He leído con atención las sugerentes teorías del escritor argentino Marcelo Gullo —autor del estimable éxito editorial Madre Patria— expuestas en la Insubordinación fundante. Breve historia de la construcción del poder de las naciones, un libro de teoría geopolítica de 2008, editado de nuevo en 2015 por la República Bolivariana de Venezuela. En el prólogo afirma que «todos los procesos emancipatorios exitosos fueron el resultado de una adecuada conjugación de una actitud de insubordinación ideológica para con el pensamiento hegemónico, y de un eficaz impulso estatal». Sin embargo, a la vista está, poniendo el caso de Venezuela, que la suma de insubordinación e impulso estatal no es suficiente para alcanzar el éxito. No sabemos el grado de aplicación de la las ideas de Marcelo Gullo, pero en su web (también dentro del libro) sí encontramos que Venezuela puso en marcha la Teoría de la Insubordinación fundante. En la edición venezolana hay una frase de Hugo Chávez que encabeza la obra: «Al imperialismo hay que señalarlo y argumentar sobre él».

El Presidente Chávez recibiendo el libro “La insubordinación fundante” de Marcelo Gullo[1]

El libro es estimulante en muchos aspectos. Es un ensayo que invita a la reflexión. Lleva razón cuando afirma que los ingleses protegían fuertemente sus mercados para luego, res non verba, «aconsejar “desinteresadamente” a otros Estados el libre cambio». Me pareció tan acertada esa observación que en un viaje en furgoneta a Cartagena camino a unas charlas sobre la Hispanidad, invitados por la Asociación «Héroes de Cavite», le mostré a don Marcelo los diarios de Francisco de Saavedra, fuente bien informada, que viene a decir lo mismo.

Sin embargo hay algunas cosas que no me acaban de cuadrar en algunos de sus supuestos. Sobre todo al analizar la historia de España y la historia de Inglaterra. En su teoría fundante, apoyándose en unas reflexiones de Vivian Trías, viene a decir que la legislación isabelina dio forma a la política de Inglaterra con un estricto proteccionismo iniciando el proceso de industrialización, primando «los intereses de la industria sobre los del mero comercio». Y que eso le daría una ventaja sentando las bases de la Revolución Industrial que le permitiría a la nación elevar su umbral de poder por encima del resto de naciones. Cierto, Inglaterra protegió la industria en el XVI, pero era una dinámica que ya venía de antes, y no alcanzo a vislumbrar ahí el desencadenante definitivo de la Revolución Industrial de finales del XVIII, pues industria antes de la Revolución Industrial hubo en muchos lugares (Italia, Francia, España, Holanda…).

Siguiendo la teoría de Gullo, podemos aceptar que Inglaterra en la época isabelina alcanza cierto desarrollo «protoindustrial» (aunque hay que tener cuidado con este término que explica el Putting-out system, fenómeno asociado al aumento demográfico que observamos en otras partes de Europa). El éxito de la reina inglesa —según el autor— está en sus buenas decisiones «a partir del más gigantesco proteccionismo económico que conoció la historia de la humanidad y a partir de un estupendo impulso estatal»[2]. Un éxito, apoyándose el autor en Eric Hobsbawm, que no se debe a la magia del mercado sino a políticas planificadas diestramente ejecutadas. Aquí se percibe la fobia antiliberal del politólogo argentino. Cierto es que Inglaterra y España practicaron políticas, en ocasiones contrarias, pero ambas basadas en un impulso estatal: una protegiendo la industria manufacturera y otra apostando por la exportación de lana de oveja merina. Y así fue hasta el siglo XVIII.

Y no todo fueron buenas decisiones en la reina virgen, que dejó escapar el talento de tipos como William Lee, un inglés que inventó una máquina revolucionaria de coser medias. La reina rechazó varias veces su patente. Apunta la Enciclopedia Británica: «cuando la reina Isabel I rechazó una patente, construyó una máquina mejorada que producía una seda de textura más fina, pero la reina volvió a negarle una patente debido a su preocupación por la seguridad de los muchos tejedores manuales del reino». ¿Y qué hizo William Lee? Irse con su invento a Francia donde fue mejor acogido por el rey Enrique IV. Una simpática historia que no pasa de la mera anécdota.

Sin embargo, sigo albergando algunas dudas; pareciera como si el «gigantesco proteccionismo económico que conoció la historia de la humanidad», el isabelino —dejándonos llevar por la teorías de la Insubordinación fundante—  acabó creando deus ex machina una especie de líneas maestras en la industria y el comercio que llegan hasta el siglo XVIII que permitieron su industrialización. Y eso no es del todo cierto.

Surgen más interrogantes: ¿Explicaría esa «temprana industrialización» que Inglaterra fuera dos siglos más tarde la protagonista de la Revolución Industrial antes que el Imperio español?

