En verano de 1588, tendría lugar uno de los acontecimientos más memorables que pudo haber cambiado el curso de la Historia. Felipe II (1556-1598) ordenaría reunir una Gran Armada. Su objetivo consistía en iniciar una arriesgada operación anfibia contra la Inglaterra protestante de Isabel I y restablecer el catolicismo.

Cuadro de la Gran Armada de Felipe II

Antecedentes

En 1558, murió María Tudor (hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón), reina católica de Inglaterra, y esposa de Felipe II. Su reinado se caracterizó por intentar anular la Reforma anglicana de Enrique VIII, persiguiendo y ejecutando a la oposición protestante. Debido a esta política sería conocida como ‘Bloody Mary’ por sus enemigos. Tras su muerte, su hermanastra protestante Isabel I (hija de Enrique VIII y Ana Bolena), heredó el trono. Durante su reinado (1558-1603), las tensiones entre España e Inglaterra aumentaron de forma considerable. Isabel I persiguió a los católicos ingleses con el objetivo de revertir la anterior política de María Tudor.

En el plano marítimo, los navíos españoles provenientes de América tendrían que hacer frente a las frecuentes incursiones de la piratería inglesa. Los corsarios que más fama alcanzaron fueron Francis Drake y John Hawkins. En 1580, Felipe II se convertiría en rey de Portugal, cumpliendo la definitiva unión dinástica de todo los reinos peninsulares. A su ya extenso imperio se añadirían todas las colonias portuguesas de ultramar. Tras esta incorporación, a Isabel I le inquietaba el enorme poder que se estaba acumulando en manos de Felipe II.

En 1568, empezaría una rebelión en los Países Bajos contra la Corona Española dando comienzo a la Guerra de los 80 años (1568-1648). El gobernador de los Países Bajos don Juan de Austria (hermanastro de Felipe II) falleció en 1578 y fue sucedido por Alejandro Farnesio, duque de Parma y gran estratega militar. En 1581, la Unión de Utrech declaró la independencia del territorio y al principal líder rebelde Guillermo de Orange, como su soberano. Sin embargo, en 1584 Guillermo sería asesinado, sucediéndole su hijo Mauricio de Nassau.

En 1585, Alejandro Farnesio tomó la ciudad de Amberes, después de un largo asedio que mantuvo en vilo a toda Europa. Esta victoria levantaría las suspicacias de Francia e Inglaterra. En ese mismo año, Isabel I daría su apoyo tácito a los rebeldes holandeses con el fin de debilitar al imperio español. Decidió enviar una expedición al mando del conde de Leicester, la cual significó un rotundo fracaso. Tras este acontecimiento, se intensificaron las hostilidades entre Inglaterra y España.

Por otra parte, existía una conspiración de Felipe II para situar en el trono de Inglaterra a María Estuardo (descendiente de Enrique VII), católica y reina de Escocia entre 1542 y 1567, la cual era prisionera de Isabel I. Dicho plan fue descubierto en 1586 por espías de la Corte, por lo que el Parlamento inglés dictó sentencia de muerte contra María Estuardo. Dicha sentencia se llevó a cabo el 8 de febrero de 1587, acabando con la vida de la antigua reina escocesa. Esta situación se aprovecharía para preparar de forma definitiva la invasión de Inglaterra.

La empresa de Inglaterra

Felipe II consultó a Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, la viabilidad de una operación anfibia a Inglaterra. Éste calculó alrededor de 60.000 hombres para el ejército de invasión y de 560 a 600 navíos para que tuviera éxito la operación. Felipe II elegiría el puerto de Lisboa para llevar a cabo la construcción de la ‘Grande y Felicísima Armada’. El gran estuario y desembocadura del río Tajo ofrecía grandes ventajas por sus posibilidades de cobertura y defensa. El proyecto final de invasión se redactó el 22 de marzo de 1586, siendo Álvaro de Bazán el encargado de dirigir dicha operación. Dicho militar había participado entre otras acciones, en el asedio de Malta (1565), la batalla de Lepanto (1571) y en la campaña de Portugal, sin una sola derrota en su haber.

