Muchas sociedades se han idealizado a lo largo de la historia pero lo catastrófico e indeseable corresponde a la distopía. En el presente artículo haremos un breve recorrido por el género literario de la distopía, así como con su relación con otras categorías, para luego ahondar en la cronología más importante dentro del plano del género.

1984 en su versión cinematográfica de 1956. La distopía por excelencia.

Distopía, desarrollo y caricatura

La distopía supone algún tipo sociedad ficticia desdeñable, no es ya poetizar ni pensar en torno a algo perfecto y superior. Según el DRAE es

«La Representación ficticia de una sociedad  futura de características negativas causantes de la alienación humana» y según Oxford, en una traducción propia al español, sería un «Estado o sociedad imaginada en la que hay un gran sufrimiento o injusticia, frecuentemente una que es totalitaria o postapocalíptica»

La primera definición parte de un principio temporal, en el sentido de que la distopía es la representación ficticia, esto en sentido abierto porque no lo relega al plano literario, de una sociedad futura mientras que en la segunda definición anglosajona no se hace énfasis en el tiempo pero sí en ciertos revestimientos como lo puede ser el totalitarismo, y tampoco es excluyente la definición al hacer referencia a que es por lo general así. Pero naturalmente encaja el término totalitarismo, desde la deformación de su significado, por ser Orwell uno de los primeros autores en el género literario de las distopías, al menos en el siglo XX.

Si bien en la segunda definición del inglés no hay una referencia tácita a la alienación, es posible compaginar la categoría alienación con el totalitarismo porque para Hannah Arendt el totalitarismo implica la alienación del individuo en una «sociedad de masas»Todo 1984, novela distópica publicada mucho antes de que Arendt diera a conocer su obra de teoría política, está construido sobre el argumento del «control social», la «posverdad» o la «verdad oficial» otra vez aludiendo, por supuesto, a la alienación del hombre.

Con esto no queremos decir que la alienación como concepto sea una fabricación de estos autores, o que sea sinónimo de distopías, pero es justamente una de las categorías, de origen teológico, que han servido como fuentes para las distopías. Es indudable que al hacerse referencia a las distopías, se pensará en 1984 que no es más que una novela que está cargada de referencias a la alienación del individuo respecto a la sociedad de masas. De alienación, en lo teológico, puede hablarse de San Agustín cuando el hombre comete el pecado original, aislándose de Dios e internándose en él mismo y su egoísmo. Santo Tomás cuando alude al demonio poseyendo al hombre, actuando por él y privándole de sus sentidos. Feuerbach con la alienación religiosa y la falsa conciencia para luego entrar en los aportes teóricos de Marx respecto a la alienación del trabajo. En los totalitarismos, esta vez refiriéndonos esas «construcciones» teóricas como las de Arendt, Aros y Lefort, son los mecanismos de control del Partido único y su «ideología» de masas la que construye una falsa conciencia colectiva.

De tener un origen real como teorización, en este caso el Estado ético o el Estado totalitario del fascismo, pasó a ser sinónimo del nacionalsocialismo y del socialismo realmente existente soviético, o más concretamente de lo que se denomina stalinismo porque es el ataque que hace Orwell en su obra, sin contar la publicación de Rebelión en la granja mientras que también podría tomarse cuenta el uso peyorativo que le dieron intelectuales alemanes como Marcuse y Neumann para hacer referencia al nacionalsocialismo.

Tanto Orwell como Arendt, ambos en diferentes terrenos, sintieron el furor de esos regímenes que consideraban «totalitarios» por haber vivido su ascenso y su influencia a lo largo de Europa. Las distopías, por tanto, podría decirse que tienen una relación con este concepto pero no por ello todas se erigen sobre el totalitarismo.

Cronología de lo distópico

1871-1872: Los Demonios

Los endemoniados, aunque este título no es el correcto, es una de las obras más importantes de Fiódor Dostoyevski y representa una de las sátiras políticas más «destructivas» y «oscuras» hasta la época. La obra, que originalmente se publicó en una revista local, adquirió amplia difusión tras su traducción al inglés en el año 1916, ya teniendo Dostoyevski treinta y cinco años muerto.

Los demonios, o Los endemoniados, es evidente ataque a la «falsa conciencia» generada por las fuerzas incorpóreas que poseen a los hombres y los privan de la razón, llevándolos al descontrol, al caos y a la desidia. Europa ya había vivido la agitación revolucionaria de la Comuna de París en 1871, lo cual generó un terror sin igual en muchas élites por la posibilidad de que llegase a extenderse la oleada revolucionaria.