Puede que sea uno de los muchísimos factores, pero la explicación del profesor Gullo se me antoja una solución demasiado sencilla para una cuestión tan compleja. Aunque hace bien en mirar mucho más atrás y no hacer una foto fija en el siglo XVIII para escudriñar los porqués, esto es, los factores que precipitaron que Inglaterra protagonizara un proceso tan crucial en la historia —y que muchas naciones a día de hoy intentan imitar—, el del salto industrial. Jean Gimpel demostró en 1982 que la Revolución Industrial hunde sus raíces en el Medievo. Joel Mokyr, en The British Industrial Revolution: An Economic Perspective, informa de lo que ya es una realidad en el mundo académico:

En los últimos años, un número creciente de académicos ha seguido el ejemplo de Eric Jones (1988) al afirmar que la Revolución Industrial fue la culminación de un largo proceso de modernización que comenzó en Gran Bretaña muchos siglos antes (aunque las opiniones varían sobre cuándo, exactamente, comenzó este proceso).

Por otra parte olvida que el proteccionismo inglés incluye la expansión colonial de Inglaterra, que fue a base de crear mercados cautivos en su seno, sumiendo a sus colonias en el más absoluto subdesarrollo en comparación con la metrópoli. Cosa contraria a lo que ocurrió en la América hispana. ¿Cuál fue el desarrollo industrial practicado por los monarcas ingleses en sus colonias? No es una cuestión baladí, y me da la sensación que Gullo olvida datos que no le interesan a la hora de alabar el proteccionismo británico. Y no porque no los conozca. En Insubordinación y desarrollo (otro libro de 2012 que amplía las teorías expuestas en Insubordinación fundante) podemos leer en uno de los capítulos una acertada afirmación sobre las 13 colonias:

La dependencia económica que las colonias británicas de América del Norte sufrían respecto de Gran Bretaña –que las condenaba en el esquema de división internacional del trabajo a ser simples productoras de materias primas– ahogaba el desarrollo de sus fuerzas productivas, impidiendo el proceso de industrialización y sumergiéndolas, de esa forma, en el subdesarrollo endémico.[3]

El sector textil en la Península Ibérica (siglo XVI)

Dentro de la industria europea el sector textil en España tuvo gran protagonismo, como venía haciéndolo desde la Edad Media, pero el modelo, al contrario que el inglés fue el de importar paños (rasos, guantes, sayos, capotillos, terciopelo, sombreros…) y exportar lana. Buena parte de la lana merina castellana se exportaba a los Países Bajos, pero parte de la producción servía para abastecer las industrias locales de fabricación de tejidos en Toledo, Cuenca, Guadalajara, Valencia, Valladolid, Huesca, Barcelona, Segovia…

Pedro de Medina en 1548 comenta en su Libro de grandezas y cosas memorables de España la calidad del paño segoviano: «hácense en esta ciudad muchos y muy finos paños, en mucha manera. Dentro de esta ciudad y todos los pueblos de su comarca el oficio contino de las mujeres es hilar lanas para los paños, que en esta ciudad se labran, los cuales se dicen ser los que cada un año se hacen más de tres mil piezas de paños de todas suertes, pero la mayor cantidad son muy ricos y finos, que se llaman ‘segovias’». Ramón Carandé dice que «fue Segovia la ciudad que conservó más tiempo el prestigio de sus paños en el exterior, tanto, que durante parte del siglo XVII son el vehículo de la moda española en otras tierras».

Además de la lana, sobresalen a comienzos del siglo XVI centros de producción de paños de seda de tradición andalusí, como Córdoba, Almería, Málaga, Murcia, Toledo o Granada. Recordemos el majestuoso vestido que lució la guapísima Isabel de Portugal el día de su boda con el emperador Carlos en 1526. Dice el historiador Robert Goodwin: «El vestido que llevaba puesto aquel día en Sevilla se había confeccionado casi con seguridad en Granada, que a la sazón era el corazón de la industria española de la seda, y donde trabajaban los mejores artesanos musulmanes y las mejores costureras»[4].

Marcelo Gullo sostiene que Portugal y España fueron incapaces de convertirse en potencias  «productoras de manufacturas» y con ello «realizar su propia revolución industrial». Y lo hace poniendo el ejemplo de la lana. Pareciera que la Península Ibérica fuera un páramo manufacturero y esto no es así, como ha quedado antes esbozado. Supongo que querría decir «exportadora» y no «productora», pues Marcelo cifra, ya en su segundo libro, el número de telares de algunas ciudades castellanas.

Muchas ciudades castellanas y aragonesas se dedicaron a la fabricación de paños. Segovia albergó en la Edad Moderna una importante industria textil que en su mejor momento —hacia 1580—contó con unos 600 telares. Ese mismo siglo gracias al crecimiento demográfico y a la abundancia de moneda circulante situó a la industria lanera en condiciones de beneficiarse durante unos cuantos años. John Lynch comenta cómo algunos «centros productores de Barcelona, Valencia, Segovia y Toledo vieron cómo aumentaba su producción». Sin embargo el aumento generalizado de los precios, debido al proceso inflacionista provocado por la gran afluencia de metales preciosos de América, hizo que la población se decantase por el paño inglés o el flamenco, en ocasiones más barato y de mejor calidad. Eso hizo que la industria española decayese y retrocediese. Para 1691 en Segovia solo seguían funcionando 159 telares. El fenómeno inflacionista ha sido tratado por muchos autores, un fenómeno ya percibido por teólogos de la Escuela de Salamanca como Martín de Azpilcueta o Tomás de Mercado y que, ya en el siglo XX, Earl J. Hamilton expuso en su colosal obra American Treasure and the Price Revolution in Spain, 1501-1650.

