Un reciente y agradable paseo por la villa toledana de Oropesa –no confundir con su homónima del Mar– me invita a sacar del baúl del olvido a Francisco Álvarez de Toledo (Oropesa, 1515 – Escalona, 1582), uno de sus hijos más ilustres.

Pese a que me alegró contemplar su magnífica e imponente estatua ubicada junto a la iglesia de San Bernardo y el colegio de Jesuitas que él mismo mandó fundar en su localidad natal, hoy pocos recuerdan la vida y hechos protagonizados por quien fue, entre otras muchas cosas, el virrey más importante que tuvo el Perú durante los casi tres siglos en que aquellas tierras formaron parte de la monarquía hispana.

San Bernardo


Francisco Álvarez de Toledo
(Oropesa, 1515 – Escalona, 1582) nació en el castillo que vigila esta bella localidad toledana, pues era hijo del II Conde de Oropesa. Criado en un ambiente noble y refinado, de niño entró como paje al servicio del emperador, aprendiendo lenguas y completando una gran formación en teología, letras, artes y también en las armas.

Castillo de Oropesa
El Castillo de Oropesa, Castillo Viejo o Castillo de los Álvarez de Toledo es un castillo ubicado en la localidad española de Oropesa, en la provincia de Toledo

Su biografía es apabullante e inabarcable, así que permítanme que sólo enumere brevemente sus principales vivencias al servicio del emperador Carlos y, después, de su hijo el rey Felipe II.

Siempre junto al emperador, participó en la exitosa toma de Túnez en 1535, pasó después a Roma, Flandes y también estuvo en la fracasada campaña de Argel en 1541. Atento a todos los asuntos de enjundia de entonces, lo que acontecía en el Nuevo Mundo no le era ajeno, pues conoció a Fray Bartolomé de las Casas y sus denuncias de los abusos cometidos sobre los indios, prestando también especial interés a la redacción de las Leyes Nuevas de 1542 que buscaban un mejor trato y protección de los naturales de aquellas tierras.

Hubo luego otros viajes a Francia y Alemania, nuevas batallas en las que participó y numerosos encargos que recibió y desempeñó con eficacia sobre los más relevantes asuntos de Estado, pero déjenme que dé un salto en el tiempo con el fin de hacer más ágil y digerible mi artículo. Me voy hasta 1556, cuando el cansado y debilitado César Carlos se retira a Yuste. Mientras terminan las obras de su estancias en el monasterio, se alojará en el cercano castillo de Jarandilla de la Vera, propiedad del III conde de Oropesa, Fernando Álvarez de Toledo, hermano mayor de su fiel Francisco. Ambos le servirán y acompañarán en sus últimos tiempos hasta su óbito en septiembre de 1558.

Francisco Álvarez de Toledo había dedicado media vida a su emperador pero todavía le quedaban importantes servicios que prestar a su hijo…

Y así fue. Felipe II no era tonto precisamente, así que quiso tener cerca y aprovechar los conocimientos y experiencia de quien tan bien y fielmente había servido a su padre durante tantos años con gran diligencia. Tras unos cuantos años en la Corte, Felipe II le encomendó un puesto de gran responsabilidad en las Indias, nada menos que el de virrey del Perú.

Nombrado en 1568, asumió un año después su cargo, desempeñándolo hasta 1581. Aunque fue el quinto virrey del Perú, fue sin duda el más importante de los cuarenta que tuvo este virreinato, pues sentó las bases, legisló y organizó la administración, sociedad y economía de aquél inmenso territorio con certero acierto. Por todo ello, es conocido como “el Solón virreinal”, equiparándole con uno de los siete sabios de la Grecia clásica.

Lo primero que hizo Álvarez de Toledo fue realizar una visita general del virreinato para conocer de primera mano los recursos, población y territorio bajo su responsabilidad. En esta labor empleó nada menos que cinco años, recorriendo miles de leguas que le sirvieron para tomar importantes decisiones y organizar el funcionamiento de la inmensa maquinaria administrativa, fiscal, judicial, económica y de defensa del virreinato.