Dostoyevski creía que la pérdida de los valores tradicionales, de la fe católica y la extensión de movimientos socialistas, anarquistas y anticlericales acabaría, tarde o temprano, con la sociedad rusa. Su defensa a la tradición y a la cohesión nacional desde el trono y el altar, así como su religiosidad quedaron plasmadas en los personajes así como su aversión al terrorismo anarquista. Aunque es apresurado considerarlo una novela distópica, ante la inexistencia formal del género, lo que relata Dostoyevski es una sociedad distópica que ha perdido toda religiosidad, sentido patriótico, estabilidad, orden y que ha caído en el nihilismo.

Dostoievski
Retrato de Dostoievski por Vasily Perov

1908: El talón de hierro

Si Los endemoniados era una crítica a la agitación socialista, a los moderados liberales rusos, a los ateos y a los anarquistas, la novela El talón de hierro es definitivamente todo lo contrario, una crítica al voraz capitalismo industrial y monopólico de la época del «nuevo imperialismo». Publicada en 1908 por el escritor estadounidense Jack London quien era un ferviente socialista, diríamos que indefinido y puede que utópico por su escasa base teórica.

London relata como en Estados Unidos de América la oligarquía industrial, o los grandes monopolios que ostentan el poder económico, se erigen en una poderosa fuerza que termina haciéndose con el aparato de gobierno. Esta fuerza que es denominada «El talón de hierro» lejos de esconder sus intenciones antidemocráticas, las llevan a cabo y se hacen con el poder absoluto del país dirigiendo violentas, ruines y descaradas represiones contra la clase trabajadora. Con la instauración de un régimen despótico, en los términos de la novela, las clases medias y técnicas son también reprimidas y absorbidas por la oligarquía industrial.

La novela, por supuesto, no tiene un final optimista. Todas las rebeliones intentadas por los trabajadores, y por los que adquieren conciencia contra el gobierno de los trusts, son sofocadas por este todopoderoso aparato de gobierno pero en unas considerables, y constantes como relata el autor, contradicciones de clase que siguen llevando a las capas más bajas a rebelarse a ese depredador, despótico y plutocrático gobierno. Aunque esencialmente es una novela de ciencia ficción, y no es la que apertura oficialmente el género distópico, es sin duda una novela distópica que parece influir en varias de las que le suceden.

1924: Nosotros

Yevgueni Zamiatin, otro ruso, no goza del reconocimiento internacional ni tampoco de la prodigiosa habilidad literaria de Fiódor Dostoyevski, padre de la novela distópica. Su humilde obra, popularizada tiempo después, es la apertura al género y la obra que indudablemente influyó en Orwell. Zamiatin llega a Orwell a partir de una traducción del ruso al francés y, aunque 1984 tiene una línea argumental distinta y una ambientación distinta, sin duda alguna es un sucesor espiritual de Nosotros. 

Nosotros es polémica porque nace en uno de los períodos más rígidos de la Unión Soviética. Durante el gobierno de Iósif Stalin el conjunto de repúblicas estuvo inmerso en un largo conflicto por sentar el socialismo y que trascendió en todos los frentes; incluso en el artístico. El gobierno soviético había institucionalizado su propio movimiento artístico y su propia corriente literaria. Lo que gozaba de la aprobación del gobierno era el «realismo socialista» como una reivindicación de los valores del socialismo soviético, lo cual era una necesidad para consolidar aquellos ideales en las masas. Esta novela de Zamiatin no pasó los filtros de la censura soviética y sufrió el vilipendio del PCUS así como una prohibición de circulación de sus obras hasta que finalmente el escritor logra exiliarse a París con el beneplácito del gobierno soviético.

En Nosotros los hombres carecen de identidad propia, pues tienen asignados códigos de barra en una oda a la ansiada «igualdad» pero a partir de la carencia de identidad y a la deshumanización. El hombre, pues, no parece diferenciarse de un ganado marcado. El “Bienhechor” es el líder, el guía, el gobernante y los hombres son gobernados por un único Estado, en una referencia temprana al tan difundido «totalitarismo» pero siempre desde lo literario porque es el imposible que el Estado sea totalitario, dado que no puede abarcarlo todo ni puede alterar la realidad.