Pero ni siquiera en su mejor momento la industria española de fabricación de tejidos estuvo al nivel de la de Inglaterra, Países Bajos o Italia. España básicamente importaba paños (aunque en menor medida también los exportaba) y exportaba lana de oveja merina en bruto. Carlos V, además, protegió la industria flamenca de paños y apostó por seguir con el modelo de exportar lana en bruto, un modelo que venía de tiempos de la Mesta, y que favorecía a los terratenientes que poseían dehesas por donde pasaban las ovejas, a los comerciantes españoles que la exportaban, a los extranjeros que la importaban y la corona que gravaba fiscalmente la producción. Los manufactureros castellanos eran demasiado débiles para romper esa suma de intereses, de ahí en parte vino la insurrección comunera, al ver cómo aumentaban las exportaciones de lana en bruto desde Burgos (que cambió de bando) y luego los puertos de Bilbao, Laredo y Santander; y por otra parte el comercio de Sevilla con las Indias. Las ciudades del centro de Castilla habían quedado marginadas, algo que «que comprometía el desarrollo de una industria textil nacional», según palabras del hispanista John Lynch. La industria se vio perjudicada por los privilegios de la Mesta, unos privilegios corporativistas que encuentran su origen en el siglo XIII. La corona solía proteger los intereses de la ganadería ovina trashumante por encima de los de la industria o los de la agricultura —no pocos agricultores se quejaban de que sus tierras eran invadidas y destrozadas por la ovejas—. La economía de Castilla, que era esencialmente agrícola, quedaba subordinada a provechos exteriores. Los industriales castellanos siempre habían peleado por sus intereses y en el siglo XV se les otorgó el derecho de comprar una tercera parte de la lana producida. Durante la primera mitad del XVI, coincidiendo con el aumento de la producción industrial que antes hemos comentado, los fabricantes de paños quisieron aumentar esa cuota hasta la mitad y fracasaron, una prueba más de que los intereses del Estado estaban alineados con los de la Mesta. Aunque no se puede descargar toda la responsabilidad en la Corona española, que en ocasiones se preocupó por impulsar las manufacturas castellanas con exenciones fiscales a obreros especializados de Italia y Flandes que quisieran establecerse en Castilla, en concreto en Murcia, Málaga, Granada, o en Cuenca  (como atestiguan muchos documentos que se conservan en su archivo histórico). La manufactura castellana, tocada durante la «Revolución de los precios», no consiguió reponerse de la famosa crisis del siglo XVII, que llevó aparejada una crisis ganadera con la disminución del número de cabezas de oveja merina que aportaba la lana para fabricar tejidos, con el aumento de impuestos indirectos asfixiantes como la alcabala que había comenzado el siglo anterior y con la carestía de mano de obra especializada.

El sector textil en Inglaterra (siglo XVI)

Inglaterra siguió desarrollando sus industrias durante el reinado de Isabel I. En la conocida como «golden age», Inglaterra pasó de ser un país de segunda en el ámbito europeo a ser un aspirante a futuro. La industria textil sería durante varios siglos el gran pilar de la economía inglesa. Fueron importantes algunas leyes basadas en la exportación e importación de lana en bruto y lana procesada (tejidos). Pero hay que tener cuidado a la hora de analizar el alcance de las medidas.

Veamos la siguiente gráfica sacada de English and Scottish Overseas Trade, 1300-1600 de Martin Rorke que habla de la exportación inglesa de lana en bruto.

Los siglos XIV y XV son siglos de contracción en la economía europea, con un gran descenso de la población y con la peste negra de por medio. El mercado que demandaba la lana inglesa era el de los Países Bajos. Pasamos de 40.000 sacos al año de lana en bruto (hacia 1300, el mayor registro de la serie) a menos de 3.900 sacos al año en 1550, para finalmente disminuir hasta la insignificancia durante el reinado de Isabel I (Isabel I reina de 1558 a 1603).

Ahora veamos la siguiente gráfica sobre la exportación de paños (lana manufacturada):

Al hablar de exportación de paños, observamos una tendencia contraria a la de la primera gráfica. Vemos que la curva tiende a crecer. En su apogeo, a mediados del siglo XVI, los ingleses estaban exportando unos 30.000 sacos de paños hacia los mercados europeos.

Observando las dos gráficas podemos sacar dos conclusiones:

1)  Antes de Isabel I, a lo largo de dos siglos que preceden su reinado, Inglaterra pasa gradualmente de un modelo de exportación de lana en bruto a un modelo de exportación de lana manufacturada (paños). Esto, por supuesto no es mérito de su graciosa majestad.

2) Durante su reinado la exportación de lana en bruto desciende dramáticamente hasta desaparecer y la exportación de paños se estanca.