Gracias a sus espías infiltrados, la reina Isabel I tenía noticia de los preparativos que estaban teniendo lugar en Lisboa para efectuar una invasión a su reino. Debido a ello, prepararía una gran escuadra para la defensa de su territorio al mando de Charles Howard, II barón de Effingham. Lord Henry Seymour, primo de Howard, se encargaría de patrullar una pequeña escuadra cerca de Dover, con el objetivo de vigilar el paso del Canal de la Mancha. También contaría con el inestimable apoyo del corsario Francis Drake. Dicho corsario llevaría a cabo una campaña entre abril y julio de 1587 contra Cádiz, el Algarve, Lisboa y las Islas Azores para retrasar la operación contra Inglaterra.

Debido a ello, y por problemas logísticos para preparar tal gran cantidad de hombres y barcos, se retrasaría la partida de la Armada de 1587 a 1588. Sin embargo, el 9 de febrero de 1588, fallecería Álvaro de Bazán en Lisboa, dejando a la Armada sin mando efectivo. Ante este gran contratiempo, Felipe II no se demoró en buscar un sustituto eligiendo para ello a Alonso Pérez de Guzmán (duque de Medina Sidonia). No obstante, éste contaba con una nula experiencia marítima. Su nombramiento se debió por constituir en aquel momento una de las familias nobiliarias con mayor poder e influencia de España. Este hecho fue trascendental para el posterior devenir de los acontecimientos.

La Armada Española al mando de Alonso Pérez de Guzmán, debía coordinarse conjuntamente con el ejército de Farnesio para el éxito de la operación. El plan consistía en arribar toda la flota frente a las costas de Calais para transportar al ejército de tierra e iniciar posteriormente el desembarco en Inglaterra. Dicho desembarco tendría lugar en las playas de Margate, cerca de la desembocadura del Támesis. Desde allí, las tropas desembarcadas avanzarían en dirección a Londres para conquistarla y derrocar a Isabel I.

Despliegue de fuerzas enfrentadas

En total, la Armada Española se componía en torno a 130-140 barcos, unos 7.000 marineros y 19.000 soldados. Ésta estaba formada por las escuadras de Portugal (12 barcos, destacando el San Martín al mando del duque de Medina Sidonia), Castilla (16), Vizcaya (14), Guipúzcoa (14), Andalucía (11), Levante (11), Urcas (22), además de 4 galeazas napolitanas, 21 o 22 pataches y zabras, 10 carabelas y 10 falúas. El ejército de Flandes estaba compuesto por unos 27.000 veteranos.

Por otro lado, la Flota Inglesa estaba formada por unos 197 barcos y 15.925 hombres. Dicha escuadra estaba integrada a su vez por los Barcos de Su Majestad (40 barcos y 6.500 hombres, destacando el Ark Royal) y por la flota de Francis Drake (15 barcos y 2.294 hombres). Además, la ciudad de Londres proporcionó 30 navíos más, a los que se añadirían 33 navíos y 20 barcos costeros al mando del lord almirante, 23 barcos mandados por lord Henry Seymour y otros 23 barcos voluntarios pagados por la reina.

Desencuentro con los ingleses y los elementos

Entre el 28 y el 30 de mayo de 1588, las últimas naves de la Armada Española zarparon desde Lisboa. Inicialmente, no se tenía previsto realizar ninguna escala tras la partida de la Armada. Sin embargo, debido a las malas condiciones meteorológicas, fue necesario fondear toda la Armada en el puerto de La Coruña el 19 de junio. Además se hacía necesario reponer provisiones, ya que muchas de ellas se encontraban en deficiente estado de conservación. El duque de Medina Sidonia expresó sus dudas sobre las posibilidades de victoria dadas las dificultades encontradas, pero Felipe II se mostró implacable. La flota se hizo de nuevo a la mar el 21 de julio.

Durante la madrugada del 26 al 27 de julio, un fuerte temporal provocó que medio centenar de barcos se adelantaran hasta alcanzar las islas Scilly. Unos días más tarde, pudo reagruparse toda la flota, no sin perder cuatro galeras por no poder resistir el duro oleaje atlántico. Una decisión trascendental de Medina Sidonia fue la no de atacar el puerto de Plymouth, donde se encontrada varada la armada inglesa. La Armada Española era altamente ineficiente en comparación con la flota inglesa, mucho mejor equipada y artillada para una batalla naval.

El 29 de julio, la Armada Española fue divisada por el capitán Thomas Fleming en su entrada en el Canal de la Mancha. A las nueve de la mañana del 31 de julio, comenzaron los primeros combates entre las dos flotas. Aprovechando una colisión accidental entre dos barcos españoles, los navíos Ark Royal y Revenge capturaron a Nuestra Señora del Rosario, procedente de la escuadra de Andalucía, al mando de don Pedro de Valdés. Esto supuso un importante botín para los ingleses (46 cañones, munición y 55.000 ducados de oro).

