CargandoGUARDAR COMO FAVORITO

LA SOCIEDAD CLÁSICA EN RELACIÓN CON SUS HOGARES

Las estructuras ideológicas de cada sociedad se manifiestan en unos perfiles arquitectónicos concretos, de modo que los diversos espacios se construyen para fines determinados.
La figura de la mujer cuenta con una larga tradición que la liga a la casa familiar, constituyendo en sí misma un pilar fundamental que define sus espacios.

Por ejemplo, la casa griega no disponía de grandes aberturas al exterior, ya que la esposa tenía la función de mantener el hogar, sin hacer vida pública, lo que ampliaré más adelante. Ejemplos como estos encontramos en todas las culturas y tiempos.

La arquitectura es el resultado de determinadas formas de pensar, al mismo tiempo que su mensaje las implanta indirectamente. Es así que comprender si es la ideología grecolatina la que conforma la arquitectura o es esta la que implanta un determinado pensamiento supone una tarea fundamental para comprender su sociedad.

OIKOS GRIEGA

Las mujeres estaban relacionadas con el trabajo interior, y siempre ligadas a la elaboración de telas. Es por ello que en griego el trabajo de mujeres (Ergón gynaikón) no hacía referencia a las tareas domésticas sino a hilar, tejer, teñir, bordar, coser y remendar. Además, los deberes de la esposa de un ciudadano acomodado incluían proporcionar ropas para todos los miembros de la casa (incluidos los esclavos), supervisar y entrenar a las tejedoras, y guardar las telas de lujo que se utilizaban para las festividades importantes.

Planta de una oikos griega

Las tareas femeninas se conciben siempre como actividades de larga duración, prácticamente continuas, ya que cotidianamente se deben consumir alimentos y regularmente deben producirse telas para la protección del cuerpo. Su correcta ejecución tiene connotaciones morales ya que sirven para mantener a las mujeres en el contexto del papel que es apropiado, conveniente para su función social y así alejarlas de la conducta equivoca de las hetairas[1] y las prostitutas.

Oikos griega

Las mujeres en las ciudades griegas monopolizaban las actividades que rodeaban al parto y los primeros días de existencia de los recién nacidos. Los nacimientos constituían la tarea femenina por excelencia y en ella se veían asistidas por una de las escasas profesionales del mundo antiguo, la comadrona, y por vecinas y amigas. La parturienta era considerada impura y durante algunos días se mantenía alejada de su marido y de los miembros masculinos de su propia familia e inmersa en un círculo de relaciones exclusivamente femenino.

También los rituales funerarios eran escenarios dominados por el protagonismo femenino: las mujeres preparaban y cuidaban el cuerpo de los muertos como una prolongación de sus tareas de cuidado en el seno de la familia y, posteriormente, llevaban la iniciativa al momento central de los funerales griegos: el lamento fúnebre que, incluso, llegaba a constituir otro de los escasos trabajos remunerados que una mujer podía realizar, el de plañidera profesional.

Así pues, si nos fijamos en la arquitectura de la casa griega, desde una perspectiva de género, debemos tener en cuenta la situación de la mujer en la Grecia clásica, sus funciones y su interrelación con el espacio.

Es así que la casa griega, encargada de mantener a la mujer en el interior y escasamente relacionada, salvo ocasiones puntuales, dispone de muy pocas aberturas al exterior.

Se diferencian claramente los espacios por sexos. Vitrubio, al describir la arquitectura clásica, ya diferencia entre los espacios para hombres y los destinados a mujeres.[2]

En la parte privada de la casa encontramos por una parte las habitaciones de los hombres (andrón, ἀνδρῶν). Estos se encontraban generalmente en la parte delantera, debido a ser un lugar, aunque privado, de reunión con amigos, fiestas y con una clara intención de conexión con el exterior. La zona de peristilos que rodea los grandes triclinios era llamada andronitidos por la costumbre de celebrar banquetes sólo para hombres y sin sus esposas. Se trataba de grandes salas donde los hombres comían, jugaban y eran atendidos con toda comodidad por los sirvientes.

Por otra parte, en la zona más alejada de la calle o en el piso superior se encuentran las habitaciones destinadas a mujeres y niños (gineceo, γυναικεῖον). Es un espacio que, como ya he mencionado, estaba destinado a la crianza de los niños, la producción textil, y la realización de la comida, siempre dentro de un contexto de privacidad. Además, alrededor de la habitación de las mujeres había, rodeando los pórticos, los triclinios, y las habitaciones de esclavos. Toda un ala de la casa llamada gyneconitis en griego por ser una zona destinada a la mujer.

Aunque podemos hablar de austeridad en las casas de la antigua Grecia, las más suntuosas disponían de ricas decoraciones, pero siempre en los espacios triclinares destinados a la reunión, los cuales siempre eran masculinos.

