Ilustración de Manuel Krommenacker

Las cruzadas fueron sucesivas expediciones militares orientadas a liberar Tierra Santa del control musulmán.

El objetivo radicaba en restituir la autoridad apostólica romana en el territorio donde se desarrollaron los episodios relatados en la Biblia. Es importante tener en cuenta que, metodológico-historiográficamente, el concepto de cruzada ha tenido una evolución histórica que comprende diferentes significaciones e implicaciones.

La interpretación del origen y del significado de “cruzada” se ha desenvuelto en la historiografía moderna en torno al origen de la primera cruzada, los motivos por los que se fue a la cruzada, el objetivo de dicha campaña y la dirección de la Iglesia sobre el fenómeno. Estos núcleos temáticos han servido para discernir aquello en lo que consiste una cruzada[1]. Existen muchas y muy diversas concepciones que no pretendemos resolver aquí de forma unívoca.

La primera referencia es la noción de una guerra santa (para muchos esto es un oxímoron) legitimada por la autoridad eclesiástica debido al carácter sagrado de su causa. Se trataría de una guerra justa ligada a la cristianización de la incipiente caballería. Este primer concepto, quizá algo ingenuo, consistiría en último término en la lucha de caballeros al servicio de la Iglesia.

El bizantinista Grousset considera que para comprender el concepto hay que remontarse a aquellas campañas contra los musulmanes de la dinastía macedónica que en el siglo X eran bendecidas por la Iglesia. Además, llama la atención sobre el dominio de territorios externos controlados por las potencias europeas. Runciman destaca la relevancia de las relaciones con la iglesia oriental y Mayer resaltó el componente mercantilista y Jerusalén como foco de peregrinaje. El marxista Zavarob hizo especial referencia a las condiciones socioeconómicas, sobreponiéndolas a los factores religiosos que serían meras consecuencias. Por su parte, Tyerman examina hasta qué punto es la cruzada una invención moderna. Asimismo, es importante el debate entre singularistas, que entienden la cruzada sólo como la lucha por el control cristiano de Jerusalén, y pluralistas, que asumen como cruzada toda campaña proclamada por el papa como tal.

Existen otras muchas comprensiones del fenómeno, sólo hemos mencionado algunas destacadas sin concluir la discusión. Además, hay que tener en cuenta otros factores de diverso carácter que impulsaron a los cruzados a guerrear. El componente económico llevó a Venecia, Génova y Pisa a participar en las cruzadas para defender su control comercial sobre las rutas de productos que venían de Oriente a Europa. Por otro lado, el factor geoestratégico hizo que la Iglesia romana impulsara campañas para afianzar su autoridad política y recobrar el control de la iglesia bizantina. Otro elemento impulsor fue el tratamiento de las cruzadas como vía de escape para hijos de nobles sin herencia y para las clases humildes que veían la oportunidad de hacer fortuna en tierras extranjeras.

En 1095 se celebró el Concilio de Clermont, del cual resultó la primera cruzada proclamada por el papa Urbano II. El concilio fue convocado por este papa ante la petición de ayuda del emperador bizantino Alejo I Comneno. Éste solicitó refuerzos militares para combatir al pueblo turco de los selyúcidas. Al concilio acudieron obispos y abades que trajeron a los señores de sus localidades. El 27 de noviembre Urbano II declaró la guerra santa a los musulmanes que controlaban Tierra Santa. El papa concluyó su discurso con la expresión “Deus vult”, que significa “Dios lo quiere”. En el concilio se estableció que quien viajase a Jerusalén para liberar a la Iglesia por piedad y no para conseguir riquezas, obtendrá el perdón de sus pecados, pues dicha expedición significará la penitencia completa.

Las repercusiones más notorias de las cruzadas en Occidente, fueron la consolidación de la autoridad del papado sobre el mundo cristiano y el impulso de los intercambios comerciales que favorecieron el crecimiento de las ciudades mercantiles como Venecia.

Richard The Lionheart. Ilustración de Stefan Kopinski.

Campañas

Teniendo en cuenta estas consideraciones previas, delineamos a continuación un mapa general de las sucesivas campañas militares. Las cruzadas se efectuaron en ocho expediciones de conquista de Tierra Santa.

Primera cruzada

Transcurrió entre 1096 y 1099, y concluyó con la victoria cristiana, con la que se logró recuperar Jerusalén. Con esta acción se estableció el reino de Jerusalén bajo el gobierno de Godofredo de Bouillón con el título de “Defensor del Santo Sepulcro”. El motivo de la guerra fue el control de Anatolia y del levante mediterráneo que habían ocupado los turcos selyúcidas.

