Si hay un hombre que pueda personificar como nadie en sí mismo los irredentos deseos por existir de una nación contemporánea, ese fue sin lugar a duda Giuseppe Garibaldi, el célebre y carismático guerrillero italiano. Un líder admirado por muchos, peligroso revolucionario para otros, Garibaldi fue el máximo exponente de la Unificación italiana (Il Risorgimento), ocurrida a mediados del siglo XIX. Con su arrojo y valentía logró al frente de sus voluntarios, los camisas rojas, el tan ansiado sueño de una Italia unificada pero, ¿Cómo llegó a lograrlo? 

Garibaldi en Marsala de Gerolamo Induno (1861).

Primeros años 

Giuseppe Garibaldi nació el 4 de julio de 1807 en Niza, situada en la costa mediterránea y tradicionalmente italiana, aunque por aquellos tiempos integrada al imperio napoleónico. La temprana vida de Garibaldi se vio vinculada al mar. A los veinte años, terminadas las Guerras Napoleónicas, se hizo a la vela, enrolándose en un barco mercante y surcando durante los siguientes años los mares Mediterráneo y Negro. Ya entonces se destacó como un joven valiente y decidido, consiguiendo salir indemne de un ataque a su nave por unos piratas turcos. 

Tras varios años de viajes por el mar, Garibaldi regresó a Niza en 1834, siendo nombrado capitán de la Marina del Piamonte. Emergiendo ya en su mente la idea de libertar Italia de los extranjeros que la sometían, Garibaldi se unió a la Joven Italia (Giovine Italia), asociación política patriota y republicana, fundada y dirigida por Giuseppe Mazzini, el principal ideólogo y promotor del republicanismo italiano. Rápidamente Mazzini y Garibaldi entablaron una fuerte relación de amistad en pro de la unificación de Italia. Participe de varios intentos fallidos de insurrección, por los que fue condenado a muerte, Garibaldi consiguió eludir la pena por la de destierro, huyendo en un barco en dirección a Sudamérica en 1836. 

Primer exilio. Los años en Sudamérica 

En el continente americano Garibaldi pasaría la siguiente década guerreando. En un principio se unió a la causa del general Bento Gonçalves da Silva de la República Riograndese (o de Río Grande), proceso inicialmente republicano y después secesionista, desarrollado en la región homónima contra el Imperio brasileño del emperador Pedro II en la Guerra de los Farrapos (1835-1845). Aunque esta larga guerra finalizaría con la victoria de la monarquía brasileña, sentó un precedente en el italiano para futuros acontecimientos. Entre sus acciones más señaladas, destacó su proclamación de la República Juliana (o República Catarinense), un efímero estado confederado a la propia República Riograndese, que fue disuelto a los pocos meses de su creación en 1839. Durante su estancia en Brasil, conoció a la que sería su apasionada esposa, Ana Maria Ribeiro, más conocida como Anita Garibaldi. Ferviente enamorada del guerrillero, fue su compañera de aventuras y su consejera más leal, dándole cuatro hijos.

Anita Garibaldi. Obra de Gaetano Gallino (1845).

En 1842 Garibaldi pasó al vecino Uruguay, entrando de lleno en los asuntos del Río de la Plata. Desde 1839 esta región del Cono Sur se encontraba sumida en un nuevo conflicto, la Guerra Grande (1839-1851). Inicialmente una guerra civil uruguaya entre los colorados de Fructuoso Rivera y los blancos de Manuel Oribe, las pretensiones expansionistas del caudillo argentino Juan Manuel de Rosas provocaron la entrada de Argentina en la guerra, trastocando con ello la poca estabilidad de la zona durante años. Garibaldi se unió al conflicto en apoyo del bando colorado, estableciendo durante esos años una legión de fieles, los primeros camisas rojas, en alusión a su característico uniforme. Aquellos años rioplatenses irían fraguando su imagen de carismático líder militar y buen estratega, empezando a llegar las primeras noticias de sus heroicas hazañas a la vieja Europa. 

Retorno a Europa. La República Romana 

Fue en 1848, cuando la llama de la revolución (conocida como Primavera de los Pueblos) se extendió por Europa. Garibaldi, unido a otros exiliados como Mazzini, pudo retornar a la patria. Fue a partir de este año y de los sucesos que en él se producirían, cuando se daría comienzo con el definitivo, aunque lento, proceso de unificación de Italia.  

