España en la mayor parte de su existencia como unidad territorial heredera de la antigua Hispania, ha estado compuesta por un conjunto de reinos y nunca ha sido una nación unitaria hasta la creación de los estados liberales en el siglo XIX, apoyados por los nacionalismos decimonónicos fruto del romanticismo de la época. 

Corona Española
Mapa que muestra los diferentes reinos que componen la Monarquía Hispánica

Todos los países europeos han sufrido este proceso de unificación que culmina, como hemos dicho en el siglo XIX, fruto de un proceso que nace con la Ilustración y la Revolución Francesa. En el caso de España podríamos marcar el inicio de este proceso a principios del siglo XVIII, con el cambio de dinastía de los Austrias a los Borbones

Cuando Isabel y Fernando contrajeron matrimonio uniendo así ambas coronas, se produjo así la unidad de una gran parte de la Península Ibérica. Sin embargo, esta unidad estaba representada por la monarquía puesto que a nivel jurídico cada reino era independiente. Si bien Castilla ya tenía cierta unidad aún estando compuesta por los reinos de Galicia, León, las provincias vascongadas y el propio reino de Castilla, por otro lado Aragón mantenía las diferencias jurídicas entre los reinos de Valencia, Aragón el condado de Cataluña y el Reino de Mallorca.

La forma jurídica para gobernar los reinos que establecieron Isabel y Fernando fue la de la Corona de Aragón, puesto que ya tenía experiencia en gobernar diversos reinos bajo una misma corona. Este modelo fue utilizado también para gobernar el resto de territorios europeos y los territorios de ultramar

Aunque en múltiples ocasiones escuchamos el gran poder que poseían los reyes en aquella época, lo cierto es que la forma de gobernar reinos tan distintos comportaba muchas dificultades para la Corona, que tenía que tener en cuenta las diferentes jurisdicciones. Así por ejemplo, las levas de soldados se hacían tanto en los territorios europeos de la corona, Países Bajos Españoles e Italia, como en Castilla, pero no se hacían en Aragón puesto que tenían un sistema jurídico diferente y no permitían a los reyes hacer levas libremente. Carlos V, I de España, le gustaba acudir a los reinos personalmente, de ahí sus numerosos viajes por Europa y por la península. Sin embargo, su sucesor, Felipe II, prefirió residir en Castilla en el Monasterio del Escorial

Después de Carlos I, el resto de los Austrias respetaron la autonomía y la jurisdicción de cada reino, sus costumbres y sus fueros tal y como lo había dispuesto Isabel la Católica en su testamento:

“conociendo que cada reino tiene sus leyes y fueros y usos y costumbres y se gobierna mejor por sus naturales […] Y que estando los dichos príncipe y princesa, mis hijos, fuera de estos mis reinos y señoríos, no llamen a Cortes los procuradores de ellos, que a ellas deben y suelen ser llamados, ni hagan fuera de los dichos mis reinos y señoríos leyes ni pragmáticas ni las otras cosas que en Cortes se deben hacer, según las leyes de ellos, ni provean en cosa alguna tocante a la gobernación y administración de los dichos mis reinos y señoríos; y mando a los dichos príncipe y princesa, mis hijos, que así lo guarden y cumplan y no den lugar a lo contrario.”
Isabel la Católica
La Reina Isabel la Católica se preocupó por mantener las leyes y fueros de los diferentes reinos que componían la monarquía.

El poder real estaba encargado de velar por el respeto y la conservación de los diferentes derechos, y se hallaba limitado tanto por ellos como por la ley divina y la ley natural. A pesar de ello, las diferentes facciones nobiliarias que habitaban en la Corte disputaban entre ellas por conseguir el favor del rey. Como bien dice Elliot en su libro La España Imperial, existía una facción aragonesa y otra castellana que tenían diferentes formas de concebir el Gobierno de los diferentes territorios. Los castellanos preferían un gobierno unitario y que las leyes de Castilla se impusieran en todo el territorio peninsular, algo que, además, facilitaría mucho el poder real. Pero por otro lado los aragoneses pretendían mantener sus jurisdicciones y fueros, que les otorgaban mayor independencia de la Corona. 

La Guerra de Sucesión española y la victoria de Felipe de Anjou sobre el archiduque Carlos de Austria, trajo consigo las formas de gobierno de la monarquía francesa. Si bien en un principio Felipe V se propuso jurar los fueros de los reinos de Aragón, el levantamiento de los austracistas contra éste y la guerra que vino a raíz de ese levantamiento permitieron al nuevo monarca anular los fueros de la Corona levantina y establecer las leyes de Castilla en todo el territorio peninsular exceptuando claramente Portugal, ya independiente de la Monarquía Hispánica, y las provincias vascas que se mantuvieron fieles al monarca.

Sin embargo, el testamento de Carlos II, el último Austria, aunque concedía el trono a Felipe de Anjou, también dejaba claro que éste debía respetar los fueros y leyes de cada reino:

“mando y ordeno a todos mis súbditos y vasallos de todos mis Reinos y señoríos que en el caso referido de que Dios me lleve sin sucesión legítima le tengan y reconozcan por su rey y señor natural, y se le dé luego, y sin la menor dilación, la posesión actual, precediendo el juramento que debe hacer de observar las leyes, fueros y costumbres de dichos mis Reinos y señoríos”.
Carlos II
Carlos II, aunque eligió a Felipe de Anjou como sucesor, dejó explícito en su testamento que se respetaran las leyes y fuero de cada reino.

Así pues, los Decretos de Nueva Planta anularon los Fueros de los reinos de la Corona de Aragón, por lo que comenzaría a imponerse esa unidad peninsular y a desaparecer la monarquía compuesta propia del periodo de los Austrias. Con la independencia de la América Hispana en el siglo XIX y el romanticismo y nacionalismo que surgió a finales del mismo siglo, se impuso la idea de Estado Nación unitario que hoy todavía pervive en España.

La idea de la monarquía compuesta se abandonó, aunque no se olvidó la realidad multirregional de la península. Ya durante el periodo de la I República surgieron partidos de carácter federalista y años después, la propia Transición trajo consigo el sistema español de las autonomías. No podemos comparar ninguna de estas dos ideas a la original de la monarquía compuesta, puesto que aquella respetaba mucho mejor las tradiciones y leyes de los diferentes reinos mientras que las ideas federalistas y autonómicas se basan en concepciones económicas y políticas más que en concepciones históricas.

Actualmente existen muchos movimientos de carácter independentista en las diferentes regiones que conforman España, sin embargo estas ideas no nacen de aquella concepción de monarquía compuesta, sino de los propios nacionalismos que surgieron en el siglo XIX. Por tanto, no son ideologías de carácter histórico o culturales sino que encierran intereses político-económicos.

Tal vez pretender la unidad político-cultural de España no sea el camino más adecuado teniendo en cuenta los orígenes que tenemos como nación. Sin embargo, tampoco una división arbitraria fruto de deseos sectarios, económicos o ideológicos es una buena solución. La historia, ya decía Cicerón, es “maestra de vida”, por ello tal vez deberíamos mirar más a menudo al pasado para poder encontrar de nuevo el camino cuando lo perdemos.

 

Bibliografía y referencias

ELLIOT, J.H. La España Imperial. Vicens Vives. Barcelona, 1989.

IMIZCOZ BEUNZA, J.M.: “El entramado social en FLORISTÁN, A.: Historia de España en la Edad Moderna. Barcelona, Ariel” 2004.  pp. 53-77.

Testamento de Carlos II, 1700, cláusula 13: https://books.google.es/books?id=ia4LAAAAYAAJ&pg=PA401&hl=es#v=onepage&q&f=false

Testamento de Isabel: https://es.wikisource.org/wiki/Testamento_de_Isabel_la_Cat%C3%B3lica