Jorge Luis Borges (1899 – 1986) fue un escritor argentino, uno de los autores más destacados de la literatura del siglo XX.

La fama alcanzó al escritor en el umbral de la vejez y solo fue debida a las boutades y provocaciones envenenadas que salían de su boca en las difíciles entrevistas con los periodistas de la sección de cultura. Como si de un juego de niño terrible se tratase en ellas proclamaba siempre lo inesperado, lo que más podría irritar o deslumbrar a cualquier neófito. Era pura incorrección política. Para enfadar a los académicos españoles decía que el castellano era una lengua muy fea y que prefería el inglés. Para sacar de quicio a los progresistas afirmaba que Franco había sido muy positivo para España. Admiraba más a Alonso Quijano que al Quijote y a éste menos que a Cervantes. Ensalzaba al escritor mediocre Cansinos Assens para vengarse de todos los poetas de la Generación del 27 y así sucesivamente hasta crearse un personaje odioso y al mismo tiempo admirado.

A veces se disfrazaba de reaccionario, pero realmente era un conservador, un liberal moderado cuyo odio a Perón, le condenó a ser inspector de pollos en vez de bibliotecario y lo llevó a aplaudir la llegada de los militares argentinos. Creía que la democracia era una simple estadística. Además presumía de haber condenado en su tiempo a Mussolini y a Hitler, cuando otros se avergonzaban, para acabar aceptando una medalla de Pinochet, un acto por el que quizás tuvo que pagar un peaje: el de nunca conseguir el premio Nobel.

Todos caminamos hacia el anonimato. Los mediocres llegan antes, pero a Borges todavía le queda mucho camino por recorrer, pues se ha ganado un merecido puesto entre los más grandes.

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