La formación de los pilotos de la Carrera de Indias se convirtió en un asunto de Estado. La precisión de su oficio les exigía acreditar una preparación brillante. Sobre ellos recaía el verdadero arte de marear.

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Navegar no es fácil, así lo dice este escritor de tierra adentro con vocación por la historia de la España ultramarina, y así lo puede corroborar cualquier marino con un ápice de experiencia. Desde el mismo descubrimiento de América en 1492, el Nuevo Mundo fue testigo de un continuo proceso de exploración, conquista y poblamiento que, lejos de limitarse a la esfera continental, buscó dominar una nueva oceanografía tan inhóspita como intransitable.

Mapa de la Carrera de Indias

Dos mundos unidos por una ruta oceánica

Desde el primer viaje de Colón, quedó patente la necesidad de conectar la Península con los nuevos dominios ultramarinos. No fueron pocos los españoles que buscaron cruzar el charco para probar fortuna en el nuevo continente, como tampoco fueron pocas las necesidades de los nuevos indianos a la hora de instalarse y mantener, en cierto punto, una vida a la española.

A esta demanda se sumaba un creciente interés por la exportación de productos americanos que se disparará exponencialmente cuando lleguen a España las primeras remesas importantes de metales preciosos. Fue así como surgió y se consolidó la Carrera de Indias, el cordón umbilical que unió por más de 2 siglos a todas las latitudes del Imperio español.

Piloto de altura midiendo con ballestilla

La importancia del piloto

En todo este entramado hubo una figura de primer orden a destacar. Pensemos, ¿Qué se necesitaba para que los navíos de la Carrera cruzasen el Atlántico de ida y vuelta sin mayor contratiempo? Podríamos decir buenos capitanes y no erraríamos del todo; pero no.

Quienes se encargaban personalmente de la navegación como tal, eran los pilotos. Los pilotos fueron la pieza clave sobre la que recayó la navegación y la comunicación de España y sus Indias. Ellos eran los verdaderos maestros del arte de “marear”.

La formación de los pilotos se convirtió en todo un asunto de Estado. Dada la delicadeza y la precisión de su oficio, el cargo de piloto exigía acreditar una preparación más que adecuada. Es por ello que, desde el s.XVI, a través de sucesivas disposiciones regias, la Casa de la Contratación fue la encargada de formar y acreditar a aquellos pilotos que iban a enfrentarse al capricho del Atlántico en su travesía ultramarina.

Más que un examen, una oposición

La Flota de Indias no era moco de pavo, la mayor parte de la riqueza de la Monarquía dependía de ella. De ahí que el examen debía ser de excelente calidad y limpio de corruptelas. En ello puso especial cuidado Felipe II en noviembre de 1586 a través de una Real Cédula en la que decía “que cuando el piloto mayor o cosmógrafos avisaren a la Casa que el examen no se hace como conviene, lo remedien”, porque “algunas veces… se dan títulos a personas insuficientes, de que resultan muchas pérdidas y daños”.

Para poder presentarse al examen, el aspirante debía ser español de origen (Castilla, Navarra o Aragón), superar los 24 años y, de acuerdo a una ordenanza de Carlos V: “de buenas costumbres, y buen juicio, no blasfemo ni jurador, ni… que tuviere vicio notable, y que haya navegado por espacio de seis años a nuestras Indias”. De todo lo cual debían dar testimonio 4 testigos, 2 de ellos pilotos.

El examen se realizaba ante un jurado compuesto por: un piloto mayor, un catedrático en cosmografía y un cosmógrafo fabricador de instrumentos. El aspirante debía responder a una serie de preguntas teóricas y resolver un problema planteado por los examinadores mediante el ingenio y el uso de instrumentos náuticos en cuyo uso debía ser ducho. La prueba era muy concreta y acreditaba al aspirante para pilotar en una ruta concreta de la Carrera de Indias, la cual debía haber transitado al menos una vez antes del examen. En caso de que el aspirante suspendiera, las ordenanzas de Carlos V eran claras: “Que… una vez reprobado en el examen de piloto…, no pueda ser admitido a examen si no hiciere primero otro viaje a las Indias”.

Llegar a ser piloto de la Carrera de Indias no era nada fácil. Debían conocer la ruta, los regímenes de vientos, las corrientes marinas, los distintos calados y fondeaderos… La Corona era exigente. Esperaba de sus pilotos que supiesen solventar cualquier contratiempo que pudiera poner en peligro la preciada mercancía que sustentaba económicamente su hegemonía europea.

La formación de los pilotos españoles continuó acentuándose hasta bien entrado el s.XVIII. Este refinamiento iniciado por los Austria y culminado con los Borbones, permitió que la calidad de los pilotos españoles continuara siendo sobresaliente.


Bibliografía:

García Garralón, Marta, La formación de los pilotos de la carrera de Indias en el siglo XVIII

Serrera Contreras, Ramón María, La América de los Habsburgo (1517-1700)

Antonio de León Pinelo y Juan de Solórzano Pereira, Recopilación de Leyes de los Reynos de las Indias