Lo escribió Heinrich Schliemann en uno de sus cuadernos de notas: “Hasta en el futuro más lejano acudirán viajeros de todo el mundo, de todas partes del mundo, para admirar los resultados de mi actividad desinteresada”. Se refería el alemán a su descubrimiento de la ciudad de Troya, allá por el último cuarto del siglo XIX. Y acertó, el tío, en lo de la afluencia de visitantes. Siempre que por “futuro lejano” entendiera el mes de junio del año en curso y por “viajeros”, los cuatro pasajeros del vuelo 1858 de Turkish Airlines que el pasado día 10 embarcaron en Madrid rumbo Estambul.

Troya. Fotagrafía de Fernando Díaz Villanueva.

No se trata de dar los nombres y apellidos de los cuatro, pero sí de trazar un breve, brevísimo, retrato de cada uno: un exitoso hombre de negocios con hechuras de profesor universitario, un periodista multimedia en pantalón corto y camiseta a una mochila pegado, un start-uper del barrio de Salamanca condenado a cargar con el peso de un brillante porvenir y un reportero de los de antes —o eso le gusta pensar a él— con su moleskine de tapa blanda y su boli pilot azul.

¿Que qué tienen en común los cuatro, aparte de hablar por los codos? Ser unos locos de la historia, en esta ocasión empeñados en documentar —en vídeo, fotográficamente, por escrito, con dibujos animados, de la manera que sea— el decimotercero trabajo de Hércules, o sea, el descubrimiento de Troya llevado a cabo por Schliemann con un ejemplar de la Ilíada como único mapa, haciendo coincidir las notas de los historiadores y los geógrafos con los cantos de los poetas.

Troya. Fotografía de Fernando Díaz Villanueva.

Lo de la Ilíada quizás explique que la primera etapa del viaje sea Esmirna, patria chica de Homero. Bueno, la primera-primera realmente fue el aeropuerto Atatürk de Estambul, igual de moderno o más que cualquiera de los grandes aeropuertos internacionales que en el mundo son.

Toca aquí, en el Atatürk, mientras se aguarda turno en la fila de los pasaportes, hacer una primera revisión de los prejuicios que traemos con nosotros en el equipaje; en concreto, aquellos en exceso deudores del visionado de la película El Expreso de Medianoche.

Se basa esta —de manera bastante libre y lejana, eso sí— en las peripecias y tribulaciones de Bill Hayes, el joven norteamericano que en 1970 fue sorprendido por las autoridades aduaneras de Turquía con grifa suficiente para poner contentos durante un semestre a los miembros de todas las fraternidades universitarias de los Estados Unidos.

La película, escrita por Oliver Stone y dirigida por Alan Parker, fue durante años un elemento disuasorio para muchos potenciales turistas que, a última hora, cambiaban el destino de sus vacaciones, tan mala era la imagen que la cinta transmitía del país y de sus gentes. Así lo reconoció el mismo Billy Hayes, quien de visita a Estambul en 2007, pidió públicamente perdón por las licencias y más que licencias que Stone y Parker se tomaron en su trabajo de adaptación del libro a la pantalla; por ejemplo, el turco que hablan los personajes en la película es, directamente, un idioma made in Hollywood, inventado. Pero estábamos con Homero y la Ilíada en Esmirna.

Acrópolis de Pérgamo. Fotografía de Fernando Díaz Villanueva.

El turista desconfiado —y pelín conspiranoico, eh— sospechara que el buen estado de las carreteras que unen el aeropuerto de Esmirna con Pérgamo, primera parada y fonda del viaje, se debe a una operación secreta del Gobierno turco, con cientos de obrero trabajando a destajo, día y noche, construyendo kilómetros y más kilómetros, con el único propósito de impresionarle a él, el turista, para, tan pronto regrese a casa, recomiende el destino a todos en su oficina.

Asclepeion de Pérgamo. Fotografía de Fernando Díaz Villanueva.