Terminemos con otra gráfica de otro libro donde apreciamos el take off, es decir, el despegue, cómo se dispara la gráfica a finales del XVIII[5]:

Por lo tanto vemos que Gullo se equivoca al dar —como suele hacer en algunas entrevistas— todo el mérito a Isabel I. Las políticas proteccionistas de Isabel I vienen de mucho antes y ni siquiera después de Isabel vemos un despegue, tendrán que pasar todavía más de 100 años. Además de nada te sirve tener una gran industria textil si luego no tienes dónde colocar una producción y un excedente que te permita acumular capital e iniciar el proceso de industrialización. Y eso lo pudo hacer Inglaterra solo en el siglo XVIII, no antes. Los Países Bajos e Italia también exportaban paños y no se dieron las condiciones para una Revolución industrial.

Insubordinación y Desarrollo

Expone Marcelo Gullo en Insubordinación y desarrollo lo siguiente:

Felipe II no tomó la más mínima medida para proteger la industria de su país de la feroz competencia extranjera y continuó siendo, como lo había sido su padre, un abanderado del libre comercio. Mientras Isabel I prohibió la exportación de lana en bruto a los Países Bajos para facilitar el nacimiento de la industria textil inglesa, Felipe II sólo se interesó en exportar la mayor cantidad de lana en bruto a los Países Bajos. Mientras Isabel I aplicó una política de fuerte impulso estatal al proceso de industrialización británico, Felipe II ni siquiera pensó en la industrialización de España.[6]

Decir que Carlos I y Felipe II fueron abanderados del libre comercio es falso, no por anacrónico, que lo es, sino porque la Corona española siempre gravó con aranceles los productos que entraban y salían de España desde los puertos de la cornisa cantábrica (los diezmos de la mar que recaudaba la familia Velasco y que Felipe II se preocupó por renovar) que conectaban con puertos del norte de Europa. Lo mismo sucedía con el sistema arancelario de los puertos de aragoneses que comerciaban con la Península Itálica. Además, la Corona también protegió celosamente todo su comercio con las Indias, en el que los ingleses durante algunos siglos solo pudieron entrar a través de prácticas de contrabando ilícitas.

Se puede discutir si la legislación proteccionista en lo tocante a la industria española durante los reinados de Carlos V y su hijo Felipe fue adecuada, lo que no se puede negar es que estuviera regulada. Autores como Ramón Carandé han visto en las leyes suntuarias que prohibían prendas con bordados con hilos de oro y plata «efectos desastrosos», un cuerpo de medidas dirigistas que «impuso trabas a un florecimiento industrial [el de la vestimenta de lujo] que hubiera podido ser portentoso». Pero las leyes suntuarias son una nota a pie de página en todo este asunto. Con todo, no existe tal despreocupación. Se puede colegir sin demasiada dificultad, viendo las pragmáticas promulgadas bajo sus reinados, que a ambos monarcas les inquietó todo lo concerniente a la industria peninsular.

Pragmática del obraje de los paños berbíes (1552) como de todas las otras suertes de paños que en estos reinos se suelen hacer; y que lana y colores han de llevar; y cómo se han de tejer; y tundir y acabar perfectamente.

En época de Felipe III es conocido el Decreto del Treinta por ciento, de 1603, del arbitrista Juan de Gauna, en el que se establecía un arancel disuasorio de un 30% del valor de la mercancía en aduana, una medida proteccionista contra las Provincias Unidas rebeldes de los Países Bajos, y uno de los primeros ensayos del Imperio español en un contexto geopolítico de guerra.

Otra de los flagrantes omisiones de Gullo es la de recordar que el impulso estatal colbertista francés y las ideas «protoindustriales» inglesas fueron arraigando en la España ilustrada. El reformismo borbónico pretendió convertir a las Indias en un instrumento para la reconstrucción económica de la metrópoli fomentando la exportación de manufacturas con una gran impulso de la industria peninsular que se ve reflejado en las Reales Fábricas (Real Fábrica de Tapices en Madrid, Cristales en la Granja, Porcelana en el Buen Retiro, Sedas de Talavera de la Reina, Paños de Guadalajara y muchas otras), al más puro estilo Colbert en la Francia de Luis XIV. Es una pena que olvide esto, pues en el libro sí que dedica un capítulo a Francia y detalla las políticas del ministro Colbert. Además tendría que explicar por qué si España tenía una vigorosa industria incipiente impulsada por la mano estatal, no consiguió llevar a cabo la Revolución Industrial antes que Inglaterra.

Sin embargo, en Insubordinación y desarrollo habla de las políticas proteccionistas para con la industria de tiempos de Eduardo III (1312-1377), por lo tanto no entiendo la insistencia de Gullo en colocar el origen del desarrollo industrial en Isabel I. Pero hay que remontarse más atrás, pues el sistema aduanero inglés fue establecido un siglo antes, concretamente con Eduardo I en 1275. Comprendía derechos de exportación específicos sobre toda la lana. Aunque es precisamente durante el largo reinado de Eduardo III cuando despega la industria textil en Inglaterra. Durante su reinado se prohibió (efímeramente) la importación de tejidos de lana de Flandes, que por entonces era posesión francesa. De hecho esta fue una de las razones por la que estalló la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra. Pero esta prohibición señalada por Gullo, solo duró unos años y no influyó de manera decisiva en las exportaciones de lana en bruto. Los reyes ingleses también tuvieron que lidiar con los intereses corporativistas de la compañía de mercaderes de la Staple. Toda la lana exportada tenía que pasar por una ciudad fija bajo los auspicios de la compañía de la Staple (Merchants of the Staple), que gravaba con un impuesto (poundage) la lana exportada. A su vez los mercaderes tenían que hacer una serie de pagos al rey. Operaban desde el puerto inglés de Calais. Cuando los franceses tomaron la ciudad en 1558 los staplers tuvieron que marcharse a Brujas. Grace Faulkner Ward comenta que «tras la pérdida del puerto de la Staple de Calais, la empresa apenas pudo mantenerse». El cambio de puerto y las exigencias de otros comerciantes contra el monopolio de los mercaderes de la Staple, y no exactamente el Estado, hicieron que se redujeran los canales de exportación de lana en bruto, y de una manera natural, según señala la historiadora Eileen Power «los bajos precios internos implicaban que era posible vender paño inglés, no solo en el país sino en el exterior, a precio mucho menor que el paño extranjero puesto que éste tenía que pagar una suma enormemente mayor por la misma materia prima; y exportar paño fue cada vez más lucrativo que exportar lana». Es decir, que Inglaterra exportaba lana en bruto a Flandes, pero las vicisitudes de los adinerados comerciantes de la Staple —que, a diferencia de esos manufactureros castellanos que buscaron más prerrogativas con Carlos I, gozaban de más poder y privilegios— y los cambios en la industria textil inglesa, amenazaron la exportación de lana en bruto; la falta de demanda de lana inglesa hizo que en Inglaterra no quedase más remedio que desarrollar la industria de paños en periodos concretos para poder vestir a su población, dando salida a sus materias primas. El auge de los telares fue un aviso para otro tipo de mercaderes que  se dieron cuenta de que vender paños en el extranjero era un buen negocio. En torno al negocio de los paños de lana había nacido otra compañía muy poderosa: Los Merchants Adventurers, quienes consiguieron el monopolio de la exportación de los mismos. En ocasiones, también el Estado concedió importantes exenciones a los tejedores extranjeros para que se estableciesen en territorio inglés. Poco a poco los ingleses fueron cambiando su modelo de exportaciones (de lana en bruto a productos manufacturados). Y hubo algunas políticas proteccionistas para acelerar algunos cambios —que a menudo resultaron inaplicables— continuadas por los reyes de la dinastía Tudor. Estas leyes fueron recogidas en el siglo XVIII por el novelista Daniel Defoe en su A Plan of the English Commerce, un escrito poco académico y muy valorado por el díscolo economista Ha Joon Chang, al que el profesor Gullo cita varias veces.

Las relaciones entre los monarcas ingleses y los de la Monarquía Hispánica había sido relativamente buena durante muchos años. A Inglaterra le convenía estar a buenas con Carlos V y Felipe II, ya que dependían del mercado flamenco. Durante el matrimonio de Felipe II y María Tudor se incrementó el tráfico comercial entre los dos mercados. Los ingleses aumentaron la exportación de finos paños y los talleres flamencos se beneficiaron con la terminación de tejidos. Sin embargo esa buena relación se enrareció en 1562, ya muerta María Tudor. La nueva reina, Isabel I, protestante, había firmado el acuerdo de Hampton Court con cabecillas hugonotes en el marco de las guerras de religión francesas. La piratería en el Canal de la Mancha aumentó. Isabel intentó limitar la importación de manufacturas flamencas, por lo que Margarita de Parma, gobernadora de los Países Bajos y hermana de Felipe II, prohibió la importación de cerveza inglesa y unos meses más tarde suspendió temporalmente la importación de tejidos ingleses. La reina Isabel acabaría respondiendo con medidas similares. El cardenal Granvela, asesor de Margarita de Parma estaba convencido de que los ingleses tenían mucho más que perder. Cerraron Amberes a los ingleses y los Merchants Adventurers tuvieron que irse con sus paños a Emden, un puerto de segunda, donde no consiguieron dar salida a su producción. Así se dirigió Granvela en 1564 al embajador español en Londres:

Espero que las amenazas inglesas no impidan en absoluto a la gobernadora continuar con una política enérgica. Aunque del otro lado del Canal se pretenda que Inglaterra es indispensable para los Países Bajos, mientras que éstos no lo serían para Inglaterra, yo estoy fuertemente convencido de lo contrario. ¿Vendrían acaso los ingleses a los Países Bajos, si pudieran vender sus paños a precios más ventajosos en otra parte? Que los lleven a Emden, según afirman quieren hacer: pronto volverán a Amberes, lo cual nos dará ocasión para imponerles condiciones más onerosas. La ciudad de Amberes es la única que se beneficia de la importación y venta de tales paños y, si los isleños no vendiesen sus telas en estas regiones, la industria flamenca registraría un nuevo auge; en todo caso habría menos obreros que fueran a Inglaterra a perder su fe. Como consecuencia de la prohibición en perjuicio de los paños ingleses, el año pasado se han fabricado sólo en el condado de Flandes 60.000 piezas más de tal producto por encima de lo que pudo fabricarse en los últimos treinta años. Por otra parte, no hay que temer que los Ingleses suspendan su exportación de lana hacia estas regiones. No disponen en absoluto de cantidad de obreros para valorar este producto en su país, mientras que no venderán gran cosa en Emden, puesto que allí no se puede intercambiar otros productos ni las regiones circunvecinas necesitan más que una pequeña cantidad de paños finos. Hay lana en España, en los Países Bajos en las posesiones de ultramar; los talleres flamencos son capaces de abastecer Amberes con paños de la mejor calidad y, al mismo tiempo, quien tema el paro y quiera evitarlo encontrará en la fabricación de tal producto un seguro contra la inactividad. Asimismo, se podrá dar una merecida lección a los de Londres, que son los principales responsables del daño causado a los Países Bajos. Como los señores ingleses no son muy ricos y la lana les procura la mayor parte de sus rentas, harán todo lo que les sea posible para exportarla a estas regiones, aunque en Amberes se confisquen los paños londinenses. Recuerdo que ya se dio respuesta a los edictos del rey Enrique mediante ordenanzas semejantes. Hemos perseverado dos años en tal actitud y ¿qué ha sucedido? Para impedir la exportación de paños a los Países Bajos, el rey los compró en cantidades tan considerables que tuvo que depositarlas en salas e iglesias; finalmente, habiendo quedado desprovisto de dinero, se vio obligado a mandar a Flandes las mercancías almacenadas, para venderlas allí a bajo precio. Por añadidura, gracias a la insistencia de los embajadores ingleses en Ratisbona y Valladolid, nos fue posible negociar nuestro más importante tratado con Inglaterra al regresar de Argel.

En 1567 la ciudad alemana de Hamburgo firmó un acuerdo con los Merchants Adventurers concediéndoles exenciones aduaneras por un periodo de diez años. Allí se instalaron. Por otra parte, otra compañía inglesa, la Muscovy Company empezó a comerciar en la Rusia de Iván el Terrible, con importantes privilegios. El comercio inglés se abría camino a trompicones tras la pérdida de Amberes.

Afirma Gullo de manera tajante que «Isabel I prohibió la exportación de lana en bruto a los Países Bajos». Y que ahí radica el gran éxito de sus políticas proteccionistas. Es desacertado coger una proclamación suelta sin más para apuntalar una teoría. Esa medida no fue más que una defensa a las prohibiciones de Granvela y Margarita de Parma. Y fue absolutamente ineficaz para esos staplers que vendían lana sin procesar como expresa E. E. Rich. Además, para esa época (1566) las exportaciones de lana en bruto eran mínimas. Después de las luchas de Granvela, los Merchants de la Staple barajaron otro puertos (Calais, Emden o incluso un puerto propio) pero eso podría significar la puntilla final en su debilitado negocio. A nadie le importaba ya demasiado lo que hicieran los staplers, porque las restricciones iban contra los tejidos de los prósperos adventurers que habían aprendido a trabajar, como se hacía en los Países Bajos, unos nuevos paños finos muy cotizados (Los new drapperies). «Se hizo necesario encontrar otros mercados para los staplers. Pero era tan obvio que en el continente su único mercado estaba en los Países Bajos, que el gobierno tuvo que renunciar a sus costumbres, renunciar a su política de denunciar a los comerciantes de lana y permitir que los staplers vendieran su lana dentro de sus tierras a pañeros y fabricantes» (E. E. Rich). En los Países Bajos se quejaban de la mala calidad de sus lanas y de su falta de regularidad de los pedidos. Aún así, los Merchants de la Staple siguieron a lo suyo con su negocio. Se quedaron en Brujas (bajo protección de Felipe II) y llevaron también algo de lana en bruto a Hamburgo. Para 1571 habían reducido su exportación a 1371 sacas. En 1574 fueron 1100 sacas. Para el periodo de 1580-1585 las exportaciones se habían reducido a 200 sacas. Como vemos, el efecto de la medida de la que habla Marcelo Gullo no tuvo ningún recorrido. Los Mercaderes de la Staple siguieron con el comercio de la exportación de lanas (prácticamente insignificante y siempre probando tener más éxito en otros puertos) hasta que en el año 1614, ya en tiempos de Jacobo I (y no de Isabel I), la exportación de lana en bruto se prohibió por completo.

