El otro día buscaba algo para la merienda, tratando de elegir una opción saludable, y acabé comprando cereales frutales, bajo la idea de que hacía algo por mi salud. “El cereal tiene fibra. La fruta también”, pensé.

Resulta que al momento de abrir el envoltorio descubrí aromas, colores y sabores que no se sentían tan saludables y, por el contrario, eran demasiado artificiales.

En los tiempos en que vivimos se hace mucho hincapié en los medios sobre la vida sana. Este fenómeno no ocurría hasta hace unos años, tal vez por conveniencia de la industria alimenticia, o simplemente porque no era algo a lo que el común de la gente se volcara en sus hábitos de consumo diarios.

Es cierto que esta cuestión de la vida saludable también pueda estar asociada en cierta forma a corrientes ideológicas resurgidas en los últimos tiempos, respondiendo a un proceso que se inició tímidamente con la concientización sobre el cambio climático, lo cual lleva al interés por formas de vida (formas de pensamiento, hábitos, procesos) más amigables para con el ambiente y el propio cuerpo; pero esto es otro tema, quizás para artículos subsiguientes.

De todas formas, sea por modas, por concientización, por cuestiones generacionales, o lo que fuere, las nuevas corrientes de pensamiento están aquí y la publicidad es una forma de comprobarlo. Es por ello que hoy se promocionan tantos productos 0% grasas o con envases eco-friendly. La industria vio un nicho de consumidores a los que les atrae la idea de reducir el impacto ambiental, o el impacto de los alimentos en su salud, y lo aprovechó.

Tal vez, y solo tal vez, el problema sea que la salud no puede realmente empaquetarse y venderse.

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