Recuperó la mita incaica, sistema de trabajo comunitario que tenían los pueblos andinos antes de la llegada de los españoles. La readaptó hacia el trabajo en obras públicas, obrajes y minas, pues Potosí –plata- y Huancavelica –azogue o mercurio- por citar sólo las dos más relevantes, requerían mano de obra constante en gran número. El sistema era rotatorio, aplicado a un porcentaje de varones adultos de 18 a 50 años de cada comunidad que recibían un salario por ello. Se crearon también las reducciones o pueblos de indios, donde se les agrupaba para evitar su dispersión y compleja localización además de facilitar así su evangelización.

Potosí
Potosí. La primera imagen en Europa. Pedro Cieza de León, 1553.

Es un hecho que las duras jornadas y condiciones de trabajo en la entrañas de las minas citadas causaron una alta mortandad entre los indios, lo que provocó que bastantes de ellos se escondieran, huyeran o fingieran haber muerto cuando se hacían las visitas o revisitas por parte de la administración para calcular la población tributaria y, por tanto, los mitayos disponibles. Además, los indios de cada comunidad o ayllu aprendieron muy pronto a pleitear bajo la administración española y así, lo hicieron con denuedo, reclamando constantemente y tratando de enviar menos mitayos a las minas. Debo decirles que tuvieron éxito, pues los contingentes de mitayos, pasados los primeros años, fueron descendiendo gracias a la constancia de los indios en sus demandas.

Resulta muy curioso que el para muchos régimen brutal y opresor español permitiera a los indios acudir a la justicia y ganar juicios, ¿verdad? Pues así era, ya que su condición de súbditos de la Corona se lo permitía, al igual que al resto de ciudadanos…

También es cierto -aunque esto apenas se dice no vaya a ser que se caiga el mito del español explotador inmisericorde- que al menos la mitad de los trabajadores en las minas no eran mitayos forzosos sino mingas, indios contratados por los propietarios de las minas o por los caciques y que recibían un salario mayor por desarrollar labores más especializadas. Eran pues, trabajadores voluntarios, profesionales. De hecho, no fue infrecuente que los mitayos o sus caciques pagaran a mingas para que les sustituyeran en el desempeño de tan ardua labor.

Más allá de la mita, este virrey consiguió asentar una sólida base de gobierno y administración eficaz del Perú. Sus Ordenanzas consolidaron esa organización de la vida social, política y económica, todo un compendio regulador que fue seguido por sucesivos virreyes al menos durante 200 años, hasta que en la segunda mitad del siglo XVIII se introdujeron importantes reformas borbónicas.

Mejoró las obras públicas, fundó nuevas ciudades, hospitales, casa de la Moneda, nombró funcionarios –corregidores, visitadores, protectores de indios,…- y dio un nuevo y decidido impulso a la economía del Perú, incrementando la producción de plata y mercurio.

En otro aspecto polémico de su mandato, Toledo acabó con el peligro para la estabilidad del virreinato que él vio en Tupac Amaru, último mandatario inca de Vilcabamba –los cronistas Felipe Guamán Poma de Ayala y el Inca Garcilaso de la Vega criticaron con dureza que decidiera ajusticiarlo y persiguiera luego a su familia-

Ejecución del inca Túpac Amaru I
Ejecución del inca Túpac Amaru I, según un dibujo de Guaman Poma de Ayala.

Hoy en día la mayoría de historiadores e investigadores –por encima de algunos aspectos citados más o menos controvertidos de su desempeño como virrey- coinciden en destacar la valía y capacidad reformadora de Toledo durante sus años al frente de aquél inmenso territorio que abarcaba desde Panamá hasta el sur de Chile, prácticamente toda Sudamérica.

Se puede decir, sin temor a equivocarnos en demasía, que hay dos Perús hispanos; el incipiente, convulso y sangriento de antes de Toledo y el que él dejó configurado durante su década de gobierno y que perduraría 200 años más.

Oropesa, cuna de este inmenso personaje, decidió dedicarle una estatua en el año 2015 en conmemoración del quinto centenario de su nacimiento, la impresionante obra de Óscar Alvariño que fotografié e ilustra este artículo. Aplaudo esta iniciativa.

Francisco Álvarez de Toledo