Desde la Antigüedad se encuentra en el folclore la figura del héroe. Sin embargo, el concepto de heroísmo y los criterios que definen a un personaje como un héroe varían bastante dependiendo del contexto histórico y cultural.

A continuación, se expone un recuento resumido sobre cómo ha evolucionado el concepto de héroe en la cultura occidental desde la época clásica hasta los tiempos modernos.

El héroe en la Antigüedad

El personaje del héroe se remonta hasta los albores de la tradición narrativa. El Poema de Gilgamesh nos relata las aventuras y hazañas de Gilgamesh, antiguo rey de la ciudad de Uruk, en su búsqueda por la inmortalidad. Sin pretenderlo, este ancestral poema heroico sembró las bases de la narrativa épica de la Antigüedad dando inicio a muchas de sus tradiciones características que perdurarían durante siglos como lo son las batallas contra bestias sobrenaturales, las hazañas imposibles y la intromisión, positiva o negativa, de los dioses en la vida de los mortales.

Los héroes de la Grecia y Roma antiguas eran caracterizados más por la magnitud de sus hazañas que por cualquier otro criterio. Personajes como Edipo, Perseo y Teseo alteraron la estructura sociopolítica de sus naciones al dar muerte a la esfinge, medusa y el minotauro respectivamente, criaturas y monstruos cuyas capacidades superan por mucho las de un ser humano corriente. A esto se suman ejemplos como Heracles, que literalmente modificó la faz de la tierra; Orfeo, que convenció al rey del inframundo de liberar el alma de su amada; y Asclepios, que era capaz de devolver la vida a los muertos. La naturaleza del héroe antiguo era reordenar el mundo a su parecer, oponiéndose a las jerarquías humanas, naturales y hasta divinas si era necesario.

Pero si las obras de estos héroes eran inmensas en escala, no opacaban en lo más mínimo a sus temperamentos. La ira de Aquiles, la soberbia de Odiseo y la pena de Orfeo son emociones legendarias e hiperbólicas y no son pocos los casos en los cuales una figura heroica pierde los estribos con efectos catastróficos para luego sentirse llena de miseria y tristeza al ver la destrucción de la que ha sido autor.

La furia de Aquiles. Pintura de Giovanni Battista Tiepolo.

Con el punto anterior queda claro que los héroes están por encima de los humanos comunes tanto en el obrar como en el sentir. Esto no resulta tan sorprendente si tenemos en cuenta que la gran mayoría de los héroes clásicos tienen en mayor o menor medida algún componente divino. Muchos de ellos son semidioses fruto de las pasiones del Olimpo, y aun en los casos en los que no existe una relación consanguínea con lo divino era usual para los dioses tomar partido por ellos, ayudándolos de la manera que les pareciese más apropiada.

Como punto final para caracterizar a los héroes de la antigüedad se puede señalar que su grandeza los acompañaba hasta la muerte. Los héroes perecían de maneras espectaculares que quedaban grabadas en la memoria de los pueblos. Sea el caso de Heracles consumido por las llamas, el talón de Aquiles recordándonos que nadie es infalible o el cruel destino de Orfeo despedazado. La muerte de los héroes solía ser un reflejo de sus glorias y sus excesos.

Los pueblos antiguos veían a los héroes como un paso intermedio entre los seres humanos y los dioses, personas que se alzaban por encima de sus limitaciones y al lograrlo eran exaltadas por encima de su condición humana. Esto no era poca cosa pues se decía que los héroes eran los únicos mortales que podían afectar el mundo después de su muerte y en muchos lugares se les ofrecía un culto local que superaba al de ciertos dioses, dándoles ofrendas y sacrificios de gran valor.

Esta tradición de memoria y respeto a los héroes del pasado tuvo como resultado el nacimiento de la epopeya, primera manifestación del género literario de la épica. Estos relatos constituían narraciones extensas que detallaban las hazañas más destacadas y perdurables de una figura heroica a lo largo de su vida. Las epopeyas poseían un gran valor sociocultural pues en la mayoría de los casos actuaban como focos de orgullo e identidad para sus pueblos. A través del recuento de las hazañas se comunicaba la idea de un pasado noble digno de ser protegido y a través del protagonista se exaltaban las virtudes consideradas de más valor para la sociedad.