Crusader. Ilustración de Stefan Kopinski.

Segunda cruzada

Tuvo lugar entre 1147 y 1149, y la terminaron ganando los musulmanes con un resultado devastador para los cristianos. La causa fue la caída del condado de Edesa en 1140 en el control musulmán. El llamamiento estuvo a cargo del papa Eugenio III con la promulgación de una bula en 1145. En esta cruzada participaron los renombrados monarcas Luis VII de Francia y Conrado III de Alemania, además de contar con la persuasión del influyente Bernardo de Claraval. La campaña entera fue un fracaso para el bando cristiano que no consiguió recuperar Edesa y aumentó las hostilidades con los musulmanes y con el Imperio bizantino que firmó la paz con los selyúcidas.

Crusader. Ilustración de Jacob Jones.

Tercer cruzada

Sucedió entre 1189 y 1192, y volvió a concluir con la victoria musulmana. No obstante, los cristianos consiguieron éxitos parciales, pero no llegaron a reconquistar Jerusalén, que se encontraba en posesión de Salah ad-Din Yusuf ibn Ayyub, conocido como Saladino. En 1192 se firmó el Tratado de Ramla, en el cual Saladino y Ricardo I de Inglaterra (Ricardo Corazón de León) acordaron el control musulmán de Jerusalén y la apertura de la ciudad a la peregrinación cristiana, así como el comercio. Por otro lado, los cruzados italianos aseguraron su control sobre los puertos sirios.

El desencadenante fue la victoria de Saladino en la batalla de Hattin en 1187 por la que conquistó Jerusalén y el reino latino a excepción de Antioquía, Tiro y Trípoli. En esta ocasión, el papa Gregorio VIII fue el que relató los desastres ocurridos en Tierra Santa en su encíclica Audita Tremendi de 1187. El emperador Federico I Barbarroja del Sacro Imperio Romano Germánico fue el primer rey en ir, y lo hizo con un numeroso ejército. Otros monarcas implicados en la cruzada fueron el mencionado Ricardo Corazón de León y Felipe II de Francia. Barbarroja murió durante la expedición.

Esta vez el Imperio bizantino luchó en el bando beligerante contrario a los cruzados, ya que el emperador Isaac II Ángelo se alió con Saladino al atravesar las tropas cruzadas la frontera bizantina. Como respuesta, Barbarroja ocupó Filipópolis venciendo a un contingente bizantino de 3000 soldados.

Richard The Lionheart. Ilustración de Stefan Kopinski.

Cuarta cruzada

Ocurrió entre 1202 y 1204 tras la proclamación de una nueva cruzada en 1198 por el papa Inocencio III. Esta cruzada consistió en una ruta desviada, por lo que se la conoce como la cruzada torcida. La intención era liberar Tierra Santa, que seguía en manos sarracenas, pasando antes por Egipto para atacar a la dinastía ayubí (iniciada con Saladino).

Las figuras más importantes fueron Balduino de Flandes, Luis de Blois y Bonifacio de Montferrato. Los cruzados contrataron al dogo de Venecia Enrico Dandolo para encargarse del transporte. Sin embargo, los cruzados no consiguieron el dinero suficiente para cubrir los servicios de Dandolo, por lo que éste ofreció aplazar la deuda a cambio de que conquistaran para Venecia la ciudad húngara de Zara, y así se hizo incluso en contra de la desaprobación del papa.

A Zara llegaron las noticias de que el emperador Isaac II de Ángelos había sido apresado y cegado por su hermano Alejo III, que le había usurpado el trono. Entonces, Alejo IV, hijo de Isaac II, propuso a los cruzados cambiar el rumbo de la cruzada hacia Constantinopla para deponer a quien había destronado a su padre. Alejo IV ofreció a cambio saldar la deuda con Venecia, soldados para reconquistar Jerusalén y terminar con el cisma para volver a la obediencia al papa. Los cruzados lograron entrar en Constantinopla y Alejo III huyó, pero la situación política era compleja y Alejo IV no pudo cumplir sus compromisos. Finalmente, los cruzados saquearon Constantinopla durante varios días. El resultado fue la disolución del Estado bizantino y la creación del Imperio latino de Constantinopla con Balduino IX de Flandes como monarca.

Tras la cuarta cruzada sucedieron curiosos acontecimientos relacionados con las mismas, de difícil discernimiento entre la realidad y la leyenda, como la Cruzada de los Niños.