Otra vez el hombre está alienado, vive en una falsa conciencia generada por ese Estado único y yace en las peores condiciones, alimentándose de nafta como si de un autómata se tratase. Carece de vida propia, pues siempre está dedicado a la faena del trabajo para el Bienhechor e incluso la intimidad, o la sexualidad, no existe porque está regulada por el aparato estatal. La natalidad es también regida, pasando las crías a la tutela del Estado.

Fotografía de Yevgueni Zamiatin.

1925: El Proceso

El Proceso, o Der Prozess, fue una obra inconclusa de Franz Kafka que fue publicada de forma póstuma. Se podría decir que carece de la difusión que tendrían otras novela del espectro distópico pero que, en realidad, reviste un carácter filosófico tremendo por ser una obra de gran valor para el existencialismo. Su amigo Max Brod se encargó de editar la obra incompleta y de publicarla en el año 1925, un año después de la muerte de Kafka.

Se puede aludir a su carácter absurdo porque se trata de un hombre que es acusado pero este no sabe de qué se le está acusando, no hay ninguna imputación en realidad. Josef K. simplemente será procesado, es incapaz de defenderse y en el proceso, tratando de descubrir que se le imputa, es mareado y distraído por incontables personajes que hacen de mensajeros o de burócratas. La condena de Josef K. se ejecuta, sin razón aparente, tras dictarse la arbitraria sentencia. El personaje principal, sin ningún tipo de esperanza y agotado ya por el proceso, simplemente desiste y se deja llevar, aceptando de todos modos que es culpable pese a desconocer de que es culpable realmente.

Pero no nos dejemos llevar, las violaciones flagrantes a los mecanismos y salvaguardas constitucionales así como al procedimiento, son hechos palpables en muchos países. Solo que es improbable que un hombre sea procesado por nada, es diferente ser procesado por confesiones ilegítimas, forzadas, por pruebas fraudulentas o por simple arbitrariedad a partir de una previa imputación que ser procesado por nada, sin imputación. Se puede procesar a alguien por matar, aún sin haber matado pero debe de existir la imputación del delito. Nunca se descubre lo que hace Josef K., ni él mismo lo sabe, y es ahí donde recae el carácter distópico, terrible y pesadillesco de la novela.

Franz Kafka
Fotografía de Franz Kafka

1932: Un mundo feliz

Aldous Huxley forma parte de la élite de autores del género distópico, siendo esencialmente uno de los fundadores del género. En la tradición literaria de las distopías británicas, Un mundo feliz es una obra con elementos de ciencia ficción, utopía y a la vez, distopía. Los hombres, tras cruentas guerras en el siglo XX y su propio hundimiento, terminan conglomerados en un Estado mundial que sin mucha controversia destruye todos los centros de difusión cultural y termina por promover un complejo sistema de cinco castas y también con el establecimiento de las «reservas» que son zonas austeras, poco civilizadas e inhóspitas.

Un mundo feliz representa, valga la redundancia, la felicidad absoluta a partir del consumo, de tener la tecnología más avanzada a disposición y de superar incluso a las enfermedades, a las penurias y al atraso. Es una sociedad perfectamente avanzada donde las penas o la infelicidad no son un problema ya, ni siquiera los enfrentamientos étnicos, raciales o de clase. Todo el mundo es feliz y el que no está feliz puede acceder al soma, la droga que acaba con cualquier vestigio de tristeza. El hombre es modificado genéticamente y proviene de criaderos, de modo que todo está perfectamente controlado y la humanidad ha asegurado su supervivencia a costa de su capacidad de decisión, de su conciencia y su libre albedrío. Más bien goza del albedrío de consumo.

Aldous Huxley
Fotografía de Aldous Huxley

1949: 1984

1984 es la obra distópica por excelencia aunque haya llegado mucho más tarde que otras. El trío literario Un mundo feliz, 1984 y Fahrenheit 451 es el más emblemático en la tradición distópica, es la continuidad perfecta. George Orwell, sin embargo, no era un consumado escritor y a duras penas tenía destrezas para la literatura. El resto de sus obras, excluyendo Rebelión en la granja, son pequeños escritos de características políticas como el Homenaje a Cataluña o Mi guerra civil española.

