Catalina de Aragón fue Reina de Inglaterra, esposa del rey Enrique VIII, hija de los Reyes Católicos, tía del Emperador Carlos V, madre de la reina María Tudor. Y la primera embajadora de España. Catalina de Aragón fue una mujer educada para ser la mejor en lo suyo, y lo suyo fue servir a su pueblo, a su rey y a Dios.

Catalina de Aragón
Catalina de Aragón. Lucas Horenbout, ca. 1525.

Una mujer de Estado cuyas cualidades intelectuales superaban a las de ilustres hombres y mujeres de su tiempo. Considerada una de las mujeres mejor educadas de Europa, fue digna hija de su madre, noble esposa de su marido y una Reina honesta con su destino. En Castilla aprendió a ser mujer, saber estar y comportarse, pensar por sí misma, saber escuchar, hablar cuando era necesario hacerlo, a tomar decisiones en su momento justo, a entender por qué, para qué y a quién debía servir. En Inglaterra obtuvo la respuesta, y desplegó toda su valía. Catalina de Aragón fue querida por los ingleses y olvidada por los españoles. “Reina de todas las reinas y modelo de majestad femenina”, como la definió William Shakespeare. De Catalina de Aragón dicen que su intelecto era tal que pocas reinas podrían rivalizar con ella.

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Con siete años, Catalina de Aragón vivió junto a sus padres, Isabel y Fernando, la rendición de Granada. A pesar de su corta edad fue testigo de cómo una capitulación conlleva acordar condiciones. Aprendió cómo un gobernante debe mirar por su pueblo e intentar garantizarle su máximo bienestar. Aprendió que las guerras comportan enormes gastos económicos y tremendos daños personales. En las Capitulaciones y la toma de Granada (1491-1492), la más pequeña de los hijos de los Reyes Católicos se instruyó en varios saberes en aquella escuela itinerante que era su casa. Porque Catalina de Aragón tuvo los mejores profesores de su época. Su madre así lo dispuso. La Católica quiso que sus hijos, sin distinción de sexos, fuesen instruidos por los más doctos en su materia, sin tener en cuenta que la mejor escuela para sus vástagos era ella misma.

Catalina de Aragón
Retrato de una infanta. Se cree que podria representar a Catalina de Aragón (?), aunque también se ha barajado la posibilidad de que se tratase de Juana de Castilla. Datado ca. 1496, fecha en la que la infanta Catalina tenía once años. Atribuido a Juan de Flandes.
Extraído del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza,

Así, Catalina de Aragón sacó provecho de su cercanía a grandes humanistas que acompañaban a la Corte. Debió de aprender, junto a Lucio Marineo Sículo, Oratoria, Gramática y el gusto por la lectura de los clásicos. De Pedro Mártir de Anglería, el Latín y su conocimiento de la Historia y de la Iglesia. La Teología y la moral debieron de ser cosa de Alexandro Geraldini, confesor de su pupila años después en tierras británicas. A buen seguro que preceptor y alumna departieron impresiones sobre lo visto y oído en Barcelona tras el regreso de Cristóbal Colón de las Indias (1493). Una Catalina de Aragón que comprobó, a sus ocho años, cómo al otro lado del océano existían otros pueblos y otras gentes muy diferentes a ella, indígenas que no hablaban su lengua, ni tenían sus mismas costumbres ni su mismo Dios. Un dios al que debió rezar para que curase las heridas que su padre padeció al ser atacado por un payés en la ciudad condal, cuchillo en mano, que a punto estuvo de acabar con la vida de Fernando el Católico. Catalina de Aragón debió de comprender entonces que un rey no es Dios, que un monarca puede perder en un instante todo lo conseguido para su pueblo y para sí mismo, y que Dios a veces abandona al más débil. Juan de Cañamares, cuya locura le llevó a atentar contra el Rey, fue condenado a muerte.

Fernando el Católico
Fernando de Aragón. Michel Sittow, finales s. XV.
En el lado derecho de su cuello puede apreciarse la cicatriz producida por el ataque de Cañamares.

Una adolescente suficientemente preparada

Con quince años, Catalina de Aragón estaba preparada para ser Reina y para ser la mejor embajadora de España. Dominaba el latín, la lengua de la diplomacia internacional; hablaba varios idiomas; tenía conocimientos de derecho canónico y civil, genealogía, heráldica, música, baile y dibujo. Con esas credenciales zarpó en agosto de 1501 hacia Inglaterra para desposarse con el príncipe de Gales. Lo hizo sola. Su madre no pudo acompañarla hasta La Coruña por estar inmersa en plena rebelión de los moriscos de Granada. Otra lección. Un monarca jamás antepone sus deberes personales a los reales. Poco duró el enlace entre los jóvenes príncipes pues el de Gales, Arturo Tudor, falleció a los pocos meses sin haber consumado el matrimonio. Y aquí comenzó su verdadera enseñanza, la que aprendes cuando tu vida se tuerce. Catalina representaba una alianza entre los Reyes Católicos y Enrique VII contra Francia, el gran enemigo de los intereses castellanos y aragoneses. Y a pesar del fallecimiento del heredero a la Corona inglesa, Catalina de Aragón debía continuar con aquel cometido aunque lo hiciera en unas condiciones penosas, casi en la indigencia. Ni padre ni suegro se hicieron cargo de los costosos gastos de la Corte de la princesa. A la espera de poder contraer, con dispensa papal, un nuevo matrimonio con el hermano pequeño del difunto, futuro Enrique VIII, la infanta pasó casi una década por enormes penurias económicas. ¡Pero lo que no te mata te hace más fuerte! Y fue así como aprendió una lección de vida: sobrevivir con dignidad y no desviarte de tus objetivos.

