Las llamas que arrasaron Londres

Ilustración de Rocío Espín Piñar.

“El curso ordinario de este periódico ha sido interrumpido por un triste y lamentable accidente de incendio ocurrido recientemente en la ciudad de Londres”. Así informaba The London Gazette sobre  uno de los acontecimientos que marcaron un punto de inflexión en el desarrollo de esta ciudad. Entre los días 2 y 5 de septiembre del año 1666 un infausto incendio devastó la ciudad de Londres. El suceso pasó a ser conocido en la historia como el Gran Incendio de Londres.

El calamitoso incendio empezó en una panadería de Pudding Lane. Según se cuenta, lo que provocó el incendio inicial fue un descuido de Thomas Farriner, el dueño de la panadería, que habría olvidado apagar el horno. Alrededor de la medianoche de ese mismo día, los restos ardientes del horno pudieron encender la leña cercana y, finalmente, el fuego se extendió a toda la casa. El panadero y su familia consiguieron escabullirse de las llamas, pero la criada de la casa no pudo salir y acabó muriendo siendo la primera víctima mortal del trágico accidente.

Representación del Gran Incendio de Londres.

Las llamas no tardaron en propagarse a los edificios más cercanos a pesar de los ímprobos esfuerzos de los vecinos de la zona y de los guardias de la parroquia. Lo que ocurrió fue la combinación de dos desastres que agravaron la situación: el primero natural y el segundo humano. En primer lugar, un vendaval lanzó las llamas hacia el oeste, lo cual tuvo efectos especialmente dañinos por la sequía que Londres estaba sufriendo desde 1665. En segundo lugar, la decisión de demoler las casas próximas para controlar la expansión del incendio no se tomó a tiempo, puesto que la autoridad de hacer efectiva la medida, el Lord Mayor Bloodworth, no consiguió llegar antes de que el fuego consumiese las residencias colindantes. Muchas personas reprocharon la incompetencia del Lord Mayor que, además, se opuso a la demolición de los edificios, en contra de las advertencias de los bomberos más experimentados.

Así como el fuego, el pánico también se extendió. La mayoría de las personas intentaba salvar apresuradamente sus pertenencias metiéndolas en embarcaciones o arrojándolas al río. Aquellos que podían costearse refugio en gabarras lo hacían. Las aglomeraciones de personas en los caminos, hacían que éstos fueran de dificultoso tránsito para los bomberos. Las autoridades ordenaron demoliciones masivas de edificios, pero para aquel entonces el fuego ya no era controlable.

Ilustración de Rocío Espín Piñar.

El 3 de septiembre las llamas arrasaron el norte. Posteriormente, el fuego acabó cubriendo toda la ciudad. Se quemaron las casas del puente de Londres, la Royal Exchange y comercios de Cheapside. La tragedia también alcanzó las zonas opulentas. La emblemática catedral de San Pablo quedó consumida por las llamas. La misma suerte sufrieron 89 iglesias más, el ayuntamiento y un total de casas que se aproxima a 13.200. También fueron devastadas diversas bibliotecas, hospitales y escuelas, así como muchos de los edificios públicos. Alrededor de 80.000 personas se quedaron sin residencia. El número exacto de muertos se desconoce y es difícil determinarlo. Aunque sólo fueron registradas menos de 20 personas fallecidas, hay historiadores (Hanson 2001) que consideran que en realidad murieron cientos de habitantes londinenses pero desaparecieron por la incineración de sus cuerpos. El valor monetario se calcula que asciende a diez millones de libras y la pérdida del patrimonio cultural como libros y obras de arte es incalculable.

Monumento al Gran Incendio de Londres.

Tan célebre como el incendio fue la reconstrucción de la ciudad a cargo principalmente del arquitecto sir Christopher Wren. Actualmente, para recordar el incendio existe una gran columna cerca de la localización donde empezó, y El niño dorado de Pye Corner en el sitio donde se extinguió.

 

 

Fuente

Hanson, N. The Dreadful Judgement: The True Story of the Great Fire of London. Ed. Doubleday. 2001: Nueva York.