Los cruzados entran en Constantinopla. Delacroix

Quinta cruzada

Aconteció entre 1217 y 1221. Esta cruzada fue completamente ineficaz y apenas cambió las relaciones de poder ya existentes entre cristianos y musulmanes. En 1213 El pontífice Inocencio III volvió a proclamar otra cruzada en la bula Quia maior y en 1215 con la bula Ad Liberandam. El objetivo era acabar con el imperio ayubí y recobrar Jerusalén. Las figuras principales fueron Andrés II de Hungría y Leopoldo VI de Austria. En aquel momento, los caballeros franceses estaban ocupados en su cruzada albigense contra los cátaros. Más tarde, en 1218, Guillermo I de Holanda y Oliver de Colonia se unieron a la cruzada con sus respectivos ejércitos para atacar la ciudad egipcia de Damieta. Tras conquistarla, los cruzados avanzaron en Egipto y se dirigieron hacia El Cairo, pero el sultán Al-Kamil los destruyó y recuperó Damieta. Tras la rendición de los cruzados, Al-Kamil aceptó un tratado de paz de ocho años.

Cruzados frisios luchando en la Torre de Damietta, Egipto.

Sexta cruzada

Se desarrolló entre 1228 y 1229. En ella, el emperador Federico II Hohenstaufen del Sacro Imperio Romano Germánico logró recobrar Jerusalén a través de un acuerdo diplomático con el sultán Al-Kamil. Por dicho tratado, Al-Kamil cedió territorios a Federico a cambio de que éste le apoyase contra Al-Naser y se estableciera una tregua de diez años. Federico II se había casado en 1225 con Yolanda de Jerusalén, hija de Juan de Brienne. La relación de Federico II con el papa Gregorio IX era tensa, tanto que el rey llegó a ser excomulgado en 1227. En 1228 partió sin la aprobación papal para terminar convirtiéndose en rey de Jerusalén. Esto no hizo más que aumentar la tensión entre el papado y el imperio. El papa declaró que no se podía interpretar esa acción como guerra santa.

Templar Knight. Ilustración de Thuan Nguyen Minh Duong.

Séptima cruzada

Se realizó entre 1248 y 1254 y fue encabezada por Luis IX de Francia. Previamente, en 1244 los musulmanes volvieron a tomar Jerusalén y atacar los dominios cristianos de la zona. El papa Inocencio IV convocó una nueva cruzada en el Concilio de Lyon de 1245, entregando la dirección de la misma a “San Luis”. El rey francés ya se había adjudicado la obligación de emprender una cruzada el año pasado. La expedición se dirigió a Damieta y, en un primer momento, lograron conquistarla. Como en la quinta cruzada, los cristianos avanzaron hacia El Cairo, pero esta vez dejando Damieta protegida. Sin embargo, el resultado fue el mismo, pues los cruzados tuvieron que rendirse ante los egipcios y el rey francés fue capturado. A cambio de la libertad el Luis IX, que cayó enfermo de disentería, tuvo que devolver Damieta a los musulmanes.

Crusader. Ilustración de Andrzej Niezgoda.

Octava cruzada

Se produjo en 1270 por parte del rey Luis IX de Francia. En esta campaña el rey francés volvió a fracasar, esta vez en su intento de cristianizar Túnez. El emir logró defender la ciudad de la invasión cristiana y Luis IX acabó falleciendo por las enfermedades y el clima.

El príncipe Eduardo, quien posteriormente se convertiría en el rey Eduardo I de Inglaterra, tenía la intención de unirse a Luis IX en Túnez, pero el francés ya había muerto y su ejército se disponía a volver. De modo que el inglés se dirigió hacia Acre. La cruzada terminó con la firma de una tregua. Hay quien considera la campaña de Eduardo de Inglaterra transcurrida entre 1271 y 1272 como una novena cruzada, pero por lo general se la comprende como una extensión de la octava. Tras la victoria musulmana de esta expedición empieza el fin de los estados cristianos en el Levante.

 

Bibliografía

Grousset, R. La epopeya de las cruzadas. Ed. Palabra. 1996: Madrid.

Mayer, H. E. Historia de las cruzadas. Ed. Istmo. 2001: Madrid.

Rodríguez García, J. M. “Historiografía de las Cruzadas”. Espacio, tiempo y forma. Serie III, Historia medieval. N. 13, 2000.

Runciman, S. Historia de las cruzadas. Ed. Alianza. 1994: Madrid.

 

 

[1] Cf. Rodríguez García 2000, pp. 356-368.