Hércules separando las columnas. Estatua en Ceuta, España.

La Edad Media y la cristianización de la figura heroica

Con la expansión del cristianismo a través del mundo occidental cambió significativamente la percepción de las virtudes y cualidades que conformaban al heroísmo. Quizás el ejemplo más apropiado se encuentra en héroes de mitologías antiguas que fueron cristianizados tras la subyugación de sus pueblos. El Siegfried germánico y el Beowulf anglosajón guardan suficiente del mal llamado “barbarismo” que caracterizaba a los héroes de la Antigüedad pero templado con las virtudes cristianas del sacrificio, la generosidad y el derecho divino de los gobernantes.

Sin embargo, para ver el verdadero efecto de la cristianización sobre la figura heroica es mejor observar el ejemplo de las leyendas Artúricas. El propio Arturo y sus caballeros de la mesa redonda llevan a cabo grandes hazañas similares a las de los héroes clásicos pero las leyendas pasaron a enfocarse más en el carácter virtuoso de estas gestas, enmarcándolos como protectores del reino, guardianes de la justicia y ejemplos positivos a los que aspirar. Dice bastante de este periodo que la gesta heroica por excelencia sea la búsqueda del Santo Grial, que más allá de representar riquezas o poderíos terrenales servía como metáfora para la reconciliación con la figura de Cristo.

La Mesa Redonda experimenta la visión del Santo Grial. Por Évrard d’Espinques .

Igualmente, la asistencia de los dioses de la Antigüedad fue sustituida por el valor cristiano de la gracia divina. Mientras un héroe luchase por una causa justa y noble la gracia de Dios estaba de su lado y le otorgaba la fuerza para superar los desafíos que se pusiesen en el camino. Por hacer una simple comparación, Perseo derrota a Medusa y libera a Andrómeda gracias a los regalos que le otorgan los dioses, mientras que la Tarasca simplemente es incapaz de oponerse a la voluntad de Santa Marta porque ella tiene la gracia de Dios. Esto marca el contraste entre el mundo antiguo, dominado por los poderes en conflicto, y la visión medieval cristiana del mundo gobernado por la omnipotencia de Dios.

Es importante mencionar también que la gracia de Dios solía traer consigo la caída de los héroes. Al igual que en la Antigüedad los héroes eran atormentados por sus temperamentos incontrolables, en la Edad Media eran traicionados por su naturaleza humana pues nadie puede permanecer justo y noble en todo momento. Así vemos ejemplos como el amorío de Lancelot y Ginebra, que pone de cabeza a toda la mesa redonda; la arrogancia de Beowulf que lo lleva a desafiar a un dragón en su vejez e incluso el episodio en el que la espada de Arturo se rompe al atacar a un enemigo por la espalda.

Rey Arturo. Pintura de Charles Ernest Butler.

El género literario de la épica también sufrió modificaciones al llegar esta nueva era dando lugar primero a las sagas y después a los cantares de gesta. Las primeras se desarrollaron en el norte de Europa y se caracterizaban por entretejer la vida y obra de reyes y santos históricos con las historias distantes del pasado heroico, de tal manera que ambos relatos se reforzaran entre sí, enalteciendo personajes históricos y protegiendo el recuerdo de los mitos y leyendas populares. Son ejemplos destacables la Saga de Erik el Rojo y la Saga Færeyinga.

Los cantares de gesta, por su parte, se desarrollaron en la Europa continental y alcanzaron el punto de ser auténticos estandartes del orgullo y la identidad nacional. Este subgénero tomaba la misma estructura básica de la epopeya pero en lugar de centrarse en un solo héroe suele extenderse en las obras de un linaje entero o un conjunto de figuras a lo largo de múltiples generaciones. Debido al alto índice de analfabetismo en la Europa medieval, la mayoría de estas historias eran relatadas oralmente por juglares que las modificaban según su público o circunstancias. Solo las consideradas más importantes fueron resguardadas por escrito. Por este motivo son pocos los cantares que sobreviven en la actualidad y muchos están incompletos en mayor o menor grado. Los ejemplos más destacables de los cantares que han sobrevivido hasta nuestros días son el Cantar de mio Cid en España, el Cantar de los Nibelungos germánico o el Ciclo del rey Carlomagno en Francia.

Podría decirse que el aspecto más perdurable de los héroes medievales es su función como figuras moralizantes. Mostrándonos con su ejemplo y sus historias la importancia de la justicia, la bondad y la virtud. Estos valores e ideales han demostrado ser bastante perdurables y adaptarse fácilmente a distintas culturas y épocas brindando a los héroes medievales un notable impacto cultural que se aprecia a nivel global.

El Cid. Ilustración de Roger Payne. The Illustration Art Gallery & The Book Palace.

El héroe en la Edad Moderna

Por bellos y nobles que sean los ideales del héroe medieval es innegable que responden a los valores de la cultura monárquica y teocrática en la que se encuentran anidados. Cuando llegó la Ilustración la figura del héroe tuvo que evolucionar nuevamente distinguiéndose en gran medida de sus formas anteriores.

Desechando las implicaciones cristianas que imponían la debilidad de la carne y la importancia de la virtud y el martirio para alcanzar el heroísmo, los nuevos héroes abrazaron su esencia humana con sus triunfos y fracasos. De esta manera se volvían celebres mediante su ingenio, talento o su carácter. Sin embargo, aún guardaban para sí parte de la figura moralizante de la Edad Media. Ya no eran caballeros de brillante armadura, pero en general mantenían cierta autoridad moral y se comportaban de acuerdo a los estándares aceptables para la sociedad donde se desenvolvían.

Durante este periodo exploramos los límites de la realidad, la fantasía y la locura junto a Don Quijote; cruzamos el mundo con precisión cronométrica de la mano de Phileas Fogg; y presenciamos cómo Sherlock Holmes ponía la observación científica y el pensamiento crítico al servicio de la investigación policial. No sería una exageración decir que la heroína más grande de este periodo fue la imprenta.

Lo primero a tomar en cuenta en esta nueva raza de héroes es su divorcio total de la divinidad, estos son hombres y mujeres con un carácter indomable pero completamente humanos con sus limitaciones y vicisitudes. Esto paradójicamente los asemeja a los héroes clásicos, pues al estar libres de un benefactor sobrenatural, sus triunfos y fracasos son enteramente suyos, en contraposición a los paladines medievales que solo luchaban en nombre de Dios y la Corona.

Don Quijote. Grabado de Gustave Doré.

También es importante mencionar que estos cambios en la figura del héroe no fueron monolíticos ni uniformes en manera alguna. El paso de la Edad Media a la Moderna trajo consigo una serie de cambios culturales, sociales y políticos que resultaron en una libertad de pensamiento e ideología sin precedentes que, por supuesto, afectó también a la figura del héroe dando lugar a toda clase de arquetipos heroicos nuevos. El héroe barroco, atrapado en el fondo de la celda de sus cavilaciones preguntándose si la vida es un sueño o una pesadilla; o el héroe romántico, un “quijote” que se lanza febrilmente tras un ideal que parece solo ser visible a sus ojos. El héroe byroniano, romántico, atrapado en un conflicto consigo mismo, coquetea con la villanía y el heroísmo. Son solo algunos de los distintos tipos de héroes que se desarrollaron durante este periodo.

En este punto de la historia da inicio la deconstrucción moderna del heroísmo. Ahora que los héroes son completamente humanos se comienza a ver una tendencia en la cual se presentan como personas excepcionales en un ámbito pero profundamente limitados o disfuncionales en sus demás facetas. Es reconocido el ejemplo Sherlock Holmes: genio sin igual, ermitaño antisocial y adicto a la cocaína. Los héroes pasaron a desarrollar defectos acordes a sus fortalezas que los convertían en personajes más profundos y atractivos para el público que en muchos casos pagaba para conocer sus aventuras.