En 1568 Inglaterra secuestró las naves españolas cargadas con dinero genovés que estaban destinadas a pagar a las temidas tropas del duque de Alba, a la sazón nuevo gobernador de los Países Bajos, que ya había instaurado el Tribunal de los Tumultos (Tribunal de sangre). En estas fechas comienza la rebelión de los holandeses, es decir la larga Guerra de Flandes o de los Ochenta Años. Durante varios años las relaciones entre Inglaterra y España se incendiaron. El embajador español escribió al duque de Alba para que se embargaran todos los navíos y bienes ingleses tanto en los Países Bajos como en España. Un embargo recíproco que también llevaría a cabo Inglaterra. Hasta 1573 el comercio entre España, Países Bajos e Inglaterra quedaba colapsado ocasionando grandes pérdidas. Hubo un acercamiento anglo-francés. Los comerciantes ingleses llevaron sus tejidos a Hamburgo (Alemania) y a la Rochelle (Francia) pero tras la matanza de San Bartolomé (1572) de los hugonotes franceses William Cecil le propuso a Isabel un nuevo equilibrio geopolítico, el de intentar volver a abrir ora vez las relaciones con España y los Países Bajos.

Proclama de Isabel I reanudando el tráfico comercial entre Inglaterra y los territorios de la Monarquía católica.

En 1573 proclamó que se reanudara el tráfico comercial entre Inglaterra y los dominios del rey de España, un gran éxito de la diplomacia isabelina tras varios años de pasar penurias en lo que algunos han llamado el “glorioso aislacionismo inglés”. En los años 70 existe gran cantidad de legislación proteccionista por parte de Felipe II como la Pragmática del 5 de agosto de 1577 que prohibía que navíos extranjeros cargasen mercancías en puertos españoles, a excepción de la sal. Este tipo de publicaciones no eran más que órdagos que no inquietaban demasiado, ya que no solían entrar en vigor. “Isabel intentó tomar represalia y prohibir la navegación con España y Portugal, pero con resultados tan escasos como la pragmática de Felipe II” (Gómez-Centurión).

Sin embargo con la incorporación de Portugal a la Monarquía de los Austrias Felipe II se atrevió a cortar relaciones con Inglaterra en 1585. Sobrevino la Guerra anglo-española de 1585 a 1604, con episodios bien conocidos. Isabel I tuvo que readaptar sus estructuras mercantiles y fomentar el desarrollo industrial interno ya que el volumen de exportaciones se frenó. Fue una vez más por el contexto geopolítico y no por una meditada estrategia a largo plazo.

No existe en ningún momento una planificación calculada y milimétrica. Si nos asomamos a la documentación y a los hechos detallados por los historiadores vemos que la realidad siempre es más compleja: un montón de improvisación por parte de Inglaterra y España (decretos que no siempre se cumplían, quejas, embargos, sanciones, reglamentos, concesiones a distintas compañías de mercaderes por algunos años, cambios de puerto, riñas diplomáticas, lucha contra la piratería, declaraciones de guerra…) El autoabastecimiento y el desarrollo industrial no ocurrió porque Isabel prohibiese exportar lana en bruto como afirma Gullo. De hecho, los mercaderes ingleses siguieron exportando algo de lana en bruto —siempre con importantes cargas fiscales—. Y lo hubiesen seguido haciendo durante los siguientes siglos de no ser porque la brecha artificial entre los precios de la lana inglesa y la extranjera desalentó la producción de lana inglesa y perjudicó también la demanda de lana en el extranjero; sumado al avance gradual de los enclosures en Inglaterra, un avance que contribuyó a una mejor alimentación de sus ovejas y en consecuencia a un alargamiento de las fibras de la lana pero, en contrapartida, también provocó una pérdida de su finura. A finales del XVI, la lana castellana era ya de mejor calidad que la inglesa y este hecho fortuito de deterioro de la calidad de la lana de las ovejas inglesas dio como resultado el que los ingleses tuvieran que recurrir a la fina lana de Castilla, a fin de poder confeccionar buenos paños de lujo.

Por otra parte, hay un fenómeno que Gullo olvida, y es el del contrabando. Por mucho que pongas trabas a las exportaciones, siempre habrá un tráfico ilícito de lana en bruto, un contrabando de «naturaleza vasta y variable» que no se puede desdeñar, como ha estudiado Evan T. Jones en Illicit business: accounting for smuggling in mid-sixteenth-century Bristol.

Otro gran error es pensar en la mala actuación de Carlos V y Felipe II por no reforzar su industria [la peninsular], cuando éstos eran monarcas de un Imperio con muchos dominios, entre ellos los Países Bajos, donde existía una gran industria textil, con una ciudad como Amberes que era la gran metrópoli comercial de Europa. Los monarcas del Imperio español llevaron a cabo una política imperial (no nacional, ni uniestatal). Por lo que también se preocuparon en desarrollar sus manufacturas en sus posesiones americanas, cosa que no harían más tarde los ingleses, que incluso las prohibieron, sin necesidad de replicarse y justificarse más allá de los límites de su Estado. ¿Cómo reprocharle a esos reyes hispánicos del XVI el no saber cómo iba a ser el mapa político de España e Inglaterra en el siglo XXI? ¿Acaso podían pronosticar el nacimiento de las naciones políticas? Marcelo Gullo no parece entender la dialéctica en el siglo XVI entre un Imperio (el español) y una monarquía (la inglesa) que todavía no había alcanzado su estatus de Imperio colonial.