Para entender el surgimiento de 1984 hay que analizar la presencia de Orwell en la Guerra Civil española, entra en grupúsculos anarquistas y marxistas contrarios a la corriente del PCE batiéndose incluso contra los mismos comunistas que seguían la corriente de la Internacional. No es que Orwell fuera comunista, pues sentía profundo desprecio por el marxismo-leninismo, pero era conocido su laborismo y su cercanía a corrientes similares a las fabianas en pro de un socialismo democrático como parece ahondar en algunos de sus escritos. En la guerra civil vio de un lado a lo que, a secas, se denominaba «fascismo» o «fascistas», o como vulgarmente llamaban al bando nacional, y por otro lado, a los «stalinistas». Sin tener que ahondar mucho, son más que conocidas las divergencias del PCE y el PSOE contra los partidos que se salían de la línea soviética o las secciones anarquistas que abogaban por una suerte de socialismo libertario.

Orwell también vivió la Segunda Guerra Mundial y vio horrorizado el posible futuro de su país. Temía tanto que se estableciese el «comunismo» como que el país cayese en manos de los alemanes, estableciéndose en el acto un Estado títere de Alemania Nazi. Fue además ridícula su perspectiva del Ribbentrop-Mólotov considerándolo una alianza de «totalitarismos», una alianza entre iguales; análisis que, por supuesto, resultó ser erróneo porque se sabía el advenimiento de la guerra entre soviéticos y alemanes. Esto pareció influir a Orwell cuando en 1984 exponía los constantes conflictos, y luego las repentinas alianzas, entre los euroasiáticos y Oceanía.

Más que hacer referencias al nacionalsocialismo, la obra se centra en crear similitudes con la Unión Soviética. El Gran Hermano como una alusión a Stalin, Goldstein como un renegado Trotsky y otro sinfín de menciones que hacen alusiones a la censura del período stalinista.

Su obra, que literariamente no tiene tanto que ofrecer, termina popularizándose en el marco de la Guerra Fría cuando el conflicto, sin duda alguna, se extiende al frente ideológico y cultural; millones de dólares se invierten para minar las bases ideológicas de la Unión Soviética promoviendo los ataques al totalitarismo y a la sociedad soviética. Huelga decir que sus obras llegaron a tener adaptaciones cinematográficas, incluso Rebelión en la granja tuvo una animada que tuvo difusión en escuelas secundarias norteamericanas.

George Orwell
Fotografía de George Orwell

1953: Fahrenheit 451

Ray Bradbury fue un versado y célebre escritor norteamericano dedicado a la fantasía, al misterio y a la ciencia ficción. Aparte de Crónicas marcianas y Fahrenheit 451, tiene un sinfín de excelsos cuentos y relatos dignos de una buena lectura. Pero en este caso nos conviene Fahrenheit 451 que sin exprimir el «totalitarismo» resulta en una obra genuina pero no por ello sin influencias de otras obras como Un mundo feliz. Véase que, por ejemplo, en Fahrenheit 451 las personas viven en una especie de estado catatónico de ignorancia, embrutecimiento y consumo.

Los hombres prefieren consumir televisión, cintas y contenido audiovisual por medio de sus novedosos auriculares y conducir autos a gran velocidad, vehículos que exceden todo kilometraje conocido (y lo que, por supuesto, existe ahora). Sin embargo, leer libros está prohibido y el deber del Cuerpo de Bomberos es quemar los libros a 451 fahrenheit como reza el título. Los que leen libros son disidentes, rebeldes y deben ser aplacados con todo el peso de la ley en la sociedad estadounidense de la novela. Montag, que es el personaje principal, en un dilema moral se cansa de ejercer su labor de bombero censor y decide hurtar un libro, escondiéndolo y pronto uniéndose a los estoicos «memorizadores» de libros que hacen de resistencia.

La obra, pese a su oscuro carácter y a su temible visión de la sociedad, es optimista en cuanto a la reconstrucción de la misma y a la importancia de conservar la cultura, la lectura y no menos importante, los libros. Una novela que nace ante la preocupación del macartismo que asoló a todo tipo de norteamericanos con la excusa de que pudieran ser «comunistas». Es Montag, y los rebeldes, los que terminan proponiéndose engendrar una nueva sociedad.

Un curioso retrato de Ray Bradbury, el autor de Fahrenheit 451.

1962: La naranja mecánica

Es más conocida la famosa adaptación de Stanley Kubrick que la novela, y es que una dista de la otra. Anthony Burgess, escritor británico, la publica en el año 1962 y aporta su grano de arena al género. En una distópica Inglaterra con toques futuristas, pandillas juveniles e inmundicia; yace un joven de nombre Alex DeLarge, quien dirige a los drugos, y gusta de la ultraviolencia. Por supuesto, requieren de una especie de leche (más bien una droga) que los hace lo suficientemente violentos en el día a día.