Por lo tanto, como afirma Coral Cuadrada en su obra: “las mujeres se hallaban en el gineceo y les son vetados los lugares destinados exclusivamente a los hombres: ni en los peristilos, ni en el lugar de los banquillos masculinos, ni en el lugar destinada a los huéspedes”.[3]

DOMUS ROMANA

Las mujeres de la aristocracia se encargaban de dirigir las complejas domus, incluso a veces las villas, ya que los personajes ricos a menudo poseían varias viviendas y casas de campo con docenas o incluso cientos de esclavos.

Domus romana

Además de la importancia social y política de entretener a los invitados, clientes y dignatarios extranjeros de visita, el esposo llevaba a cabo sus reuniones de negocio matinales (saludatio) en casa.

Los aristócratas estaban con frecuencia fuera de casa en campañas militares o deberes administrativos a las provincias, a veces durante años, el mantenimiento de las propiedades familiares y las decisiones comerciales eran a menudo dejadas a las esposas. Por ejemplo, mientras Julio César estuvo fuera de Roma durante los años cincuenta del siglo I a. C., su esposa Calpurnia fue responsable de cuidar sus propiedades.

Quizá por herencia griega, una de las tareas que las mujeres supervisaban en una gran casa era la producción de ropa. En la Roma temprana, el hilado de la lana era una ocupación doméstica fundamental que indicaba la autosuficiencia de una familia, ya que la lana se producía en sus propiedades. Incluso en un entorno urbano, la lana fue con frecuencia un símbolo de los deberes de la esposa. Incluso de las mujeres de clases altas se esperaba que fueran capaces de hilar y tejer.

Es así que la domus romana, además de ser más grande y lujosa que la oikos griega, dispone de una distribución diferente.

La domus, recordemos, era el tipo de vivienda de las clases altas, estaba orientada a la vida pública. Era escenario casi todas las mañanas de la llamada salutatio, las visitas al pater familias por parte de sus clientes y demás hombres de negocios.

La constante visita de personajes diversos hace que la domus se constituya con una serie de características arquitectónicas adaptadas a su función. El vestibulum conformaba un amplio lugar de recepción, con mosaicos y decoraciones diversas. Seguidamente encontramos el atrio, un espacio abierto por el techo que aportaba luz y frescura, y tenía como función la recogida de agua con un pequeño estanco o pileta. Al mismo tiempo el atrio servía para mostrar el poder familiar a través de la decoración como, por ejemplo, esculturas sofisticadas. Finalmente, en la misma línea encontramos el tablinum, una especie de despacho que podía disponer de puertas de madera para mayor intimidad y donde el patrón trataba los asuntos de negocios con sus visitantes.

Este eje vestibulum-atrio-tablinum, es importante ya que desde la entrada de la casa el visitante era capaz de observar toda la actividad de la casa, incluso ver si el pater familias estaba reunido.

En un ámbito más privado encontramos el triclinium, donde el cabeza de familia se reunía realizando un banquete con sus amistades más cercanas o con sus parientes. La muestra de lujo se observa con los frescos que suelen exhibir estas habitaciones.

Además, hay que recordar los ámbitos de la casa llamados tabernae destinados a la venta de productos y orientados a la vía pública.

La mujer entra en juego dentro de esta función pública de la casa atendiendo y entreteniendo a los visitantes del dominus. Es cierto que la mujer podía hacerse cargo de los asuntos de su marido y dominaba los aspectos funcionales de la casa, como los esclavos, el tejido y el suministro de víveres. Sin embargo, salvo en casos concretos era en la figura del hombre donde recaían los tratos comerciales y políticos.

La retirada a espacios más tranquilos y lúdicos, huyendo del calor y el estrés de la ciudad se hará a través de la villa, la casa de campo romana donde, ahí sí, la mujer lograba de control completo de su gestión.

Villa romana

Bibliografía

  1. Assa, Janine I Anne Hollander, The Great Roman Ladies, 1a ed (New York: Grove Press, 1960).
  2. Bastús, V. Joaquín. Diccionario histórico enciclopédico. Tomo 4. Pág 137.
  3. Cuadrada, Coral. “Mujeres Y Espacios”, Triangle, 4 (2010). Páginas 1-24.
  4. Novas, Maria, Arquitectura i Género, Una Reflexión Teórica. 1ª ed (Castelló de la Plana: Universitat Jaume I, 2014)
  5. Rawson, Beryl. The Family In Ancient Rome, 1a ed (Ithaca, Nova York.: Cornell University Press, 1992).

[1] Cortesanas de la antigua Grecia que tenían el papel de prostitutas refinadas i damas de compañía.

[2] Bastús, V. Joaquín. Diccionario histórico enciclopédico. Tomo 4. Pag 137. Definición “Mujer”.

[3] Cuadrada, Coral. Mujeres y Espacios. (2010). Pág 19.