Una embajadora en la corte de los Tudor

El cometido de Catalina de Aragón en tierras inglesas era unir, por lazos de sangre, España e Inglaterra para frenar la hegemonía de Francia. Y esperó. Mientras tanto, se convirtió en la primera embajadora con credenciales de nuestro país. Se ejercitó para desenvolverse con prudencia y habilidad. Y esa diplomacia la cultivó hasta su muerte. Porque diplomáticos españoles en tierras británicas hubo unos cuantos, pero ella mejor que nadie sabía cómo influir en aquel pueblo que ya sentía como el suyo. Por encima de todo estaba su Rey, con quien finalmente se casó en 1509 a la edad de 23 años, pero nunca olvidó de donde venía y para lo que fue educada.

Primero salvaguardó de manera oficial los intereses de su padre Fernando de Aragón, y después, de manera oficiosa, con tacto, mucho tacto, los de su sobrino, Carlos V. Catalina reinó junto a Enrique VIII durante veinticuatro años, tiempo suficiente para que los ingleses la adorasen. Aquella reina no se comportaba como era costumbre: calladita y en segundo plano. Se preocupaba por los pobres, pero se ocupaba de ellos. Era piadosa y no dudaba en pedir clemencia en las sentencias a muerte que entendía no ajustadas a derecho. Creó becas universitarias para los estudiantes sin recursos y, se dice, su ejemplo influyó en la formación intelectual de toda una generación. Buscaba hacer el bien y difundirlo. Gobernó mientras su marido hacía la guerra en Francia. Con valentía y decisión se puso al frente de todo lo que le encomendaron, incluido el enfrentamiento más sangriento entre Escocia e Inglaterra, la batalla de Flodden Fields (1513), donde tuvo que tomar decisiones difíciles.

Dignidad y coraje

Su influencia sobre Enrique VIII duró mientras hubo esperanzas de darle un heredero varón. Después, su dignidad como Reina hizo que peleara por lo que entendió que era justo, los derechos de sucesión al trono de su hija María, la única que sobrevivió de sus seis embarazos. Pero también, por continuar siendo la Reina católica de Inglaterra.

Enrique VIII amó y respetó a Catalina de Aragón, salvo en la alcoba. Sabía que tenía a su lado a la mejor consejera, a una Reina querida por su pueblo y, aun así, no estaba dispuesto a renunciar a un heredero varón y a una mujer hermosa, Ana Bolena. ¿La solución? Divorciarse de Catalina. ¿Cómo? Anulando su matrimonio por haberse casado con la mujer de su hermano. ¿Podía? Lo intentó. ¿Y qué sería de Catalina de Aragón? Que pasaría a ser considerada princesa viuda de Gales. Pero no. La hija de los Reyes Católicos fue educada y preparada para emprender una ardua batalla contra la sinrazón. Ella era la Reina y su hija la heredera, no una bastarda. Defendió su causa, pero también la de la religión, la de la moral y la del futuro de Inglaterra. Se rodeó y fue apoyada por relevantes figuras de la Iglesia y de la cultura inglesa. Desplegó su inteligencia y sus dotes diplomáticas con el Vaticano y con el Emperador Carlos V en busca de apoyos. El Papa le dio la razón, ¿por convicción o por temor al Emperador? Catalina ganó su causa. Y Enrique VIII también. El Rey rompió con la Iglesia Católica, creó la suya propia, anuló su matrimonio y se casó con Ana Bolena. Asunto zanjado.

Enrique VIII
Primer encuentro entre Enrique VIII y Ana Bolena. Cuadro de 1835. Getty images.

Un abandono para la Historia

Catalina de Aragón se convirtió para la Historia en la esposa repudiada de Enrique VIII. De poco sirvió que el humanista Juan Luis Vives le dedicara su tratado sobre la instrucción de la mujer cristiana, Institutio feminae Christianae (1523) por su ejemplo. O que Erasmo de Rotterdam la definiera como ilustre docta. O que los ingleses la tuvieran como modelo de integridad, piedad y coraje. O que fuese mecenas de humanistas, artistas y universidades. Le sirvió de poco, incluida su rebeldía frente a los que quisieron convertirla en una simple esposa de rey.

Vivió sus últimos años aislada en el castillo de Kimbolton, su cárcel sin rejas. Quienes le apoyaron fueron cruelmente ejecutados al estilo Enrique VIII: decapitados. Como buena diplomática nunca tuvo una palabra dañina contra su rey, todo lo contrario. Falleció en 1536 a los cincuenta años. Sus restos reposan en la catedral de Peterborough. Cada año se conmemora su muerte. ¿Es la española más importante en la historia de Reino Unido?

Referencias: