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Las diversas culturas han exigido comportamientos distintos para la niñez y para la edad adulta. En algunos casos, el paso de un período de la vida al otro se hace de manera explícita mediante ciertos ritos o prácticas determinadas que introducen al niño en el mundo adulto. Estas ceremonias y costumbres dotan al joven de la condición de hombre adulto, por la que puede desempeñar actividades y roles propios de una persona considerada plenamente desarrollada en la comunidad de referencia.

Este tipo de ritos señalan el componente cultural de los rasgos masculinos a los que algunos científicos y especialistas en género apuntan, como Michael Kimmel. Teniendo en cuenta la controversia del asunto sobre la existencia de cierta “esencia” masculina o femenina, destacamos algunos de los ritos que se han dado en la historia para “ser un hombre” o, al menos, para ser considerado como tal.

Uno de los casos más conocidos es el de los espartanos que, a los siete años de edad, el Estado se hacía cargo de la educación del niño. La vida que llevaba era en grupo y separado del seno familiar. La disciplina era férrea y la obediencia a la autoridad era incuestionable. La instrucción que recibían los niños estaba principalmente dirigida a la lucha para forjar guerreros mediante un entrenamiento extremo en su dureza. Quien no pasaba la educación espartana no tenía derechos en la ciudad. Los niños, además de la preparación física, tenían que vivir descalzos, con una sola túnica al año y forzados a buscar su propio alimento con la caza y el robo.

La educación en Esparta estaba orientada al honor y la guerra. Se trataba de una sociedad estricta en la aplicación de sus valores sociales, por lo que realizaban prácticas destinadas a asegurar la validez tanto fisiológica como en el hábito y el comportamiento de las personas que en el futuro formarán parte de la comunidad, llegando a desechar a quienes no cumpliesen las condiciones. Los jóvenes debían pasar la prueba “diamastigosis en la que tenía que soportar latigazos y enfrentarlos para conseguir unos quesos situados en un altar y, así, demostrar su fortaleza.

Ilustración de Liam Reagan.

En Roma, en un momento en el que el número de esclavos superaba al de los ciudadanos, los jóvenes de quince años eran incitados a contraer matrimonio y tener progenie para poder convertirse en ciudadanos con pleno derecho. El niño tenía que llegar a ser pater familias para ser un ciudadano independiente con capacidad jurídica de obrar sin estar bajo el control de la voluntad de su padre, el cual (como pater familias) posee a las personas (mujer, hijos y esclavos) y los bienes de su casa. Las personas que dependían del padre no eran más que una extensión de su potestad. El varón podía dejar de estar bajo el control de su padre por la pérdida de la patria potestas de éste, por dedicarse el hijo a la vida religiosa o pública, o por la emancipatio. Este era un rito jurídico para la liberación de la patria potestas y la consiguiente emancipación del hijo. Se trata de un acto de liberación por parte de la voluntad del pater.

Familia imperial de Augusto en el Ara Pacis Augustæ.

En la Inglaterra de la Edad Media, alrededor del año 1200, el pubescente conducido a la caballería debía formarse junto a un caballero siendo su escudero. El muchacho tenía que aprender a rendir pleitesía a La Corona, a asistir a justas y torneos, a afianzar la fe cristiana y a adquirir las formas de la caballería por la ejemplaridad del caballero.

Duelo de caballeros, Delacroix.

Cerca del año 1700, en pueblos de Hawái los hijos varones de familias importantes en la sociedad se dedicaban a ser sirvientes del rey para poder heredar su estatus al llegar a la adultez. Un niño de categoría social inferior podía optar a una condición más elevada como guerrero o sacerdote si demostraba tener destreza en aspectos como la lucha, la curación o en las cuestiones espirituales.

El pueblo Lakota, nativos americanos de las Grandes Praderas y de las orillas del río Misuri, hacía pasar a sus adolescentes por el rito religioso de la danza del sol para considerarlos hombres formados. Este ritual consiste en observar al sol durante un tiempo en el que se encuentran colgados de ganchos que les atraviesan la piel.

Ilustración de Mariateresa Ingegnatti.

Los clanes mafiosos italianos mantuvieron conductas y prácticas masculinas extremas como condición de conservar la posición social y progresar en las organizaciones del crimen. La pertenencia al grupo supone la adquisición de una categoría especial que conlleva privilegios y capacidades especiales. Estos grupos criminales tienen no sólo formas características en su estilo de vida, sino también ritos para la incorporación a la familia mafiosa.

En definitiva, son muchas y muy distintas las formas en las que un niño pasa a ser un adulto. Las prácticas pueden ser de carácter religioso, político, jurídico o relativas a usos y costumbres sociales ya sea de forma explícita o implícita. Lo cierto es que son muy comunes y siguen estando presentes en la actualidad, algunos de manera más visible y otros pasan más desapercibidos.

 

 

Fuente: Brown, C. “La forja de un hombre”. National Geographic, febrero, 2017.