Se conoce como brujas de Zugarramurdi al caso del proceso de brujería más famoso de la Inquisición española. El foco de la brujería vasca (concepto de Julio Caro Baroja) se halló en la localidad del Pirineo navarro de Zugarramurdi. El tribunal de la Inquisición de Logroño fue el encargado de dicho proceso. Al final del mismo dieciocho personas confesaron sus pecados y fueron reconciliadas, mientras que a otras seis se les dio muerte en la hoguera.

El proceso de Logroño alcanzó un alto grado de popularidad particularmente a partir del auto de fe y tuvo un doble efecto, a saber, una ola de “brujomanía” en Navarra y el País Vasco que se alargó hasta el año 1614, y una serie de discusiones dentro de la misma Inquisición española sobre la realidad de la brujería. La discusión se dio por la orden del Consejo de la Suprema Inquisición de revisar el caso. En este debate destacó el propio inquisidor Alonso de Salazar y Frías, que había participado en el tribunal de Logroño que juzgó a las brujas de Zugarramurdi, oponiéndose a veracidad de las teorías sobre la brujería. La conclusión del debate supuso el final de la persecución por brujería.

“Se ha notado de lo que los mismos brujos dicen: que nunca el Demonio hace mal a la gente sino [que] persuade a los brujos y brujas [para que] lo hagan, mostrándoles el modo, dándoles los materiales y haciéndoles ejecutores de lo que no permite Dios que por sí lo pueda hacer. (…) Dios Nuestro Señor se apiade de nosotros y se sirva de remediar esta tan endemoniada y perniciosa secta que tan extendida está y guarde a vuestra merced como puede y deseo

(Fragmento final de la relación de un ministro del Santo Oficio de la Inquisición de Logroño sobre lo sucedido en el auto de fe)

El desencadenamiento del proceso inquisitorial se debe en gran medida a María de Ximildegui, quien se arrepintió de practicar la brujería y en su testimonio acusó a otras brujas de Zugarramurdi y relató las prácticas con mucho detalle ante el Abad de Urdax. Según ella, había participado en aquelarres junto a otras personas de la zona entre los que se mencionaba a María de Jureteguia, la cual negó la acusación pero no consiguió convencer a sus vecinos ni tan siquiera a su familia. María de Jureteguia acabó confesando su brujería y acusó a su tía María Chipía de Barrenechea. Finalmente, diez personas confesaron y se arrepintieron públicamente en la parroquia.

El tribunal inquisitorial de Logroño acabó interviniendo en el asunto enviando en enero de 1609 a un comisario para investigar e informar de la situación. Dos inquisidores del tribunal hicieron interrogar a ocho testigos y encarcelar a cuatro brujas que tras el interrogatorio confesaron su culpabilidad. Acto seguido varios vecinos de Zugarramurdi acudieron al tribunal de Logroño para explicar lo sucedido en defensa de los detenidos y acabaron siendo ellos arrestados. En febrero los inquisidores de Logroño informaron al Consejo de la Suprema Inquisición en Madrid y pidieron instrucciones de actuación. La Suprema respondió en marzo enviando un cuestionario destinado a las brujas para asegurarse de la verdad de los fenómenos de brujería. A lo largo de los meses las reos fueron confesando y acusando a otras personas de Zugarramurdi presuntamente involucradas, a las que se iba enviando a Logroño. El inquisidor Juan Valle Alvarado viajó a distintas localidades para buscar pruebas. Ya en junio de 1610 el tribunal había sentenciado a veintinueve de los acusados.

El Aquelarre, o El gran Cabrón, Francisco de Goya.

El auto de fe se llevó a cabo durante los días 7 y 8 de noviembre de 1610. Seis personas murieron en la hoguera por no aceptar su culpabilidad y resistirse al tribunal, dieciocho suplicaron su misericordia y consiguieron ser reconciliadas tras confesar y aceptar su culpa, y otras cinco ya habían muerto antes del auto de fe, por lo que se las quemó en efigie (representación a tamaño real de una persona que simboliza al ausente al realizar la pena. Esto quiere decir que se condenaban y se declaraban culpables a fallecidos). El acontecimiento se desarrolló con todos los aspectos rituales propios del evento y acudieron multitud de personas como espectadores, además de las autoridades eclesiásticas y civiles pertinentes.

Poco tiempo después del auto de fe, los impresores Juan de Mongastón en Logroño y Juan Bautista Varesio en Burgos divulgaron el proceso publicando en 1611 la Relación de las personas que salieron al Auto de Fe y la Relación summaria del Auto de la Fe, respectivamente. Pedro de Valencia, uno de los mayores representantes del humanismo clásico español, reprobó las Relaciones anteriores desde una perspectiva escéptica en la tradición de la Reprobación de las supersticiones y hechicerías de Pedro Ciruelo. El rigor racional y la investigación empírica eran reclamados frente a la autoridad de obras como el Malleus Maleficarum.

Linda maestra, Francisco de Goya.

Alonso de Salazar y Frías se incorporó al tribunal de Logroño en julio de 1610 cuando el proceso ya había dado comienzo, habiendo accedido al Santo Oficio apenas un año antes. Pese a haber tenido reservas respecto a las decisiones de los otros inquisidores, fue tras el auto de fe y la orden de revisión del caso por parte de la Suprema cuando se convenció de haber cometido “una terrible injusticia”, declarándolo de forma explícita al Consejo de la Suprema Inquisición en el informe que éste le encargó hacer. Las ideas de Alonso de Salazar fundamentaron las nuevas instrucciones que la Suprema dio a los tribunales en 1614.

El caso del inquisidor Alonso de Salazar y Frías en el tribunal de la Inquisición que juzgó a las brujas de Zugarramurdi en 1610 fue determinante. El precedente que marcó está relacionado con la sentencia y su revisión posterior, las cuales se orientan a la no credibilidad de las teorías sobre la brujería. La Inquisición española fue escéptica acerca de la veracidad de la brujería y, por consiguiente, bastante reticente en lo que respecta a la tramitación de las denuncias que involucraban esta cuestión. En contra de la opinión más frecuente, normalmente las “brujas” eran mujeres que no contaban con mucha influencia social, siendo personas de clase baja sin mucha formación.

Cueva de Zugarramurdi, lugar donde se reunían los brujos y brujas para celebrar los aquelarres.

A pesar de que en la primera mitad del siglo XVII la repercusión de los procesos de brujería llegó a su máximo nivel en España, no existió un histerismo semejante a la de la caza de brujas en Europa. La persecución de la brujería por parte de la Inquisición española fue escasa: se quemaron a 59 personas por brujería, mientras que sólo en Alemania se quemaron alrededor de 25000. Las rivalidades políticas y las enemistades religiosas llevaron a exacerbar los desafueros de la Inquisición española, mientras que la intolerancia protestante ocasionó una persecución más violenta y encarnizada.

 

 

Bibliografía

Caro Baroja, Julio (2003). Las brujas y su mundo. Madrid: Alianza Editorial.

Henningsen, G. (2010). El abogado de las brujas. Brujería vasca e Inquisición española. Madrid: Alianza Editorial.

Navajas Twose, E. y Sainz Varela, J. A. (2010). Una relación inquisitorial sobre la brujería navarra. Huarte de San Juan. Geografía e historia. N. 17, pp. 347-372.