Los ingleses sospechaban de la isla de Wright como lugar elegido para el desembarco produciéndose allí duros combates. Tras varios encontronazos con la flota inglesa, la Armada Española puso rumbo a Calais. Todavía se desconocía la disposición de las tropas de Farnesio. La ausencia de puertos amigos en los que llevar a cabo el traslado de tropas junto con una fuerte oposición holandesa, provocó que el ejército de Farnesio nunca se llegase a encontrar con la flota de Medina Sidonia. Sin embargo, Alonso Pérez de Guzmán decidió fondear en Calais a la espera de Farnesio en una posición especialmente vulnerable.

Armada
Derrota de la armada invencible, pintura de Philippe-Jacques de Loutherbourg (1796)

En la madrugada del 8 de agosto, la Armada Española fue atacada por ocho grandes brulotes cargados de explosivos. Esto provocó una gran estampida general y la dispersión de toda la flota española. Horas más tarde, se produjeron combates frente a las costas de Gravelinas y Ostende, tomando la iniciativa la flota inglesa. A pesar de los intentos de Medina Sidonia por reagrupar la flota, numerosos temporales la desviaron hacia el norte. La Armada hubo de retirarse bordeando Escocia e Irlanda. Durante este tramo, ocurrieron los episodios más trágicos debido a los naufragios sufridos y al ajusticiamiento de las tropas llegadas a Irlanda. A pesar de ello, Medina Sidonia pudo salvar la mayor parte de la flota consiguiendo llegar a los puertos del norte peninsular. La misión había fracasado. La otrora gloria de Lepanto se había desvanecido frente a las costas británicas.

Consecuencias del fracaso de la Gran Armada

El fracaso de la Gran Armada trajo consecuencias económicas, sociales, materiales, humanas y morales. Del propio testimonio de Felipe II se recoge la siguiente cita: “En lo que Dios hace, no hay que perder ni ganar reputación, sino no hablar de ello”.

Desde el punto de vista económico, la Armada Invencible supuso el desembolso de 10 millones de ducados para las arcas reales. Esto llevaría a crear un nuevo impuesto llamado los ‘millones’, que sería especialmente gravoso para los clases más populares ya que afectaba a los productos básicos.

Las consecuencias materiales y humanas fueron catastróficas para España, ya que se perdieron un buen número de barcos y 12.500 hombres entre combates, naufragios, enfermedades o ejecuciones en Irlanda. Muchos de los soldados fallecidos no serían fácilmente reemplazables a corto plazo. A pesar de ello, el sistema de comunicaciones entre España y América no se vería especialmente comprometido.

En el plano moral, para los ingleses la derrota de la Armada Española venía a significar que Dios estaba de su parte, habiendo abandonado a los españoles. El propio nombre de la ‘Grande y Felicísima Armada’ se cambiaría por el de la ‘Armada Invencible’, con cierta mofa por parte de la propaganda inglesa, apodo con el que pasaría a la Historia.

En 1589, aprovechando la situación de debilidad española, Isabel I preparó la Contraarmada o la Invencible Inglesa, al mando de Francis Drake y John Norreys. Sus objetivos eran destruir lo que quedaba de la Armada Española, tomar Lisboa y entronizar a Antonio de Crato (pretendiente a la Corona portuguesa), conquistar las islas Azores y capturar la flota de Indias. No obstante, tras atacar La Coruña y Lisboa, dicha operación acabó en una derrota total sin precedentes para Inglaterra. A pesar de este fracaso, Isabel I no se amedrentró, organizando más expediciones contra España y sus colonias. En 1596 saquearía Cádiz, ocasionando la tercera bancarrota en tiempos de Felipe II.

España e Inglaterra se enfrentarían en múltiples combates navales acabando de forma bastante igualada para ambos bandos. Tras la muerte de Felipe II e Isabel I, cesarían las hostilidades. Finalmente, el 28 de agosto de 1604, se firmó el Tratado de Londres entre España e Inglaterra poniendo fin a la Guerra anglo-española (1585-1604). Jacobo I de Inglaterra (1603-1625) y VI de Escocia (1567-1625) se comprometía a no interferir en los asuntos continentales de España y Felipe III (1598-1621) a no tratar de imponer un rey católico en el trono inglés.

Bibliografía:

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