¿Cómo llegó Hitler al poder? El camino hacia la Alemania nazi

Son de sobra conocidas las atrocidades perpetradas por el III Reich alemán (1933-1945), sin duda alguna uno de los episodios más oscuros de la historia de la humanidad. Pero, ¿cómo fue posible que Alemania cayera bajo el influjo del nazismo y de su líder Adolf Hitler, aquel frustrado pintor que fue rechazado en la Academia de Bellas Artes de Viena? En este artículo se pretenden repasar los principales acontecimientos ocurridos en Alemania tras su derrota en la Gran Guerra, pasando por la crisis de 1929 hasta el triunfo de Adolf Hitler en las elecciones de marzo de 1933.

Una parada nacionalsocialista en Múnich, 1930. Se puede identificar a Hitler como el tercero a la izquierda.

Firma del Armisticio de Compiègne

Durante cuatro largos sangrientos años (1914-1918), los Imperios centrales (Alemania, Austria-Hungría, Bulgaria y el Imperio otomano) se habían enfrentado a los aliados en el mayor conflicto militar jamás vivido hasta entonces. Para finales de septiembre de 1918, la situación de Alemania era totalmente desesperada. Las tropas alemanas estaban agotadas y sus aliados ya no podían seguir combatiendo. Ante esta eventualidad, los militares encabezados por Ludendorff y Hindenburg, consideraron oportuno dejar el espinoso asunto de negociar la rendición en manos de los políticos para así tratar de salvar su honor. Esta acción tan cobarde ayudaría a crear el falso mito de que ‘el ejército alemán había sido apuñalado por la espalda‘ por el gobierno civil cuando había sido precisamente la cúpula militar la responsable de todo el destrozo.

El 3 de octubre, el káiser Guillermo II nombró canciller al príncipe Maximilian von Baden con el fin de solicitar un armisticio al presidente estadounidense Woodrow Wilson (se querían ahorrar la humillación de tener que pedírselo a Francia o Reino Unido). Maximilian mandó una misiva a Wilson, en la cual aceptaba sus Catorce Puntos para la paz. Wilson le exigió a cambio que depusiera las armas y convirtiera a Alemania en un estado constitucional. Pero ya era demasiado tarde. Entre finales de octubre y principios de noviembre, estalló una revolución encabezaba por los marineros de las bases de Kiel y Wilhelmshaven por negarse a seguir luchando. Más tarde los desórdenes se extendieron por toda Alemania. El 7 de noviembre, una delegación alemana se desplazó a Francia para discutir el armisticio. El alto mando francés fue implacable, sus condiciones no eran negociables y tenían 72 horas para aceptarlas. Mientras tanto, la revolución estaba triunfando en Berlín. El káiser decidió abdicar el 9 de noviembre marchándose a los Países Bajos por miedo a posibles represalias. A su vez, Maximilian dimitió de su cargo dejando el testigo en manos del partido social-demócrata.

Desde el gobierno de Berlín se emplazó a firmar el armisticio cualesquiera que fueran sus condiciones. Después de haber sufrido millones de bajas entre muertos y heridos, los aliados vieron su oportunidad para poder resarcirse ante la claudicación de su enemigo. Para la ocasión, se utilizó un lujoso vagón de ferrocarril de tiempos de Napoleón III en el bosque de Compiègne (Francia), el cual fue conservado como monumento (posteriormente se volvería a utilizar exactamente el mismo vagón para la rendición de Francia en 1940 durante la Segunda Guerra Mundial). La firma se hizo efectiva a las 5:00 del día 11 de noviembre. Seis horas después (a las 11:00 del día 11 del mes 11) entró en vigor oficialmente el armisticio. Para recordar su hazaña, los franceses pusieron una placa con la siguiente inscripción: «Aquí, el 11 de noviembre de 1918, sucumbió el orgullo criminal del Imperio alemán, vencido por los pueblos libres que pretendía domeñar«. El anuncio del fin de la guerra fue seguido de una gran alegría en toda Europa. Hasta el presidente Wilson pronunció unas históricas palabras: «Les prometo que ésta va a ser la última guerra, la guerra que acabará con todas las guerras.«

Pintura que representa el momento de la firma del armisticio en el vagón. De izquierda a derecha se encuentran el almirante alemán Ernst Vanselow, el conde alemán Alfred von Oberndorff, el general alemán von Winterfeldt Detlof (con casco) y el oficial naval británico Jack Marriott. De pie delante de la mesa; Matthias Erzberger, jefe de la delegación alemana. Detrás de la mesa están los dos oficiales de la marina británica, el contraalmirante George Hope, sir Rosslyn Wemyss, y los representantes de Francia, el mariscal Ferdinand Foch (de pie), y el general Maxime Weygand.

