva que responde a la conceptualización de la “vida quieta”.

Wunderkammer: las cámaras de maravillas

Los gabinetes y studioli son la matriz de las Kunst und Wunderkammern. Estas cámaras de arte y maravillas proliferaron durante el siglo XVI por toda Europa y fueron fruto de la cultura enciclopédica; símbolo y metáfora de la vida intelectual, del saber y del manierismo europeo y también del poder. Se conformaban en torno a las correspondencias entre objetos que, en ocasiones, distaban mucho unos de los otros, pero se regían por el discordia concorsJohn Locke comparaba estos espacios con la creación del intelecto humano: las ideas se introducían en un vacío mental, se nombraban, se caracterizaban y se estructuraban, dando lugar a un discurso.

En estas cámaras se encontraban todos aquellos objetos, plantas, animales y minerales raros que llegaban de las cuatro esquinas del mundo; especímenes desconocidos que ampliaban el conocimiento del mundo. El criterio de selección del objeto se basaba su capacidad de representar una parcela del conocimiento, pues se buscaba la universalidad, aunque, en su génesis, parten de la excepcionalidad. La colección se construye en la ambición, la variedad y el caos y busca maravillar a su espectador con los misterios de lo desconocido.

Así, las cámaras de maravillas eran una especie de microcosmos ecléctico, usado en ocasiones para el aprendizaje de los príncipes y nobles –vemos en ellas un especial protagonismo de los autómatas, juguetes, teatros móviles, entre otros objetos–, y repleto de objetos curiosos o exóticos del mundo del arte o del mundo de la naturaleza e, incluso, objetos híbridos a medio camino entre lo natural y lo artificial.

Wunderkammern
Gabinete de curiosidades de Ferdinando Cospi del Museo Cospiano, Bologna, 1677

Uno de los primeros tratados sobre la organización ideal de las cámaras fue el Inscriptiones vel tituli Theatri amplissimi (1565), del médico flamenco Samuel Quiccheberg. Este tratado propone dividir el gabinete en 5 secciones y con él aparece la idea de sistematización que se escapa de la divinidad del tesoro:

  1. Una sección asociada a la identidad del fundador. En ella están representados árboles genealógicos, tablas históricas, retratos de familia y de personajes muy cercanos, mapas geográficos generales y especiales, en particular los relacionados con los dominios del fundador.
  2. Artificialia, donde había antigüedades, estatuas, medallas, orfebrería, marfiles y artesanías.
  3. Naturalia, donde se coleccionaban curiosidades de los tres reinos de la naturaleza: Animalia, Vegetalia y Mineralia.
  4. Ars mecchanicae, es decir, productos de artes mecánicas (instrumentos musicales, quirúrgicos, astronómicos, herramientas, máquinas…)
  5. Destinada a la pintura y disciplinas afines, como dibujos o grabados.

Otra categoría no incluida aquí era la de los Mirabilia, que englobaba todo lo extraño o digno de admiración.

Cuerno unicornio
El cuerno de unicornio era un objeto predilecto desde el medievo. Se asociaba a la Virgen y era símbolo de los emblemas pansexualistas; se decía que este poderoso y antiquísimo animal salvaje, atraído por el olor de la virginidad, se vuelve apacible, suave y doméstico. Pero su sentido es polivalente: alude a Cristo, luego al demonio, e incluso a los paganos, los lascivos, los judíos y la soberbia. Pero también a la luna, al desvarío, a la creencia en una sola persona divina o a la melancolía de la impotencia viril. Sin embargo, a lo que se le llamaba usualmente “cuerno de unicornio” era, en realidad, un diente de narval.

Estas cámaras se convertían en auténticos rincones de lo maravilloso; estaban impregnadas de arte, ocultismo, alquimia y superstición, y en ellas se podía ver, incluso, fetos siameses conservados en formol o animales míticos como sirenas disecadas. Bolaños expresa su simbología así: “la monstruosidad del mundo natural legitima la creencia de que la naturaleza no produce solo formas ordenadas, y así la ambigüedad de las leyes naturales”. Por ello, algunos monarcas mostraban predilección por los animales pequeños y “repugnantes” (sierpes, sabandijas, culebras…).  Un ejemplo de esto lo encontramos en Felipe II, que hizo de la cámara de El Escorial un theatrum totale, donde cristalizaban sus inquietudes en colecciones manieristas de carácter oculto y subjetivo que apaciguaban su enfermedad melancólica. Allí, el escenario privilegiado era la librería, refugio del misántropo que veía en ella un lugar para aislarse del mundo y, a su vez, un lugar que le otorgaba el poder del conocimiento, del pensamiento infinito, del tiempo y de la superioridad intelectual sobre la naturaleza.

Gabinete curiosidades
Lámina de “Locupletissimi Rerum Naturalium Thesauri” (1734) del Gabinete de Curiosidades del naturalista y farmacéutico Albertus Seba.

En ocasiones las cámaras de las maravillas se ubicaban junto a las bibliotecas, o se creaban bibliotecas cerca de ellas, creándose, así, auténticos centros científicos (aunque en ocasiones algo sensacionalistas). Gracias a ellas, algunas disciplinas se desarrollaron mucho, puesto que resultaba mucho más fácil estudiarlas en un lugar en el que se compilaban tanto ejemplares como bibliografía.

De las colecciones de la segunda mitad del XVI, seguramente la más famosa sea la manierista cámara de Rodolfo II, en Praga, por su ambición y por su perfume español. También destacan cámaras como la de Margarita de Austria en Melchen, Jacob de Wilde, Levinus Vincent o Nicolas Chevalier en los Países Bajos, Ferdinando Cospi, Francesco Calzolari, Ferrante Imperanto, Athanasius Kircher o Ulisse Aldovandri en Italia, Tradescant y Elias Ashmole en Reino Unido o una de las más reconocidas del entorno español: la del oscense Vincencio Juan Lastanosa.

Pedro González
Pedro González, conocido como el “salvaje gentilhombre de Tenerife” o el “Hombre Lobo canario”, fue un hombre que sufría el síndrome de Ambras o hipertricosis universal congénita. Muchos príncipes y reyes se interesaron por él, y uno de ellos fue Rodolfo II. Así, su retrato presidió uno de sus salones.
Gregor Baci
Pintura perteneciente a Fernando II de Tirol, archiduque de Austria. Fernando II montó en el castillo de Ambrás, en Innsbruck, un gabinete de curiosidades. Allí acumuló multitud de curiosidades, muchas de las cuales responden a un destacado gusto por lo macabro. Un ejemplo de ello es el cuadro que representa a Gregor Baci, un caballero húngaro al cual le traspasó el cráneo la lanza de un rival en una justa. Fernando II también tenía los retratos de Pedro González y su familia, “la familia Peluda”, una macabra Muerte disparando sus dardos, un gigante y uno de los hombres más pequeños de Europa o un retrato algo desagradable de un hombre aquejado de graves deformidades.

El modelo de las cámaras de las maravillas se fue sustituyendo progresivamente desde comienzos del siglo XIX, dado que muchas colecciones de contenido universal se reordenaron y dieron lugar a museos de carácter monográfico que respondían al concepto de museo moderno. Sin embargo, estos inicios son fundamentales para comprender el afán coleccionista de hombre moderno y sus extravagancias siguen hoy maravillando a cualquiera que se adentre en los relatos que las describen.

Referencias: