En la nao Victoria, en el mar Pacífico, a un grado de la línea equinoccial, a veinte e seis días del mes de julio, año del Señor de mil e quinientos e veinte e seis e en presencia de mi, Iñigo Cortés de Perea, Contador de la dicha Nao Capitana…”

Así comienza el testamento de Juan Sebastián de Elcano, aquél gran marino que consiguió circunnavegar el globo por primera vez tras un periplo increíble y dramático de tres años de duración. Había completado tan tamaña gesta en 1522, justo cuatro años antes de que muriera, como no podía ser de otro modo, surcando de nuevo el océano hacia las Molucas. Veamos que testó Elcano…

Testamento de Juan Sebastián Elcano dictado en el segundo viaje transpacífico al acompañar a Loaisa en su ida a la Especiería. Se hace constar que Elcano se encuentra enfermo en la nao Victoria, “en el Mar Pacífico, debajo de la línea equinoccial”. Archivo General de Indias, Sevilla.

Testigos

Además del contador citado, siete son los testigos de la apertura de su testamento, todos ellos vascos. No debe de extrañar teniendo en cuenta que Elcano contrató y llevó con él a numerosos paisanos, familiares y allegados. El paisanaje pesaba mucho en todas las expediciones a las Indias y además, los vascos eran grandes pilotos y marinos. Martín García de Carquisano, Andrés de Gorostiaga, Martín de Uriarte, Joanes de Zabala, Hernando de Guebara, Andrés de Aleche y Andrés de Urdaneta. Seguro que les ha llamado la atención este último nombre y sí, están en lo cierto, es el mismo Urdaneta que pasó a la historia varias décadas después al descubrir el tornaviaje entre Filipinas y la Nueva España. En esta trágica expedición hacia las Molucas, Urdaneta era muy joven, 16 ó 17 años, y se embarcó como paje o grumete, estando cerca de Elcano y absorbiendo conocimientos y experiencias del de Guetaria y resto de marinos veteranos.

La ofrenda de Elcano. Óleo de Elías Salaverría realizado en 1922 por encargo de la Diputación de Guipúzcoa para conmemorar el IV Centenario de la Primera Vuelta al Mundo.

Religiosidad

El documento está cargado de una profunda religiosidad muy presente en la época. Así, primero se encarga de los asuntos del alma y de señalar cómo deben celebrarse sus exequias, dónde y las iglesias a las que deja significativas cantidades de dinero.

La iglesia de San Salvador de Guetaria es donde manda que “se me hagan mis aniversarios y ecsequias… donde están enterrados mi señor padre e mis antepasados”. Para ello destina seis ducados de oro.

También “manda a las órdenes de redención para sacar cautivos seis ducados…”. Aquellas “órdenes de redención”, sobre todo trinitarios y mercedarios, eran las que negociaban el rescate de cristianos cautivos por los berberiscos en el norte de África y cumplían un importante papel (recuerden el caso de Cervantes)…

Para la iglesia de San Martín deja doce ducados de oro “para una casulla e diácono e sodiacono e capa de muy buen paño colorado que cueste cada bara un ducado de oro…”. A la iglesia de Nuestra Señora de Heçiar lega “cuarenta ducados de oro para que hagan con ellos unos ornamentos…”.

También, insta a que se cumplan dos promesas contraídas por él antes de embarcarse: ir en romería a la Santa Verónica de Alicante y el encargo hecho a los frailes del monasterio de San Francisco de La Coruña para que dijeran una misa diaria mientras durara la expedición y hasta que regresaran. En el primer caso, manda que vaya un romero y se le den seis ducados más otros veinticuatro ducados para dicha iglesia de Alicante; en el segundo caso, dicta que se lleven sesenta ducados al monasterio cuando la armada vuelva a La Coruña.

Se acuerda de los pobres de Guetaria y manda que se hagan “sayas de cordelate blanco” para treinta de los más necesitados de la villa.

En cuanto a las misas, cita expresamente tres misas anuales por su alma: “que se digan por mi ánima e la de mi padre en la Iglesia de San Salvador una misa añal, la cual mando que diga don Lorenço de Soraçabal e otra misa añal que se diga en la Magdalena de dicha villa e la diga mi hermano don Domingo e otra misa añal en la Iglesia de San Sebastián e diga don Rodrigo de Gaynça, mi sobrino…”.

Para terminar este capítulo espiritual, debo señalar que deja unos cuantos ducados más a otras iglesias, pero eso sí, deja claro que “todas las mandas susodichas mando que sean pagadas de los dineros que su Magestad me debe e hasta tanto los otros mis bienes no sean obligados a pagar ni cumplir ninguna de las dichas mandas…”. En seguida veremos a cuánto ascendía la deuda de la Corona según el marino vasco…

Expedición Magallanes-Elcano

Beneficiarios; dos mujeres, hijo, hija y su madre

Juan Sebastián Elcano nunca se casó aunque tuvo diversos amoríos y descendencia. En su testamento cita en primer lugar a María Hernández de Hernialde, y lo hace de manera muy gráfica, “madre de Domingo del Cano, mi hijo, cient ducados de oro por cuanto seyendo moza virgen hube…”.

La segunda mujer que nombra es María de Vidaurreta, con quien tuvo una hija a quien deja “por la criança della e por descargo de mi conciencia, cuarenta ducados”. Además, “si fuere biba, que en cumpliendo cuatro años lleven a la dicha villa de Guetaria e la sostengan fasta que venga a edad de se casar y después le sean cumplidos cuatrocientos ducados de oro a su arreo e ajuar e vestido…”.

Como herederos de todos sus bienes establece una cadena propia de aquellos tiempos en los que la muerte acechaba por igual a niños y mayores. Así, en primer lugar designa a su hijo Domingo como heredero universal pero con la condición de que la madre de Elcano, Catalina del Puerto, “sea señora e usufructuaria de todos mis bienes en su vida”. Sólo cuando ella muera podrá dejárselos a Domingo y, si éste falleciera antes que ella, podrá “mi señora madre heredar e disponer de toda la hazienda como a ella bien visto fuere”, sugiriéndole que nombre como heredera de sus bienes a su hija, a la que asimismo designa heredera universal si su madre, Catalina del Puerto, muere. Por último, en el caso de que su hija también haya muerto sin tener hijos deja todos sus bienes a su hermano, Martín Pérez del Cano.

Acaba este epígrafe con la designación de su madre, su hermano y sobrino para que casen a sus hijos y hasta entonces miren por ellos. A su madre la deja también cien ducados para que disponga de ellos a su entera voluntad, sin dar cuenta a nadie.

Espero que no se hayan perdido…

Sus bienes

Juan Sebastián Elcano detalla en su testamento todos los bienes y objetos que posee, dando precisas instrucciones sobre su destino. También concreta la cantidad que según él le debe su Majestad, 1.484 ducados, una elevada cuantía. Como veremos, el veterano marino tenía una desahogada posición y patrimonio, fruto de sus méritos y fama al regresar a España sano y salvo al mando de la nao Victoria en 1522.

Deja una saya de cuatro ducados a su prima Isabel; veinte ducados a su sobrino Martín, hijo de su hermano Sebastián; y otros veinte ducados a su sobrino Domingo, también hijo de Sebastián. A su sobrino Esteban deja también cuarenta ducados y “tres pares de calzas”.

Declara tener 800 hachas (velas grandes) y nueve quintales de hierro, además de numerosos objetos a medias con el mercader burgalés Diego de Covarrubias, factor general de la expedición y fallecido poco antes… La mayoría son cosas de rescate embarcadas para intercambiarlas por oro, especias y perlas (manteles, bacinejas, abalorios, cristales azules, platos, manillas, aguamaniles, saleros, cristales comunes, margaritas, cascabeles, cuchillos, tijeras, sombreros, telas,…).

También, en otra caja –sería más bien un baúl- tiene abundantes ropas y bienes suyos, todos los que se puedan imaginar. Permítanme que me los ahorre porque si no se me va de las manos el artículo… Me fijaré en los destinatarios de algunos de ellos…

Llama mi atención que sólo declare dos libros, “un libro llamado almanaque en latín” y “otro libro de astrología”. También a quien se los deja, a Andrés San Martín, piloto y compañero suyo en la primera circunnavegación del orbe y que se supone que fue uno de los 26 que murieron en una emboscada de los indios en Filipinas en 1521. Por lo que vemos, Elcano no le vio morir y confía en que haya sobrevivido. Cita “…si toparen a Andrés San Martín”. También manda que se le den “tres baras de paño colorado de Londres para una chamarra”.

Al joven Andrés de Urdaneta le deja “el jubón de tafetán plateado” y que de sus mercancías para rescate e intercambio se le den sus quintaladas de especias y, además, una fanega de trigo, otra de harina y una arroba del aceite. Como verán, Elcano apreciaba de veras a aquél chaval…

Declara que trajo tres barricas de vino blanco, dejando una para su hermano Martín Pérez e instándole a disfrutarlo… “mando a Martín Pérez que lo beba”.

Parecido ocurre con los quesos, aparte del barril con diez quesos que deja al capitán general. “Los otros quesos hayan el dicho Martín Pérez y Esteban y que coman con los que comen agora en la mesa y el trigo y la arina y los pulpos y el congrio lo mismo, que coma con sus compañeros que tiene agora”.

Para el descanso de su alma y conciencia, detalla con meticulosidad los dineros y objetos que debe para que se salde su deuda. Así, Juan de Yraeta le había entregado cuatro ducados y medio y Juan Ortiz de Vildosola, dos ducados. También que le den a Ayalacordelate con su forro para unas calzas que le debo” y a Francisco de Burgos, con quien tenía a medias “dos barriles de clavazón” que se perdió cuando naufragó la nao Santo Espíritu, para que de sus rescates se le pague la mitad del valor de dicha mercancía.

Por último, manda que se le den al maestre Hernando, al boticario y al barbero media arroba de aceite a cada uno y se acuerda del capellán, un tal Torres, para que se le entreguen media fanega de harina y de trigo, media arroba de aceite y dos camisas.

En fin, como habrán comprobado, Juan Sebastián Elcano lo quiso dejar todo bien atado en sus últimas voluntades. Por los documentos que se conservan, sabemos que su madre, Catalina del Puerto, fue una mujer muy longeva para la época y vivió al menos 30 años más, no dejando de reclamar a la Corte los muchos ducados que se adeudaban del salario y servicios prestados por su querido hijo, quien acabó dando con sus huesos en algún lugar del inmenso océano Pacífico, el “lago español” por entonces…