El término “General Invierno” (General Frost) fue acuñado por la prensa británica en 1812 con el fin de ridiculizar a Napoleón Bonaparte. De los más de 600.000 hombres que partieron hacia Rusia, tan solo consiguieron regresar unos pocos decenas de miles. Muchos analistas han señalado que la principal causa de la derrota de los ejércitos napoleónicos fue el crudo invierno ruso. Pero, ¿qué hay de cierto en esta afirmación?

Retirada de Moscú, cuadro de Adolph Northern

Antecedentes

Para el año 1810, Napoleón era el dueño incontestable de Europa. Extensas porciones del continente estaban bajo su control directo bien fuera por anexión directa al Imperio francés o bien por el establecimiento de estados satélites obedientes a la voluntad del emperador. Pero todavía existía un país que se le resistía: el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. Ante la imposibilidad de rendir a Gran Bretaña por mar debido a su superioridad naval, Napoleón había impuesto el Bloqueo Continental con el objetivo de arruinar la economía de la isla y así forzar su rendición de una vez por todas.

Por otra parte, el Imperio ruso bajo la autoridad del zar Alejandro I estaba sufriendo los demoledores efectos económicos derivados del Bloqueo Continental con Gran Bretaña. Habiendo firmado la paz con Napoleón a través del Tratado de Tilsit (1807), Rusia no veía con buenos la creación de un estado polaco ni tampoco continuar con el mencionado bloqueo. Debido a estas desavenencias con Alejandro I, Napoleón decidió emprender la que posiblemente fuera su campaña más ambiciosa de todas ocurridas hasta ese momento: la invasión de Rusia. Una acción que más tarde se tornaría en un terrible error.

Invasión napoleónica de Rusia

En junio de 1812, la Grande Armée de Napoleón Bonaparte formada por unos 691.500 hombres de toda Europa cruzó el río Niemen en su camino hacia Moscú, el objetivo principal. Es de destacar que el ejército napoleónico estaba sufriendo por aquel entonces una contienda de desgaste sin precedentes en la Guerra de Independencia española. Los constantes ataques de la guerrilla, unidos a una geografía y población hostiles, estaban ocasionando unas costes desorbitados para el Imperio francés. Por esta razón, la apertura de un nuevo frente en el otro extremo de Europa resultaba ciertamente del todo arriesgado, incluso para uno de los mayores genios militares de la historia como lo era Napoleón.

El 7 de septiembre (26 de agosto según el calendario ruso) ocurrió la batalla de Borodinó. En este enfrentamiento las tropas de Napoleón se enfrentaron a las de Mijaíl Kutúzov, saldándose con una victoria táctica francesa y unas 75.000 víctimas entre los dos bandos. Ya nada se interponía en el camino hacia Moscú. Sin embargo, a pesar de este aparente triunfo del emperador francés, el zar Alejandro I quiso privar por todos los medios a Napoleón de la gloria que suponía tomar la emblemática ciudad. El mandatario ruso empleó sin miramientos una política de “tierra quemada” con el fin de despojar a la Grande Armée de cualquier recurso que pudiese utilizar en su beneficio.

El 14 de septiembre de 1812, las tropas de Napoleón hicieron su aparición en Moscú. Pese a las amplias expectativas, se encontraron con una ciudad fantasma, desprovista de sus habitantes y de suministros. Ante la captura de la ciudad, el emperador francés esperaba ingenuamente que Alejandro I se presentaría para anunciar su rendición final. Nada más lejos de la realidad. En lugar de claudicar ante el corso (Napoleón era originario de Córcega), los comandantes rusos prendieron fuego a la ciudad para complicar todavía más la situación del ejército napoleónico. A causa de que la mayoría de edificaciones de la época estaban hechas de madera, la ciudad quedó prácticamente arrasada en su totalidad.

Napoleón en una Moscú envuelta en llamas. Fuente: NationalGeographic

Después de cinco semanas de estancia en Moscú, Napoleón se dio cuenta de que el zar no tenía la menor intención de hacer acto de presencia. Por ello, el emperador corso estimó oportuno retirarse de Rusia antes de que fuese demasiado tarde. La inminente llegada del invierno, las enormes distancias a recorrer, el alejamiento de las bases logísticas y los constantes ataques del ejército ruso no hicieron sino dificultar enormemente la retirada. En estos momentos, las tornas habían cambiado radicalmente para Napoleón y su portentoso ejército. De verse triunfador ante el zar de Todas las Rusias, a tener que salir de forma precipitada para salvar el pellejo.

Más tarde, entre el 15 y 18 de noviembre de 1812 tuvo lugar la batalla de Krasnoi ocurrida durante la agónica retirada de Rusia por parte del ejército napoleónico. Las tropas rusas al mando del general Mijaíl Kutúzov infringieron graves pérdidas a lo que había quedado de la Grande Armée. Debido a la falta de artillería, caballería (se hubo de sacrificar a los caballos disponibles para poder dar de comer al ejército francés) y suministros para el enfrentamiento, la misión de Napoleón consistió en tratar de reunir a sus tropas y reanudar la retirada como buenamente pudo. Pero todavía no habían acabado los problemas para el emperador francés, quien veía como se le estaba escapando la victoria.