Alex llega a usar la violencia deliberada contra pandillas rivales, llega a violar e incluso a asesinar. En prisión, dejándose llevar por un falso remordimiento, se ofrece como voluntario para un tratamiento experimental denominado Ludovico. Esta iniciativa del gobierno, que resulta dolorosa en el proceso, hace que el voluntario no pueda responder ante la violencia y que en momentos de esa índole, se deprima o se sienta débil.

El joven Alex termina siendo reinsertado, encontrándose eventualmente con varias de sus víctimas y con sus antiguos amigos. Siendo víctima de su propia reinserción en la sociedad, e irónicamente de sus propias víctimas, termina siendo curado por el gobierno tras estar al borde del suicidio por obra de la inducción de F. Alexander, motivado por su venganza contra Alex por la violación (siendo una referencia a la propia experiencia de Burgess cuando cuatro soldados norteamericanos violaron a su esposa) y muerte de su esposa. El autor, en un polémico último capítulo que no sería publicado en principio ni leído por Kubrick, dejaría claro que Alex simplemente retornaría a la vida común, ya estando adulto, por aburrimiento, sin sentir arrepentimiento alguno por todo el mal generado. Una crítica al hombre, a los mecanismos de control gubernamentales, a la arbitrariedad y a la violencia infundada.

Fotografía de Anthony Burgess

1967: No tengo boca y debo gritar

No tengo boca y debo gritar de Harlan Ellison no entra en la continuidad distópica anglosajona, y por lo general no la suelen integrar en las distopías, pero sin duda alguna representa un cuento distópico postapocalíptico con una trama generadora dentro del ámbito de las distopías; el temor a las máquinas y a la inteligencia artificial. Este cuento no tiene nada que envidiarle a ninguna novela ni relato, pues su trama es cruda y oscura. Una inteligencia artificial logra desatar un holocausto nuclear exterminando a casi todos los humanos, únicamente dejando vivos a cinco de su escogencia. Los mantiene vivos por vías rudimentarias para así torturarlos a placer, y vengarse además por «haber sido creada» con horribles métodos inimaginables. El título ya lo dice todo.

Esta distopía postapocalíptica ha influido en el mundo cinematográfico y ni hablar en los videojuegos, pues Terminator es el vivo ejemplo del peso que tuvo la historia de Harlan Ellison —recibiría créditos en la laureada película de Cameron—. Matrix, que toma elementos de Un mundo feliz, ha de estar ampliamente influenciada por este cuento. Una inteligencia artificial que siente desprecio por los humanos, que se decide a destruirlos y luego a esclavizar los restos de la humanidad ha resultado en una visión tan aterradora como una guerra atómica entre superpotencias o una sociedad como la descrita en 1984. Es importante incluir a No tengo boca y debo gritar por haber abierto la generación de argumentos distópicos ambientados en máquinas, robots, cyborgs.

Fotografía de Harlan Ellison.

Conclusiones

La distopía como género literario ha significado una escuela sin precedentes para todo tipo de obras artísticas y contenido audiovisual. No es ya un género literario sin más, o una construcción ideológica pensando contra alguien, sino que también representa un género de películas, de series, de videojuegos, etcétera. En este largo trascender el género se ha diversificado bastante como para hacerse, irónicamente, un interesante producto de consumo. Mientras antes se leía el género por su elemento satírico, crítico, hoy supone un producto más; la fetichización de la distopía como algo desagradable es parte ya del amplio mercado.

Bibliografía:

  • Bradbury, R. (2005). Fahrenheit 451. Barcelona: Minotauro.
  • Burgess, A. (2003). La naranja mecánica. Barcelona: Minotauro.
  • Dostoyevski, F. (2011). Los demonios. Madrid: Alianza Editorial.
  • Huxley, A. (1932). Brave New World. New York: HarperCollins Publishers.
  • Kafka, F. (2017). El Proceso. Barcelona: Austral.
  • London, J. (2011). El talón de hierro. Madrid: Akal.
  • Orwell, G. (2010). 1984. Barcelona: Austral.
  • Orwell, G. (1952). 1984. Barcelona: Ediciones Destino, S.A.
  • Zamiatin, Y. (2008). Nosotros. Madrid: Akal.