El polémico Tratado de Versalles: la venganza consumada

Tras la rendición de las Potencias Centrales en 1918, un nuevo orden mundial iba a ser decidido por los cuatro grandes protagonistas del momento: Woodrow Wilson (Estados Unidos), David Lloyd George (Reino Unido), Georges Clemenceau (Francia) y Vittorio Orlando (Italia). De entre todos ellos, Clemenceau era el más firme partidario de hacer pagar a Alemania por los numerosos daños ocasionados ya que una parte de Francia había sido duramente ocupada. Por el contrario, Wilson era ante todo un político idealista con buenas intenciones y el británico Lloyd George, un hombre moderado propio de su tiempo. A pesar de las mediaciones de Wilson y de Lloyd George, los vengativos deseos de Clemenceau quedarían ampliamente satisfechos en la redacción del controvertido Tratado de Versalles.

La firma de este tratado tuvo lugar en la Galería de los Espejos del palacio de Versalles el 28 de junio de 1919, curiosamente cinco años después del fatídico asesinato del archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofía Chotek (la mecha que había provocado la guerra). La elección del lugar no había ser podido ser más simbólica, pues allí mismo había sido aclamado como emperador Guillermo I tras su victoria en la guerra franco-prusiana (1870-1871). El golpe recibido tras la firma fue tremendo ya que los ejércitos aliados nunca habían entrado en territorio alemán durante la guerra. Para crear todavía más efectismo, se invitó al acto a cinco soldados cruelmente mutilados. Después de dejar plasmadas las duras exigencias a Alemania, el mariscal francés Ferdinand Foch pronunció una frase que acertó de lleno en el posterior devenir de los acontecimientos: «Este no es un tratado de paz, sino un armisticio de veinte años».

Esta frase resultó profética, pues los vencedores se encargaron de humillar sin cortapisas a la orgullosa Alemania, heredera de la tradición militarista prusiana. Su otrora potente ejército se vio reducido a tan solo 100.000 hombres. Además todo su imperio colonial se desvaneció pasando a manos de Francia y Reino Unido a la par que su territorio continental quedaba desmembrado con la pérdida del 13% de su superficie junto con el 10 % de sus habitantes. Como concepto de indemnizaciones de guerra, Alemania tuvo que afrontar el pago de 132.000 millones de marcos de oro (el cual nunca se llegó a completar). Pero una de las acciones más contundentes e injustas fue la de hacer cargar a la nación alemana la responsabilidad moral del conflicto. A pesar de estas acciones tan vengativas, también se propuso la creación de la Sociedad de Naciones por iniciativa de Wilson, un organismo internacional en teoría encargado de velar por la paz entre todos sus miembros.

Mapa donde se observan las pérdidas territoriales de Alemania

1923: punto de inflexión

La recién nacida República de Weimar debió hacer frente a múltiples desafíos. La nación alemana había quedada humillada y derrotada. Ante este clima tan desolador, empezó a despuntar un joven de origen austríaco ex-combatiente de la Gran Guerra y de oscuras ideas antisemitas: Adolf Hitler. Durante su juventud, este peculiar personaje había intentando inútilmente ganarse la vida como pintor de acuarelas en Viena, la capital austríaca. A causa de este rotundo fracaso, decidió emigrar a Múnich. Posteriormente se enroló como soldado en la Gran Guerra resultando herido de cierta gravedad. En virtud de sus acciones militares en los campos de batalla, fue recompensado con los galones de cabo y dos Cruces de Hierro.