Lo que debería hacer el tío pesado, más bien, es hacerse mirar su chifladura por un buen galeno —Galeno, por cierto, era natural de aquí, de Pérgamo— y dejarnos a los demás dormir a pierna suelta. Para más señas, en uno de esos hotelitos con encanto donde sirven unos desayunos ricos en cereales, lácteos y aceitunas, como los que Homero debía de acometer antes de ponerse a componer uno de sus cantos.

Aso. Fotografía de Fernando Díaz Villanueva.

A falta del talento del poeta, a nosotros el desayuno —bien surtido de café— nos proveyó de energías para, el primer día, visitar la Acrópolis y las ruinas del hospital de Asclepio —el spa del Imperio romano—, pasar por delante una de las siete iglesias del Apocalipsis, hacer un alto en Ayvalik, la isla de Cunda y el Museo del Aceite de Adapete, y de allí todo seguido hasta Aso, con tiempo aún, antes de la puesta de sol, para subiral Templo de Atenea. En Aso, por cierto, se casó Aristóteles con Pitias, y no es de extrañar, porque el pueblito, frente a la isla de Lesbos, es como para llevarse a la novia y pedirle matrimonio.

Aso. Fotografía de Fernando Díaz Villanueva.

El desayuno de la siguiente jornada fue más pronto de lo habitual, pues había prisa por visitar en ferry la isla Bozcaada, por aquello de decir que nuestro viaje lo había sido por tierra, mar y aire, y, sobre todo, prisa por llegar lo antes posible a las ruinas de Troya, verdadero motivo de tan curiosa expedición. Una vez allí, entendimos mejor el empeño de la Oficina de Turismo de Turquía por presupuestar una sola tarde —o una sola mañana— al lugar, pues unas pocas horas daban de sobra para grabar recursos o tomar notas o apuntes del natural. Y sin embargo…

Bozcaada. Fotografía de Fernando Díaz Villanueva.

Sin embargo, cuánta historia que contar. Porque aquí, en la colina de Hisarlik, empezó todo. Al menos, las epopeyas que, a lo largo de los siglos, de entonces a la era Netflix, han hecho soñar a los hombres. Por supuesto, hicieron soñar a Homero, pero también a Heinrich Schliemann y —qué caray, por qué no— a los cuatro documentalistas de la expedición aquí relatada.

Troya. Fotografía de Fernando Díaz Villanueva.

Y así, con la ilusión de poder leer a partir de ahora la Ilíada de un tirón, sin consultar una sola nota, y el alivio de que los legendarios vientos del lugar no volasen los permisos de rodaje con membrete del Gobierno turco, así pusimos rumbo a Çanakkale, ciudad universitaria asomada al Bósforo cuyo solo ambiente nocturno le hace desear a uno volver a tener veinte años menos y la posibilidad de solicitar una beca Erasmus para estudiar un curso —o dos— aquí. Con todo, no fue Çanakkale el destino final del viaje.

Çanakkale. Fotografía de Fernando Díaz Villanueva.

A este llegamos al día siguiente, tras completar con la furgoneta los últimos 360 kilómetros de un total de casi mil. Sucedió cuando, de pronto, allá a nuestra frente, como una mancha de aceite en imparable progresión, con su skyline recortado por mil y un rascacielos habitados por veinte millones de habitantes, surgió, imponente, una de las primeras ciudades del tercer milenio: Estambul. La frustración de contar apenas con unas horas para perderse entre su tráfico, sus calles, sus bazares y sus gentes solo pudimos conjugarla con una promesa: la de volver.

 

 

Nota de la redacción: el autor del presente texto quiere agradecer su colaboración a las siguientes entidades: Oficina de Turismo de Turquía, Turkish Airlines, Venus DMC, Hera Hotel (Bergama), Hotel Nazlihan (Assos), Hotel Truva (Çanakkale) y Hotel Tryp (Estambul).