• Título: Dead-End Drive In | Campo de exterminio
  • Director:  Brian Trenchard-Smith
  • Nota: ★★★ (sobre 5)

Este filme australiano del año 1986 es un extraño producto cinematográfico. Una pareja llega a un cine al aire libre a ver una película en su auto. En el medio de la noche sus llantas son robadas. El protagonista descubre lentamente que el recinto está rodeado de cercas electrificadas; no se le permite llamar por teléfono, los demás autos tampoco funcionan. Se les proporciona comida chatarra, se exhiben filmes violentos, pero ni él ni los demás espectadores pueden partir. Es aquí, en el medio de lo inexplicable de lo que ocurre, que el filme se transforma de una aventura juvenil con estética (vestimenta, música) de los años ’80 en una pesadilla kafkiana en la que las cosas suceden sin aparente razón y todos están bajo el poder de las autoridades. Los cautivos tienen algo en común: son marginados sociales, desempleados, drogadictos, amantes del Rock. A esto se le suma la presencia de recién llegados desde Asia –también marginados– que son recibidos por la mayoría caucásica con desprecio y odio –“¿Cuándo violará uno de ellos a una de nuestras mujeres?”–. No es un gran filme, las actuaciones no son buenas, pero por momentos alcanza alturas insospechadas. Vale la pena rastrearlo y formarse una opinión propia sobre él.

Lo mejor: su mezcla de estética de los ’80 con toques de Kafka.

Lo peor: la banda sonora, intrusiva y pasada de moda.

Fotograma de Dead-End Drive In.

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