La situación económica de posguerra para Alemania era lamentable, con profusión de gentes sin oficio ni beneficio. Por si fuera poco, los antiguos combatientes del ejército alemán presentaban graves problemas para readaptarse a la vida civil, incluido el cabo Adolf Hitler. Fue precisamente con sus nostálgicos compañeros de armas, donde Hitler ejercitó por primera vez sus extraordinarias dotes como orador y embaucador. Mientras tanto, el desempleo y la inflación estaban ocasionando la adhesión de las masas obreras a la causa del comunismo con el beneplácito de la Unión Soviética a través de la Tercera Internacional o Komintern.

Poco a poco, la imagen bucólica de un estado socialista empezó a calar en las mentes de los obreros alemanes. Los grupos más pudientes (burgueses, banqueros, etc) empezaban a inquietarse ante una posible revolución comunista. Ante esta situación, Hitler se ofreció para infiltrarse en el Partido Obrero Alemán en las cervecerías de Múnich. A pesar de que su labor era el de ser un supuesto espía, pronto Hitler no pudo contener su silencio participando él mismo en los mítines del partido para desgracia de la humanidad. Hitler consiguió cautivar al público con sus soflamas profundamente antisemitas y vengativas desplazando a sus rivales políticos. Para 1921, ya era el líder del rebautizado Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP).

En otros lugares de Europa, la democracia se encontraba en entredicho. En Italia, existía un fuerte descontento al no haber recibido los territorios prometidos por su participación en la Gran Guerra (la llamada ‘victoria mutilada’). Aprovechando esta situación, Benito Mussolini se alzó con el poder en 1922 inaugurando una dictadura fascista. Hitler vio en Mussolini el ejemplo perfecto a seguir. Al igual que había hecho el líder italiano con el fasces romano y las camisas negras, Hitler escogió como símbolo de su partido la esvástica y adoptó el uniforme de las camisas pardas. Mientras tanto, las condiciones para Alemania iban de mal en peor. Debido al retraso en el pago de las indemnizaciones, Francia ocupó la cuenca minera del Ruhr en 1923. La República de Weimar no pudo contener la galopante inflación: una libra de pan costaba 3.000 millones de marcos, una cerveza 4.000 millones y una libra de carne la escandalosa cifra de 36.000 millones. Una auténtica locura.

Niños alemanes jugando con fajos de billetes a causa de la hiperinflación

Hitler consideró que había llegado el momento perfecto para alcanzar el poder. Para ello, orquestó un golpe de Estado en noviembre de 1923 (el Putsch de Múnich) con la ayuda de sus compinches que no obstante fracasó por su improvisación y la falta de apoyos. Después de su fallida puesta en escena, Hitler fue encarcelado junto con algunos de sus colaboradores. Sin embargo, aprovechó ese tiempo en prisión para redactar la que sería su obra cumbre titulada ‘Mi lucha‘ (Mein Kampf), auxiliado por su fiel secretario Rudolf Hess. En esta obra de cuestionada calidad publicada en 1925, Hitler dejó plasmados tanto su pensamiento como sus futuras intenciones para Alemania. Algunas de sus ideas eran la superioridad de la raza aria, la destrucción de Francia, la expansión territorial a costa de Rusia (teoría del espacio vital o Lebensraum), la erradicación del judaísmo y el advenimiento de la Gran Alemania que dominaría el mundo. Tras recobrar la libertad a finales de 1924, Hitler renovó sus incendiarios mensajes aun con mayor ímpetu aunque por el momento el partido nazi era una fuerza minoritaria entre la población.

Imagen del Putsch de Múnich

El crack del 29 y crisis mundial

Entre 1924 y 1929, parecía que la situación de Alemania volvía a normalizarse a pesar de las duras condiciones de la posguerra y del Tratado de Versalles. No obstante, un evento de alcance mundial iba a golpear a Occidente de forma contundente: el crack del 29 o el hundimiento de la Bolsa de Nueva York. La vorágine derrochadora de los ‘felices años 20’ (‘Compra ahora, paga después’) había llegado a su fin. Muchos ciudadanos estadounidenses habían estimado oportuno enriquecerse por la compra masiva de acciones, desatándose una auténtica fiebre por conseguir el mayor número posible pues en teoría su valor no pararía de aumentar. Por esta razón, no se dudaba en pedir tentadores préstamos para poder financiar esa compra compulsiva de acciones, originándose una burbuja financiera que no tardaría en estallar. La frase de Joseph Kennedy, padre del futuro presidente, fue reveladora: ‘si el limpiabotas sabe del mercado de valores tanto como yo, tal vez es hora de que yo lo deje‘.