Otro enfrentamiento ocurrió en el cruce del río Berézina (actual Bielorrusia), entre los días 26 y 29 de noviembre. El resultado de esta batalla es incierto, pues aunque Napoleón junto sus principales generales y parte de su ejército consiguieron atravesar el citado río para ponerse a salvo, las pérdidas totales habían sido catastróficas. Para mediados de diciembre, por fin había acabado la pesadilla. A su llegada a París, el imponente ejército francés que había emprendido la marcha hacia Rusia, ya no era ni la sombra de lo que había sido. Solo unas pocas decenas de miles de hombres pudieron sobrevivir para contar su testimonio. Atrás habían dejado a la mayoría de sus compañeros, víctimas del frío, el hambre y la desesperación.

Consecuencias y trascendencia posterior

La campaña de Rusia es a menudo considerada como el mayor desastre militar de Napoleón Bonaparte, un punto de inflexión en las guerras napoleónicas. Debido a la ingente cantidad de hombres sacrificados para esta causa, no han sido pocos los analistas que atribuyen este episodio a la posterior derrota final de Napoleón ante los ejércitos de la Coalición. Este suceso, unido al resto de frentes abiertos que aún mantenía en Europa, ocasionó el progresivo declive del Primer Imperio francés, totalmente exhausto. La posterior batalla de Leipzig (también llamada la batalla de las Naciones), ocurrida entre el 16 y el 19 de octubre de 1813, se saldó con una estrepitoso descalabro para Napoleón, del cual ya nunca se recuperaría.

Más tarde, a principios de 1814 los ejércitos de la Coalición ocuparon Francia y Napoleón se vio obligado a abdicar por primera vez acabando recluido en la isla de Elba, situada en el mar Mediterráneo. Pero todavía tuvo la oportunidad de regresar a la escena europea en 1815 tras escapar de su “jaula de oro” e inaugurar el llamado Imperio de los cien días. No obstante, su fulminante derrota en la batalla de Waterloo el 18 de junio de 1915 a manos de la Séptima Coalición ocasionó su caída definitiva. Pasó sus últimos años prisionero en la isla de Santa Elena, también apodada como ‘la isla del fin del mundo’, hasta su muerte en 1821. Aunque la versión oficial dictaminó que murió a causa de un cáncer de estómago al igual que su padre, otras versiones no descartan un posible envenenamiento por arsénico.

Gráfico de Charles Minard en el que se observa el grueso de la Grande Armée en su marcha hacia Moscú (en marrón) y su paulatino desgaste en su retirada (en negro)

La retirada de Napoleón tuvo gran repercusión para la historia de Rusia y el engrandecimiento de la nación. En la obra del escritor ruso León Tolstói, Guerra y paz, aparece este episodio tan heroico para los sentimientos del pueblo ruso. Hasta el año 1941, se le conoció en Rusia a la campaña de Napoleón como la guerra patriótica (no confundir con la Gran Guerra Patriótica, término posteriormente utilizado por Stalin). Otras veces se le ha llamado de forma genérica “guerra de 1812”, aunque esto puede generar cierta confusión con el conflicto surgido entre Estados Unidos y Reino Unido ese mismo año.

Mucho más adelante, en la Segunda Guerra Mundial, el líder nazi Adolf Hitler llevó a cabo la Operación Barbarroja en junio de 1941 con el fin de invadir el territorio de la Unión Soviética junto con una coalición de países aliados del III Reich (Italia, Rumanía, Hungría,…) peor equipados y entrenados. Stalin no dudó en llamar el conflicto como la Gran Guerra Patriótica. A pesar de sus exitosos avances iniciales, el ejército alemán fracasó en su intento de tomar la capital Moscú a principios del mes de diciembre. Posteriormente una contraofensiva soviética al mando de Gueorgui Zhúkov logró estabilizar el frente.

Si bien es cierto que muchos historiadores atribuyen al crudo invierno ruso un protagonismo crucial en el devenir de los acontecimientos de la Operación Barbarroja, otros autores en cambio confieren mayor importancia a los constantes cambios de estrategia ocurridos durante la campaña y la incapacidad logística de mantener un frente de varios miles de kilómetros. Sea como fuere, parece ser que tanto Napoleón como Hitler cayeron en el mismo error de atreverse a combatir contra la gigantesca nación rusa. Tal vez la brillante frase de Aldous Huxley nos arroje un poco de luz en torno a esta cuestión:

“Quizá la única lección que nos enseña la historia es que los seres humanos no aprendemos nada de las lecciones de la historia.“

Aldous Huxley, escritor británico (1894-1963)
Mapa del avance alemán durante el desarrollo de la Operación Barbarroja, 1941

Bibliografía:

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Roberts, A. (2014). Napoleon the Great. Penguin Random House UK, London. 

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