Como hemos visto a lo largo de mi Crítica a la Insubordinación Fundante, no todo fueron estratégicas decisiones estatales de protección (en el lado inglés) las que precipitaron un cambio de modelo. En buena parte del periodo isabelino los intereses comerciales de Inglaterra y España estuvieron alineados, estando subordinados los primeros a los segundos. Ni siquiera se puede decir que en los periodos convulsos las trabas fiscales o las prohibiciones siempre funcionaran. Da la sensación de que Marcelo Gullo fantasea con que los detestados dirigentes de la Pérfida Albión tomaron siempre inteligentes decisiones, sin embargo, los torpes monarcas españoles, tildados de “liberales”, no supieron darse cuenta de las bondades del proteccionismo. Si es esta la conclusión, ¿acaso no está incurriendo Marcelo Gullo en la Leyenda Negra española que tanto dice defender? Desde luego frases como: «Inglaterra fue el primer Estado en promocionar deliberadamente la actividad científica», o citas como «Estos fanáticos del patriotismo religioso y militar parecían, en materia económica, desconocer el interés nacional» no ayudan.

Concluyo, pues, que la teoría de la Insubordinación fundante de Marcelo Gullo en lo que respecta a España e Inglaterra es muy sugerente, acertada en algunos aspectos a fuerza de apoyarse en ocasiones en datos reales, pero a la vez es una teoría de trazo grueso que no entra en matices, por lo tanto es incompleta. Es a mi juicio, y sin intención de sentar cátedra, una teoría propia de un político (Marcelo lo es) pero no de un historiador que realiza su trabajo sine ire et studio. Su apasionamiento hace que su trabajo carezca de los necesarios grises de los que está compuesta la historia y que caiga en algunos errores. Da la impresión de que ciertos prejuicios e ideas apriorísticas no le dejan desarrollar bien su teoría de la insubordinación fundante, que no es más que una interesante hipótesis algo desdibujada que no acaba de explicar ciertas cosas.

Bibliografía

  • Marcelo Gullo, Insubordinación fundante. Breve historia de la construcción del poder de las naciones.
  • Marcelo Gullo, Insubordinación y desarrollo.
  • Gustavo Bueno, España frente a Europa.
  • David Gabiola Carreira, Los diezmos de la mar y el transporte comercial marítimo en las cuatro villas de la costa de mar en el siglo XVI.
  • Ramón Carandé, Carlos V y sus banqueros. La vida económica de España en una fase de su hegemonía. 1516-1556.
  • Almudena Serrano. Los importantes paños de Cuenca y su quiebra. https://cadenaser.com/emisora/2017/10/31/ser_cuenca/1509456571_745546.html
  • Robert Baker, The Establishment of the English Wool Staple in 1313.
  • Grace Faulkner Ward,  The Early History of the Merchants Staplers.
  • Murray N. Rothbard, Mercantilism in England.
  • Martin Rorke, English and Scottish Overseas Trade, 1300-1600.
  • Evan T. Jones, Illicit business: accounting for smuggling in mid-sixteenth-century Bristol.
  • E. E. Rich, The Ordinance Book of the Merchants of the Staple.
  • John Lynch, Los Austrias.
  • Jean Gimpel, La revolución industrial en la Edad Media.
  • Earl J. Hamilton,  American Treasure and the Price Revolution in Spain, 1501-1650.
  • Joel Mokyr, The British Industrial Revolution: An Economic Perspective.
  • L. M. Bilbao y E. Fernández de Pinedo. Exportación de lanas, trashumancia y ocupación del espacio en Castilla durante los siglos XVI, XVII y XVIII.
  • Maurice Dobb, Estudios sobre el desarrollo del capitalismo.
  • Bruce M. S. Campbell, Alexander Klein, Mark Overton, Bas van Leeuwen , British Economic Growth, 1270–1870.
  • Enciclopedia Británica.
  • A Proclamation for remoouing the Staple of Woolls from parts beyond the Seas, vnto certaine principall Cities and Townes within this Our Realme.

[1] “En el mes de diciembre de 2013, el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Bolivariana de Venezuela tomo oficialmente la teoría de la “insubordinación fundante”, elaborada por un académico argentino, el profesor Marcelo Gullo, como eje central de su política exterior. A partir de entonces, sus libros están circulando como un secreto a voces entre diplomáticos, legisladores y militares de toda América latina. La Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados lo tiene hoy a Marcelo Gullo como uno de sus principales referentes.” Extraido de la web de Marcelo Gullo.

[2] https://www.larazoncomunista.com/post/6-2-entrevista-a-marcelo-gullo-omodeo

[3] Gullo, Marcelo. Insubordinación y desarrollo: Las claves del éxito y el fracaso de las naciones. Editorial Biblos.

[4] Goodwin, Robert, España centro del mundo. 1519-1682

[5] Bruce M. S. Campbell, Alexander Klein, Mark Overton, Bas van Leeuwen , British Economic Growth, 1270–1870

[6] Gullo, Marcelo. Insubordinación y desarrollo: Las claves del éxito y el fracaso de las naciones. Editorial Biblos.