El presidente Herbert Hoover no fue capaz de encarrilar la situación. El crack del 29 fue seguido posteriormente por la Gran Depresión de los años 30, caracterizada por altísimos niveles de desempleo, descenso de la producción, caída en picado de los ingresos fiscales, bajada brusca del precio de los bienes de consumo y un pesimismo generalizado en la sociedad. Sus consecuencias se extendieron al otro lado del Atlántico, pues los bancos estadounidenses empezaron a retirar sus activos localizados en Europa. La Unión Soviética quedó a salvó al estar fuera del sistema capitalista. Uno de los países más golpeados por esta crisis fue Alemania, la cual además todavía debía hacer frente a los pagos por indemnizaciones de la Gran Guerra. Para el año 1932, el desempleo ya alcanzaba a más del 30% de su población. La situación de desamparo para el pueblo alemán fue el caldo de cultivo ideal para el auge del Partido Nacionalsocialista Alemán de Adolf Hitler, el cual propugnaba sin tapujos acabar con la injusticia del Tratado de Versalles y unificar todos los territorios de habla germana.

Desempleo en Alemania 1928-1932. Fuente: Res Pvblica Restitvta

Triunfo de Adolf Hitler y fin de la República de Weimar

En la primavera de 1930, Heinrich Brüning fue nombrado canciller. Su gobierno primó el pago de las indemnizaciones de guerra por encima de las necesidades de la población. En las elecciones al Reichstag del 14 de septiembre de 1930, el partido nazi pasó de 12 a 107 asientos convirtiéndose en la segunda fuerza política. A pesar del reciente recuerdo del Putsch de Munich, Hitler empezó a acaparar mucha más atención que sus adversarios. En las elecciones presidenciales de abril de 1932, el anciano Paul von Hindenburg fue reelegido presidente en la segunda vuelta. Sin embargo, a pesar de la presencia de esta respetada figura, el ambiente político se fue deteriorando sin remedio.

El presidente Hindenburg nombró canciller al conservador Franz von Papen en sustitución de Brüning. Mientras tanto, el partido nazi crecía como la espuma. Tras las elecciones federales de julio de 1932, este consiguió ser la primera fuerza política con un 37% de los votos y 230 asientos. Von Papen presentó su dimisión después de las elecciones federales de noviembre de 1932 ante el caos político reinante. El partido nazi había perdido 34 asientos, pero todavía conservaba la primera posición. Kurt von Schleicher fue nombrado nuevo canciller. Pero ante la imposibilidad de forjar una mayoría parlamentaria eficaz en torno a Schleider, Von Papen aprovechó sus contactos con Hindenburg para convencerle de nombrar canciller a Hitler, aunque al veterano militar esto no le parecía tan buena idea.

Finalmente el 30 de enero de 1933, Hitler se convirtió en canciller jurando supuesta lealtad a la Constitución de Weimar. Todavía no encabezada un gobierno puramente nazi pues la mayoría de ministros excepto Wilhelm Frick y Hermann Göring, eran de la coalición derechista. Von Papen quedó como vicecanciller pero su papel fue diluyéndose poco a poco. Este político conservador erró al pensar que podía controlar fácilmente a Hitler. El 27 de febrero de 1933, se produjo un acontecimiento trascendental para el establecimiento del estado totalitario: el incendio contra el Reichstag. Un joven comunista neerlandés llamado Marinus van der Lubbe fue declarado culpable después de su confesión sacada a base de torturas.

A pesar de esa confesión, a día de hoy aún existe un intenso debate en torno a la verdadera responsabilidad de tal evento. Lo que parece más probable es que el incendio fuese provocado a propósito por agentes nazis con el objetivo de buscar un chivo expiatorio en los comunistas. Adolf Hitler aprovechó este momento crucial para convencer al anciano presidente Hindenburg a que firmara un decreto de emergencia para anular las libertades civiles con el fin de evitar una supuesta revolución comunista. A los partidos de izquierda, se les prohibió cualquier tipo de manifestación. Hitler junto con sus secuaces de las S.A. (Sección de Asalto) y las S.S. (Escuadras de Protección) llevaron a cabo una campaña agresiva sin ningún tipo de límites.