Buscando expulsar a los austríacos, los revolucionarios italianos aprovecharon las protestas surgidas en Viena en marzo y la caída del canciller Metternich. Estallaron así revueltas en varias ciudades de Italia. Proclive al proceso, el rey del Piamonte, Carlos Alberto de Saboya, declaró la guerra a Austria, uniéndose otros estados italianos, incluido el Papa Pío IX. Aunque ferviente republicano, Garibaldi, ya retornado, se unió a las fuerzas del rey ese verano, aunque este le trató con frialdad, dados sus antecedentes de insubordinación y le negó cualquier mando oficial.  

La campaña comenzó como un éxito, avanzando los ejércitos del Piamonte, las Dos Sicilias, la Toscana y los Estados Pontificios por Lombardía y venciendo a Austria en varias batallas. Tras estos triunfos el Papa y el rey napolitano Fernando II, temerosos del expansionismo piamontés, abandonaron la alianza. Este hecho dejó a los piamonteses solos frente a las fuerzas del general Radetzky, quien inició un contraataque. En julio se dio la batalla de Custoza, donde Carlos Alberto fue derrotado y debió firmar un armisticio. Finalizado este, Radetzky atacó, derrotando de nuevo a Carlos Alberto en Novara (marzo de 1849). Tras este nuevo desastre, Carlos Alberto abdicó, cediendo la corona a su hijo, Víctor Manuel II.  

Después de que Pío IX se declarara neutral, el pontífice quedo como un traidor a la causa unificadora, produciéndose una sublevación republicana en Roma. El Papa huyó, llegando Garibaldi a la ciudad con una tropa de voluntarios. En la Ciudad Eterna se estableció una asamblea constituyente, siendo elegido Garibaldi diputado, y proclamándose la República Romana el 9 de febrero de 1849, con un gobierno triunviral con Mazzini como principal líder político. Garibaldi fue nombrado líder militar. 

Aunque tenaz, el experimento republicano romano fue efímero, apenas cinco meses, constantemente hostigado por potencias extranjeras. La ciudad fue invadida y tomada el 1 de julio por las tropas francesas de Carlos Luis Napoleón Bonaparte, presidente de la establecida Segunda República y futuro emperador Napoleón III, pretendiendo conseguir así el apoyo de los conservadores y católicos franceses ante su ayuda al Papa, el cual fue restaurado en su trono.  

A pesar de sus esfuerzos, convirtiéndose en un héroe para el pueblo, Garibaldi tuvo que huir de nuevo, refugiándose junto Anita y otros fieles en San Marino. Durante la huida Anita enfermó gravemente, muriendo de fiebre tifoidea y sumiendo a su viudo en una gran tristeza. Terminaba así este primer intento emancipador. Las esperanzadoras ilusiones iniciales se habían visto rápidamente superadas por el realismo más cruel: si alguna vez Italia podía ser un estado unido, este proyecto solo podría realizarse de la mano de un estado fuerte, y este no podría derrotar militarmente a Austria ni llevar a cabo la unificación, sin contar con aliados en el exterior que proporcionasen ayuda militar. Aún reacio, Garibaldi debía aceptar esta realidad. Su nuevo exilio, encaminándose de nuevo a América, así lo atestiguaba. 

Retorno del líder unificador. Cavour y la unificación

Mapa de la Unificación Italiana. Fuente: blogdelaclasedehistoria.blogspot.com

Los acontecimientos de 1848-49 habían trastocado el panorama político y social a lo largo de la península itálica. Resultaba prácticamente imposible volver a situaciones pasadas, por más que los reaccionarios gobiernos de los estados italianos así lo pretendieran. Aun derrotada, la causa nacional italiana había comenzado ya un camino de no retorno, aunque se volvía necesario plantear alternativas, mucho más pragmáticas y realistas que lo ya expuesto.

Camilo Benso, conde de Cavour. Obra de Antonio Ciseri (1859).

En 1852 fue elegido primer ministro del Piamonte Camilo Benso, conde de Cavour, hábil político conservador, partidario de la unificación pero contrario a las tesis de Mazzini y Garibaldi. Mediante varias reformas, convirtió al Piamonte en el estado más capacitado de Italia. Conocedor de la política internacional, Cavour buscó internacionalizar la causa, aliándose con Francia e Inglaterra en la Guerra de Crimea (1853-1856) contra el expansionismo del Imperio ruso en los Balcanes. Cavour envió una pequeña expedición que tuvo un papel simbólico pero efectivo en el asedio de Sebastopol. Gracias a ello, el Piamonte consiguió la alianza y ayuda militar de Napoleón III, buscando este la derrota de Austria y su expulsión de Italia en beneficio de una federación de estados italianos satélites de Francia.