En este contexto es importante la figura del antihéroe. Este es un personaje capaz de grandes logros y gestas perdurables pero que carece completamente del carácter noble, justo y glorioso que usualmente se atribuye a los héroes. En su lugar, los antihéroes suelen tener motivaciones más personales y menos altruistas como pueden ser la venganza, la codicia o la envidia. Al estar libre de las cadenas del heroísmo convencional los antihéroes son capaces de presentarse en multitud de facetas y protagonizar historias en las que un héroe convencional no daría la talla. A veces son emprendedores marcados por la tragedia como el joven Frankenstein de Shelley, prodigios incapaces de reinar sobre sus defectos como el Lucifer de Milton e incluso bribones dedicados a exponer las falencias de la sociedad donde se encuentran como la Becky de Makepeace. Destaca la figura del Lazarillo de Tormes o la del propio don Quijote.

Fue en este periodo también cuando se dio la ficcionalización del héroe. En la Edad Antigua un antepasado que hubiese llevase a cabo hazañas podía convertirse en un héroe local y recibir el culto correspondiente después de su muerte. De igual manera, un soldado medieval podía ser reconocido por su valentía y recibir un título de nobleza con lo cual pasaba a ser reconocido como un héroe. A partir de la Ilustración los héroes pasaron a ser exclusivamente el material de novelas e historias y se daba por sentado que tanto los personajes como sus aventuras eran fruto de la imaginación del autor.

Lucifer del Paraíso Perdido de John Milton. Grabado de Gustave Doré.

La actualidad del héroe

En los últimos cien años se han asentado muchas de las tendencias que iniciaron en la Edad Moderna. Los héroes se han convertido en parte fundamental de la empresa global del entretenimiento en películas, cómics, novelas y videojuegos. También son usados comúnmente como figuras publicitarias debido al alto nivel de reconocimiento que tienen y en general son entidades más fugaces en la memoria colectiva. Los grandes héroes nunca serán olvidados pero los pequeños tienden a desvanecerse rápidamente de la memoria.

Justice League. Ilustración de Alex Ross.

Si algo ha caracterizado al heroísmo en la actualidad es la diversificación. Existen héroes y antihéroes de todas las razas, géneros, procedencias y de todo el espectro moral para que cada persona elija a aquel con el que se sienta más identificado. Igualmente, abundan las reinterpretaciones de héroes de otras épocas reimaginados según los parámetros culturales contemporáneos, dando lugar a numerosas versiones de figuras mitológicas y heroicas que se adaptan mejor o peor a los gustos del consumidor moderno.

Junto a esto, la figura del villano también ha tenido un asenso significativo. La Quimera o el león de Nemea no tenían mayor carácter que el de ser bestias peligrosas que amenazaban a la población. Los enemigos de los héroes medievales solían caer en las profundidades más oscuras del maniqueísmo y la demonización. En comparación, los villanos modernos gozan de una historia y motivaciones profundas tan desarrolladas como las del héroe al que se enfrentan y, pese al hecho de ser los malos del cuento, suelen presentar sus propias características admirables que atraen al público.

Cartel de la película animada Beowulf de 2007. Reelaboración cinematográfica de la figura de este héroe.

Como último punto es de interés, cabe mencionar que la figura del héroe en la vida real ha tenido un resurgimiento. Gracias a la presencia constante de los medios sociales las historias de personas normales que llevan a cabo actos heroicos por el bien de su prójimo alcanzan celebridad rápidamente e inspiran a otras personas a lo largo y ancho del mundo. De esta manera, la figura del héroe recupera parte de la mística inspiradora que ha perdido a lo largo de los siglos.

Con esto concluye este resumido viaje a través de la concepción histórica de la figura del héroe. Este es un tema bastante extenso y con muchos detalles, por tanto, a continuación, anexo varias de las obras utilizadas para escribir este artículo, con el fin de ayudar a aquellos lectores que deseen profundizar por su cuenta. Muchas gracias por leer.

 

Bibliografía

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Neveleff, Julio (1997) Clasificación de géneros literarios.

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