En 1764 Edward Gibbon emprende una tarea que no se había abordado hasta entonces, la de escribir sobre la caída del imperio occidental por excelencia: el Imperio romano. La idea surgió rodeado de ruinas romanas, como no podía ser de otra manera y así lo subrayó en su autobiografía. En tiempos de Gibbon nadie ponía en duda como fue el final del proyecto imperial, a saber, una oleada de tribus bárbaras había arrasado con el estadio de desarrollo cultural más grande que había conocido Occidente. Presionados por los hunos de Atila, apodado “el azote de Dios”, a los godos no les quedó más remedio que traspasar las fronteras del Imperio, cruzando el Danubio en el año 376.

Retrato idealizado de Atila, por Eugène Delacroix.

En el año 378 los godos derrotaron a los romanos orientales en la Batalla de Adrianópolis (actual Turquía). Los godos siguieron avanzando y no tardarían en poner jaque a los occidentales. Teodosio dividió definitivamente un Imperio demasiado vasto e ingobernable en dos mitades, una para cada uno de sus dos hijos varones. El imperio occidental con sede en Roma para Honorio y el oriental con sede en Constantinopla para Arcadio.

En el año 406 tres tribus bárbaras (suevos, vándalos y alanos) cruzaban el Rin para dirigirse a la Galia. A partir de esta fecha ejércitos extranjeros quedarían instalados en muchos confines del Imperio. El enemigo no estaba a las puertas, sino que habitaba en su interior. Tarde o temprano la olla terminaría por estallar marcando el final imperial. Y ese final llegó cuando el último de los césares: Rómulo Augústulo fue depuesto. Era el año 476. Ironías del destino: un Rómulo funda Roma y 1200 años después otro Rómulo es cómplice de su caída. Tras la caída del Imperio romano de Occidente Europa se sume en un periodo oscuro y tenebroso. Esto, aunque suene muy romántico no es del todo cierto.

Visigodos cruzando el Danubio en el 376. Ilustración de Angus McBride.

La parte oriental del imperio romano, a la que solemos denominar Imperio bizantino, también sufrió la presión de godos, hunos, sasánidas y más tarde los envites de los servidores de Alá. Aún con esta situación siempre incómoda todavía viviría muchos días de gloria. 1000 años aproximadamente.

Volvamos a la caída de Occidente. ¿Cómo se llegó a este punto? El diagnóstico estaba claro, solo faltaba dilucidar la causa, y precisamente es en este aspecto donde las tesis de Gibbon y sus contemporáneos no terminan de ser demasiado sólidas. Es más, a día de hoy, nadie consigue dar argumentos suficientemente convincentes. Y es que no hay una causa, sino muchas causas. Alexander Demandt en 1984 enumeró 210 razones por las que cayó el Imperio romano. No hay que tener esta lista demasiado en cuenta, pero si es sintomático de cómo los historiadores se han devanado los sesos en buscar la verdadera razón del ocaso imperial en occidente. En esta lista de razones podemos encontrar algunas como la barbarización, la anarquía, la corrupción, la herejía o la bancarrota. Tampoco faltan algunas razones curiosas como la vulgarización de la sociedad, la apatía, el hedonismo, el envenenamiento por plomo o el deterioro climático.

Las teorías de un imperio decadente abocado a su propia destrucción han quedado obsoletas. La época que va del año 200 al año 900, un periodo de transición conocido como “Antigüedad tardía” comprendida entre lo que los historiadores llamaron Edad Antigua y Edad Media es enormemente interesante; y es por ello conveniente desechar esa visión tan manida de un imperio otrora luminoso que se derrumba bajo un cielo de tinieblas. Hoy los historiadores evitan hablar en términos de “crisis” o “decadencia”, prefiriendo términos como “transformación”. Roma y sus instituciones estuvieron muy presentes en este periodo de transición y no es cierto que sea un periodo inferior, aunque sí, mucho menos conocido. La transformación no fue pacífica como se ha tendido a explicar en algunos foros de opinión. Hubo episodios violentos y las crónicas que se conservan de esos días relatan tiempos convulsos y dramáticos. Y hubo cambios, claro que hubo cambios. Así lo expresa el experto en Antigüedad tardía Bryan Ward-Perkins al que no le duelen prendas en usar términos en desuso como “decadencia”. En su obra La caída de Roma y el fin de la civilización encontramos la siguiente opinión:

“Creo también que los siglos post-romanos vieron una decadencia dramática de la sofisticación y la prosperidad de la economía, lo cual repercutió en el conjunto de la sociedad, desde la producción agrícola hasta la alta cultura, desde los labriegos a los reyes. Muy verosímil es que la población cayese drásticamente; incuestionable que cesó la amplia distribución de productos de calidad. Herramientas culturales sofisticadas como es la escritura, en algunas zonas desaparecieron por completo; en otras se restringieron mucho.”

Con todo, el célebre medievalista francés Henri Pirenne aseguró que lo conservado por los invasores bárbaros sobrepasó en mucho a lo que pudieron destruir o aportar de nuevo. “La civilización romana sobrevivió a su dominio. Se impuso a sus vencedores por la Iglesia, por la lengua, por la superioridad de las instituciones y del Derecho. Es cierto que esa civilización se fue degradando, pero los germanos no pudieron y además no quisieron prescindir de ella”. Sirva como ejemplo la conversión al cristianismo en 496 de Clodoveo, primer rey de la dinastía merovingia, que fue la primera dinastía de reyes franceses.