Votos al Partido Nacional Socialista Alemán de 1924 a 1933. Fuente: Res Pvblica Restitvta

En las elecciones del 5 de marzo de 1933, los nazis obtuvieron el 44% de los votos y 288 asientos, su mejor resultado. Sin embargo, pese a sus múltiples esfuerzos no habían alcanzado la mayoría absoluta. Pero fue el fracaso de la oposición política en su vano intento de frenar a Hitler una de las causas que motivó su ascenso hacia el poder absoluto. Muchos líderes socialdemócratas o comunistas decidieron huir del país ante la que se avecinaba. Por otro lado, a partir de las últimas elecciones cientos de miles de personas se afiliaron al partido nazi incluso después de haberse manifestado en su contra. Posteriormente, fue aprobada por mayoría absoluta del Reichstag la ley habilitante del 24 de marzo de 1933, con el apoyo del partido nazi y de los partidos de centro. Tan sólo el Partido Socialdemócrata de Alemania, liderado por Otto Wels, se opuso a esta iniciativa (los comunistas no pudieron ocupar sus asientos). Mediante esta ley, se otorgaba un poder casi total al cargo de canciller. Esto supuso el fin de facto de la República de Weimar.

Fieles a sus principios, las primeras acciones antisemitas de los nazis no se hicieron esperar. En el mes de abril comenzó el boicot contra los negocios judíos. Hombres de las S.A. apostados en las puertas de los establecimientos impedían que la gente comprase en ellos. Al mismo tiempo, funcionarios judíos fueron despedidos de sus trabajos. Posteriormente, en octubre de 1933 el gobierno alemán anunció su retirada de la Sociedad de Naciones. Para más inri, el 2 de agosto de 1934 el presidente Paul von Hindenburg falleció a los 86 años víctima de un cáncer de pulmón. Había desparecido el último obstáculo que aún le quedaba a Hitler. Fue entonces cuando el líder nazi aprovechó esta ocasión para ocupar su vacante. Contra todo pronóstico, aquel andrajoso pintor que años atrás no había conseguido ingresar en la Academia de Bellas Artes de Viena, ahora era el führer, el canciller imperial y líder indiscutible de toda Alemania. Era el principio del Tercer Reich alemán, el pretendido ‘imperio de los mil años’.

Pero, ¿por qué se dejó engañar el pueblo alemán por Hitler?

Si bien se ha realizado un breve recorrido por la trayectoria de Alemania de 1918 a 1933, la respuesta a esta pregunta es sumamente compleja y engloba múltiples vertientes, no solo la política. Posiblemente, Adolf Hitler despertó algo ‘que yacía dormido en lo más profundo del alma del pueblo alemán’. Después de la humillación del Tratado de Versalles, los alemanes deseaban un gobierno de mano fuerte que restituyera la antigua gloria de la nación. Por otro lado, Hitler había desarrollado unas excelentes dotes para la oratoria capaces de encandilar a un público desesperado que estaba ávido de venganza. Las hábiles técnicas de propaganda desarrolladas por Joseph Goebbels hicieron el resto del trabajo. De esta manera, incluso se consiguió que la mujer alemana, una de las más liberadas del mundo, asumiera el papel de esposa sumisa. El nazismo se había convertido para muchos alemanes en una especie de religión y Hitler constituía su mesías particular. Sin todavía saberlo, el pueblo alemán había unido su funesto destino a la de aquel siniestro pero embaucador personaje.

Adolf Hitler en uno de sus discursos

Bibliografía:

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Galán, E. J. (2014). La Primera Guerra Mundial contada para escépticos. Editorial Planeta, Barcelona.

Galán, E. J. (2015). La Segunda Guerra Mundial contada para escépticos. Editorial Planeta, Barcelona.

Garvi H., J.L. (2018). Eso no estaba en mi libro de la Primera Guerra Mundial. Editorial Almuzara, S.L.

Haffner, S. (2000). Historia de un alemán. Editorial Planeta, S.A.

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