Tras varios años de preparativos, contando con la colaboración de muchos refugiados como Garibaldi, que regresó del exilio, la guerra estalló en abril de 1859. Según lo acordado, un ejército franco-piamontés al mando de Napoleón III y Víctor Manuel II invadió Lombardía, conquistando Milán y derrotando al emperador Francisco José en las batallas de Magenta (4 de junio) y Solferino (21 de junio). Tras estas victorias, se firmó en julio el tratado de Villafranca, cediendo Austria Lombardía al Piamonte. Al mismo tiempo, comenzaron revueltas en los ducados pro austríacos de la Italia central (Lucca, Módena, Parma y Toscana). Estos se unieron al Piamonte tras varios plebiscitos, viéndose así este muy ampliado. Pero hubo un precio: Francia se anexionó la Saboya occidental y la ciudad de Niza, cuna natal de Garibaldi.

Las críticas del líder guerrillero a este hecho fueron más que airadas. Rompiendo con los proyectos contemporizadores de Cavour, decidió proseguir la reunificación por su cuenta mediante una arriesgada iniciativa personal: conquistar el sur de la península itálica, el reino de las Dos Sicilias.

La Expedición de los Mil. Conquista de las Dos Sicilias

La partida de Garibaldi del puerto de Quarto (Génova).

Después de varios meses de preparativos, Garibaldi partió del puerto de Quarto (Génova) el 5 de mayo de 1860, encaminándose hacía el sur al frente una pequeña fuerza inicial de un millar de sus fieles voluntarios camisas rojas. Fue la llamada Expedición de los Mil. A pesar de sus desavenencias, Cavour aceptó el hecho, no poniendo trabas a la empresa.

El día 12 de mayo, Garibaldi arribó a Sicilia, declarándose dictador de la isla en nombre del gobierno piamontés y avanzando a Palermo, tomada el 30 de mayo. Es posible que en su rápido avance hubiera contado con el apoyo y la cobertura de la mafia (Cosa Nostra). Aún con discrepancias desde Turín, Garibaldi continuó, cruzando el estrecho de Mesina en el mes de agosto y avanzando hacía el norte. En septiembre entró de forma triunfal en la capital del reino de las Dos Sicilias, Nápoles, siendo acogido con entusiasmo. De nuevo se nombró dictador en nombre del Piamonte. Al mes siguiente culminó la conquista del reino, venciendo al rey napolitano Francisco II en la batalla de Volturno. Aunque pretendía culminar la expedición alcanzando Roma, Garibaldi no se atrevió a ir más allá por las presiones de Cavour, temeroso de perder lo conseguido ante una radicalización del conflicto.

Llegados a este punto, podría haberse producido la ruptura definitiva de Garibaldi con Cavour y Víctor Manuel II. Más si cabe tras el avance del propio ejército piamontés desde el norte a través de los Estados Pontificios. Tras vencer al ejército papal, se conquistó Umbría y las Marcas, uniéndolos al Piamonte. Con esta respuesta se buscaba frenar la marcha de Garibaldi, pudiendo llegar a la confrontación.

Sin embargo, a pesar de todas las objeciones, el guerrillero estaba decidido a ceder por el bien común. El 26 de octubre de 1860 se produjo en Teano el decisivo encuentro entre Víctor Manuel II y Garibaldi, reconociendo este la soberanía de los Saboya y al primero como rey de Italia. Todas las conquistas del guerrillero y su autoridad fueron transferidas al Piamonte, retirándose del mando militar y rechazando los honores que el rey quiso concederle. La tan ansiada unificación italiana se había consumado. Sin embargo, todavía quedaban territorios italianos por unir a la nueva Italia: el Véneto, aún en poder de Austria, la región del Lacio y lo más importante de todo: la ciudad de Roma.

Encuentro entre Garibaldi y Víctor Manuel II en Teano. Obra de Sebastiano de Albertis (1870).

La cuestión romana. Sueños frustrados

Consumada la unificación, la disputa en torno a la anexión o no de Roma (la cuestión romana) al nuevo reino italiano provocaba una fuerte división. El apoyo de que disponía el Papa Pío IX entre la población italiana, mayoritariamente católica, así como la protección militar que aún le proporcionaba la Francia de Napoleón III eran serios obstáculos. Incansable en su lucha por la unificación completa, Garibaldi prosiguió sus actividades militares en el verano de 1862 al grito de ¡Roma o muerte! Sin embargo, esta vez contaría con el rechazo en pleno de las nuevas autoridades reales.

Tras volver a desembarcar en la costa napolitana de Calabria con sus camisas rojas con la intención de repetir los éxitos de la anterior expedición, su marcha se vio frenada por el ejército real italiano, produciéndose el choque en Aspromonte (29 de agosto). Fue un combate breve pero Garibaldi recibió una bala en una pierna. Rápidamente se declaró el alto al fuego y el herido guerrillero se rindió, siendo hecho prisionero. Tras pasar un breve tiempo encarcelado, sería liberado dada la admiración que despertaba en la sociedad italiana. Roma debería esperar.

Los voluntarios transportando a Garibaldi herido en Aspromonte. Obra de Geromalo Induno (1862).

Sería preciso aguardar a que el panorama internacional fuera propicio para volver a intentar completar la unificación. Fue en 1866, con el estallido de la guerra entre Austria y la emergente Prusia, cuando se presentó la oportunidad. Italia se alió con Prusia, declarándole la guerra a Austria por la conquista del Véneto. Aun con la gran derrota italiana en la batalla de Custoza (24 de junio), el hundimiento austríaco a manos de Prusia en Sadowa pocos días después obligó a su capitulación. Tras la firma de la paz Italia se anexionó el Véneto, pero no así el Tirol del Sur ni la península de Istria, territorios que quedarían como irredentos hasta el final de la Primera Guerra Mundial en 1918.

Tras la guerra frente a Austria, en la que Garibaldi tuvo un papel muy destacado, de nuevo intentó la conquista de Roma en 1867. Tras volver a reunir a sus fieles, invadió los Estados Pontificios, avanzando hacia la Ciudad Eterna. Sin embargo, de nuevo volverían a frustrarse sus planes, siendo derrotado por las tropas francesas que custodiaban la ciudad en la batalla de Mentana (3 de noviembre). Decepcionando y ya en una avanzada edad, Garibaldi renunciaría definitivamente a tomar parte en la conquista de Roma. Esta finalmente se produciría en 1870, al albur de la guerra franco-prusiana y la marcha de la guarnición francesa. Un ejército de tropas italianas tomó al asalto la ciudad el 20 de septiembre, poniendo fin a los Estados Pontificios y estableciendo Roma como la capital del reino de Italia. Con ello, a pesar de las muchas frustraciones por los territorios irredentos, se puso fin definitivamente al Risorgimento.

Últimos años y muerte de Garibaldi

Los últimos tiempos de la larga y agitada vida de Giuseppe Garibaldi se movieron entre la resignación del héroe viejo y cansado cuyo tiempo ha pasado y los últimos conatos de acción. Al estallar la guerra franco-prusiana, comandó un ejército de la recién proclamada Tercera República Francesa tras el hundimiento del imperio de Napoleón III, venciendo a las fuerzas prusianas en la batalla de Dijon (enero de 1871). Esta seria la última acción militar que disputase en vida.

Monumento a Giuseppe Garibaldi en Roma. Obra de Emilio Gallori (1895).

Fuera de la vida militar, ocupó durante varios años un escaño en la Cámara de Diputados de Italia. Tuvo un papel parlamentario más bien gris, ya que nunca se mostró lo suficientemente interesado como para poder aglutinar entorno a él una alternativa republicana al sistema monárquico italiano. Viviría sus últimos años retirado en su finca de la isla de Caprera, en la costa de Cerdeña. Murió el 2 de junio de 1882, convertido en una leyenda en vida para todo el pueblo italiano y para todos los aspirantes a carismático líder guerrillero que irían surgiendo en la historia durante la siguiente centuria.

Bibliografía  

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-Grenville, J.A.S. (1984).  La Europa remodelada: 1848-1878. Madrid. Siglo XXI de España Editores. 

-Hobsbawm, E. (2000). Naciones y nacionalismos desde 1780. Barcelona. Crítica.

-Paredes, J. (1999). Historia universal contemporáneo I: De las Revoluciones Liberales a la Primera Guerra Mundial. Barcelona. Ariel Historia. 

-Viotti, A. (1988). Garibaldi. Barcelona. Salvat.